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Ricoletti, el patituerto

Como el atento lector se puede imaginar, Ricoletti y su esposa eran los porteros oficiales del 221b de Baker Street, y si no se lo imagina es porque está en la más completa ignorancia de que esa famosa calle, como ya hemos dicho en algún otro sitio, fue diseñada para que vivieran familias de clase media alta. Pero a nadie se le ha ocurrido nunca hablar de los porteros de las fincas y quizá sea éste el momento oportuno.

Holmes y Watson rara vez tenían contacto con tan estrambóticos personajes porque las relaciones vecinales las llevaba directamente la señora Hudson y lo que no quería, bajo ningún concepto, la patrona era que molestase a sus inquilinos preferidos.

"También vio por su mirada baja, cautiva de un reproche hacia sí mismo, que denotaba cierta mansedumbre fruto de un serio complejo de inferioridad."

Un día que Holmes estaba solo en casa llamaron insistentemente a la puerta y al detective no le quedó más remedio que acudir a la entrada y abrirla. De improviso se encontró ante un sujeto bastante singular. Con la velocidad con la que funcionaba su cerebro supo que aquella persona o bien llevaba un aparato ortopédico, o había padecido en su juventud algún tipo de parálisis que había juntado excesivamente sus piernas por la parte de las rodillas, extremo que pudo confirmar cuando, una vez que se identificó como el portero, el detective le invitó a que entrara y vio que las perneras de su pantalón estaban excesivamente desgastadas en la zona interior donde  tropezaban sus rodillas al caminar. También vio por su mirada baja, cautiva de un reproche hacia sí mismo, que denotaba cierta mansedumbre fruto de un serio complejo de inferioridad.

De inmediato los ojos de Holmes se dirigieron a las coderas de su irregular chaqueta de punto de «ochos» y también observó que los codos estaban muy desgastados. Sin duda alguna se trataba de una prenda confeccionada por su mujer con unas agujas inadecuadas. El desgaste de los codos podía deberse a la lectura de novelas baratas, casi todos los porteros leían novelas de baja calidad literaria. Miró su cinturón y vio que recientemente se habían hecho en él agujeros suplementarios por lo que es de suponer que aquel hombre había adelgazado últimamente. Si a esto le añadimos sus marcadas ojeras, un corte en el cogote, sin duda producido por un botellazo y el color de la nariz, el detective ya sabía más de la vida de aquel hombre que su propia esposa.

"Cuando incisivamente puso su cerebro en marcha sintió unas ganas enormes de ayudar a Ricoletti a consumar su delito."

Holmes le invitó a que entrara y se sentase. Y una vez que el visitante dijo llamarse Ricoletti no le cupo al detective la menor duda de que se trataba del portero y adivinó por el temblor de sus manos que tenía que exponerle un serio problema. El asunto es que el pobre hombre sabía que en la casa vivía un famoso detective quien quizá podría informarle de la mejor manera posible de eliminar a su abominable mujer sin dejar excesivos rastros de su delito. Holmes le dijo que lo sentía mucho pero que su profesión consistía en todo lo contrario, pero que en atención a los circunstanciales motivos de buena vecindad estaba dispuesto a olvidar el objeto de su visita.

En medio de la conversación volvieron a llamar de nuevo a la puerta y el detective se vio obligado, con suma desgana, a acudir de nuevo para atender la llamada. Esta vez se trataba de una mujer que parecía un hombre o de un hombre que se parecía ligeramente a una mujer. Holmes, al fin, lo adivinó por los ropajes. Pero cuando incisivamente puso su cerebro en marcha sintió unas ganas enormes de ayudar a Ricoletti a consumar su delito. Menos mal que en aquel preciso momento llegó la señora Hudson y puso orden en la casa sin mucho esfuerzo, pues cuando la pareja la vio aparecer huyó escaleras arriba con dirección a su madriguera.

Inspector Lestrade

"Al cabo de seis meses Ricoletti se volvió a casar y, aunque parezca mentira, lo hizo con una muchacha joven y encantadora."

Transcurrido un mes, la abominable mujer apareció ahorcada pendiendo de una viga de su buhardilla. El inspector Lestrade fue el encargado  de esclarecer los hechos y lo primero que hizo fue consultarle a Holmes, pero ante el amigable recibimiento le dijo que tenía muy claro lo que había ocurrido, que lo único que quería conocer era la opinión de un vecino, no la de un detective, ya que en Baker Street no había casos de suicidio desde hacía varios años.

Holmes, conociendo la capacidad de Lestrade, le dijo que en su opinión no había sido un suicidio sino un asesinato cometido por el marido. Con esta confesión Holmes supo por anticipado que Ricoletti se encontraba a salvo de toda duda o sospecha. Y así fue, el caso se cerró con un veredicto de suicidio y Ricoletti se encargó de hacerle a Holmes la vida mucho más sencilla en todos los aspectos que le concernían a un portero servicial.

Al cabo de seis meses Ricoletti se volvió a casar y, aunque parezca mentira, lo hizo con una muchacha joven y encantadora que hizo que la escalera del 221b palpitara de alegría.

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