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Rosas y Margaritas: Mujeres falangistas, tradicionalistas y de Acción Católica asesinadas en la Guerra Civil

Rosas y Margaritas: Mujeres falangistas, tradicionalistas y de Acción Católica asesinadas en la Guerra Civil

Este agosto, vuelve a recordarse el aniversario de la ejecución de las jóvenes socialistas, “Las Trece Rosas”. Libros como el de Jesús Ferrero (Trece Rosas, Nuevos Tiempos Siruela), Carlos Fonseca (Las Trece rosas rojas y Trece Rosas Rojas y la Rosa 14 de Temas de Hoy ) o el de Ángeles López (Martina, la rosa número trece, Seix Barral ), junto a espectáculos, documentales o la película de Martínez Lázaro han consagrado a las 13 Rosas como icono de la brutal represión de la Guerra Civil. Productos que han convertido este episodio en mito y que han recibido todo tipo de parabienes mediáticos y/o jugosas ayudas institucionales.

Como las Trece Rosas, un sinfín de publicaciones recogen la memoria de las mujeres republicanas represaliadas en la Guerra Civil. Pero nunca se recuerda que en la otra España también hubo mujeres cuya lucha fue tan sacrificada como las 13 Rosas. Margaritas y falangistas que vivieron terribles experiencias y tragedias heroicas que no han tenido ningún tipo de reconocimiento. Son las grandes olvidadas porque es inconveniente recordarlas por su adscripción ideológica. Y paradójicamente, en su momento, tampoco fueron reconocidas por su condición femenina o por su filiación nacional-sindicalista o carlista fuera de la órbita del régimen. La obra Rosas y Margaritas, Historia de las mujeres falangistas asesinadas por el Frente Popular de Editorial Actas habla de las muertas del otro bando, de la otra Memoria a la que nunca se hace referencia.

Una obra en el contexto de la Memoria histórica

Muerto el dictador, debía reivindicarse la memoria de aquellos que dieron su vida por los ideales republicanos, así como denunciar los capítulos más oscuros del conflicto bélico en el bando nacional y del propio régimen franquista que habían sido silenciados durante décadas. El problema fue que estas reivindicaciones justas y legítimas no se circunscribieron a una época “de reparación”, ni llegaron para completar una historia global, sino para convertirse en una única y monolítica versión oficial que ha sido incentivada, subvencionada y apoyada por todos los poderes públicos.

Durante estos 40 años de democracia, tras los cuarenta años de maniqueísmo franquista, asistíamos a cómo un importante sector de la historiografía, la intelectualidad y los políticos —amparados por paraguas institucionales de todos los partidos sin excepción— iban tejiendo otros cuarenta años de maniqueísmo republicano. Del criticado mundo maniqueo de buenos y malos del régimen del dictador pasábamos, invertidos los términos, a un mismo mundo maniqueo de malos y buenos.
Comenzado el siglo XXI, los dos bandos de aquella España de entonces habían tenido el mismo tiempo de juego para reivindicar a los suyos y para reconstruir —o construir— su historia. Debería haber sido suficiente para afrontar una verdad objetiva, sin demonizaciones ni edulcoramientos y reconocer cara al frente los desmanes de uno y otro bando de lo que ya debería ser la Historia de todos y no la Historia de unos y de otros.

Sin embargo, ex témpore, llegó la “Memoria Histórica” —memoria partidista que sólo volvía a recuperar la memoria del bando que llevaba cuarenta años recuperándose, los mismos que fue defenestrado—. Una ley que podría, según los juristas, ser ilegal por vulnerar la ley estrella de la transición: la Ley de Amnistía que “fue el resultado de una reconciliación, basada en el consenso entre vencedores y vencidos de no mirar al pasado,” Pradera escribía en El País.

"En relación con la Ley de Memoria Histórica hay unanimidad en la necesidad de la recuperación de los restos de familiares —aunque los desaparecidos se cuentan por miles también en el bando rebelde— pero sólo un tercio de las partidas dedicadas a esta Ley se dedican a ello."

