NO

El año pasado me di cuenta de que llevaba meses diciendo no y se me fue configurando un mundo nuevo donde alguien, este humilde personaje, da negativas y sigue adelante y la gente a su alrededor no lo sabe y tampoco pasa nada. Decir «no» es una forma voluntaria de invisibilidad. También aloja algo hosco y egocéntrico, algo dañado. Por si fuera poco, la gente suele tomarse bastante mal que le digas que no.

Decir «no» es de viejo, cuando eres joven dices a todo que sí. Cuando eres un escritor joven te apuntas siempre, aunque no sabes muy bien por qué. Yo no tuve maestros sociales de lo literario, pero sabía, de una forma en realidad malsana, que debe uno prestarse, sumarse, estar, ir, decir sí y amplificarse. Ahora recuerdo todos mis sís como la respuesta unánime equivocada.

"Eres en la medida de tu partida de nacimiento y de la escasez de algo más que patrocinar"

Le dije que no, por ejemplo, hace más de un año, al principio de esta deriva negativa, a un viaje a La India. Tener hijos me sirve de excusa, incluso frente a mí mismo, para no hacer algo. En realidad puedo hacer muchas más cosas de las que digo que puedo hacer teniendo hijos. El caso es que había un festival literario en La India, Castilla y León enviaba autores castellanoleoneses, me invitaron. Dije que no enseguida porque tampoco se me había perdido nada en La India, en una ciudad que no recuerdo.

El destilado decisional en este caso tiene que ver con Castilla y León, noble comunidad donde nací y que, como todas, mantiene una política cultural de errado ensimismamiento. En España cada región hace todo lo posible por subrayar su legado y su creación, destina gran dinero a premiar la residencia del artista y hasta la temática folclórica de su obra. Así se consigue ser provinciano bien entrado el siglo XXI: se premia, se celebra y se destacan cosas que no tienen ningún valor. El único valor del arte, por comunidades, es que se haya producido en esa comunidad. Un artista con algo de vanidad no puede soportar este triunfo facilito. Eres en la medida de tu partida de nacimiento y de la escasez de algo más que patrocinar. Yo iba a ir a La India porque no había otro, o porque cuatro o cinco invitados antes que yo no podían ir. Me incomodaba saberme envenenado más que invitado. Decir sí era tener que ponerlo en Twitter, contarlo en casa, a los amigos, dar la impresión al cabo de que era muy importante esto de que te invitaran a La India, cuando se trataba de un servicio a la patria: más que ser invitado eras reclutado.

Me parece muy pobre aspirar a ser el mejor escritor de Castilla y León, de tu generación o, incluso, de todo el país. Son categorías mezquinas. Este tipo de invitaciones o agasajos consiguen hacerte creer que esas categorías son importantes.

También me mueve a decir que no el hecho de que no se gane nada de dinero. Si la cosa consiste en ir y hacer bulto, no voy. Yo quiero dar de comer a mis hijos, 100 euros, 200 euros, 1000 euros. Esta es una lógica buena que me ha traído hacerme mayor: que pienso en el dinero y no en la fama. Con el dinero puedes hacer algo al final del día; con la fama sólo haces el ridículo. Nadie se acuerda de que has participado en una charla en el Círculo de Bellas Artes hace un mes. Ni siquiera querías ir.

"Decirle que no al poder también resulta motivador. El poder no es sólo el alcalde o el ministro, también lo es la televisión"

Le dije que no a presentar un libro por 250 euros, contradictoriamente. No sabía que podían pagarte por presentar libros, he presentado a lo mejor unos quince o veinte en toda mi vida y nunca esperé que me pagaran. Pensaba que contribuía a una causa (y contribuía a una causa, sí, la literatura). No sé por qué dije que no, quizá me pareció un dinero demasiado fácil. También es verdad que ser pobre una cosa que te permite es decir que no a pequeñas cantidades de dinero y sentirte muy muy bien. No te sacan de pobre 250 euros. Pero los necesitas tanto que da gusto rechazarlos.

