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Residente número 1988-ALE: Juliana Kálnay

Residente número 1988-ALE: Juliana Kálnay

Foto: Mathias Prinz

Volvemos al Perec inmobiliario en Crónica de una paulativa desaparición (Acantilado), pero con otra sentimentalidad, menos administrativa y rigurosa y más cándida y floral. Juliana Kálnay escribe en alemán lecturas españolas, Cortázar y Aira y largos silencios domiciliarios de sabor bonaerense, traduciéndose a sí misma para completar un debut llamativo y singular, el de la autora que hace de su vida entre dos lenguas un encantador territorio literario.

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—Lo primero que puede llamar la atención al lector español de tu novela Breve crónica de una paulatina desaparición es tu vinculación con España, desde tus años adolescentes en Málaga o esos cuentos que has publicado directamente en español al hecho de que traduzcas tu propio libro. ¿En qué medida fue una decisión difícil elegir idioma para tu primera novela, que seguramente podrías haber escrito también en español?

"Estaba claro que para poder comentar mis textos con los docentes y los demás estudiantes tendría que escribir en alemán"

—Aunque nací en Alemania, el castellano es el primer idioma en el que que fui socializada: mis padres son argentinos y siempre hablaron con nosotros en castellano. A medida que fui creciendo, el alemán adquirió más importancia como idioma del entorno, era el que hablaba con mis amigos y el que aprendía en el colegio. También fue el idioma en el que escribí mis primeras historias. La situación cambió cuando yo tenía once años y nos mudamos a España: en el colegio se estudiaba en las dos lenguas (fui a uno bilingüe) y el español peninsular de mi entorno empezó a entremezclarse con el argentino, hasta tal punto que mi castellano actual sea un amalgama de las dos influencias. Luego participé en un taller de relato y comencé a escribir más en español. Algunos de esos relatos los traduje al alemán para solicitar plaza en la carrera de Escritura Creativa de Hildesheim. Estaba claro que para poder comentar mis textos con los docentes y los demás estudiantes tendría que escribir en alemán. En Hildesheim escribí parte de lo que después sería mi primera novela como proyecto de fin de carrera. Así que, de alguna forma, habiendo traducido mi primera novela al castellano para mí se cierra un círculo.

—¿Hay posibilidades de que escribas alguna vez una novela directamente en nuestro idioma? ¿Qué diferencias encuentras entre el alemán y el español como vehículos literarios?

—Yo me considero bilingüe, aunque la relación que tengo con los dos idiomas no sea idéntica. Después de cursar la carrera en Alemania y establecerme aquí profesionalmente, me siento más cómoda con el alemán para hablar de literatura o en un ámbito académico. Sin embargo, en un contexto más familiar me resulta más natural usar el castellano. Es posible que en algún momento tenga un proyecto con el que vuelva a sentir la necesidad de escribir en esa lengua materna, eso no lo descartaría, aunque ahora mismo no sea el caso. Uno de los recursos poéticos del alemán es que te permite componer palabras ilimitadamente uniendo varios sustantivos, adjetivos o incluso verbos ya existentes. El castellano, en cambio, se presta más a la aliteración, es más fácil conseguir un ritmo melodioso y natural.

—Centrándonos en la traducción, la novela empieza de hecho con una cita de César Aira, de su estupenda novela Los fantasmas. No sé si traducirte a ti misma te ha costado más trabajo que escribir la novela —incluso más tiempo— o si, de hecho, este traducirte ha sido en alguna medida una revisión o corrección, al punto de que el texto en español es en realidad el texto alemán mejorado…

"No soy capaz de sentarme ocho horas al día a escribir (como mucho, a revisar), pero sí pude hacerlo a la hora de traducir"

—Más tiempo seguro que no. Tardé varios años en escribir la novela y para traducirla contaba con un plazo de cuatro o cinco meses. Más trabajo, tampoco. De hecho, me resultó más fácil recrear que crear, porque ya había algo a lo que atenerme, no tenía que inventarme nada nuevo, sólo encontrar la forma adecuada de expresarlo (aunque a veces ya con eso se tiene suficiente). No soy capaz de sentarme ocho horas al día a escribir (como mucho, a revisar), pero sí pude hacerlo a la hora de traducir. Eso no quita que también hubo partes con las que tuve mis frustraciones y dificultades. Sobre todo, cuando veía que por limitaciones de la lengua no podía recrear algo del modo que me hubiera gustado. Por ejemplo, en el original había partes en las que jugaba rítmicamente con las palabras knacken, knistern y knarzen. Todas ellas describen sonidos diferentes, pero las tres se traducen con «crujir» (que parece ser una palabra muy versátil), así que tuve que encontrar otra forma de describir las variaciones de los sonidos. Por otro lado, hubo pasajes en los que pude incluir un juego de ritmos o palabras que en el original no había, o donde el castellano ofrecía expresiones más precisas que el alemán. Y, aunque en las dos versiones haya capítulos en los que no se sabe con seguridad qué personaje los está narrando, la traducción sí ofrece pistas de si se trata de narrador o narradora por la terminación de los adjetivos. No he hecho cambios mayores al traducir, pero sí algunos en la microestructura. Al final hay partes que me gustan más en el original y otras en las que prefiero la versión en castellano. Probablemente mi versión ideal sea una mezcla de ambas.

