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Romeo y Julieta, de William Shakespeare, traducido por Pablo Neruda

Romeo y Julieta, de William Shakespeare, traducido por Pablo Neruda

De Romeo y Julieta poco hay que añadir, salvo que esta edición de Navona viene avalada por la traducción de Pablo Neruda. Zenda publica las primeras páginas de esta obra que forma parte del imaginario colectivo de todo el mundo.

 

PRÓLOGO
Entra el Coro.

Coro:
En la bella Verona esto sucede:
dos casas ambas en nobleza iguales
con odio antiguo hacen discordia nueva.
La sangre tiñe sus civiles manos.
Por mala estrella, de estos enemigos
nacieron los amantes desdichados:
solo su muerte aniquiló aquel odio
y puso término a la antigua cólera.
Nada sino la muerte de los hijos
pudo llevar los padres a la paz.

Dos horas durará en nuestro escenario
esta historia: escuchadla con papaciencia,
suplirá nuestro esfuerzo lo que falte.

ACTO PRIMERO

Pregones:

¡Pescados, pescados de plata!
¡Aquí las rosas de Verona!
¡La fragante mercadería!
¡Compre flores! ¡Vendo alegría!
¡Vasijas, tinajas, porrones!
¡Alcancías, platos, platones!
¡Para cristianos y moros
aquí tengo el maíz de oro!
¡Las uvas, las verdes manzanas!
¡Las naranjas y las bananas!
¡Rubíes de fuego, zafiros!
¡Se los cambio por un suspiro!
¡Tapices de Samarcanda!
¡Alfombras de Paparandanga!

ESCENA PRIMERA

Verona, una plaza pública

Entran Sansón y Gregorio, armados con espadas y escudos.

Sansón:
A fe mía, Gregorio, no seguiremos cargando insultos.
Gregorio:
No. Porque no somos burros de carga.
Sansón:
Quiero decirte: si nos enfurecen, sacaremos la espada.
Gregorio:
Pero mientras vivas no sacarás el cuello del collar.
Sansón:
Me buscan y me encuentran. Pego en el acto.
Gregorio:
Pero no te acalores tan fácilmente.
Sansón:
Un perro de la casa de los Montesco me acalora.
Gregorio:
Acalorarse es moverse. El valiente se queda en su
sitio. Por eso, la verdad es que si te mueves, te escapas.
Sansón:
Un perro de esa familia me dejará en mi sitio. Me
arrimaré a la pared cuando me encuentre con cualquier siervo o sierva de los Montesco.
Gregorio:
Lo que demuestra que eres un pobre esclavo, porque el más débil es el que se arrima a la pared.
Sansón:
¡De veras! Por eso a las mujeres, que son frágiles
cristales, hay que empujarlas contra el muro. Yo
sacaré de la pared a los hombres de los Montesco
y a sus mujeres las arrimaré contra la pared.
Gregorio:
La pelea es entre nuestros amos y también entre
nosotros los sirvientes.
Sansón:
Es lo mismo. Quiero que me tomen por tirano.
Cuando haya peleado con los hombres, seré cruel
con las muchachas. Les romperé las cabezas.
Gregorio:
¿Las cabezas de las muchachas?
Sansón:
Sí, las cabezas de las muchachas o bien les romperé
algo mejor. Tómalo como quieras.
Gregorio:
Ellas lo tomarán como lo sientan.
Sansón:
A mí me sentirán cuando me tengan encima. Ya se
sabe que tengo bien puesto mi pedacito de carne.
Gregorio:
¡Saca tu herramienta! Llegan dos de la casa de los
Montesco.

Entran Abram y Baltazar, sirvientes de los Montesco.

Sansón:
Pongamos la ley de nuestra parte. Que comiencen
ellos.
Gregorio:
Frunciré el entrecejo cuando me miren y que lo
tomen como quieran.
Sansón:
No. Como se atrevan (a tomarlo). Me morderé el
dedo pulgar delante de ellos. Esto es una ofensa.
A ver si la soportan.
Abram:
Señor, ¿se muerde por nosotros el pulgar?
Sansón:
Señor, me estoy mordiendo el dedo pulgar.
Abram:
Señor, ¿se muerde por nosotros el pulgar?
Sansón (aparte a Gregorio):
¿Está la ley de nuestra parte si le digo que sí?
Gregorio (aparte a Sansón):
No.
Sansón:
No, señor, no me muerdo el pulgar por ustedes,
señor. Pero me muerdo el pulgar, señor.
Gregorio:
¿Quiere pelea, señor?
Abram:
¿Pelea, señor? No, señor.
Sansón:
Pero si usted lo quiere, señor, estoy con usted. Sirvo a un patrón tan bueno como el suyo.
Abram:
Pero no mejor.
Sansón:
Bueno, señor.

