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Ricardo Lladosa: «El adulterio como pecado pertenece a una sociedad que ya no existe»

Ricardo Lladosa: «El adulterio como pecado pertenece a una sociedad que ya no existe»

Fotos: Alberto Casas

Un amor de Redon es un libro de amor y muchas cosas más. En la obra de Ricardo Lladosa asoman la infidelidad, la bohemia y hasta los fantasmas. Con sabor a novela gótica, el autor de Madagascar remata con nota alta un biopic de uno de los pintores más desconcertantes del siglo XIX, Odilon Redon.

Un encargo —del banquero David Levy— para pintar tres cuadros cambiará la vida de Redon desde el momento en el que conoce a la esposa de su nuevo mecenas, la fotógrafa Ainhoa Levy. Un amor platónico, a un paso de convertirse en adulterio consumado, es el eje central de esta historia en la que el arte es también hilo conductor narrativo y fin último.

Ricardo Lladosa afronta su segunda novela con precisión y mostrando su pasión por los libros. En una época de tecnologías efímeras, como la nuestra, el escritor aragonés apuesta por un relato decimonónico que bebe de lo mejor del género sin renunciar al entretenimiento.

—El engaño está presente en Un amor de Redon desde el principio: en la cita de Petronio («El mundo desea ser engañado; engañémoslo») que abre la novela.

"La pintura y la literatura son ilusiones que crean los artistas y escritores para subyugar a quienes contemplan sus cuadros o a quienes los leen"

—La cita la encontré en un viejo libro de los años cuarenta sobre fraudes espiritistas. Aludía a los farsantes que sacaban dinero a quienes querían contactar con sus seres queridos difuntos. Deseaban ser engañados porque anhelaban saber de ellos. Los mediums les proporcionaban ese placentero engaño. En Un amor de Redon, como tú bien apuntas, todo es engaño: no solo engañan los falsos mediums, que tratan de hacer creer a los engañados en falsos fantasmas, sino que ellos se engañan a sí mismos, al creer que los engañados les creen. En realidad, la cita de Petronio tiene un significado mucho más amplio: todos, en cierta medida, vivimos de nuestras ilusiones. La pintura y la literatura son ilusiones que crean los artistas y escritores para subyugar a quienes contemplan sus cuadros o a quienes los leen.

—Levy pide a Redon que retrate a las tres mujeres más seductoras de la biblia. Sexo y sagradas escrituras debería ser un oxímoron.

—(Risas). En cierto modo sí. La seducción y el sexo en la Biblia encarnan el pecado, del cual todo cristiano debe huir. A finales del siglo XIX, el movimiento simbolista en el arte y la literatura exaltó el pecado como transgresión frente a los valores conservadores de la sociedad burguesa. La conjunción de esa exaltación con el gusto por los temas bíblicos deparó que Salomé, por ejemplo, se convirtiera en la femme fatale por antonomasia del XIX. A los simbolistas les ponía a cien su danza del vientre ante el rey Herodes, que le costó la cabeza a Juan el Bautista. El banquero judío David Levy —personaje de ficción en la novela—, al encargarle al pintor Odilon Redon —personaje real— que pinte para su castillo tres grandes óleos cuyos temas son Salomé, Judit y Betsabé “ligeras de ropa” está dando rienda suelta, no solo a su lujuria sino también al gusto estético de la época.

—En este libro hay un amor platónico. Más bien un amor a secas, aunque se disfrace de comunión artística.

—En efecto, Odilon Redon define su amistad con la fotógrafa Ainhoa Levy —esposa del banquero Levy— como una “comunión artística”. Este calificativo no está exento de ironía, ya que Redon en la vida real fue un hombre fiel a su esposa que en la novela, sin embargo, se ve superado por la circunstancia de enamorarse de Ainhoa, lo cual no desea aceptar de modo consciente. La “comunión artística” es, por tanto, un eufemismo de pequeño burgués.

—¿Cuál es el límite entre la amistad y el amor en esta novela? ¿Y en la vida? 

