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Robe Iniesta, por encima del bien y del mal

Robe Iniesta, por encima del bien y del mal

Fui al concierto que Robe Iniesta (Plasencia, 1962) celebró este viernes en Alcalá de Henares, patria chica de, entre otros hombres claves de nuestra Historia, Juan Ruiz —el arcipreste de Hita—, Cervantes y Azaña. Tenía algo de divertido ver al autor de canciones como “El día de la bestia” o “Villancico del Rey de Extremadura”, con sus blasfemias nada disimuladas, actuando en un palacio arzobispal —en su recinto amurallado, huelga decir—. Presentaba Mayéutica, su último y maravillosérrimo álbum, en el marco de la gira “Ahora es cuando”. En los laterales del escenario, dos pantallas mostraban el dibujo de un chumino socrático verdoso y chorreante —el que aparece en la portada del disco citado, no piensen mal—.

Decía el amigo Bunbury: “Recuerda, Robe es Robe, y tú no”. El tío, cada vez que actúa, deviene en dios. En uno humilde y salvaje, ilustrado y primitivo. Se encuentra en un punto fantástico de su carrera, quizá en el mejor. Su banda es un trueno que combina potencia y fineza. Los David Lerman —bajo y vientos—, Carlos Pérez —violín—, Alber Fuentes —batería—, etcétera, refulgen y hacen refulgir con sus instrumentos musicales. Además, y esto es importante, Robe ha conseguido hilvanar el repertorio de su nueva etapa con el de los grandes éxitos de Extremoduro. Con equilibrio y sin ordeñar la teta de la nostalgia. Por ejemplo: presenta una canción recién salida del horno, aún no registrada en su discografía, bonita y, sobre todo, efectiva. La gente no canta porque no se la sabe, pero baila a su ritmo. Cuando la termina, avisa: “Ahora viene una de las viejas”. Se arranca con “Sucede”, temazo que brota del “Walking around” de Pablo Neruda. Entonces, la tropa se vuelve loca en una atmósfera de luces, porros y tolvaneras, y el mundo, entre pogos, estalla en mil pedazos.

Empezó Robe proclamando que “del tiempo perdido / en causas perdidas, / nunca me he arrepentido, / ni estando vencido, / cansado, prohibido”. Inmune a la cancelación, el compositor continúa su longeva cruzada en favor del individuo y en contra del aborregamiento. Le cayeron hostias a la televisión, ese aparato asesino que refleja a “un tío disparando alrededor” y a la gente que “huye de la destrucción”. Instó a exprimir el carpe diem con una advertencia: “No os perdáis nada. Porque si no sois vosotros, ¿quiénes? Si no es aquí, ¿dónde? Y si no es ahora, ¿cuándo? Disfrutad del momento porque sois vosotros, estáis aquí y ahora es cuándo”. Y, cómo no, se celebró el amor, ese bote salvavidas, esa salida de emergencia, de un modo carnívoro y urgente: “Ojalá me muera / de repente, ahora, / fruto de esta alegre sobredosis / que me da al tener justo enfrente ahora, / y ya no necesito nada más”. Tras la implacable mascletá que fue la interpretación de Mayéutica, ofreció un bis en el que sonaron tres himnos: “A fuego”, “Salir” y “Ama, ama, ama y ensancha el alma”. El concierto, en definitiva, fue la rehostia. Ojalá amplíe la gira y la remate con una última fecha en Madrid. Contará con mi espada. No veo la hora.

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