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Restitutio Hadriani?

Restitutio Hadriani?

En la mucha sabiduría hay mucha frustración,
quien añade conocimiento añade dolor”
Eclesiastés, I, 18·

Igual que los paquetes de tabaco, ciertos libros es mejor no leerlos. Cuando terminé La legión perdida —el último tomo de la trilogía que Santiago Posteguillo escribió sobre el óptimo príncipe que tuvo el imperio— escupí sobre el nombre de su taimado sucesor: Adriano. “¡Que se pudran sus huesos!”, como reza el Talmud. Hasta aquel momento, Marguerite Yourcenar mediante, tenía a éste en el empíreo de mis modelos de la antigüedad. ¿Cuántas veces me senté a leer en su villa de Tívoli o en la biblioteca que ordenó erigir en Atenas?, ¿acaso en su mausoleo no me puse la capucha y, con la gravedad propia de un capite velato, recité, de memoria, el “Animula, vagula, blandula…”? Ay, le idolatraba tanto que mis colegas romanólogos me pusieron su apodo —graeculus— y, pese a la sorna, eso me llenaba de orgullo. Sin embargo, tras dar cuenta de los tres volúmenes referidos, aquel emperador, para mí, ha caído en desgracia. Antonino Pío, su hijo adoptivo, pudo salvarle in extremis de la damnatio memoriae a la que iba a condenarle el Senado —es más, fue deificado—, pero yo le he desterrado a lo más profundo del Tártaro y allí pena, in aeternum, junto a Cicerón después de que Mary Beard destruyera la imagen idealizada que de éste me había forjado leyendo en mis mocedades La columna de hierro.

Ahora bien, como Ulises Adrados, soy más de griegos (¡dónde va a parar!) y procuro regirme por los preceptos délficos. El primero dice: “Conócete a ti mismo”—esa cólera, Aquiles—; el segundo: “Nada en demasía”, o sea: ni la bonhomía hagiográfica de una ni el maquinador trepa del otro.

"El pasado 2017 se cumplían 1900 años de la muerte de Trajano y el consiguiente ascenso al trono de Adriano"

Estas novelas, pese a su más que meritoria investigación, sólo deben ser —al menos para los del ramo— un motivador preámbulo al estudio de las fuentes de carácter primario y secundario, verbigracia, la Historia Augusta, Casio Dion, o los sesudos ensayos biográficos que a Publio Elio dedicaron A.R. Birley y nuestro J.Mª Blázquez. Lo malo es cuando no hacen los deberes…

El pasado 2017 se cumplían 1900 años de la muerte de Trajano y el consiguiente ascenso al trono de Adriano. Para conmemorarlo, el Museo Arqueológico de Sevilla organizó una pequeña exposición sobre este último, titulada Metamorfosis, y consideré que dicho nombre y efeméride me brindaban una ocasión inmejorable para viajar hasta la Bética y cambiar la negativa figura que últimamente me habían compuesto del susodicho.

El problema fue que la noche anterior el capitán Rigo nos había presentado su Cuaderno de islas, navegando entre tsipouro, y la resaca no contribuyó nada a nuestra reconciliación…Que el micro del autobús que nos llevaba hasta Santiponce estuviera roto sólo supuso un breve impasse en el abismo que ante mí se abría habiendo dormido la mona sólo cuatro horas. Sevilla la Vieja, tan deseada, al menos nos recibió con un espléndido día primaveral y una vez visto el teatro —desde fuera, para qué abrirlo al público…— nos dirigimos hacia las ruinas de la gran ampliación urbanística realizada bajo el gobierno de Adriano junto al primitivo asentamiento de Escipión. Como aún no he visto Juego de tronos, el anfiteatro, para mí, no era más que el escenario de los gladiatorios, así que cuando mis queridas exalumnas me afearon que no fuese vestido con toga ni las proveyera de espadas para jugar —los guías locales se lo estaban currando muchísimo más—, me encomendé a Némesis y, rememorando Los asesinos del emperador, expliqué con todo lujo de detalles la condena ad bestias y el suplicio de los andabatae. ¡Volved a por otra!