"Gracias a la indiferencia de su marido y a su dinero ella puede llevar una vida independiente y dedicada a su pasión por la fotografía"

—Buena pregunta. Con mi novela he pretendido que el lector trate de definir por sí mismo ambas palabras. Desde el principio, no tenemos la impresión de que ni Odilon ni Ainhoa deseen poner fin a sus matrimonios. Como ya he dicho, él amaba a su mujer. Ella, en cambio, es un personaje más ambiguo. No sabemos si ama realmente al banquero Levy, hombre absorto en sus negocios. Pero lo cierto es que gracias a la indiferencia de él y a su dinero ella puede llevar una vida independiente y dedicada a su pasión por la fotografía, en una sociedad que coartaba por completo a las mujeres.

—Otro de las tramas importantes en el libro es la bohemia, esa mezcla de pintores y poetas que pululan por el París de finales de siglo. ¿No está en exceso mitificado ese periodo?

—No lo creo. De hecho me documenté leyendo los famosos diarios del escritor Jules Renard, quien recuerda al poeta maldito Paul Verlaine como un hombre que pasaba la mitad del día durmiendo y la otra mitad bebiendo absenta, lo cual no le impidió conseguir el título de “príncipe de los poetas” por sus versos sublimes, y ser idolatrado por modernistas como Rubén Darío. El malditismo parte de Charles Baudelaire. En 1857 publicó su mítico poemario Las flores del mal, y tradujo al francés las “Narraciones extraordinarias” de Edgar Allan Poe. Ambos eran los libros de cabecera de Odilon Redon, quien realizó sobre ellos sendas series de grabados de corte surrealista. Lo que atraía a Redon de Poe y Baudelaire era su apelación al inconsciente y a los sueños.

—¿Cómo ha sido el trabajo de investigación de la figura de Redon y su entorno?

—La idea de escribir sobre Redon parte de un libro de arte que me compró mi padre de niño, al cual no hice prácticamente caso hasta que un día, hace un par de años, se me ocurrió sacarlo de la estantería: me di cuenta de que Redon podía convertirse en personaje literario. Investigar no fue sencillo, dado que no hay demasiados libros editados sobre él en España, pero al final, sacando información de aquí y de allá, logré configurar un personaje con el que, del modo más sutil, llegué a identificarme. Esa identificación me parece esencial en un escritor. Si no te identificas con tus personajes, si no les dotas de tus propias inquietudes, tus gustos, tus manías, esos personajes nacen muertos. Respecto a su entorno, llegué a viajar al Medoc, región próxima a Burdeos, para ver con mis propios ojos los lugares donde se desarrollaba la novela. Fue divertido, porque la finca donde vivió Redon se vendió a los barones Rothschild, famosos banqueros judíos que todavía hoy producen en el lugar vinos carísimos. Cuando me presenté ante ellos como un español que buscaba información sobre un pintor que vivió allí me miraron como si fuera una especie de extraterrestre.

—El libro recuerda a los biopics breves de Echenoz —Tesla, Zátopek, Rabel— por su capacidad de síntesis y contundencia a la hora de contar la historia de un personaje real. ¿Es cierta esa influencia?

—He leído la novela Correr, de Echenoz, sobre el atleta Zátopek y me gustó mucho. No sé si me ha influido o no, pero no me hubiera importado en absoluto porque es un buen modelo de literaturización de un personaje real de una forma inteligente y concisa.

—Otro de los trajes con los que se puede vestir al libro es el de «novela gótica»? ¿Eres amante del género?

"Un amor de Redon es una novela de fantasmas donde no hay ni un solo fantasma"

—Siempre me han gustado los relatos de fantasmas, desde que en mi infancia leía los cuentos de Poe o de Bécquer. Me atraen los fantasmas, los castillos… Me encanta servirme de los géneros propios de la literatura popular —como en este caso me he servido de la novela gótica—, pero rehuyendo las convenciones del género, para crear algo distinto, algo original. En particular, si te fijas, Un amor de Redon es una novela de fantasmas donde no hay ni un solo fantasma.

