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Roy Jacobsen: «Lo único que podemos hacer con respecto al pasado es no olvidarlo»

Roy Jacobsen: «Lo único que podemos hacer con respecto al pasado es no olvidarlo»

Fotografías: ©Victoria R. Ramos.

Fue un chico difícil que reescribía finales felices para las novelas de náufragos perdidos y mosqueteros de capa y espada que llenan los anaqueles de las bibliotecas. Mutó en estudiante de matemáticas que un día dejó atrás los suburbios de su Oslo natal para reconvertirse en escritor pasando por la experiencia de seguir la llamada de lo salvaje al más puro estilo Jack London: perderse en esas tierras de fiera y desolada belleza sobre las que escribe, enrolarse como pescador de los fríos mares del Norte, sobrevivir en lo más aislado de la Noruega rural. No sabemos si ese viaje en el espacio y el tiempo fue lo que le convirtió en el autor atento al rescate de la memoria, a los profundos recovecos del ser humano, a los rescoldos de un tiempo que fue y ya nunca más será que dejan traslucir las páginas de su novela.

Roy Jacobsen es hoy un escritor reconocido internacionalmente, miembro de la Academia de Lengua y Literatura de su país, traducido a 31 idiomas. Debutó en el mundo editorial en 1982 con la colección de cuentos Fangeliv (Vida en la prisión) pero fue en 1991 cuando saltó a la fama con Los conquistadores, una saga familiar épica sobre la llegada de la democracia a Noruega. Con Child Wonder (2009) se consagra a nivel internacional, alabado por la crítica y respaldado por las cifras de ventas, narrando historias de infancia y adolescencia en un bloque de apartamentos de un suburbio obrero, como ese en el que creció, de la década de los 60, esa en la que todo cambió. Esa en la que aquel país pobre de pescadores descubrió el poderío del petróleo y así, de un día para otro, toda una generación se despertó siendo “asquerosamente rica”.

Los invisibles (De Usynlige) es ya un best seller internacional, no en vano fue nominada al prestigioso galardón Man Booker —tal vez el más reconocido en todo el mundo después del Nobel—, que premia tanto la excelencia de una obra en sí como la de la crucial y a menudo invisible labor de traducción. El argumento, en apariencia, no puede ser más simple: tres generaciones de una misma familia tratan de sobrevivir en una pequeña, aislada y árida isla, apenas una mota de polvo de roca, frente a la costa Noruega durante las primeras décadas del siglo XX. Barrøy es el universo entero para sus habitantes. El mar y las tormentas que la azotan son las agujas del reloj de la supervivencia para unos isleños estoicos, sometidos a todo tipo de dificultades, incluidas las existenciales. Un microcosmos donde los únicos milagros posibles son el disponer de una silla para sentarse o patinar sobre un mar helado.

Más allá del retrato de un tiempo que fue, bajo la poética narración de esta historia hermosa y brutal, hecha a través de una prosa desnuda, limpia y clara, plagada de descripciones de profundo lirismo, yacen interrogantes sobre el lazo inextricable entre geografía e identidad, sobre el destino y la libertad, sobre el arraigo y las raíces, sobre la tradición y los cambios inexorables, sobre la eternidad de los silencios y la importancia de aquello nunca expresado.

El escritor noruego se mueve con calma y aplomo por la penumbra del vestíbulo de un céntrico hotel en una ciudad sin mar. De fondo no suenan el batir de las olas y el azote del viento, sino acordes de piano y música de jazz. Este hombre alto, vestido de negro, los ignora y prefiere centrarse en mostrar fotos de ese árido y luminoso rincón perdido —la diminuta isla en la que suele escribir sus obras—, y hacerse con el ejemplar de su libro, que traigo maltratado a base de subrayados y marcadores de colores,  mientras habla con voz suave y sonríe con facilidad. Las preguntas no parecen preocuparle. Lo que Roy Jacobsen quiere es revisar con curiosidad la versión traducida de esta novela que él dio a luz en noruego cuatro años antes. Hay un filólogo dentro del escritor.