"Al pie de la escultura de Marco Ulpio divinizado —ese rictus sólo puede ser suyo— observé con amargura el camposanto cubriendo parte del monumental conjunto que le dedicó su trápala sobrino"

Cardo máximo hacia abajo volví a pensar en él. ¿Nació aquí? No está nada claro, aunque en la universidad nos enseñaron como un dogma que, como su predecesor y egregio compatriota, también provenía de aquellos pagos, siendo su acento provincial motivo de chacota entre los padres conscriptos durante su primera alocución (eso sí, arrieritos somos…). He sido alumno —díscolo— de uno de los excavadores de Italica, J.Mª Luzón Nogué, y admiro muchísimo a su brillante discípula, Irene Mañas —quien dedicó 5 años de su vida al estudio de los mosaicos—, pero ante mis incrédulas y miopes tropas todas sus enseñanzas se vieron reducidas a tratar de hacerles ver que, iconográficamente, los pigmeos, en su lucha contra las grullas, bien pudieran ser el origen del negro del Whatsapp… Al pie de la escultura de Marco Ulpio divinizado —ese rictus sólo puede ser suyo— observé con amargura el camposanto cubriendo parte del monumental conjunto que le dedicó su trápala sobrino.

¿Fue Adriano decoroso o un oportunista al que convenía entroncarse con un dios para legitimar su poder? La sucesión entre ambos, promovida por la intrigante emperatriz Plotina, se sume en la oscuridad, por supuesto. Entonces recordé el inicio de su reinado con la ejecución preventiva de mis héroes de las campañas en Dacia y Partia, el repliegue de las fronteras, la destrucción del puente sobre el Danubio… ubi sunt.

Bastante apesadumbrado y exudando alcohol recité como un memento mori las elegíacas palabras de Rodrigo Caro sobre el lugar: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora campos de soledad, mustio collado, fueron un tiempo Itálica famosa (…), lastimosa reliquia es solamente. De su invencible gente sólo quedan memorias funerales, donde erraron sombras de alto ejemplo. Este llano fue plaza, allí fue templo, de todo apenas quedan señales…”. También leí, con retranca —las chicas me reprochan que sólo les llevo a ver piedras (!)—, uno de mis pasajes favoritos de las Memorias: “Nuestros exquisitos se quejan de la uniformidad de nuestras ciudades; lamentan encontrar en todas partes la misma estatua de emperador y el mismo acueducto. Se equivocan: la belleza de Nîmes difiere de la de Arlés. Pero además esa uniformidad repetida en tres continentes contenta al viajero como una piedra miliar; nuestras ciudades más insignificantes guardan su prestigio tranquilizador de relevo, de posta o de abrigo”. Me pregunto si lo pillarían…

"Mientras abandonaba el museo con estas cogitaciones escuché algo que me desconcertó: el inconfundible entrechocar de dos floretes"

Después de comer, el sopor del sucedáneo que venden por cerveza en el sur casi me despacha al hotel, pero haber servido en las legiones (literariamente) me hace inasequible al desaliento, así que decidí dar una última oportunidad a Adriano visitando su exposición. Vagué por la muestra tratando de asimilar el positivo discurso actual sobre el emperador que trocó la política imperialista de Roma —criada por lobos— en una de contención, dedicándose a viajar a lo largo del imperio y a enriquecerlo con arte. En la sala donde se exhiben varios de sus retratos se le denomina, acertadamente, multiplex y la contemplación en otra de un busto del poliédrico Alejandro Magno me llevó a considerar que, como todos nosotros —sin necesariamente ser géminis—, aquel también podría ser capaz de lo mejor y lo peor. Precisamente así nos lo han descrito: “Fue, al mismo tiempo, severo y afable, serio y jocoso, irresoluto y presuntuoso, tacaño y generoso, doble y franco, cruel y clemente y, siempre y en todo, constante” (Historia Augusta, 14, 11).

Mientras abandonaba el museo con estas cogitaciones escuché algo que me desconcertó: el inconfundible entrechocar de dos floretes. En un primer momento pensé que la resaca me estaba jugando su postrera mala pasada haciéndome alucinar, pero cuando salí al exterior constaté que era real, ¡un par de esgrimistas se batían a duelo en la misma puerta!

Aquello no eran los gladius tomando al asalto Sarmizegetusa sino El oro del rey. De pronto, la vieja Hispalis se transformó en la Sevilla del XVII, haciéndome cambiar por completo de tercio hasta aquel veterano de Flandes que “no era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”. Eché a andar hacia el ocaso de una nueva ciudad, silbando “tirurí-ta-ta”. Mis novelas y yo… ¿Adriano?, ¿quién era Adriano?