—¿Ha sido difícil conjugar el equilibrio entre personajes ficticios, como Remigius o Lucien, y reales como Verlaine o Gide?

—No. Con los personajes reales lo único esencial es no traicionar la verdad histórica. Podemos inventar hechos, como por ejemplo que André Gide visitó a Odilon Redon en su casa de París y le compró un cuadro, pero no podemos inventar un Verlaine abstemio de vida ordenada, porque sería falso, no sería él. La ficción con los personajes históricos debe observar ciertos límites. Por ejemplo, para dar voz a los citados Verlaine o Gide, leí Los poetas malditos del primero y los diarios del segundo. Como también leí los Escritos de un salvaje, de Paul Gauguin o A sí mismo, las memorias de Redon. En la medida de lo posible, debía emplear la misma sintaxis que ellos, el mismo tono, aunque lo que dijeran fuera de mi invención.

—Las adquisiciones de tu padre para completar su biblioteca han sido determinante para elegir la temática de tus dos primeras novelas. ¿Cómo fue la relación con los libros en tu infancia?

—Es cierto, las enciclopedias de quiosco que compraba mi padre durante la infancia fueron mi ventana a la cultura. Ellas conformaron mi imaginación. De niño leía mucho. Recuerdo en particular las colecciones de clásicos del Club Joven Bruguera o de Tus Libros Anaya, amén de las colecciones de héroes juveniles como Los Hollister, Los Tres Investigadores, Los Cinco. Leía muchos libros que entendía solo a medias. Recuerdo por ejemplo que a los nueve años leí Robinsón Crusoe en la traducción de Julio Cortázar, en los largos recreos después de comer en el colegio. Me sentaba en un rincón del patio mientras otros niños jugaban al fútbol.

—¿Cuál de sus libros será el germen de tu próxima novela?

—(Risas) En realidad ninguno. Mi próxima novela, para cambiar por completo, se desarrollará en el Madrid de Pedro Sánchez, aunque me serviré para escribirla de Cervantes, Galdós y Baroja. Y hasta aquí puedo contar.

—¿Por qué has elegido escribir del siglo XIX? ¿Por qué un camino tan difícil? ¿No habría sido más sencillo publicar una novela negra?

"Siempre me ha apasionado el siglo XIX y quería homenajearlo, en particular el fin de siglo, por lo que tiene de novedad y de antesala de las vanguardias"

—Siempre me ha apasionado el siglo XIX y quería homenajearlo, en particular el fin de siglo, por lo que tiene de novedad y de antesala de las vanguardias, que nacerán a comienzos del siglo XX. Es cierto que es más difícil que escribir una novela actual, por la necesidad de documentarme, pero merecía la pena, porque me gustaba lo que hacía. Paradójicamente, para mí no habría sido más sencillo escribir otra cosa, porque el siglo XIX era lo que tiraba de mí en aquel momento. No vivo de la literatura y escribo en mis ratos libres, por el puro placer de hacerlo. Pienso y no pienso en los gustos del lector. Por un lado deseo sorprenderle, llevarle por caminos que no haya transitado hasta ese momento. Me agrada que la gente me diga que le ha gustado mi novela, pero por otra parte quiero hacer un poco lo que me da la gana, sorprendiéndome sobre todo a mí mismo. La literatura es una aventura de la mente, y como tal aventura requiere adentrarse en lo desconocido. La novedad, la sorpresa, es lo que garantiza la diversión del escritor, al menos en mi caso. Si escribiera una novela negra, trataría de que no se pareciera a ninguna novela negra anterior, lo cual resulta harto difícil, me temo.

—Como pintor, Redon pica un poco de todo: realismo, simbolismo, y vanguardias. Sus cuadros son misteriosos y hasta incomprensibles. ¿Has trasladado voluntariamente esa ambigüedad al personaje?

—Sí, era justo lo que me interesaba de él. Toda la buena literatura debe ser ambigua. Lo que se entiende por completo es plano y carece de interés.

—He observado durante varios minutos el cuadro con el que se ilustra la portada de tu libro. No tengo claro si me gusta o me horroriza ese naranja chillón. ¿Es esa “mujer velada” el origen del libro?