—“Nadie puede abandonar una isla: una isla es un cosmos en una cáscara de nuez…” ¿De dónde nace esta historia del hombre contra la naturaleza?

—Viene de mi propio pasado, de mi madre, que se crió en un sitio así en la costa de Noruega, así que lo conozco muy bien. Yo crecí en Oslo, pero cada verano iba a una propiedad que mis abuelos tenían en una zona similar, y que en realidad era un campo de labor: mi madre ordeñaba las vacas, mi padre salía de pesca y hacía el heno. Todo eso era muy exótico para mí, un niño mimado de la ciudad, por mucho que fuéramos de clase trabajadora. Vivir en Oslo era un lujo en comparación con esas visitas a la Edad de Piedra que me encontraba cuando iba allí y que me impresionaban. De niño las diferencias se notan aún más, incluso en la lengua y los dialectos: qué es extraño, qué es diferente, qué es exótico… Eso se me quedó grabado en la memoria.

—Tal vez eso explica que sea un libro sobre raíces y sagas familiares.

—Claro, mi madre me contaba aún más cosas sobre esa manera de vivir, y todo eso acababa formando parte de la mitología familiar. Cuando me quise dedicar a escribir, me subí mil kilómetros al norte de Oslo a intentar autoeducarme para hacerme escritor. Viví como pescador durante cuatro años, porque no tenía dinero, y también fui profesor y carpintero. Recuerdo que una mujer, que era ya anciana cuando yo era niño, nos enseñó a mí y a mi hermana a remar y a capturar peces, y una vez le pregunté: «¿Qué es esa roca que se ve allí en el horizonte?», y ella me dijo que era el lugar más bello de la Tierra, lo cual es una cosa muy extraña que decirle a un niño de Oslo de siete años de edad. Años más tarde fui allí, y es una isla muy bonita, donde ella había vivido cincuenta y tres años, que es el doble de lo que Robinson Crusoe vivió en la suya. Durante los últimos diez de esos años solo había dos personas en esa isla —dos mujeres, ella y una tía suya—, que solo se fueron cuando prácticamente se vieron obligadas a ello. Derribaron las casas y se vinieron flotando sobre las maderas hasta la costa continental, donde se hicieron otra casa. Y desde entonces, en treinta y cinco años, ella no había vuelto, lo cual es muy triste. Ese es el tipo de historias que se te quedan en la cabeza.

"Escribí la primera frase Un día de julio sin viento, el humo sube en vertical hacia el cielo— y el resto salió solo."

—Náufragos en medio de una era de grandes cambios, en cierto modo.

—También descubrí que esto en realidad es muy común en la costa noruega. Hay miles de islas así, unas diez mil, donde viven pescadores y sus familias, una en cada isla, quizá dos, y todo eso ahora ha desaparecido. Los pescadores son la espina dorsal de la economía noruega, porque siempre hemos vivido del mar y al lado del mar, exportando pescado al sur de Europa, sobre todo bacalao, durante miles de años, lo cual se reforzó más tarde con el sistema de la Hansa y los mercaderes alemanes. Podría decirse que Noruega era un poco como una república bananera que vivía a base de producir una materia prima concreta para otros países más ricos, pero nada de esta riqueza se quedaba en la costa noruega, y por eso seguían siendo tan pobres como hace siglos, y eso que esta zona es muy rica. Pero una historia sobre una mujer en una isla, eso no es necesariamente una novela. Tienes que buscar una manera de escribir estas cosas bien, y todo eso yo lo iba manteniendo dentro de mi mente hasta 2006, cuando de repente supe la historia que tenía que contar. Escribí la primera frase —“Un día de julio sin viento, el humo sube en vertical hacia el cielo…”— y el resto salió solo.

—Más allá de la cuestión de la identidad y la soledad de ese microcosmos, hay en el libro un canto evidente a la memoria.

