Inicio > Libros > Juvenil > Sócrates, un friki en el Ágora

Sócrates, un friki en el Ágora

Sócrates, un friki en el Ágora

(apuntes de filosofía para jóvenes, tercera entrega)

Nos perdonarán los puristas por incluir en el título una palabra tan poco solemne, pero estos apuntes van dirigidos a jóvenes que, suponemos, agradecerán la claridad expresiva. Además, friki ha sido ya bendecida por la Academia, y se nos antoja que, en sí misma, añade algún matiz a extravagante, pintoresco, raro o excéntrico, que son los sinónimos oficiales que la Docta Casa le adjudica. Porque un friki es, efectivamente, un tipo extravagante, pintoresco… pero no al tuntún, sino metódicamente.

Y justamente así era Sócrates. O, al menos, el que nos describen Platón y Jenofonte: un tipo raro -entendido como persona no común- pero con una rareza admirable, digna de emulación. Mientras, al Sócrates de Aristófanes —retratado en su obra Las nubes— le cuadraría perfectamente lo de extravagante o excéntrico, con toda la carga peyorativa que le queramos añadir. Hay, pues, dos versiones de nuestro filósofo: a) una especie de Sileno que caminaba descalzo y vestía como un indigente (rasgos que luego reaparecerán en una escuela discípula suya, la cínica), y b) un individuo de una integridad fuera de lo común, capaz de ofrendar la vida en coherencia con sus ideas; que mereció que Platón dijera (Carta VII): yo no tengo reparo en afirmar que fue el más justo de los hombres de su tiempo.

"Este Sócrates teatral, protagonista, nos ha dejado varias grandiosas escenas, que son parte del más ilustre patrimonio de la epopeya filosófica"

¿Participaba nuestro personaje de ambas facetas? Es lo que sostiene Antonio Tovar en el hermoso libro que le dedicó. Sea como fuere, Sócrates ha devenido en piedra angular de la historia del pensamiento, hasta el punto de que su propio nombre sirve para empaquetar a todos los filósofos que le precedieron: los presocráticos. Y eso ciertamente es significativo: nadie dice prenewtonianos o predarwinianos cuando se trata de caracterizar respectivamente a físicos o biólogos. Lo más parecido que se nos ocurre es aquello de antes de Cristo….

El que Sócrates no dejara nada escrito, el que todo lo que sabemos —entrevemos— de su pensamiento se haya extraído de textos de otros autores, en los que aparece casi como un héroe de novela, contribuye precisamente al encanto del personaje. Del Fedro —donde, entre otros sesudos temas, se cuestiona el valor de la escritura frente a la memoria y queda plasmada una compleja teoría del alma— lo que preferimos son las muy proustianas páginas iniciales, cuando Sócrates y el amigo que da título al diálogo dejan los muros de Atenas y caminan por la vereda del río Iliso, buscando un lugar a la sombra para conversar. O el Protágoras, del que, si bien hemos olvidado las enrevesadas argumentaciones alrededor del concepto de virtud, recordaremos para siempre el inicio, como de comedia, cuando un criado de la casa de Calias cierra la puerta en las narices a Sócrates y sus acompañantes con un despectivo ¡Uf, más sofistas!

Este Sócrates teatral, protagonista, nos ha dejado varias grandiosas escenas, que son parte del más ilustre patrimonio de la epopeya filosófica:

—la de la muerte, bebiendo la cicuta rodeado de sus discípulos, los cuales no daban crédito a que se pudiera llegar tan lejos en la defensa de un ideal. Fedón, el antiguo esclavo eléata, lo cuenta en la obra que lleva su nombre: verdaderamente, me causó una impresión extraordinaria. Y no experimentaba la compasión que era natural ante la desaparición de un amigo, sino, por el contrario, al verle y escucharle, sentía que así era feliz, tanta fue la entereza y dignidad con que murió. Me pareció que no dejaba la vida sino bajo la protección de los dioses, que le tenían reservada en el más allá una felicidad tal que ningún mortal ha podido jamás alcanzar, y por ello no sentí nada de la tristeza que suele acontecer en los duelos. (…) sino una mezcla de goce y dolor, cuando me ponía a considerar que enseguida este hombre admirable nos iba a dejar para siempre. Y a todos cuantos estaban presentes les ocurría poco más o menos lo mismo. Se nos veía tan pronto sonreír como derramar lágrimas. 

—la de los diálogos persistentes y metódicos donde, a base de preguntas cada vez más incisivas y convergentes, iba acorralando a su interlocutor hasta desesperarlo. Mayéutica se llama ese arte, y no por nada: la etimología nos aclara que así se denomina en griego a la técnica de asistencia en el parto. Nuestro ejemplo favorito es el Gorgias, donde Sócrates se pasa sucesivamente por la piedra al propio Gorgias, a su discípulo Polo y al anfitrión, Calicles. Y eso que Gorgias no era un cualquiera, sino el más grande sofista de su época; el que se jactaba de ser capaz de defender una cosa y su contraria; el mismo que afirmó que nada existe, y si algo existiera no lo podríamos conocer, y si lo conociéramos, no lo podríamos comunicar…

—la de un pensamiento de base radicalmente ética, que se puede resumir así: no hay sino un mal, la ignorancia, y un bien, el conocimiento, al que se accede mediante la razón. O, dicho en castizo, todo el mundo es bueno, y el que no, es por ser tonto, y cuando se espabile, será bueno. Que lo que observamos a nuestro alrededor concuerde poco con estos postulados no limita nuestra admiración por lo que este planteamiento tiene de confianza en el fundamento moral de la condición humana.

"A partir de Sócrates, pues, dejamos atrás a los pensadores que solo se ocupaban de la naturaleza"

A partir de Sócrates, pues, dejamos atrás a los pensadores que solo se ocupaban de la naturaleza. Aparecen nuevas preguntas (y a estas alturas ya nos hemos dado cuenta de que, en cuestiones de Filosofía, las preguntas son siempre más interesantes que las respuestas): qué es la virtud, qué la justicia, qué el bien… apreciar la belleza de, por ejemplo, una estatua o un caballo es algo inmediato; reflexionar sobre la belleza como concepto, no tanto. Ese descubrimiento de la abstracción era el necesario paso previo para introducir en la historia del pensamiento a una pareja exitosa como pocas: esencia versus apariencia. Y de su mano, la que sin duda es la más aristocrática y distinguida de las especialidades filosóficas: la metafísica.

 

Próximo capítulo: Platón viaja a Siracusa