"No entendía el cuadro: esa mujer con el cuello demasiado largo y los ojos redondos como de pez, totalmente naranja y con un velo rectangular que casi parece cubista"

—Fue lo mismo que me sucedió a mí durante la infancia cuando mi padre trajo el libro de Redon a casa. La portada del libro era justo la portada de la novela. No entendía el cuadro: esa mujer con el cuello demasiado largo y los ojos redondos como de pez, totalmente naranja y con un velo rectangular que casi parece cubista. Cuando volví a leer el libro de mi infancia hace un par de años vi que el cuadro no tenía una datación exacta. Redon lo pintó entre 1890 y 1898. No se sabe quién fue la modelo. Ese misterio puso en marcha mi imaginación. ¿Por qué André Mellerio, amigo y primer biógrafo de Redon, que catalogó su obra completa, no sabía quién era? Hace tres años, con motivo del centenario de Redon, la Fundación Mapfre y el museo de Orsay editaron un magnífico tomo sobre Redon donde estaban la práctica totalidad de sus pinturas, pero no estaba La mujer velada. ¿A qué se debe esta ausencia?

—¿Por qué elegiste una región tan bucólica como el Medoc para ambientar tu relato?

—Pasé unos días allí con mi mujer y mis hijos, en una casa rural que era un castillo rodeado de viñedos que se extendían surcando suaves colinas, entre caminos flanqueados a veces por grandes robles o álamos solitarios. Cuando llegué, el dueño de la casa me tendió una tarjeta de visita en la que podía leerse: “Vizconde…” y sobre el nombre una minúscula coronita.

—La novela es decimonónica por ambientación, paisaje y por la temática de las grandes obras de ese tiempo, el adulterio, común a obras como La Regenta o Ana Karenina. 

—El adulterio es el gran tema del XIX, pero debía reciclarlo… Podría haberme inventado una relación amorosa entre Redon y Ainhoa, en la cual ambos hubieran aprovechado las ausencias del banquero Levy para dar rienda suelta al sexo y al sentimiento de culpabilidad por traicionar a sus parejas. Pero eso ya lo escribieron Clarín y Tolstoi. ¿Iba yo a volver a escribirlo, peor que ellos? Si lo hubiera hecho incurriría, además, en las convenciones de la novela decimonónica. El adulterio como pecado pertenece a una sociedad que ya no existe. Por ello tenía que inventar otro tipo de relación distinta entre Odilon y Ainhoa, en cierto modo poco convencional y que conectara con la sociedad actual.

—Uno de los puntos fuertes de la novela es dotar a la protagonista, Ainhoa Levy, de un papel importante no solo por su relación con Redon. Ella es una pionera de la fotografía. Una mujer que se adelantó a su tiempo. ¿Hay que empoderar a las mujeres a través de la literatura?

"Hubo muchas mujeres relevantes, tanto en la historia del arte como en las ciencias, cuya condición femenina les impidió desarrollarse o darse a conocer"

—Me parece muy oportuno poner de manifiesto que hubo muchas mujeres relevantes, tanto en la historia del arte como en las ciencias, cuya condición femenina les impidió desarrollarse o darse a conocer. En concreto, para inventarme a Ainhoa Levy me inspiré en un ama de casa norteamericana que vivió en la misma época, llamada Gertrude Kasebier. Estudió por su cuenta arte, dibujo y química. Fue una pionera de la fotografía realista. La fotografía de aquella época estaba dominada por el pictorialismo, que consistía en pintar las fotos como si se tratara de óleos o acuarelas. Kasebier fue de las primeras en defender la fotografía como arte autónomo de la pintura.

—¿Te resultó difícil tener dos narradores en primera persona, Redon y Ainhoa?

—Al principio sí. Me identificaba más con él que con ella. Quizá por eso los primeros capítulos narrados por Ainhoa son breves y su voz es tímida, como si no supiera bien quién es. Poco a poco, se va apoderando del relato y al final de la novela ella es tan importante como Redon, o quizá más.

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