—Sí, es un libro en principio sobre esta niña, Ingrid, visto desde su perspectiva, que se cría así, y piensa que es un modo normal de vivir, con solo la más simple de las relaciones humanas: un hombre, una mujer y su hijo o hija, y luego una tía, y luego un sobrino y un abuelo. Este microcosmos es de lo que trato: es una historia del paso a la edad adulta. Según creo, después de la Segunda Guerra Mundial los países más pobres de Europa eran Albania, Portugal y Noruega. Tras la ocupación alemana, muchos barcos estaban hundidos y la industria pesquera estaba por los suelos. Luego, en los 60, encontramos petróleo y nos hicimos asquerosamente ricos en el espacio de tres o cuatro generaciones, y hoy en día no creo que haya un solo noruego a quien se le pudiera dejar en una de estas islas y supiera sobrevivir. Se morirían de hambre en un mes o dos, porque no sabrían manejarse en la naturaleza como antaño. Los de antes eran auténticos soldados de élite que sabían capear temporales, heladas o vendavales y navegar sabiendo leer el mar y el tiempo que les hacía. Este modo de vida está prácticamente extinto y olvidado ya, pese a que llegó hasta hace solo una o dos generaciones. Es asombroso este olvido de lo que venimos. Ahora mis hijos y nietos lo dan todo por sentado. Lo que reflejo es esa situación tan básica, que cualquiera puede reconocer, de las diferencias entre padres e hijos, con los daños emocionales que suceden, y el contraste entre el hombre y la naturaleza, tan diferente, que aún ocurría hace solamente cincuenta o sesenta años.

—¿Cómo evolucionó la situación de este sector de la población tras la transformación noruega de los 60?

—Los pescadores que siguen viviendo allí ya no están tan desposeídos como antes, no se les va la riqueza tan pronto como llega, aquello ya no es la colonia de una metrópoli. Los que aparecen en mi libro sufren una sociedad injusta que no les pagaba lo suficiente por su trabajo, pero eso ya no es así. Hay una solución política para ellos hoy, pero lógicamente no puede ser retrospectiva. Lo único que podemos hacer con respecto al pasado es no olvidarlo. Hacerles un reconocimiento público a esta gente por la industria tan enorme que crearon. Vivir así era muy exigente, pero también muy enriquecedor. En esas islas casi nunca hay silencio —el viento siempre suena, y hay gaviotas, y tormentas, y el mar— pero a veces sí que puedes sentirlo. Son días muy raros, pero alguno hay en el que parece que todo contuviera su aliento a la vez, el paisaje entero. Pero obviamente es un ruido natural, no el ruido de una sociedad urbana como esta, con los coches y las voces y la gente. Es un contraste muy poético, y si estuvieras alguna vez en una de estas islas cuando todo está tranquilo y se puede sentir el silencio te sentirías asombrado. Es todo horizonte. Y eternidad. 

 El silencio en una isla no es nada. Nadie habla de él, nadie lo recuerda ni le pone nombre, a pesar de lo mucho que les afecta… Es la ojeada que consiguen echarle a la muerte mientras aún siguen con vida

—Aparte de la geografía como modeladora de carácter hay otro factor que es el modo tan extremo en el que el tiempo determina los estados de ánimo.

—Sí, es muy distinto el tiempo que marca un reloj del que marca la naturaleza. Las diferencias en la luz influyen mucho en el estado de ánimo. Desde mayo a julio hay luz constantemente, y esos son los días brillantes del año, pero luego viene un invierno que es como un castigo. Hay que usar los días donde hay luz para prepararse para la oscuridad que se avecina. Verano equivale a día e invierno a noche, y durante el largo día has de trabajar de manera infernal para cuando llegue la larga noche. Y nunca sabes qué tipo de invierno va a ser, aparte de la oscuridad: si va a haber viento, heladas, tormentas, si las casas se van a poder mantener en pie, si vas a perder parte del equipamiento que necesitas para sobrevivir o se te va a hundir un barco… Ese es el auténtico reloj, no el de las veinticuatro horas. Esa gente ni siquiera tenía relojes, porque no sirven de nada. Y eso es lo que la chica siente: el pasarse el invierno deseando que llegue el verano. Pero luego a su vez ese verano puede ser una experiencia decepcionante, aunque siempre bello. De hecho, estuve allí la semana pasada. [enseña unas fotos en el móvil] Esto es el silencio… Esto es un momento muy raro y hermoso… Cuando está tranquilo es un paraíso, pero cuando hay tormenta es un infierno, y tienes que estar preparado para ambos, así que allí viven en un mundo realmente muy bíblico.