Esta ley vino no sólo a consolidar el maniqueísmo, sino a frenar cualquier estudio a contracorriente. Los estudios e investigaciones fuera de esta “historia oficial” se convierten en trabajos incómodos y a cuentagotas porque no sólo carecen de subvenciones, sino que suelen ser boicoteados o vetados, tanto por los medios como por los gobiernos (incluidos los de la derecha). Recientemente además, corren peligro de ser calificados de delito y considerarse apologéticos. En esta tesitura, hay que hacer una excepción con los libros sobre la División Azul, que bordeando el tema ya que pertenecen al contexto de la Segunda Guerra Mundial, y aún también rechazados por las instituciones, por el interés que sigue despertando generan una gran cantidad de bibliografía de excelente calidad.

En relación con la Ley de Memoria Histórica hay unanimidad en la necesidad de la recuperación de los restos de familiares —aunque los desaparecidos se cuentan por miles también en el bando rebelde—  pero sólo un tercio de las partidas dedicadas a esta Ley se dedican a ello… El resto se dedican a patrocinar foros, estudios e investigaciones muchas de ellas de dudoso rigor y carácter panfletario que ahondan en la visión monolítica de buenos y malos, no permitiendo pasar página a un conflicto que no acaba de cicatrizar y parece estar más candente que nunca. Porque se sigue silenciando, ninguneando, obviando o negando las evidencias de que en el bando republicano hubo una violenta represión y capítulos muy oscuros que también deben ser estudiados. Y ya, finalizando la segunda década del siglo XXI, debe hacerse al socaire de las nuevas fuentes y datos, con el rigor histórico del que carecían cuando fueron utilizados como propaganda en el régimen anterior.

Rosas y Margaritas, Historia de las mujeres falangistas asesinadas por el Frente Popular. Ed. Actas

En la misma línea, en estas décadas y dentro de la dinámica de lo que se viene a llamar “Historia de las mujeres” un sinfín de publicaciones ha estudiado la represión de las mujeres republicanas en la Guerra Civil, pero existe la gran laguna historiográfica correspondiente a las mujeres víctimas de la represión del Frente Popular. Un campo sin explorar por la gran dificultad de encontrar archivos y de investigar las causas de muchas represaliadas, en las que su única referencia documental es “ejecutada por derechista” sin concretar el papel desempeñado. Sólo en las 311 checas que hubo en Madrid durante el conflicto, un tercio de los asesinados eran mujeres,

Aunque falta la gran obra de fondo que dé luz a la trayectoria de estas mujeres, sobresale por su atipicidad dentro del campo editorial la obra “Rosas y Margaritas, Historia de las mujeres falangistas asesinadas por el Frente Popular”. De Editorial Actas. Su autora, Laura Sánchez Blanco, es profesora de la Universidad Pontificia de Salamanca y especialista en los servicios sociales educativos de las organizaciones femeninas de los dos bandos participantes en la Guerra Civil española. Sánchez obtuvo el premio extraordinario de la universidad salmantina por su tesis sobre Mercedes Sanz —fundadora del Auxilio Social de Falange—.

La obra se sitúa históricamente de 1936-1939 y estructura su desarrollo en tres partes. En las dos primeras hace referencia a mujeres pertenecientes ideológicamente al bando rebelde, falangistas y tradicionalistas, (estas últimas llamadas margaritas) perseguidas y asesinadas por sus ideales políticos. La tercera parte la reserva para mujeres condenadas por sus creencias religiosas; entre ellas algunas vinculadas a Acción Católica.

"Muy alejadas del estereotipo de la mujer conservadora marginada a las labores de casa y cuidado de los hijos, las derechas fueron capaces de movilizar durante la guerra a un elevado número de mujeres que desarrollaron una intensa actividad social y política."

No es un libro caracterizado por una profunda visión analítica, pero sí es una importante obra testimonial que no habla de mujeres anónimas. Ejemplifica la represión republicana en la historia de mujeres con nombres y apellidos, familias, y una vida que entregaron por sus ideales y por una intensa fe en la España en la que creían. Fueron ejecutadas por defender a los suyos, caídas en acto de servicio, en los frentes, en la retaguardia y en puestos de vanguardia.

Sánchez sorprende tanto por su rigor histórico, como por la honda emoción que despierta en el lector ante el relato de los casos de jóvenes mujeres asesinadas, muy acusada en el terrible capítulo de las enfermeras astorganas de la Cruz Roja de Somiedo o las Mujeres de Acción Católica de Valencia.

