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Residente nº UKR-1992: Dimas Prychyslyy

Un Madrid recuperado para las historias y los personajes únicos encontramos en No hay gacelas en Finlandia (Espasa), premiada novela de Dimas Prychyslyy con la que se abre a la narrativa desde su vocación primera de poeta. Nacido en Ucrania, su debut no puede ser más español, más abierto ni más actual. Vidas modernas y voces verdaderas, sexo acaso, libros en busca y captura y una cierta decadencia anticipada de la juventud del primer cuarto del siglo XXI.

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—Lo primero que me apetece preguntarte, o más bien pedirte, es una introducción o presentación, algo que no haría —perdóname— si te llamaras Juan Gómez. ¿Cuál es tu origen, o, por decirlo a lo cursi, tu historia? Acabo de mirar tu libro y veo que naciste en Elisavetgrado, que de hecho es Ucrania, como en el caso de Margaryta Yakovenko, otra invitada de esta sección. Quizá la conoces.

—Es normal que quieras saber, tanta i griega solo alienta la curiosidad. No, no nací en España, cosa que me parece imperdonable, porque yo tendría que haber nacido en una casa con patio de Triana y haber sido bautizado con manzanilla mientras unos gitanos jaleaban por tangos, pero no hubo suerte. Me parece indignante. Nací en un bloque soviético frente a un colegio soviético espantoso, en una ciudad que se llamaba Kirovogrado y ahora Kropyvnytskyi —el apellido de un músico creo que es, por otro lado con la misma terminación que el mío pero acabado esta vez en i latina por alguna razón, lo he tenido que buscar en Google…—, y que yo prefiero llamar Elisavetgrado, porque me encanta lo cursi y porque cuando uno no es de ninguna parte puede ser de donde le salga de los cojones, y si es un lugar inexistente del pasado —donde, por cierto, nació Arseni Tarkovski—, mucho mejor.

"¿Y a usted qué coño le importa dónde he nacido? Escúcheme y luego de diez minutos me encasilla, si es que puede"

Me crie en una zona del sur de Tenerife donde lo endémico tenía valor museístico a causa de la invasión guiri. Me crie en un verano perpetuo donde había más hoteles que personas. Los que eran de allí se habían ido y ninguno de los que quedamos éramos de allí. Eso hacía que el lugar de origen fuese algo así como un accidente sin ningún tipo de importancia. Más allá de las coñas con el apellido —en el colegio me llamaban pichichi siendo yo un matado jugando al fútbol— mi origen nunca fue algo importante. De unos años a esta parte la importancia del lugar de nacimiento precede al nacido. Hay terfs también en estas cuestiones, mientras unos son los demás solo podemos soñar con llegar a ser. La indiferencia ha ido mutando a cierta sensación de malestar. Un malestar que tiene su origen en la justificación ante la insaciable necesidad de los demás de saber de ti y catalogarte. Es como si yo preguntara a alguien que me acaban de presentar cuánto dinero tiene en la cuenta. ¿Y a usted qué coño le importa dónde he nacido? Escúcheme y luego de diez minutos me encasilla, si es que puede. Esto tiene que ver con el horizonte de expectativas, y yo soy una clara decepción.

Margarita Yakovenko ha escrito todo lo que se puede decir al respecto de este tema, de hecho, le estoy muy agradecido por su novela, porque me veo libre del marrón de tener que poner mi vida por escrito. He intercambiado algún mensaje en redes con ella, y las similitudes son abrumadoras. Es un alivio saber que hay gente a la que le pasan y le indignan las mismas cosas que a mí.

"He flirteado, lo sigo haciendo, con la poesía y el relato, pero estos temas necesitaban ser tratados de una forma más extensa"

Por algún motivo no he vuelto a pisar Ucrania desde que me fui con siete años. La ausencia de familia cercana es una causa, la falta del dominio de la lengua es otra, el conflicto bélico y el rechazo a ciertas posturas propias de la Europa del Este, que tienen que ver directamente con quién se mete en mi cama, otra. No he decidido dónde nacer, pero sé perfectamente donde me gustaría morir: a la orilla derecha del Guadalquivir, que dice una sevillana. Algunos me acusarán de apropiacionismo, yo lo llamo identidad. Y cuando uno se la tiene que montar es de lo más divertido, además no soy el único, te pongo sobre la mesa a Lispector, Nemirovsky, Nobokov, Conrad, etc. Pasa que esas mezclas son divertidas una vez te has muerto, en vida son un coñazo.

No hay gacelas en Finlandia es tu primera novela después de publicar algunos poemarios. Para ser un debut, llama la atención su complejidad, su extensión, su madurez y, cómo no, la ausencia de autobiografismo a la moda. ¿Cómo surgió el proyecto?