"Pese a la pobreza mi protagonista masculino, era todo un progresista que hizo sillas para todas las mujeres."

—Frente a los cambios inminentes o las influencias del mundo exterior, los personajes se agarran con fuerza a las tradiciones, pese a que en su fuero interno desean cambios: hay mujeres que han conseguido por fin sus sillas para sentarse a la hora de comer.

—Cuando yo era niño mi madre nos contaba que a las mujeres del lugar no se les permitía sentarse mientras los hombres estaban comiendo, aunque trabajaban tan duro o más que ellos. Pero no era por sexismo o cuestiones de gender gap, como se llamaría hoy, sino porque eran tan pobres que no había sillas suficientes. Un día mi abuelo hizo una silla para mi madre, pero luego murió mi abuela, y a raíz de eso mi madre se tuvo que ir con su tía a otra granja, y allí no había silla para ella tampoco, así que volvió a quedarse sin silla para sentarse mientras la otra comía. Por eso puse el motivo de la silla en el libro, como importante marcador temporal. Pero sí, pese a la pobreza mi protagonista masculino, era todo un progresista que hizo sillas para todas las mujeres. [risas] Es una historia real.

—Es una novela muy realista, casi naturalista. Todos los aspectos más extremos de la vida se tratan con mucha normalidad, y sin embargo recorres las páginas con la sensación de que algo malo va a pasar, incluso en los momentos más… humorísticos.

—Sí, era la idea. Cuando se vive tan cerca de una naturaleza tan severa siempre debes estar preparado para que ocurra algo grave. No hay hospitales adonde ir ni nadie a quien pedir ayuda. Tienen que ayudarse a sí mismos. Es una forma de vida muy costosa, y una muerte puede ocurrir de manera brutal incluso en medio de un momento agradable. Como dice el cura, «el mar también es una especie de lugar celestial», ya que en esas costas quizá solo la tercera parte de la gente tiene tumbas, porque su cementerio natural es el mar. Cada invierno se pierden centenares de pescadores. Si vas más hacia el norte verás muchas cruces, pero un buen número de ellas solamente dicen «Desconocido», y no porque sean de soldados, sino porque son de cuerpos que se encuentran a la deriva en la orilla tras haber naufragado en alta mar y nadie sabe quiénes son. Así es la vida allí, y tienes que adaptarte.

—El texto está lleno de reflexiones sobre el ser humano, aunque sus protagonistas nunca tienen tiempo de pararse a hacerlas. El silencio que más pesa en la isla es el suyo.

—No, claro, son personas muy «no verbales». No hablan mucho. Cuando yo era —o se suponía que era— pescador, éramos el capitán y tres hombres en un barco en medio del mar en mitad del invierno. Yo no sabía gran cosa del oficio, y nunca me lo explicaron en plan «encárgate tú de eso», sino que esperaban que yo me fijara en ellos e hiciera lo mismo que ellos. Tampoco es que puedas hablar ni entender nada en medio de una tormenta, y así era la tradición. Pasa igual cuando enseñan a los niños, «no se les dice, sino que se les muestra», por usar una expresión cinematográfica.

Y por supuesto, no están acostumbrados a hablar de sus sentimientos, ni a sentarse y tener charlas profundas. Todo eso tienes que aprender a leerlo en la cara de los demás. En el libro la madre tiene problemas con su carácter melancólico, y no es capaz de explicar sus sentimientos. Solo puede mirar la isla de la que vino en el horizonte y añorarla. Porque hay que tener en cuenta que también puede ser muy aburrido y muy solitario: la misma gente junta día tras día durante años, a veces décadas. A la niña le ocurren cambios muy importantes en el espacio de tres o cuatro meses, pasa de ser una niña a ser una mujer con otros a cargo, y esto era normal también. Es un libro sobre mujeres, y el segundo y tercero también lo son. Normalmente este tipo de historias tratan sobre hombres, pero yo pongo como protagonistas a las mujeres.

