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Robert Walser, el escritor que encontró la locura

Robert Walser, el escritor que encontró la locura

Era el día de Navidad de 1956. Su cuerpo apareció sobre la nieve. Muerto, congelado. Por fin libre. Lo encontraron a 20 kilómetros de la que había sido su casa las últimas décadas, del sanatorio mental de Herisau, en Berna. Mientras el resto despertaba para abrir regalos, Robert Walser le mostraba al mundo cómo había pasado su vida: solo y a la intemperie.

Pocos se acordaban ya de él. Sus libros, todos los que había escrito, llevaban años cogiendo polvo. Su nombre se había perdido. Él se había hecho invisible a petición propia. “Yo no he venido aquí a escribir, he venido a volverme loco”, dijo cuando ingresó él mismo en el sanatorio. Cumplió a rajatabla con sus palabras. El que había sido fuerte en su generación, el hermano del pintor, admirado por Kafka, leído por todos, se había diluido, había muerto 23 años antes de que lo hiciera su cuerpo.

"Aunque ya se intuía un estilo propio, una fuerza pacífica, le costaba tirar del público"

Walser nació en una familia que no le aportó ni cariño ni prosperidad. Astuto, callado, miraba como el que no ve nada y lo entiende absolutamente todo. Paseaba obsesivamente. Cuentan que no conocía el odio pero que estaba inmerso en una eterna frustración.

Dejó su casa rápido, a los 17, unos años después de haber tenido que abandonar la escuela por falta de recursos económicos. Se tiró a andar, a viajar, vivió en varias ciudades mientras trabaja como secretario en bancos y asistente en castillos. Obediente, tranquilo, publicó sus primeros poemas con 20 años y en 1904 su primer recopilatorio. No lo leyó nadie.

Aunque ya se intuía un estilo propio, una fuerza pacífica, le costaba tirar del público. De su familia se había quedado con Karl, uno de sus hermanos que iba cogiendo fuerza como pintor. Le pidió cobijo en 1907 y se fue a su casa en Berlín, donde comenzó su mejor época literaria.

"Sus narraciones errantes, en un alemán de las afueras, cautivaron a Kafka, que lo asumió como maestro"

Publicó varias novelas en las que sus personajes eran como él: obedientes y cautos. Puede que fuese mejor seguir órdenes que dejarse llevar por su cabeza. Sus narraciones errantes, en un alemán de las afueras, cautivaron a Kafka, que lo asumió como maestro. Esta filosofía se muestra en Jakob von Gunten, donde como bien explica Enrique Vila-Matas, Walser “educa en la servidumbre”.

Después de Berlín volvió a Suiza. Allí continuó “escribiendo sin motivo”. Algunos dicen que regresó porque la depresión ya pesaba demasiado. Otros, que simplemente andaba sin rumbo.

Fue durante esta época cuando publicó El paseo (1917), su obra más conocida y que fue reeditada por Siruela en España a finales del 2016. Se trata del paseo de un poeta, de lo que ven sus ojos, de lo que intuyen, de un reflejo de la sociedad y también de él.

En 1921 se traslada a Berna, un lugar tranquilo donde su obra se vuelve más prolífera. Publica en revistas. Publica poemas, relatos, y lo deja. En 1925 aparece lo último de Walser, una recopilación de algunos de sus textos.

Parece que su cabeza empezó a gripar. Que le entró miedo. Que sintió pánico. Su familia llevaba en los genes una enfermedad mental, y en 1929 se presentó en Waldau, un centro para locos, pidiendo que le ayudasen.

De esos años son sus microgramas, pequeñas anotaciones que fue dejando en papeles sueltos. Fue lo último que escribió. Lo que se pudo encontrar de él después de su muerte.

En 1933 apareció en el sanatorio de Herisau, está vez en contra de su voluntad, y no volvió a coger un lápiz. No volvió a salir.

"Estuvo 23 años viviendo en aquel manicomio como lo había hecho fuera de él. Marginándose, ocultándose y frustrado"

Fue su gran amigo el escritor Carl Seelig una de sus pocas visitas, quien le acompañó en muchos de sus paseos y le escuchó hablar de sí mismo de manera constante, sin odiar a nada ni a nadie. Fue él el que recogió estas conversaciones en el libro Paseos con Robert Walser, que se publicó en 1936 y que la crítica señala como un psicoanálisis maravilloso del suizo.

Estuvo 23 años viviendo en aquel manicomio como lo había hecho fuera de él: marginándose, ocultándose y frustrado. Con terrores nocturnos, con una ansiedad que le taponaba los pulmones, alucinando. Ya no sabía qué era real y qué era mentira. Quizá por eso no escribió más, por miedo a no contar lo que quería.

Murió sin haber sido apreciado lo suficiente. Murió solo en la nieve. Tarado, inseguro, bueno, acabó como había vivido sus últimos años, congelado. Consiguió muerto lo que jamás había conseguido en vida: público.

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