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Radiografía de una identidad

Radiografía de una identidad

Malasia, años ochenta, el patio de recreo en una escuela pública. «Vivimos en un país regido por la política racial, pero en la escuela esto no parece importar», escribe Tash Aw. Los chicos se relacionan unos con otros indistintamente de su pertenencia étnica. En la Malasia de entonces —y en la de ahora—, cohabitan tres etnias: la china, la india y la malaya. Pasear por cualquier mercado o parque, o comer en cualquier restaurante de ciudades como Ipoh o Kuala Lumpur, es constatarlo: grupos mixtos conviviendo con absoluta normalidad y de una manera —aparentemente— horizontal. Sin embargo, en aquel instituto donde estudiaba un adolescente Tash Aw, algo está a punto de dividir a los jóvenes. Y no es el origen o el color de piel: es la clase social. Pronto, los más económicamente privilegiados partirán a escuelas privadas o, en el más próspero de los casos, al extranjero (Singapur, Inglaterra, Estados Unidos…). Otros renunciarán a cualquier aspiración universitaria y se buscarán la vida en lo que Malasia pueda ofrecerles.

"La curiosidad de Aw vence al silencio. Lo que impulsa su búsqueda es, incluso, el deseo de arraigarse identitariamente a algún lugar de la memoria histórica"

La de Tash Aw es una historia de separación, de distancias económicas, geográficas y generacionales. Nieto de inmigrantes que abandonaron China en los años veinte, huyendo de la hambruna y la complicada situación política que derivó en una guerra civil, Aw se crió en la Malasia boyante de los años ochenta. Su historia personal está marcada por los conflictos de China, pero también por el proceso de reconstrucción nacional de Malasia. Este país logró su independencia del imperio británico en 1957. Era una época en la cual, tras la Segunda Guerra Mundial, los países de Asia Oriental buscaban sus propios destinos lejos del colonialismo europeo: Indonesia se independizó en 1945 y Laos en 1953, por poner un par de ejemplos. Para trazar el mapa de su identidad, Aw emprende un viaje de indagación en la historia que se ha contado Malasia a sí misma, China a sí misma, Asia a sí misma y su propia familia a sí misma. A lo largo de las páginas de Extraños en el muelle, Aw problematiza esa «conveniente zona cero histórica» que utilizan los migrantes ―y las naciones― para escribir un nuevo relato sobre ellos mismos: uno que ensalza la superación en aras de mitigar el dolor causado por la pobreza, el colonialismo o el fracaso.

Desde la primera página, Aw narra con minuciosidad y mucha ternura el pasado de su familia, a quienes describe como una «familia china tradicional». Dividido en dos partes, el libro es el testimonio de Aw en su batalla por rescatar la historia del olvido. «El pasado es doloroso, el presente es fácil», sentencia cuando su padre se muestra renuente a narrarle los años de la Revolución Cultural; algo que el señor describe como «historias de pobres» sin ningún interés para su hijo. La segunda parte es una emotiva carta de amor a su abuela. En ella, Aw reivindica el trabajo de las mujeres y, sobre todo, busca reconciliar a su generación ―la moderna y exitosa― con la de ella ―la precaria y «vergonzosa»―. La curiosidad de Aw vence al silencio. Lo que impulsa su búsqueda es, incluso, el deseo de arraigarse identitariamente a algún lugar de la memoria histórica. Así, poco a poco y con mucha delicadeza, va tirando de los hilos del oculto relato familiar para constatar que la identidad no puede reducirse sólo a una cuestión de piel o geografía. El autor propone desenterrar el pasado, conocerlo, aceptar sus claroscuros y construir sobre estos un futuro más honesto.

"Extraños en el muelle, lejos de ser un relato exótico, alejado de una realidad inmediata como la europea u occidental, demuestra que los humanos somos más parecidos de lo que creemos ser"

Extraños en el muelle es, pues, no sólo un ensayo autobiográfico, sino también un escrupuloso ejercicio de reconstrucción autoetnógrafica. En él, Aw recupera con alta sensibilidad no sólo la historia de su familia, sino también la de todos aquellos migrantes chinos que, buscando una mejor vida, viajaron para encontrarse con otros «extraños» en los muelles de lugares como Penang, Malaca o Singapur. El origen, la etnia y el idioma atraviesan la gran pregunta que se hace todo migrante o hijo de migrantes: ¿de dónde soy? A estos factores, Aw agrega el poder adquisitivo y su capacidad para clasificar a la sociedad y crear divisiones dentro de una misma comunidad. En un nivel macro, su relato desvela detalles sobre el papel político, histórico y económico de la diáspora china. En el micro, dialoga con la propuesta del filósofo anglo-ghanés Kwame Anthony Appiah quien escribe que, en la construcción de la propia identidad, la clase social ocupa un papel definitorio, al lado de las creencias, la nacionalidad y los rasgos físicos.

Extraños en el muelle, de Tash Aw, es una de las apuestas más interesantes de la emergente editorial Amok. Bajo el lema «Historias de Asia con un sabor diferente», sus fundadores buscan construirle un lugar en las estanterías hispánicas a la literatura de esa Asia alejada del mainstream: la de países como Malasia, Singapur o Vietnam, por poner algunos ejemplos. Extraños en el muelle, lejos de ser un relato exótico, alejado de una realidad inmediata como la europea u «occidental», demuestra que los humanos somos más parecidos de lo que creemos ser. Este breve pero sustancioso ensayo de Tash Aw dialoga interesantemente con las experiencias de deconstrucción de la identidad y pensamiento decolonial que las autoras Clara Obligado y Gabriela Wiener han expuesto en sus obras Una casa lejos de casa y Huaco retrato respectivamente. Publicado originalmente en 2015, es una fortuna tenerlo finalmente traducido al castellano.

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Autor: Tash Aw. Título: Extraños en el muelle. Traducción: María Cóndor. Editorial: Amok. Venta: Todostuslibros.

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Javier Redondo
25 ddís hace

Grandísima reseña. Asia ha sufrido una serie de experimentos sociales que la han transformado radicalmente en pocas generaciones, y a nivel individual eso ha tenido un precio. Este ensayo da algunas pistas.