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Residente número 1988-ESP: Adrián Grant

Residente número 1988-ESP: Adrián Grant

Volver fascinante el mundo de la fiscalidad es sólo uno de los muchos méritos de esta opera prima, que con su prosa nutrida y amplia aborda los instrumentos de los que disponen las multinacionales para evadir sus obligaciones tributarias. Un libro de personajes y grandes conflictos morales, de padres que se sienten traicionados por sus hijos y de desconcertantes discursos en boca del capitalismo más desinhibido. Nada ilegal, nada inmoral es, sin duda, una de las novelas más interesantes de lo que va de año.

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—Primero querría que nos hablaras de la vivencia de la literatura desde fuera de España. Llevas buena parte de tu vida adulta viviendo entre Ámsterdam y Luxemburgo. ¿Cómo lees novedades españolas, o lees preferentemente en inglés o francés? ¿Sigues la actualidad literaria nacional? Y, finalmente, ¿cómo hiciste para poner a tiro de un sello español, en este caso, Caballo de Troya, tu manuscrito?

"Vivir en el extranjero no me ha afectado: nunca he frecuentado el mundillo literario ni he tenido contactos, y estas carencias no me han supuesto un problema a la hora de publicar"

 —Cuando vivía en España leía menos y casi siempre clásicos o autores consagrados. Solo cuando me planteé escribir Nada ilegal, nada inmoral en 2015 me volví más metódico con mis lecturas —novelas que pudieran enseñarme a escribir lo que me había propuesto, autores que tratasen los temas que me interesan, etc.— También procuré enterarme de las novedades editoriales y leer a autores contemporáneos. Empecé a frecuentar las secciones de cultura de los periódicos y algunos blogs de reseñas, que me dieron muchísimo material para hacerme una idea de lo que se publica ahora. Esto me ayudó a identificar las editoriales que pudieran estar interesadas en mi manuscrito, que les envié por correo desde Ámsterdam en 2018. Un año después tuve la suerte de que Antonio J. Rodríguez y Luna Miguel rescataran mi novela del montón de manuscritos no solicitados. En ese sentido, vivir en el extranjero no me ha afectado: nunca he frecuentado el mundillo literario ni he tenido contactos, y estas carencias no me han supuesto un problema a la hora de publicar.

Volviendo a mis lecturas, procuro leer sobre todo novela en español: siempre que bajo a Madrid compro unos cuantos libros. También leo bastante en inglés, aunque apenas leo en francés, ya que por desgracia no domino tanto el idioma como para leer cualquier cosa con soltura.

—El asunto de tu libro resulta en principio bastante áspero: la ingeniería fiscal, las consultorías de las grandes empresas y los juegos de manos para hacer que miles de millones tributen menos de lo que deberían. En este sentido, ¿no es un poco arriesgado profesionalmente sacar las miserias del oficio al que entiendo te dedicas? También le dedicas palabras muy poco amables a Luxemburgo, siendo la ciudad donde resides…

"Tirando del hilo, procuré leer a escritores recomendados por Chirbes en sus ensayos: Benito Pérez Galdós, Ignacio Aldecoa, Juan Marsé o, sobre todo, Max Aub"

—Es cierto que Nada ilegal, nada inmoral se centra en temas delicados para mi profesión y describe algunos aspectos sórdidos de Luxemburgo, cuando la verdad es que la mayoría de los asesores fiscales realizan un trabajo puramente técnico y Luxemburgo es un país bastante agradable para vivir si te gusta la tranquilidad. Si elegí centrarme en estos elementos negativos es simplemente porque me parecieron interesantes para una novela y porque a través de ellos podía reflexionar sobre los temas que me apetecía tratar, no porque aspirase a una descripción total del mundo de la asesoría fiscal o de Luxemburgo. Dicho esto, si el carácter delicado de los temas que abordo en la novela puede generarme algún tipo de riesgo laboral, estoy dispuesto a asumirlo.

—Indicas que has tardado 5 años en acabar el libro que, no siendo muy largo, sí tiene una estructura muy equilibrada y, supongo, pensada, con tres líneas narrativas mayores: el informático, el español y los monólogos de los jefazos. Estos últimos me han parecido fascinantes, como poner voz y razón al mal mismo, y por ahí me han resonado un poco a Houellebecq o Despentes. Citas a Wallace y Dostoievski en la primera página. ¿Qué marco de influencias, no estrictamente literarias, dirías que dio lugar a tu novela? También me he acordado de la película Capital, de Costa-Gavras.

