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El regalo de los pobres

Como bien aprendió el joven Escipión Nasica a su costa, el éxito de los ricos era un regalo otorgado por los pobres. Los ricos tenían que aprender la lección de que dependían del pueblo en su conjunto.

Mary Beard en S.P.Q.R. (Crítica, 2016)

Con el tiempo aprendieron la lección. En la mal llamada democracia de la Roma republicana las disputas entre ricos se resolvían muchas veces con el voto de los pobres. Como hoy.

En S.P.Q.R., Mary Beard, premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, cuenta que el rey seléucida Antíoco IV, criado como rehén en Roma, tomó de sus captores la costumbre de ir dando la mano a los súbditos por la calle, como si necesitase ganar el favor del pueblo para seguir gobernando, como si su vida fuera una campaña electoral constante. Hoy para eso existen los selfis.

A modo de recompensa por el regalo recibido de los pobres (el poder), los ricos nos trajeron «el alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos»*. Después llegaron la banda ancha, internet, los teléfonos móviles, las princesas de Disney y los cafés a tres euros en vaso de cartón. Todo, menos esto último, es muy de agradecer, las cosas como son.

Hoy en Estados Unidos los pobres deciden de parte de qué bando de ricos están, como ya hicimos nosotros hace bien poco. En sus manos queda que tengamos más alcantarillas o más café a tres euros en las afueras del Imperio.

Del nivel de cobardía de ese electorado, pobre, dependerá directamente el nivel de estupidez del elegido, que seguirá ofreciendo su mano a los transeúntes, como Antíoco. Si lees esto después del recuento podrás comprobar que es verdad. Otro algoritmo que funciona, y desde hace más de dos mil años.

*Sí, he tomado directamente la frase de La vida de Brian. Los Monty Python, Salustio y Colleen Mccullough llegaron a mí antes que Indro Montanelli o Robert Graves. Ahora llevo puesta la camiseta de Mary Beard. Están locos estos romanos**, pero se aprende mucho de ellos.

**Obelix, otro gran conocedor del mundo romano.

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