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Residente nº ESP-1990: Marta Jiménez Serrano

Residente nº ESP-1990: Marta Jiménez Serrano

Foto: David Jiménez

El brillante comienzo de esta novela nos precipita en la vida de una mujer desde la infancia a la primera madurez. Los nombres propios (Sexto Piso) es un retrato tan sutil y realista de los grandes problemas pequeños de la niña, la muchacha y la veinteañera que se postula como piedra de toque generacional. Marta Jiménez Serrano merodea la poesía y las cosas, el cuerpo y las expectativas, llenando su libro de un decir sencillo y emocionante.

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—Lo primero que llama mi atención con tu novela es el peso de los años 90. Trina Naranja, Lluvia de estrellas, Los 101 Dálmatas, la muerte de Lady Di… Para alguien nacido en los 70 es curioso revisitar esta década a través de los ojos de alguien para el que fue su infancia. He leído otros libros de autores de tu edad que también vuelven a los 90. No sé si hay algo más, en esa década, de lo que pensamos.

—La verdad es que no sé si hay algo más en esa década, ni me interesaba retratarla específicamente. Si la protagonista hubiera nacido en los ochenta, habría retratado los ochenta. Sí me interesaba describir bien un entorno y que situásemos a los personajes, y también, en los ejemplos que mencionas, dar con algunas de esas cosas que nos suceden en la infancia y que tienen un impacto más grande, quizás porque somos niños. La muerte de Lady Di no es solo la muerte de Lady Di: es la primera vez que ves la muerte de alguien importante en la televisión y las consecuentes reacciones de los adultos.

En todo caso, esa primera parte de la niña de 7 años es fantástica, y la voz narradora, en segunda persona, le da un tono singular, de cierto endiosamiento desde el que se ve una vida pequeña. Me ha recordado al poema de Sharon Olds que aparece en la película Into the Wild. El tono: sé lo que va a pasarte, sé que no podrás evitarlo… ¿Cómo llegaste a esta voz?

"Creo que tiene sentido que te recuerde a Las olas, porque en el fondo es un procedimiento muy lírico: no me interesa tanto la trama en sí como la relación simbólica de los elementos"

—El poema de Sharon Olds es una muy buena referencia, y ese endiosamiento del que hablas me hace pensar, ahora según lo mencionas, en el narrador de la Metafísica de los tubos de Amélie Nothomb. Llegué a esa voz trabajosamente. Los primeros textos estaban en primera persona, puesto que estamos muy dentro de la mente de la protagonista. Sin embargo, necesitaba un narrador que se acercase al omnisciente, que lo supiera todo o casi todo. Y además, estaba contando una historia de formación, de alguien que progresivamente se adueña de su propia voz, pero ese no es el punto de partida. Puestas todas esas cartas sobre la mesa, la segunda persona me lo solucionaba todo. El personaje de la amiga invisible estaba ahí desde el principio, y de repente lo vi: tiene que contarlo ella, que está dentro y fuera, que sabe el futuro, etc.

Sobre la estructura del libro, donde caemos directamente en un momento vital del personaje (con 7 años, en la adolescencia, en la universidad…) también me gustaría que nos comentaras cómo surgió. Esto me recuerda a Las olas, de Woolf, esas elipsis radicales.

—La verdad es que la estructura de la novela la tuve muy clara desde muy pronto, y es de esas cosas que no racionalicé: como surgió instintivamente, funcionaba bien. Jamás me planteé contar toda la vida de la protagonista, me interesaba poner en relación acontecimientos importantes en diferentes momentos de la vida. Creo que tiene sentido que te recuerde a Las olas, porque en el fondo es un procedimiento muy lírico: no me interesa tanto la trama en sí como la relación simbólica de los elementos.