Dije que no a una charla en el Ayuntamiento de Madrid, no sé qué cosa de diciembre pasado. No pagaban. Compartía mesa con alguien que detesto. Me avisaron el jueves para ir el viernes (o sea, alguien les había fallado). El mensaje incluía esta frase ladina: “Queremos invitarte a una cosa muy bonita.” Perder el viernes noche hablando gratis junto a alguien que desprecias porque la persona que han invitado hace semanas no puede acudir: ¿eso es bonito?

Decirle que no al poder también resulta motivador. El poder no es sólo el alcalde o el ministro, también lo es la televisión. Siempre se ha propagado que si dices no ya no te vuelven a invitar. Eso fuerza muchos asentimientos, en efecto. Tengo 46 años, amigos, me la suda todo.

Dije que no a un youtuber que, como me cae bien, no voy a citar. Tiene cientos de miles de seguidores. Me proponía una charla, pero era a través de Skype, y yo no tengo Skype y, en general, me molesta hablar por cajitas en la pantalla. Eso fue todo, la cajita.

Dije que no al programa de libros de Televisión Española. No sé si lo emite La 1 o La 2, ni qué día, ni a qué hora. Se llama Página 2, así que será en La 2.

"La lección que aprendí es que la tele te llama y espera que dejes todo, así sea tu sustento, tu hijo enfermo o tu madre moribunda, para rellenar los 5 minutitos que te da. No"

He salido dos veces antes, que pudieron ser tres. Una fue para hablar de blogs con Luisgé Martín, otra para hacer no sé qué paripé sobre un autor inexistente. En ambas dije que sí enseguida, es la tele, deja todo lo que tengas entre manos y sal corriendo a hacer lo que te manden, subir, bajar, maquillarte, quitarte las gafas, esperar media hora en un rincón, es la tele, amigo. Qué cosa tan ridícula y apestada es la tele, amigo.

La tercera vez que me invitaron y no pude ir aprendí la lección. Fue hace muchos años, siete quizá. Yo daba un taller en Tres Cantos y me venía mal el día de grabación, como le expliqué a alguien por correo electrónico. Nunca me contestaron. La lección que aprendí es que la tele te llama y espera que dejes todo, así sea tu sustento, tu hijo enfermo o tu madre moribunda, para rellenar los 5 minutitos que te da. No.

Lo último fue el año pasado, o quizá este enero. Me escribió un señor diciéndome que me querían sacar en el programa. Era el típico mail de la tele: escrito en 14 segundos porque supongo que a decir “arre, burro” aún no se atreven. A lo mejor es el mismo mail para todo el mundo, con copiar y pegar te lo escriben en 3 segundos; no sé. El caso es que querían rellenar conmigo 5 minutitos, claro, para hablar junto a otro autor de mi página web, malherido.com, al hilo de los diarios personales. Mi web es de pago, nunca han leído una sola palabra de mis diarios, que además andan poco actualizados. Enseguida entendí que habían entrado en Google y escrito “diarios autores españoles” y dado con los artículos de El Mundo y ABC donde salía mi nombre aparejado a este género. Y ya está. Como no vieron que mi nombre fuera suficiente para disfrutar de 5 minutitos de televisión, la entrevista me la hacían junto a otro autor, a ver si juntos conseguíamos aportar algo de fuste cultural a la pantalla. Todo abrasadoramente humillante.

Mi respuesta: “Hola, X. Gracias por la invitación. No estoy interesado. Un saludo. Alb.”

Tarde muchas horas en escribir un mensaje tan corto, como bien sabía Pascal. Porque todo lo que cuento más arriba era lo que quería decirle al señor de la tele, hasta que comprendí que sobraba, que lo que tenía que decirle era que no sin más. El señor de la tele ya sabe por sí mismo todo lo que cuento más arriba.

Su respuesta: [ ].

Nada. Invitas a alguien, te dice que no, y no le dices, bueno, otra vez será; o, más amoroso, por favor, reconsidere su negativa, le tenemos mucho aprecio. No: silencio. Entonces aprendí que cuando dices no y no te contestan te muestran todo su descomunal desprecio. Se han rebajado a invitarte, y la única manera de dejarte ver que nunca debieron hacerlo, y de retirarte en cierta medida la invitación, es no contestar. Así sabes quién está por encima de quién.