—¿Fue tuya la decisión de traducir tu propio libro?

—Siempre tuve la idea de que quería hacer la traducción al castellano yo misma, incluso antes de que hubiera una editorial interesada en publicarla. Y estoy muy contenta de que la editorial Acantilado me haya apoyado en ese propósito. Y aunque tuve momentos en los que sufrí traduciendo (igual que a veces también se sufre escribiendo), si pudiera volver atrás volvería a tomar la misma decisión sin dudarlo.

—En tu libro se percibe enseguida la influencia de Georges Perec y su La vida: Instrucciones de uso, así como un tratamiento típicamente posmoderno de la novela: fragmentariedad, juegos tipográficos, uso del espacio en blanco… Me ha recordado incluso a un libro de reciente aparición en España: Lanny, de Max Porter.

"Leí a Perec mientras escribía la novela y siento mucha afinidad con su obra y en general con la de los oulipistas por su relación lúdica con la literatura"

—Leí a Perec mientras escribía la novela y siento mucha afinidad con su obra y en general con la de los oulipistas por su relación lúdica con la literatura, aunque quien más me ha influido en ese sentido es Julio Cortázar. También por su forma de integrar elementos surreales o neofantásticos en sus relatos y en cuanto a las estructuras de narración no lineales y que hacen trabajar a sus lectoras y lectores como cómplices de la creación del texto. Y ya que antes has nombrado a César Aira: cuando leo sus libros también noto ese espíritu lúdico, como si se tomara en serio la literatura justamente no tomándosela tan en serio. A Max Porter todavía no lo he leído.

—Respecto al tono de tu novela me ha llamado la atención una cierta inocencia o bondad que se desprende de la descripción de personajes. En tiempos donde el cinismo y una seca violencia domina la expresión escrita y los relatos, ese tono cordial resulta muy singular.

—Por muy insólitas o incluso terribles que sean las cosas que suceden en el edificio (mueren y desaparecen inquilinos, incluso una niña pequeña) los narradores no parecen cuestionar estos hechos o dejarse inmutar demasiado por ellos, al menos aparentemente. Convertirse en un árbol o amueblar el ascensor, todo forma parte del día a día en el edificio, por la naturalidad con la que se narra. A primera vista puede parecer que esto quita dramatismo a los sucesos, aunque también hay a quien justamente ese contraste entre lo narrado y el tono de narración le causa escalofríos. También me gusta el efecto que causa describir momentos de dureza a través de una mirada ingenua-infantil, es un método que aprecié en los textos de Aglaja Veteranyi y que he utilizado, por ejemplo, para la perspectiva de Alis.

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Extracto de Crónica de una paulativa desaparición, págs. 132-133

CALLE, ACERA: MENTA GATUNA

Iba caminando por la calle, me pilló desprevenido. ¿Cómo iba a ser? No es que suela pasar, ir caminando y que de repente me asuste y salte a un lado. No sé qué me asustó tanto, pero fue una suerte, porque unos pocos segundos después cayó a toda velocidad una maceta, justo ahí, donde yo estaba poco antes. Vamos, que me podría haber dado en la cabeza. Pero ahora la maceta ya estaba en la acera y se había partido y toda la tierra se había desparramado por la calle, y en medio sobresalía una plantita, flores azules tenía. Miré hacia arriba, no fuera a caer otra -no hacía mucho viento, puede que alguien la hubiera empujado sin querer; no querría ponerme en lo peor-. No vi nada, así que me agaché a mirar la plantita, arranqué una hojita y la olí. Parecía menta gatuna. Pronto vendrían los animales a agruparse alrededor. Pero eso ya no lo vi, seguí mi camino.

DETRÁS DE LA CASA: PLUMAS

Y después también está el día en que Alis jugaba detrás de la casa y con ella algunos de los niños de los insomnes. Era otoño. Sin embargo, no encontraron montañas de hojas, sino sólo dos grandes sacos de plástico llenos de plumas. Los niños rompieron los sacos y Alis tiraba las plumas al aire y los niños exclamaban: ¡Está nevando, está nevando!, y lanzaban más plumas y hacían con los brazos como que volaban. Y uno de los niños mayores sacó un mechero del bolsillo y apuntó con la llama al cielo y a las plumas que bajaban planeando, de forma que éstas ardieran unos segundos antes de caer como copos negros en la hierba. Y algunos de los niños se quitaron los abrigos y pulóveres y alargaron los brazos hacia las plumas que caían, pero la mayoría de las veces ya se habían apagado antes de rozar la piel.

No obstante, esa noche a Marta Rolmar le extrañaron las pequeñas quemaduras en las medias de Alis y las plumas que los siguientes días levantaría una y otra vez de las alfombras del dormitorio infantil.

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