—La protagonista, Ingrid, pasa en un breve periodo de ser la niña de la isla a ser la reina a cargo de la misma y quienes la habitan. Para entonces ya ha aprendido que hay un mundo distinto fuera.

—Se encuentra en una situación en la que no puede hacer lo que haría hoy, que es ir a otro sitio a pedir ayuda, así que hace lo que tiene que hacer para sobrevivir. Reacciona de una manera que es natural para ella, porque sabe instintivamente que así es como han de ser las cosas. En un segundo pierde su inocencia y se convierte en adulta, y eso, claro, es una responsabilidad abrumadora. Pero se apaña. Es una mujer fuerte. También hay que tener en cuenta la monotonía de ese tipo de vida. Si eres capaz de sobrevivir allí durante varias semanas, o meses, o años, aún te espera la monotonía con la que lidiar. Yo ahora estoy acostumbrado al entretenimiento, a conocer gente interesante, a tener nuevas ideas y pensamientos, y para nosotros aquello sería una vida muy aburrida.

"La gente necesita felicidad, la felicidad es magia."

—Es una historia de personajes muy fuertes que, sin embargo, se manejan en un equilibrio muy frágil. Hay un momento en el que por unos instantes hacen algo que no había ocurrido nunca en la isla, algo que me parece tremendamente metafórico: caminar y jugar sobre el mar helado.

—Es un momento mágico para ellos, nunca ha pasado antes. Les da la oportunidad de jugar en medio de ese duro invierno. No es hielo exactamente, debido a la sal del agua, y por eso el padre no les cree cuando se lo dicen. Todo el que ha vivido por allí ha tenido alguna vez una experiencia extraordinaria en algún duro invierno, y yo quería crear una en común para todos, crear esa especie de repentina felicidad. Porque la gente necesita felicidad, la felicidad es magia. Sí, como dices, es muy simbólico.

—Nuestra protagonista es hija de una nostálgica estoica y de un soñador, y sin embargo el libro encierra una advertencia sobre lo destructivo de arrepentirse de un sueño.

—Es tan duro o tan destructivo el arrepentirse de algo con lo que soñabas y que luego no se hizo realidad como arrepentirse de algo que sí has hecho. La realidad puede ser decepcionante, pero la fantasía también, y es un momento muy triste.

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Puede que en España sólo los lectores de El libro de la madera, ese atípico éxito editorial del último año, reconozcan el nombre del Roy Jacobsen —autor del prólogo—. No ocurre lo mismo en Irlanda, Gran Bretaña o China. Los invisibles no es sino el primer tomo de la trilogía Barroy —la segunda parte, White Ocean está ya en proceso de traducción al inglés y la tercera ya ha llegado a las librerías noruegas— con la que Jacobsen ha convertido en un arte el contarlo todo narrando la vida sin aderezos. La existencia de un puñado de personas que quedaron atrás, invisibles y olvidadas, arrastradas por los cambios de la historia, por la transformación de una clase agraria y proletaria a una postindustrial. Y sin embargo, lo que enamora es la forma.

Estas páginas, a medio camino entre novela naturalista, saga familiar, documento realista y canto lírico a una terrible belleza, tienden a la universalidad. El tiempo es la fuerza de mayor presencia y el único elemento que rompe el equilibrio de la prosa, que adquiere resonancias shakespearianas en la descripción de las tormentas. Más allá, la vida y las estaciones transcurren implacables, sin sentimentalismos, entre toques de un humor tan seco como lacónico y una extraña combinación de resignación y sabiduría. Las identidades individuales se entrelazan con la colectiva y con el mismo entorno del que son dueños y que, al mismo tiempo, les posee.