—El libro lo escribí entre 2015 y 2018, pero el proceso de edición fue bastante exhaustivo y tuvo lugar entre 2019 y 2020: creo que me llevó tanto tiempo por falta de experiencia y por tener que compaginar la escritura con mi trabajo. De Wallace leí El rey pálido con muchísimo interés por tratar el mundo de la fiscalidad desde el punto de vista de los inspectores del IRS, pero no creo que tuviera una gran influencia en la novela más allá de la cita que coloqué al principio del libro. Sin embargo, el autor del que más ideas robé y al que más leí mientras escribía Nada ilegal, nada inmoral fue Rafael Chirbes. También, tirando del hilo, procuré leer a escritores recomendados por Chirbes en sus ensayos: Benito Pérez Galdós, Ignacio Aldecoa, Juan Marsé o, sobre todo, Max Aub.

"Las donaciones son bienvenidas y me parecen estupendas, pero no deberían sustituir a los impuestos, claro"

También leí a autores españoles contemporáneos para hacerme una idea de cómo podría narrar una historia ubicada en la actualidad: Aixa de la Cruz, Cristina Morales, Juan Soto Ivars, Belén Gopegui o Juan Francisco Ferré, cuyo Karnaval —aunque su enfoque sobre el escándalo de Dominique Strauss-Kahn sea muy distinto— me dio muchas ideas. Otro libro que leí con mucho interés mientras escribía Nada ilegal, nada inmoral fue De las checas de Barcelona a la Alemania nazi de Otilia Castellví, que también habla brevemente de españoles en Luxemburgo. Capital la vi en su día, aunque creo que me influenciaron más dos películas de J.C. Chandor: A Most Violent Year y, sobre todo, Margin Call.

—¿Qué opinas de la polémica en España con Amancio Ortega y sus donaciones y las acusaciones de no pagar todos los impuestos que debe?

—Yo no sé qué tipo de estructuras fiscales tiene Amancio Ortega, así que no puedo opinar en profundidad. Las donaciones son bienvenidas y me parecen estupendas, pero no deberían sustituir a los impuestos, claro. Personalmente, no creo que sea defendible buscar lagunas y triquiñuelas para no pagar los impuestos que te corresponden, aunque entiendo que para muchas multinacionales la elusión fiscal pueda ser inevitable por una cuestión de pura competencia: el impuesto que no me ahorro pudiendo hacerlo se lo ahorrará mi competidor, colocándome en una posición de desventaja.

—En el libro enfrentas en varios momentos a las personas que trabajan en fiscalidad con sus padres de clase humilde que lucharon por un mundo más igualitario. También concluyes, por boca de un personaje, que nada pueden hacer los inspectores de Hacienda contra miles de geniecillos de las finanzas moviendo capitales por todo el mundo. ¿No crees que cualquiera con mucho dinero haría lo mismo que estos grande magnates?

"Creo que la experiencia personal tiene mucha importancia en la literatura contemporánea y el hecho de que muchos escritores actuales hablen del mundo que conocen es una consecuencia lógica de ello"

—Creo que el tipo de asesoría fiscal que busca lagunas y explota contradicciones en las leyes es más bien la consecuencia de un sistema imperfecto y muy difícil de cambiar, y en ese sentido sí que apunta a un problema mayor: no veo posible que un gobierno acabe con la llamada ingeniería fiscal en su país ya que no existe una solución nacional para un problema internacional. En España hay partidos políticos que proponen —me gustaría creer que con buenas intenciones— medidas como tasas a las transacciones financieras o impuestos adicionales a los ricos, pero no creo que vayan a conseguir gran cosa salvo que lo hagan en el marco de una acción global coordinada. Así, los actores que han conseguido los cambios más profundos en fiscalidad internacional desde que estalló la crisis son instituciones como la OCDE o la UE. El problema es que estas instituciones también tienen sus propios intereses, que son los de los países desarrollados que las conforman, por lo que la desigualdad no termina de solucionarse.

Con respecto a la última pregunta, no creo que alguien sea mejor o peor persona en función del dinero que tenga en su cuenta corriente, pero sí es cierto que hacemos el mal en función de nuestras posibilidades: lo admirable es elegir no hacerlo aun pudiendo.

—¿No echas de menos en la narrativa española más novelas, historias, sobre algo que no sea el propio mundo editorial o aledaños, periodismo, profesores, académicos, actores…? Quiero decir que siempre he encontrado muy enriquecedor que alguien que se dedica desde a ordeñar vacas a trabajar la fiscalidad escriba sobre su entorno laboral, pues, si no, nadie contará nada de ellos. 