"Dije que no a una fotógrafa, no diré su nombre porque me ha dado por no decirlo, porque en realidad podría decirlo, y a lo mejor, cuando corrija esta pieza, voy y lo pongo"

Es curioso esto de Página 2, porque cualquier lector estará pensando que estoy loco por decirles que no y por contarlo aquí, pues entonces —como va dicho— no me van a volver a llamar. El programa lleva 13 años en antena y yo he publicado 8 novelas, 1 libro de cuentos, 1 libro de artículos, 1 libro de reseñas literarias, 1 antología de jóvenes autores y he editado 6 novelas en Caballo de Troya durante estos trece años, y ninguno de estos libros ha aparecido nunca en Página 2. No me quejo, ni siquiera veo el programa. Pero es un poco absurdo pensar que pierdo algo por decirles que no y por contaros cómo fue la cosa y lo execrable del trato. Trece años son suficientes.

Dije que no a una fotógrafa, no diré su nombre porque me ha dado por no decirlo, porque en realidad podría decirlo, y a lo mejor, cuando corrija esta pieza, voy y lo pongo. Me escribió para hacerme fotos, ella hace fotos de autores y es verdad que de mí no tenía. Le iba a decir sí de inmediato, como en los viejos tiempos de joven idiota. Pero, no sé por qué, decidí contestar al día siguiente.

Le dije que no. 24 horas bastaron para cambiar mi decisión. No tenía nada de malo dejarse hacer fotos. Sin embargo, me pareció tan ridículo tener que mover medio Madrid para que alguien cuidara de mis hijos y pensar qué ropa ponerme y ver dónde quedábamos y la hora y todo eso que dije mira, para qué molestarse. A la fotógrafa le escribí un mail muy sentido, disculpándome de corazón, agradeciéndole de veras su invitación. Realmente me sabía mal decirle que no, pero es lo que había.

Su respuesta: [ ]

"La tele me parece peligrosa y, además, como veis, llevaba carrerilla con lo de decir que no y ya me salía solo"

Nada. Ahí me sentí muy contento de haberle dicho que no, pues, como la tele, daba muestras con su silencio de tener claro que un escritor al que le diga ven a hacerte unas fotos deja a sus hijos sin comer sólo para que le hagan unas fotos.

Dije que no a un programa de debate muy famoso, sobre todo ahora con algunos temas, como los youtubers. Nuevamente, no me apetecía lo de la cajita. Eran dos minutos. La tele me parece peligrosa y, además, como veis, llevaba carrerilla con lo de decir que no y ya me salía solo. Fue este año. Su respuesta: «Qué pena, te seguimos, ojalá en otra ocasión». Es curioso que este programa tenga mala fama entre los intelectuales, los sibaritas y las estrellas del medio televisivo, pues suelen hacerse burlas de él en Twitter, según veo a veces (yo la tele, lo que es la tele, no la veo nunca). Es curioso, digo, porque fueron los únicos que se mostraron amables y comprensivos con mi negativa. Les mando un abrazo si están leyendo esto.

Mi sueño húmedo como negacionista, negativista, nononero o viejo gruñon es que me den el Premio Nacional de Narrativa y decir que no lo acepto, como Javier Marías. Es lo más grande que puede pasarte, como es obvio. Cuando me dieron el David Gistau de Periodismo me di cuenta de que además es muy difícil decirle que no a un grupo de personas muy amables que te llaman para darte un premio. Hay que ir ejercitándose psicológicamente durante años.

Antonio Gala dijo una vez —si mal no recuerdo— que las palabras más importantes del idioma eran dos: “yo” y “no”. También hay una frase famosa de Camus sobre decir que no. Pascal mismo no deja de aconsejar el no en la, a su vez, célebre cita acerca de salir de casa y los problemas que acarrea.

Yo ya creo que hay que decirle que no a todo.

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