La investigadora recuerda en el prólogo que aunque su libro recoja sólo “un puñado de historias” de mujeres valientes que lucharon y murieron por sus ideales, existen numerosos casos sin catalogar: “Todas, estas también, merecen que la Historia las recuerde”.

Las mujeres falangistas en la Guerra Civil

La actuación de las falangistas en este período constituye un fenómeno de características singulares. Cierto es que no estuvieron en primera línea de combate, pero —pese a las atractivas imágenes fusil al hombro— tampoco estuvieron las milicianas, a excepción de los primeros días. Durruti prohibió su presencia en el frente ya que las relaciones sexuales eran tan frecuentes que en sus palabras “mataban más las enfermedades venéreas que las balas”.

Muy alejadas del estereotipo de la mujer conservadora marginada a las labores de casa y cuidado de los hijos, las derechas fueron capaces de movilizar durante la guerra a un elevado número de mujeres que desarrollaron una intensa actividad social y política. La Falange femenina pasó de 300 afiliadas en la época fundacional y 2.000 antes de iniciarse la insurrección, a la enorme cifra de 600.000 adhesiones en 1939.

Crearon orfanatos, organizaron sedes políticas, levantaron hospitales, presidieron sindicatos (SEU) y fueron responsables del Auxilio de Invierno, llamado después Auxilio Social, la organización que más repercusión tuvo en el período bélico con comedores infantiles sufragados mediante cuestaciones callejeras que aliviaron la situación de los hijos de los movilizados y de los huérfanos, centros de higiene, casas-cuna y guarderías, entre otras tareas. Unas 300.000 formaron parte de Auxilio Social; 20.000 en talleres; 8.000 actuaban como enfermeras; 1.140 movilizadas en lavaderos; 400 en la organización del descanso del soldado; 2.000 en el Servicio de Guerra, y 2.500 en la Hermandad de la Ciudad y el Campo donde las mujeres recibían cursos de agricultura y formaban equipos para realizar las tareas agrarias con las que abastecer a la población de alimentos.

Sección Femenina de Falange

El 29 de octubre de 1933, en el Teatro de la Comedia de Madrid un grupo de chicas jóvenes quedaban fascinadas por las brillantes palabras de José Antonio Primo de Rivera, uno de los políticos más carismáticos del siglo XX europeo. Fue para ellas “un faro de esperanza en un mundo gris y mezquino”. Días después se fundaba Falange Española y Pilar y Carmen Primo de Rivera, sus primas Inés y Dolores, Luisa Aramburu, Justina Rguez de Viguri, la futura escritora Mercedes Fórmica, Dora Maqueda, la inglesa Marjorie Munden, y María Luisa Bonifaz formaban la Sección Femenina de Falange.

A finales de 1934 se habían afiliado ya trescientas militantes, muchas si se valora el gran riesgo al que estaban expuestas en la conflictiva tesitura de los encuentros violentos entre izquierdistas y falangistas. El número de muertos en la calle crecía exponencialmente y existía una conciencia real del peligro. Pero la juventud de estas muchachas iba paralelo a su entusiasmo y la mayoría vulneraban las prohibiciones paternas por su entrega a la causa.

"Con la ilegalización de Falange, el Gobierno de la República llegó a encarcelar a miles de falangistas. La Sección Femenina hubo de hacerse cargo de toda la organización incluyendo las armas y propaganda."

Las funciones que debían desempeñar eran cada vez más comprometidas. Temiendo las graves represalias que podrían sufrir, aunque no querían la intervención directa de sus mujeres, el propio Ramiro Ledesma tuvo que aceptar que hacían determinadas tareas con menos visibilidad que los hombres. Las más audaces comenzaron a participar en labores de espionaje y ayuda en la organización de labores clandestinas y propaganda —su periódico había sido ilegalizado por el gobierno republicano— y su reparto se convertía en una apuesta por jugarse la vida. Pronto, se les encomendó también no solo ordenar y distribuir los documentos, sino memorizarlos y comentarlos, identificándose con la línea de pensamiento joseantoniana.

Con la ilegalización de Falange, el Gobierno de la República llegó a encarcelar a miles de falangistas. La Sección Femenina hubo de hacerse cargo de toda la organización incluyendo las armas y propaganda. Comenzó a asumir la misión de enlace en la clandestinidad y puso todo su esfuerzo en visitar a sus presos —fingían ser hermanas o novias de los detenidos para poder entrar en las cárceles—, proporcionarles tabaco, comida, información, ayuda sanitaria, cartas etc., también atendían a los heridos en las refriegas callejeras y a los familiares de los caídos en la lucha.