Ingrid, la niña a la que acompañamos en esta historia, es una isleña de tercera generación —hija de un soñador y de una mujer resignada y nostálgica— que comienza a descubrir un universo más allá de ese trozo de roca, pero incluso ella es incapaz de formular las preguntas que la atenazan. El arraigo ligado a la quietud y la tierra termina desatando una crisis existencial callada, plegada a las necesidades de supervivencia. Al final, el libro no es sino un constante y profundo interrogatorio.

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—Debutó con una colección de relatos en 1982, y tiene muchos libros publicados en Noruega, aunque solo seis o siete están traducidos al inglés —dos en proceso ahora mismo— y uno al español. Esta trilogía está teniendo éxito en lugares muy distantes, como China, por ejemplo. ¿A qué cree que se debe?

—¡Espero que se deba a que son buenos! [risas] Pero creo que es por sus personajes. Se viva donde se viva en el mundo, uno puede sentir compasión de ellos, y se pueden reconocer sus emociones y sus acciones. Los rusos, chinos, noruegos, españoles, griegos, podemos ser diferentes, pero tenemos muchísimo en común, así que por un lado estos personajes son muy exóticos, pero por otro lado muy comunes a todos, muy reconocibles, y es muy fácil compartir unas emociones tan familiares. Este libro tiene un gen humano básico: hombre, mujer, hija, abuelo, tía, naturaleza. La naturaleza puede ser la parte exótica, pero lo demás resulta muy bien conocido de todos. Creo que ese contraste lo hace interesante para todos.

"Yo no intento imponerle sentimentalismo al lector. Eso lo destroza todo."

—No es un libro sentimental, sino muy realista, que describe una belleza terrible, pero sí es muy humano, destila sentimientos por todas partes.

—Está muy bien visto lo de la «belleza terrible». Es el título de un libro de Leon Uris sobre su patria, Irlanda, y funciona para el mío también. En cuanto al sentimentalismo, puede ser algo muy peligroso. Mucha gente puede ser sentimental y nostálgica, pero como escritor eso se debe tratar de una manera indirecta. Yo no intento imponerle sentimentalismo al lector. Eso lo destroza todo. Hay que mantener los sentimientos con un perfil bajo y dejar que el lector participe con sus propias emociones: si se sienten alegres o tristes por alguno de los personajes, debe ser su propia reacción, no algo impuesto por el autor. Un escritor no debe enredar con los sentimientos del lector.

—Otro protagonista es el lenguaje, un lenguaje muy directo, muy limpio, y al mismo tiempo muy lírico en las descripciones.

—Sí, eso espero. Esa es mi intención. Me gusta la prosa poética, por así llamarla, con más valores y colores. Es mi manera de escribir, y trabajo mucho el lenguaje para describir sin decir demasiado. Para dejar que el lector se sienta inmerso. Pero para eso hay que crear las claves con las que lograr las asociaciones correctas en la mente del lector y darle así esa riqueza al texto.

—¿Cuál es el principio de todo, cómo comienza usted a escribir?

—¿El comienzo? La frase sobre el humo que salía de… [risas] No, yo decidí ser escritor cuando tenía once años, porque me encantaba leer. Tuve problemas para aprender a leer y escribir en el colegio –fui un niño muy problemático–, pero cuando por fin lo logré me encantaba. Leí Robinson Crusoe, Los tres mosqueteros, Jack London… Pero odiaba los «malos finales», así que reescribí los finales de Robinson Crusoe y Los tres mosqueteros porque quería finales felices. Aún conservo esos cuadernos. ¿Recordáis el final de Robinson Crusoe? Vuelve de su isla a Inglaterra y descubre que se ha convertido en un extraño. Es un final tan triste… Después de todo, a veces lo pasaba bien con su Viernes en su isla, así que en mi versión se vuelve a la isla a seguir viviendo con Viernes. Pero tenía once años, así que perdonadme. [risas]