—Lo único que echo de menos en la nueva narrativa española es más diversidad ideológica entre sus autores. Creo que la experiencia personal tiene mucha importancia en la literatura contemporánea y el hecho de que muchos escritores actuales hablen del mundo que conocen —artístico, académico, etc.— es una consecuencia lógica de ello. Además, hablando de lo que conoces te ahorras una labor documental que debe consumir mucho tiempo —especialmente cuando la mayoría de escritores tienen que vivir de otra cosa—, así que también puedo entenderlo en ese sentido.

"Por mi parte, me encantaría tener tiempo para documentarme y escribir una novela sobre, qué se yo, el asunto Nombela, la agenda Rivara o los ERE"

Puede que no haya leído tanta literatura contemporánea como para que me parezca repetitivo el ambiente cultureta en las novelas contemporáneas, pero no me importa en absoluto si ese ambiente sirve para contar algo que me interese. Por ejemplo, La línea del frente de la ya citada Aixa de la Cruz tiene como protagonistas a una mujer que trabaja en su tesis doctoral, a un escritor vasco y a un dramaturgo argentino, pero utiliza ese ambiente cultural para tratar temas muy profundos. Por mi parte, me encantaría tener tiempo para documentarme y escribir una novela sobre, qué se yo, el asunto Nombela, la agenda Rivara o los ERE, pero tampoco tengo inconveniente en tirar de experiencia personal, ya que las posibilidades siguen siendo infinitas.

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EXTRACTO

¿Qué empuja a uno a querer ganar dinero, mucho dinero? Las ganas de vivir mejor. Las camisas planchadas en el armario, los viajes exóticos y las comidas elegantes, las gafas de diseño y los muebles caros, la madera, el cuero y el acero, la alta calidad, la buena calidad, la mejor calidad. Pero, por encima de todo, la sensación de paz que transmite una cuenta bancaria con muchas cifras, el capital diversificado, generando rentas, los pisos alquilados, los paquetes de acciones, las participaciones en fondos de inversión, los dividendos anuales, los bonos y sus intereses. Esa placentera sensación de saber que, pase lo que pase, tienes la vida resuelta. Podría parar. Podría vender mi parte de la empresa, retirarme, desanudarme la corbata y volver a casa, seguir llevando una vida cómoda sin necesidad de trabajar un solo día, pero no se trata de eso (aunque para muchos sí se trate de eso). La sensación, esa sensación, es ya una gran victoria, pero quedan muchas más. Es necesario ver hasta dónde soy capaz de llegar, ya que no se trata sólo de dinero, aunque también se sigue tratando de dinero: vivo holgadamente, aunque no soy ni por asomo un multimillonario. Clase alta. Ya ni siquiera clase media-alta. Pero no élite. Aún no. Todo lleva su tiempo, y tal vez llegue, tal vez no, pero, pase lo que pase, no me voy a quedar con una mano delante y otra detrás, esa posibilidad la dejé atrás hace tiempo. Pero ¿es esa sensación el único motivo de que haya decidido ser asesor fiscal, desoyendo las normas más elementales de la ética, y lanzarme a por una fortuna culpable? No hay fortuna inocente, dicen, o al menos no hay grandes fortunas inocentes. Uno siempre puede tener suerte, conseguir un capitalito y administrarlo con mano diestra, pero la clase de dinero que tengo en mente, o al menos la vía que tengo disponible para alcanzarlo… No veo la inocencia por ningún lado. He tomado una gran decisión moral y tengo que vivir con ello: sé que lo que hago es injusto, sé que, si bien no soy responsable del juego de suma cero que crea la competencia entre multinacionales y las obliga a optimizar sus bases imponibles, así como tampoco tengo culpa de la ineficiencia de los Estados que no pueden gestionar sus recursos sin exprimir a sus ciudadanos mediante una carga fiscal insoportable, sí tengo cierta responsabilidad por ser un engranaje más del sistema. No soy imprescindible (¡estoy muy lejos de ser imprescindible!), pero la alternativa me aterra. ¿Acaso iba a desperdiciar mis conocimientos y mi talento por una postura moral? ¿Renunciar a mi vida holgada, a la paz infinita, a mi estatus, a mis bienes y a la tranquilidad que me da llevar una vida cómoda porque algún tipo pueda decirme de vez en cuando que lo que hago está mal?

Nada ilegal, nada inmoral. pp. 163-165

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Autor: Adrián Grant. Título: Nada ilegal, nada inmoral. Editorial: Caballo de Troya. Venta: Todos tus libros, AmazonFnac y Casa del Libro.

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