Un jabón letal y el Auxilio Azul 

Otra de las tareas era la recaudación de fondos. Hacían colectas entre amigos, organizaban rifas, vendían sellos de cotización u otros objetos como las pastillas de jabón con el lema “Por la revolución nacional-sindicalista. Por la Patria, el Pan y la Justicia. Arriba España”. Con el carácter de designación cuasi-mesiánica que la falange imprimió a sus realizaciones, el jabón llegó a ser como un nuevo distintivo de la Falange, para ellos, lo mismo que en el Antiguo Testamento  se señalaban las casas de los israelitas para librarlas del Ángel Exterminador, las de los falangistas se conocían porque en ellas se veía, sin distinción, el jabón nacionalsindicalista. Claro que en este caso, en vez de ser una señal de salvación, se convertía en un arma letal… Se efectuaban centenares de registros en las casas de los afiliados y era una pista segura para la policía, que ya si lo encontraban no le cabía duda de que en aquella casa eran de Falange.

Lo más peligroso sin duda fue la Quinta Columna que ellas llamaron Auxilio Azul, antítesis del Socorro Rojo de los comunistas. Falsificaban cartillas de racionamiento, buscaban víveres y ropa y proporcionaban domicilios particulares para la celebración de prohibidas ceremonias religiosas. Facilitaban documentación falsa, y ofrecían asilo a sacerdotes y perseguidos hasta que podían trasladarlos a escondidas hasta las embajadas para ponerlos a salvo o cruzar la frontera. Las mujeres fueron asumiendo labores cada vez más expuestas: pasaban porras y pistolas, se encargaban de recoger envíos de armas, y transmitían información de alto voltaje. Elena Medina comunicó a Raimundo Fernández Cuesta las instrucciones de Mola ocultas en una hebilla de su vestido y María del Llano Marcos, hizo llegar a José Antonio, ya en Alicante, la noticia de la insurrección del Ejército en Marruecos. María Paz Unciti dirigió, entre agosto y noviembre de 1936, estas peligrosas misiones hasta que fue capturada y murió fusilada. Con valentía su hermana Caridad tomó el relevo.

Páginas heroicas escritas con sangre de mujeres que se entregaron en cuerpo y alma a la defensa de la causa nacional como Carmen Tronchoni en Barcelona, María Paz Unciti en Madrid, o Carmen Werner en Málaga y muchas otras también olvidadas. La osadía se llevó a las más valientes, que permanecieron en los puestos de vanguardia hasta que los adversarios acabaron con sus vidas, encarceladas en checas del terror presionadas para delatar a sus camaradas y hacer apostasía.

Señalar también que un porcentaje de las militantes falangistas más combativas que sobrevivieron a la guerra se alistarían voluntarias como enfermeras en la División Azul en el frente de mayor letalidad de la Segunda Guerra Mundial.

Las Margaritas Tradicionalistas

Las Margaritas deben su nombre a Doña Margarita, esposa de Carlos VII, llamada el Ángel de la Caridad por sus labores en los hospitales de campaña. Desde la última guerra carlista, realizaban actividades caritativas y asistenciales en domicilios e instituciones benéficas como las Hermanitas de los Pobres, Casas de Misericordia, Hospitales y puestos sanitarios.

Con la llegada de la República, conforme la situación política comenzó a radicalizarse, como revulsivo de los ataques a la iglesia, la Comunión Tradicionalista Carlista transformó a las margaritas en activistas políticas y destacadas mujeres realizaron una intensa labor de propaganda, entre ellas Mercedes Quintanilla, Carmen Villanueva, Clinia Cabañas, las hermanas Balaztena y María Rosa Urraca Pastor. Fal Conde le encomendó directamente a esta última (la Miss de la Caverna le llamaba despectivamente Indalecio Prieto) la organización del Socorro Blanco creada para la asistencia material y espiritual a los carlistas perseguidos o presos, y a sus familias, con visitas a las cárceles, tarjetas y cartas de adhesión a los atropellos por venganzas políticas.

"osas y Margaritas, Historia de las mujeres falangistas asesinadas por el Frente Popular de Editorial Actas es la historia de parte de estas mujeres que dieron su vida con heroísmo por su Dios y por la patria en la que creían."