Entra Benvolio.

Gregorio (aparte a Sansón):
Di «mejor». Aquí viene un pariente del amo.
Sansón:
Sí, mejor, señor.
Abram:
Mientes.
Sansón:
Saquen la espada, si son hombres.
Gregorio:
Acuérdate de tu golpe maestro.

Se bate.

Benvolio:
¡Apártense, idiotas!
Les baja las espadas con la suya.
¡Guarden las espadas! ¡No saben lo que hacen!

Entra Tybaldo.

Tybaldo:
¿Tú, espada en mano entre estos viles siervos?
Vuelve, Benvolio: ¡enfréntate a tu muerte!
Benvolio:
Solo quiero la paz, guarda tu espada o con ella
apartemos estos hombres.
Tybaldo:
¿Espada en mano, hablas de paz? Yo odio esta palabra paz como al infierno, como a ti y los Montesco.
¡Ven, cobarde!

Se baten.

Entran varias personas de ambos bandos que se unen a la refriega. Entran ciudadanos armados con garrotes.

Ciudadano 1º:
¡Ciudadanos, con garrotes y picas, apaleadles, pegadles! ¡Mueran los Capuleto! ¡Mueran los Montesco!
Entran el viejo Capuleto, vestido con bata de casa,
y la señora Capuleto.
Capuleto:
¿Qué ruido es este? ¡Denme mi espada grande!
Sra. Capuleto:
¿Por qué pides espada? ¡Un palo! ¡Un palo!
Capuleto:
Mi espada, he dicho. ¡Llega el viejo Montesco y con
su espada quiere provocarme!

Entran el viejo Montesco y la señora de Montesco.

Montesco:
¡Villano Capuleto! ¡No me tomes, apártate!
Sra. Capuleto:
¡No moverás un pie hacia el enemigo!

Entra el príncipe Escalus con su séquito.

Príncipe:
¡Enemigos de la paz, rebeldes súbditos!
¡Con sangre ciudadana habéis manchado
la espadas! ¿No oís? Hombres no sois,
sino bestias sedientas cuyo encono
quiere apagar su fuego con la sangre
de vuestras propias venas.
Arrojad, bajo pena de tormento
de las manos sangrientas las espadas
y oíd a vuestro Príncipe que sufre.
Con riñas, hijas de palabras vanas,
tú, viejo Capuleto, tú, Montesco,
tres veces habéis roto la quietud
de nuestras calles y habéis incitado
a los viejos vecinos de Verona
a arrojar sus severos paramentos
poniendo en viejas manos armas viejas;
aquellas que la paz había oxidado
ahora las oxida el odio vuestro.
Si otra vez nuestras calles perturbáis
pagaréis con la vida el desacato.
Por ahora esto basta. Idos todos.
Tú, Capuleto, seguirás conmigo.
Montesco, por la tarde ven a verme
a la Audiencia común de Villafranca
y sabrás mi sentencia en este caso.
Bajo pena de muerte, una vez más
repito: Nadie más en este sitio.

Salen todos, menos Montesco, su mujer y Benvolio.

Montesco:
¿Quién volvió a despertar riña tan vieja?
Sobrino, ¿estabas tú cuando empezó?
Benvolio:
Ya los sirvientes de nuestro adversario
cuando llegué, peleaban con los nuestros.
Cuando los aparté yo con la espada,
Tybaldo, el cruel, desenvainó la suya
silbando el desafío en mis orejas,
enarbolándola y cortando el viento
que se burlaba de él sin que lo hiriera.
Luego entre golpe y golpe otros vinieron
peleando en este bando o en el otro
hasta que vino el Príncipe a apartarlos.
Sra. Montesco:
¿Y dónde está Romeo? ¿Tú le has visto?
¡Qué alegría, no estuvo en esta riña!
Benvolio:
Señora, una hora antes de que el sol
la áurea ventana del oriente abriera,
una preocupación me llevó andando
donde el Oeste de Verona arraiga
el bosque de elevados sicómoros.
Allí encontré a Romeo tan temprano.
Corrí a su encuentro, pero al divisarme
se escondió en la espesura del follaje,
y midiendo sus penas por las mías
que buscaban consuelo sin hallarlo,
cansado de mí mismo y de mi hastío
seguí mis pensamientos sin seguirle
y hui contento del que alegre huía.
Montesco:
Muchos le han visto con el alba allí
aumentando el rocío con sus lágrimas.
Grande y sombría debe ser su pena
si no tiene ninguno que lo ayude.
Benvolio:
¿Tú conoces la causa, noble tío?
Montesco:
No la sé, ni por él puedo saberla.