—Gracias por los piropos. Surgió hablando con una amiga en una cafetería, y supongo que de la necesidad de retratar —con el peligro de caer en tópicos y personajes planos— el mundo en el que me muevo, los nuevos usos sociales y amorosos, las ridiculeces hipster, el mamoneo millenial, la disolución entre realidad y virtualidad, las relaciones familiares que no entienden de épocas y suelen ser siempre desastrosas. He flirteado, lo sigo haciendo, con la poesía y el relato, pero estos temas necesitaban ser tratados de una forma más extensa. Aún así la novela es algo híbrido, uno escribe por todo lo que ha leído, tampoco es un mérito, yo solo muestro como me han enseñado a mirar.

—La variedad de personajes, que toca casi todo el espectro social, es muy llamativa, así como la obligación que este coro te impone para modular varias voces, e incluso varias conciencias. ¿Cómo has trabajado esa metamorfosis autoral entre una voz y la siguiente, ese soltar un estilo y saltar a otro?

"Claro, claro, no hay nada más ególatra ni más atrevido que poner citas. No sé con qué derecho las he puesto yo, supongo que con el que te da una primera novela"

—Creo que fue una osadía, y no sé cómo conseguí acabar la novela. El lío de voces y personajes no es fácil y una vez que los metes en fregaos luego te ves obligado a sacarlos de ellos y eso es agotador. No sé si alguien lo habrá leído de esta manera, mi hermano leyó así el borrador, pero la novela también permite ciertos saltos, no hay por qué leerla de forma lineal, uno puede adelantarse a cosas y no pasa nada, con ese orden yo solo ofrezco una forma de lectura, la mía, pero no por ellos es la única ni la mejor.

—La novela arranca con citas de Unai Elorriaga, Fernández Mallo o Calvino, lo que puede tomarse como una declaración de intenciones. También se invoca a Valle-Inclán en la cuarta de cubierta. Además, la novela se lee como un puzle o un mosaico emergente, y hay que estar muy atento para ver las relaciones entre los personajes y los secretos que ahí se esconden. Quiero decir que tu poética parece huir de la sencillez que, al hilo de la autoficción y la autobiografía reinantes, hace que las novelas sean lineales, fáciles, directas y monotonales.

—Claro, claro, no hay nada más ególatra ni más atrevido que poner citas. No sé con qué derecho las he puesto yo, supongo que con el que te da una primera novela. Unai Elorriaga y Fernández Mallo fueron y siguen siendo dos grandísimos referentes (una pena que lo último de Elorriaga no se haya traducido al español). También lo fueron Bolaño o Cortázar, pero creo que son autores que se superan, son autores de facultad, como una especie de droga para universitarios de la que acabas desenganchándote. Me han enseñado que hay que leerlo todo, en especial literatura medieval y del siglo XIX, pero hay que escribir desde el ahora, tú eres el regalado. Así que no tuve más remedio que segmentar la novela, llenarla de voces, de ruidos, de redes, de confusión… No había otra forma de plantearla que esta. Hay que ser absolutamente posmodernos, escribió Antonio Portela, y eso es algo de lo que no creo que pueda desengancharme jamás. Aunque mi aspecto sea muy siglo XIX.

"Te confieso que el último gran descubrimiento fue Ágata ojo de gato de Caballero Bonald y me dejó de piedra, es la Cien años de soledad andaluza"

Se puede ser de todo menos predecible y aburrido, que son la misma cosa. No quiero decir que yo o la novela no lo sea, pero he hecho todo lo que ha estado en mi mano para evitarlo. La complejidad de la que hablas era un temor y algo que jugaba en mi contra, ver la novela publicada en Espasa y además galardonada con un premio es una alegría doble, pensé que me la iban a rechazar todas las editoriales. Por novato y por pretencioso. Pero no, ha habido suerte. Respecto a la autoficción, tengo una relación de amor-odio con el género. Las que son buenas son muy buenas y las que son malas son pésimas. Ha habido un auge en los últimos años con este tipo de obra, es cierto, y resulta curioso que gente de veinte años decida iniciar su carrera literaria con un autorretrato. Me parece arriesgado y en ocasiones un sinsentido, como si no hubiera nada más allá de uno mismo. Pero por otro lado es normal, nos autoficcionamos a diario. La grandes obras del siglo se escriben en Facebook —si se es viejoven como yo—, en Instagram —si eres moderna— o en TikTok —si eres lo más puto modernísimo del barrio—, eso sin mencionar el Grindr o el Tinder. No puedo prometerte que no sucumba al embrujo de la autofelatio. La verdad es que no te lo puedo prometer…

La lista de autores sería infinita, pero me gusta mirar al otro lado del charco, es mucho más fácil sorprenderse, por una cuestión estadística, son diecinueve países contra uno. Los hermanos Lamborghini, Néstor Perlongher, Manuel Puig, el neobarroco cubano, la fiesta de los Tres tristes tigres de Cabrera Infante, las recién descubiertas obras de Selva Almada o María Fernanda Ampuero, o la brutal poesía de Zurita, María Auxiliadora Álvarez o Elvis Guerra. De aquí me interesa muchísimo la obra de Andrea Abreu y de Juan Gómez Bárcena. Te confieso que el último gran descubrimiento fue Ágata ojo de gato de Caballero Bonald y me dejó de piedra, es la Cien años de soledad andaluza, no sé por qué nadie me habló de esa novela en la carrera.