El comienzo de la contienda, supuso un nuevo impulso en la movilización de las margaritas que llegaron a las 30.000 entre el País Vasco, Navarra, Cataluña y Aragón, pero también en Sevilla (la Navarra del Sur). Se convirtieron en las responsables de la asistencia en los frentes y el perfecto enlace entre la vanguardia y la retaguardia. La enfermería, tarea hasta la fecha de margaritas de alcurnia, dejó de serlo con la incorporación de centenares de mujeres de clases humildes que con formación urgente en cursillos clandestinos de enfermería emprendían su rápida incorporación a los hospitales militares. También se encargaron de talleres roperos para confeccionar uniformes, de comedores y almacenes de alimentos, distribución de medallas y “detentes” o “detente bala”, madrinas de guerra, servicios postales, atención a huérfanos, organización de entierros, movilización social de la retaguardia, y ejercían las labores tutelares de las familias, Paralelamente a esta labor social, dado el profundo contenido católico del movimiento, las margaritas protagonizaron una cruzada espiritual de oración, sacrificio y penitencia.

Pero las partidas más peligrosas y en las que hubo más bajas fueron aquellas que se dedicaron a facilitar redes de apoyo clandestinas en la zona del Frente Popular, al almacenamiento y fabricación de armas y explosivos respondiendo, en la medida de sus posibilidades, a los efectos de la represión política, y sobre todo las que acompañaban y avituallaban a las columnas de requetés en el frente. Atendían las necesidades de los combatientes con gran espíritu de sacrificio retando al peligro, sufriendo los efectos de preparaciones artilleras y bombardeos de la aviación enemiga. Entre las bajas citar a Agustina Simón, margarita de Zaragoza, enfermera en el Seminario de Belchite, convertido en Hospital, y que en la ardua defensa del mismo hicieron los Requetés Aragoneses del Tercio de Almogávares fue hecha prisionera. Ofreciéndole salvar la vida, quiso acompañar a sus compañeros y fue fusilada.

Ideas religiosas

Otro de los temas políticamente incómodos es el acoso sufrido por la Iglesia católica, la gran destrucción de su patrimonio artístico y documental y sobre todo la dura persecución que llevó a la muerte a miles de sus miembros, religiosos y laicos, gran parte de ellos mujeres.

Especialmente trágico fue el verano de 1936. Según Gabriel Jackson, “los primeros tres meses de la guerra fueron el período de máximo terror en la zona republicana. Los sacerdotes fueron las principales víctimas del gangsterismo puro”. En esta línea, el historiador y escritor Fernando Artacho aporta un dato significativo: un 80% de los sacerdotes asesinados fueron ejecutados los primeros días del alzamiento —cuando todavía el Frente Popular negaba el estado de guerra—. Se ha constatado que en muchos casos, junto a los sacerdotes, morían también las madres y sus hermanas. Mujeres militantes de Acción Católica recibieron la condena por sus creencias religiosas. Prestaban apoyo a los heridos, refugiados y perseguidos, así como a todos aquellos que no renunciaron a su fe y se encontraron con el martirio.

Y es que en la reivindicación de la llamada “Historia de las mujeres”, se insiste en la memoria de las mujeres republicanas en la Guerra Civil y se denuncia con justicia la violencia que sufrieron, pero se sigue mutilando la historia, obviando no sólo la represión del otro bando sino también la importante iniciativa, organización y movilización que llevaron a cabo las mujeres en la zona rebelde. Rosas y Margaritas, Historia de las mujeres falangistas asesinadas por el Frente Popular de Editorial Actas es la historia de parte de estas mujeres que dieron su vida con heroísmo por su Dios y por la patria en la que creían. De algunas conocemos sus nombres y apellidos, pero la inmensa mayoría siguen siendo anónimas Y al igual que las 13 Rosas “Todas, éstas también, merecen que la Historia las recuerde”.

El día en que se pueda afirmar con libertad y sin polémica una frase como ésta, se podrá decir que por fin la sociedad ha superado el trauma de la Guerra Civil. Algo que, paradójicamente y contra natura parece cada día más difícil.

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Autor: Laura Sánchez Blanco. Título: Rosas y magaritasHistoria de las mujeres falangistas asesinadas por el Frente Popular. Editorial: Actas. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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