—También me ha gustado que sale mucho Madrid, y numerosas situaciones reconocibles por todos, como las vacaciones en familia, las abuelas, los primeros noviazgos o las dudas y escaramuzas del sexo; el leitmotiv de la piscina (el comienzo del libro nos recuerda ese relato de Foster Wallace sobre el trampolín)…

"No me interesaba escribir algo confesional ni que lindara con el ensayo o con la crónica, ni tampoco creo que me hayan ocurrido cosas tan relevantes como para que el mero testimonio tuviera sentido"

—Madrid se sitúa precisamente como el contrapunto de esa piscina, la urbe frente al huerto, la vida ocupada frente a la ociosidad del verano. Creo que busco especialmente todas esas situaciones reconocibles para que el lector se identifique y se sonría: quién no ha tenido una abuela que lo cuidaba y lo reñía, quién no ha viajado en el coche con padres y hermanos, quién no ha tenido un primer desamor o ha dudado de cómo proceder en el encuentro sexual. A veces me han preguntado si la novela habla de mí y, en realidad, lo que quiero es que hable de cualquiera. La piscina surgió como una imagen visual muy potente, y creo que me funcionaba como símbolo de muchísimas cosas. Ese “estar y no estar en el mundo” que busca la protagonista y que siente cuando bucea, el aprendizaje de nadar con la abuela como el aprendizaje de desenvolverse en el mundo, y hasta tiene algo como de líquido amniótico del que salir.

—La identidad, desde la cita del principio del libro, es clave en tu novela. El personaje se llama Marta y leemos como si nos hablaras de ti. No sé si el libro —en la nota final explicas que lo llevas trabajando desde 2011— es la salida que has encontrado para no caer en la autobiografía ni en la autoficción, al tratar la identidad como un cruce de caminos, un vacío, una ficción, una condena incluso. Se habla mucho del cuerpo, por ejemplo, y de la cultura popular, todo ello como marcas del propio yo.

—Sí, creo que la identidad es la clave de la novela, y en ese sentido el libro es una larga pregunta sin respuesta. “Yo es un término útil”, dice Virginia Woolf, y seguramente es sobre todo eso, lo usamos a falta de otra cosa. No me interesaba escribir algo confesional ni que lindara con el ensayo o con la crónica, ni tampoco creo que me hayan ocurrido cosas tan relevantes como para que el mero testimonio tuviera sentido (como sí ocurre con otros libros biográficos, como El consentimiento, por ejemplo). Pienso que la novela sí tiene algo de autoficcional y que, al mismo tiempo, da igual que lo tenga. Digamos que lo que más me interesa de la autoficción es la ficción. En ese sentido sí se esboza la idea de la ficción como identidad, de que somos las historias que nos contamos: la protagonista ya desde pequeña hace teatritos con sus primas, y esa necesidad de contar historias la persigue hasta el final. Pero las cosas no son solo como nos las contamos, y de ahí el mundo exterior y objetivo, que nos ayuda a tener asideros para entendernos: la cultura popular que nos rodea, lo que nos gusta o no nos gusta o, efectivamente, el propio cuerpo. Mides 1,57 y tus manos son pequeñas. Es un dato objetivo, es parte de ti. Puedes partir de ahí, también, para entenderte.

"Las chicas que sacan buenas notas también pueden ser las protagonistas, no tienen que ser siempre la amiga lista del chico majo"

—Me hace gracia que el personaje sea brillante, saque buenas notas y piense que su labor en el mundo es seguir sacando buenas notas. No solemos ver este personaje, el del adolescente aplicado, en los libros.

—Me gusta que te fijes en eso, y no había caído en que es un tipo de adolescente infrecuente en los libros. Supongo que tiene que ver con que en la adolescencia sacar buenas notas te sitúa en un espectro en el que ni eres lo suficientemente guay como para que el lector quiera ser como tú ni eres lo suficientemente pringado como para que el lector empatice. Concretamente, si el personaje es además femenino, resulta prepotente o repipi. Pienso en la Hermione Granger de Harry Potter, en la Gretchen de La banda del patio o en el personaje protagonista de la serie Antidisturbios. Algunas de las personas con las que compartí la novela antes de publicarla me dijeron que la protagonista, en ese ser brillante, a veces caía mal. Lo medité mucho y la dejé como estaba. Las chicas que sacan buenas notas también pueden ser las protagonistas, no tienen que ser siempre la amiga lista del chico majo.