—La sensación final que deja No hay gacelas en Finlandia es la del retrato de una generación —en realidad más de una, pero con especial atención a los que ahora rondan la treintena— precaria, tecnológica, libresca, bastante perdida. Y con mucho Madrid, calle a calle y librería a librería, por cierto. Por un momento, hasta pensé en La colmena, de Cela. ¿Dirías —aparte de lo que te sugiera todo lo anterior— que es más una novela de lugar —Madrid, hoy; tu Madrid— o de gentes —asimismo las que conoces o frecuentas o imaginas—?

"Me hace gracia que menciones lo libresco, me pregunto qué pensará al leer la novela una persona que no está habituada a leer y no sabe nada del mundillo literario"

—Salvando las distancias, sí es verdad que hay algo de La colmena en mi libro. El afán por hacer un retrato conductivista o behaviorista creo que es obvio. No sé si es una novela de lugar o de gentes, supongo que van muy de la mano, aunque creo que es más lo último. Hay personajes que son un lugar en sí mismo, uno de descanso, como la anciana Mar, o un auténtico infierno como Zhora, que está recluido en sí mismo. Hoy más que nunca hemos ido abandonando los lugares, las calles ya no son seguras, nos han cerrado el bar de la esquina, la plaza, la playa, el portal de noche, el after seguido de la churrería, así que supongo que no queda más remedio que recluirse y asomarse a ese martirio de Tántalo que son las redes sociales. Eso hacen los personajes de la novela. Los que rondan los treinta son medio fracasados, sí, pero también tienen algo de rebeldes, son como el primer Benedetti o Newt Scamander, su mayor temor es un traje gris y una oficina, sobre todo Mario y Claudia.

Me hace gracia que menciones lo libresco, me pregunto qué pensará al leer la novela una persona que no está habituada a leer y no sabe nada del mundillo literario. Supongo que le resultará todo muy extraño y muy inverosímil. Sobre todo esa purga loca de Olvido, a lo Alonso Quijano que en vez de contar con la ayuda del cura y el barbero cuenta con la ayuda de Marie Kondo —que además suena tan obsceno como lo que propone—. Es un homenaje a la Cuesta de Moyano y a las librerías de viejo que tanto me gustan. Y a un Madrid extraño y luminoso que me inventé durante los soporíferos paseos de agosto en mi condición de desempleado sin blanca.

EXTRACTO

El tiempo amarillo es el más peligroso, hace que el pelo parezca más corto. El tiempo amarillo está lleno de lagartijas, de culebras de leche y de dolor de piernas.

Hoy no vuelvo al trabajo. Pero me pongo unos zapatos nuevos, y los calcetines azules, usados, ya no huelen porque los he lavado ocho veces. Me han despedido. La empresa no puede permitirse más empleados. He decidido guardar la impresora negra y poner el tocadiscos rojo de segunda mano. No vuelvo al trabajo pero decido coger el metro. El tiempo amarillo en los andenes es especialmente amarillo. También la línea y el dolor de los cordones. La llegada del vagón me recuerda a los barcos, la llegada de un barco redondo y ligero que no va a ninguna parte. Un crujir de conchas. Antes de que las puertas se abran y desaparezca el calor veo mi reflejo delgado, el pelo revuelto y naranja, el traje como un saco viejo que cuelga de mis hombros. Me siento al fondo del vagón. No hay nadie. La voz eléctrica y familia que va anunciando las paradas me reconforta. Cierro un poco los ojos. La luz de quirófano me reconforta. En Pacífico me cambiaré a la Circular, que es un barco aún más grande, y daré vueltas hasta que sea tarde. Hasta que sienta hambre o alguien me hable o me dé una moneda o me pregunte si no tengo casa, si nadie me espera. Entonces sabré que tengo que volver, habré cumplido la jornada. Ocho horas no son muchas horas para mi casa, no le permiten un descanso a fondo como el que proporciona un fin de semana completo, pero por ahora será suficiente, nos aguantaremos. No tengo ningún vinilo para poner cuando llegue. Papeles tengo muchos, pero ningún vinito, los vinilos ya vienen escritos y los papeles no suenan. Las impresoras negras no entienden del rojo de los tocadiscos, no entienden de despidos, ni de música antigua. Los tocadiscos son como abuelas roncas los domingos.

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Autor: Dimas Prychyslyy. Título: No hay gacelas en Finlandia. Editorial: Espasa. Venta: Todos tus libros.

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