Inicio > Blogs > Entre roles anda el juego > El rey que nos salió jugón
El rey que nos salió jugón

Alfonso X. Apodado el Sabio con mucha razón. Rey que casi llegó a ser emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico (adelantándose varios siglos a Carlos V, por cierto). Mentar este rey lleva implícito hablar de la escuela de traductores de Toledo y de su amor por las letras, que tanto propició. Rey conquistador y legislador, pero también poeta, jurista, astrónomo… y jugador. No de apuestas, por favor, sino en su faceta más lúdica. El juego por entretenimiento y como diversión. Por ello una de las obras que mandó redactar es el Libro de los juegos diversos de axedrez, dados, y tablas con sus explicaciones, ordenados por mandado del Rey don Alfonso el sabio (se le conoce más por Libro del ajedrez, dados y tablas, o Libro de los juegos, a secas. Redactado entre 1252 y 1284, este libro de 98 páginas de pergamino con 150 ilustraciones en color está encuadernado en piel de oveja y mide 42 x 30 cm. Y hablo en presente porque, por suerte, se conserva un original: si quieren consultarlo (y les dejan hacerlo) está en la Biblioteca del Escorial. Hay otro ejemplar (copia de 1334) en la biblioteca de la Real Academia de Historia, no menos accesible. ¿Versión escaneada para ver online o en PDF? Me temo que de eso no tenemos en este país, aunque me han hablado de una versión en inglés… No sé por qué no me extraña…

El libro consta de siete partes (más el prólogo). Las tres primeras hablan del ajedrez, describiendo las reglas y 103 problemas o jugadas que resolver (sí, a la manera de los pasatiempos ajedrecísticos de hoy en día). En total, 64 páginas del libro están dedicadas a este juego y sus variantes (“casualmente” el mismo número de páginas que casillas tiene el tablero).

En el resto del libro se habla de los juegos de dados (que “solo dependen de la fortuna”, a diferencia del ajedrez “que solo depende del seso”) y de los juegos de tablas, llamados así no porque se jueguen sobre una “tabla” o “tablero” (que el ajedrez también lo usa), sino porque las fichas que se utilizan para ellos son redondas (“tabulae”). En esta sección encontramos juegos muy interesantes, como el alquerque (muchos lo consideran el antepasado de las damas, algún día tengo que hablar de él en profundidad), el alquerque de nueve (en el que se ha visto el origen del popular tres en raya), y las tablas reales (antepasado del backgammon) entre otros. Por cierto, que en el libro se considera que estos juegos son la síntesis de los dos anteriores: es decir, que mezclan a partes iguales, en buena medida, “seso” y “fortuna”.

Quizá se me sorprendan si les digo que el libro fue escandaloso para la época. Básicamente, por tres razones:

Primero, porque libros con tantas ilustraciones, en esos años, eran solo los religiosos: Devocionarios, Biblias y Libros de Horas.

Segundo, porque más de la mitad del texto está dedicado al ajedrez… que en aquellos tiempos no gozaba de demasiada buena fama: los que lo jugaban eran tenidos por amigos de los moros, y además se solían hacer apuestas con dinero en torno a las partidas. La Iglesia católica lo condenó en 1212 (Concilio de París) como pernicioso y de mala influencia para los buenos cristianos (se ve que esto de que el objetivo final fuera matar al rey no gustaba demasiado). Especial afán tuvo en prohibir el juego el rey (san) Luis de Francia (1226-1270)… aunque tenía un precioso juego para uso privado, que hoy se conserva en el museo del Louvre. Ya se sabe: dime de lo que presumes… y todo eso.

Y en último lugar (y por lo tanto en el más importante) la sociedad medieval discrepaba de la romana. Escritores como Ovidio defendían la distracción de los ocios mediante un ejercicio intelectual, o al menos de usar sesos y entendimiento… mientras que los primeros cristianos (y los segundos, y los terceros) opinaban que la única actividad razonable y decente que se podía realizar en el tiempo de ocio… era rezar. El juego entre adultos quedó relegado, o a una actividad tabernaria y por lo tanto sospechosa de ir acompañada de apuestas y borracheras… o simplemente una “pérdida de tiempo”.

Pensamiento que aún colea hoy en día, me temo.

¡Qué le vamos a hacer! No todos podemos ser sabios, como cierto rey… que nos salió jugón.