—Por último, me pregunto si se fue haciendo más difícil o arriesgado, o más tentativo, escribir sobre «Marta» según el personaje se iba acercando a tu presente. Pensemos en la vieja idea de que la infancia es la única novela que podemos narrar, porque es la única etapa de la vida completamente cerrada. No sé si te fue más difícil —es la pregunta— levantar el personaje en la distancia o construirlo cuando tiene casi la edad en la que escribes.

—Creo, sin duda alguna, que para escribir utilizando experiencias propias es necesaria la distancia. Es evidente que con la infancia hay siempre mucha distancia temporal, pero me parece más importante la distancia emocional con lo vivido. La Marta adulta no me costó tanto, porque se la retrata a través de unos conflictos que más o menos comprendo (las mudanzas, los amigos, la precariedad laboral, las relaciones amorosas que cuajan o no), y porque tampoco he sido literal en los hechos narrados. En ese sentido, el personaje se volvió más complicado en la segunda parte de la novela. La adolescencia poco menos que se define porque no sabemos quiénes somos, estamos perdidos y lo sentimos todo como muy complejo. Entender a esa Marta me costó mucho más.

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EXTRACTO

Te miras los pies, que son pequeños, pero a ti no te parecen pequeños: te parecen simplemente tus pies. Los llevas despacio hasta el borde del trampolín azul, descolorido por el sol. Los juntas. Das un pasito más y tus dedos, que son pequeños, sobresalen y se quedan en el aire, asomándose a la piscina brillante. Pero por qué iban a ser pequeños, si son simplemente tus dedos. Miras al frente y el sol te hace fruncir el ceño. Tienes la piel seca; seca y morena, y solo llevas puesta una braguita de bañador con volantes y estampado de cerezas que está descolocada y enseña una nalga blanquísima. Al fondo, el césped, que también está algo seco. Los aspersores. El cielo, brillante como la piscina y azul como el trampolín. El calor intenso. El silencio tan poco habitual.

Te imaginas que llevas un bañador rosa de cuerpo entero, como los de las mayores. Te pasas las yemas de los dedos por el pecho plano y la tripa y el ombligo, y te lo imaginas: un bañador como los de las mayores. Te apartas el pelo de la cara. Abres los ojos y vislumbras a la grada levantándose, eufórica, aplausos, aplausos y más aplausos. Aplauden con sus manos grandes, grandes como lo serán las tuyas algún día, como deberían llegar a serlo, porque la gente crece y al crecer ellos les crecen también las manos.

Te tiras a la piscina.

Atraviesas el agua de golpe. Te pones tú también un poco azul y un poco brillante. Se te empapa la piel y el pelo se te esparce como si estuviera hecho de un material distinto. Tu pelo. Es liso y suave, y mamá intenta hacerte dos coletas, pero se te acaban deshaciendo y vas despeinada. Tu pelo. Dentro de ocho años de lo vas a cortar a lo chico. Dentro de ocho años y catorce minutos te vas a arrepentir. Dentro de dieciséis años vas a sufrir un desamor y le vas a decir al peluquero: “Haz lo que quieras”. Y lo hará. Dentro de vientidós años -veintidós años, que son más del triple de los años que tienes ahora- te vas a descubrir una cana en la sien. La achacarás a un enero estresante. Quedará oculta bajo tu flequillo. Tendrás flequillo. Tu pelo seguirá pareciendo de un material distinto cuando te metas debajo del agua, como ahora que se esparce en todas direcciones. El sonido exterior se mitiga. Estás en el mundo y no, y eso te gusta.

Los nombres propios (Sexto Piso), incipit.

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Autor: Marta Jiménez Serrano. Título: Los nombres propios. Editorial: Sexto Piso. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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