Entra Romeo a distancia.

Seré feliz si te confiesa todo.
Quédate, pues. Marchémonos, señora.
Salen Montesco y señora de Montesco.
Benvolio:
¡Has madrugado, primo!
Romeo:
¿Es tan temprano?
Benvolio:
Recién suenan las nueve.
Romeo:
Largas me parecen
las tristes horas. ¡Ay! ¿Era mi padre
el que tan rápido partió de aquí?
Benvolio:
Él era, pero, dime, ¿qué tristeza
hace largas las horas de Romeo?
Romeo:
El no tener lo que las hace cortas.
Benvolio:
¿Enamorado?
Romeo:
Sin que…
Benvolio:
¿Del amor?
Romeo:
Sin que me corresponda la que amo.
Benvolio:
Ay, ¿por qué el amor que parece tan dulce
cuando se prueba, es áspero y tirano?
Romeo:
¿Cómo el amor con la vista vendada
puede ver el camino que nos lleva?
¿Hoy, dónde comeremos? ¡Ah! ¿Una gresca
hubo aquí? No respondas. Lo comprendo.
Hay que hacer mucho por el odio aquí
y hay mucho más que hacer por el amor.
¿Por qué el amor que riñe? ¿El odio que ama?
¡Y de la nada todo fue creado!
¡Vanidad seria! ¡Levedad pesada!
¡Informe caos de agradables formas!
¡Pluma de plomo! ¡Humo que ilumina!
¡Salud enferma! ¡Fuego congelado!
¡Sueño de ojos abiertos, que no existe!
Este amor siento y no hay amor en esto.
¿Y tú, no ríes?
Benvolio:
No, primo, más bien lloro.
Romeo:
¿Por qué, buen corazón?
Benvolio:
Por tu buen corazón atormentado.
Romeo:
Así el amor quebranta nuestras vidas.
Siento el pecho pesado con mis penas.
¿Tú quieres aumentarlas con las tuyas?
Mi dolor es tan grande que tu afecto
me hace daño. El amor es una nube
hecha por el vapor de los suspiros.
Si se evapora brilla como el fuego
en los ojos que aman, si se ataca
hacen un mar de lágrimas de amor.
¿Qué más es el amor? Una locura
benigna, una amargura sofocante,
una dulzura que te da consuelo.
¡Adiós, mi primo!
Yéndose.
Benvolio:
¡Despacio! ¡Voy contigo!
¡Me ofendes si te vas de esta manera!
Romeo:
¡Chist! Me he perdido, yo no estoy aquí:
No soy Romeo. Él anda en otra parte.
Benvolio:
Dime con seriedad, ¿quién es la que amas?
Romeo:
¡Vaya! ¿Voy a llorar para decírtelo?
Benvolio:
¡Dime con seriedad, quién es! ¡No llores!
Romeo:
¿Con seriedad se pide a un hombre enfermo
que haga su testamento?
No son consejos para el que agoniza.
En serio, primo, estoy enamorado.
Benvolio:
¿Anduve cerca cuando lo supuse?
Romeo:
¡Gran puntería! ¡Y es bella la que amo!
Benvolio:
¡Primo, es más fácil dar un lindo blanco!
Romeo:
Bueno, pero errarás, porque no alcanzan
hasta ella las flechas de Cupido.
Benvolio:
Hazme caso: ¡no pienses más en ella!
Romeo:
¡Ay, enséñame tú cómo se olvida!
Benvolio:
¡Deja libres tus ojos que contemplen
otras mujeres!
Romeo:
¡Sería la manera
de hallar más exquisita su hermosura!
Aquellas máscaras afortunadas,
que un rostro ocultan bajo el color negro,
¿no nos hacen pensar que lo que esconden
bajo la oscuridad es la blancura?
No olvidarán los que se quedan ciegos
el tesoro perdido de sus ojos:
muéstrame la más bella entre las bellas,
¿de qué me serviría su belleza
si no para leer como en un libro
que hay otra más hermosa que la hermosa?
¡Adiós! No sabes enseñar olvido.
Benvolio:
Viviré o moriré por enseñártelo.

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Autor: William Shakespeare. Traducción: Pablo Neruda. Título: Romeo y Julieta. Editorial: Navona. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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