Luego empecé a estudiar matemáticas, porque siempre me han fascinado, y la verdad es que nunca sabes si eres escritor o no, pero sí que sabes si quieres serlo, así que tienes que averiguar si de verdad lo eres. Yo empecé a probar después de la universidad, a ver si era capaz de soportar esa soledad del escribir durante dos o tres años conviviendo con mis ideas, del averiguar si soy lo bastante bueno. Debuté a los veintisiete años con esa colección de relatos, y salió muy bien, ganando incluso un premio para debutantes. Así que sí, resultaba que yo era capaz de sentarme durante meses a escribir. También esto es terrible y bello a la vez, es otra terrible belleza porque el trabajo de una novela contiene tantas decepciones, tanta frustración y tanto odio… Tienes que usar un espectro muy amplio de emociones cuando escribes una novela. «Esto no vale nada». «Esto es una mierda». «Esto no puede ser una novela». Y así durante tres días. Pero luego te viene una idea, y otra y otra más. «Humm, esta a lo mejor sí funciona». Y tienes que ser capaz de discernir entre todas ellas. Tanto las recompensas como las frustraciones son muy grandes. Si ves tu carácter reflejado en todo esto que he dicho, quizá tú también seas escritor. [risas]

—¿Qué libros le han influido o marcado especialmente? Sé que admira a José Saramago y hoy ha citado varias veces Robinson Crusoe.

—Como noruego, uno no puede escapar de Knut Hamsun, y no por su nazismo o por sus estupideces políticas, sino por la manera en que trataba el lenguaje. Literariamente hablando, él fue el creador del idioma noruego, el Martín Lutero de Noruega. De Lutero se decía que él fue el creador del idioma alemán, al menos a nivel escrito, y luego llegó la labor de los hermanos Grimm. Hamsun escribió mucho en danés incluyendo dialectos noruegos, y cambió el idioma noruego de arriba abajo, así que es importantísimo para mí, creo que para cualquier autor noruego. También los rusos como Dostoyevski o Tolstói, García Márquez, Saramago, y Grass con El tambor de hojalata, Böll y Hardy y autores japoneses como Mishima y esa tetralogía fascinante, El mar de la fertilidad, aunque también era otro fascista, ¡no sé qué me pasa hoy con ellos! [risas]. También Kawabata escribiendo esas novelas tan poéticas sobre las cosas pequeñas. Proust, aunque solo cuatro o cinco páginas cada vez. Mucha gente. Las antiguas sagas islandesas… ¡Cervantes, por supuesto! Esos son los libros que leo una vez y otra, mis clásicos. Y la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, que cada vez encuentro más literariamente fascinante, quizá porque no tiene un único autor, sino que fue escrito por varios.

—Bueno, esta historia no deja de ser una saga familiar, así que en cierto modo bebe de esas sagas nórdicas y en cierto modo de la Biblia.

—Sí, creo que de ambos.

"Jostein Gaarder, con El mundo de Sofía también abrió muchas puertas, junto al sueco Stig Larsson o el islandés Arnaldur Indriðason."

—La irrupción de la literatura escandinava en los escaparates de nuestras librerías llegó con la novela negra y sus superventas, con autores como Jo Nesbø, Anne Holt, Henning Mankell, Karin Fossum, Liza Marklund, Kjell Ola Dahl…

—Y Jostein Gaarder, con El mundo de Sofía también abrió muchas puertas, junto al sueco Stig Larsson o el islandés Arnaldur Indriðason. Sí, a mí eso no me molesta.

—Parece que ahora por esa puerta nos comienzan a llegar autores nórdicos que no encajan en ese perfil, como usted o Kjartan Flogstad.

—¡Flogstad! Sí, él está escribiendo justo lo contrario a la novela negra. Él fue quien introdujo el realismo mágico en Noruega. Lo opuesto a la novela negra, en realidad.

—Ha quedado usted finalista en el Premio Man Booker, que además de ser un reconocimiento a la novela, también premia la labor de traducción, a menudo invisible. ¿Qué supuso llegar a esa selecta lista?

—Es un gran reconocimiento para mí. Como escritor, uno quiere que lo aprecien, y aparte del Nobel el Man Booker es el principal premio literario del planeta, así que significa mucho, porque todo el mundo te está mirando. Por causa suya he firmado unos veinticinco contratos por todo el globo con distintas editoriales. Económicamente es muy importante, por supuesto, pero además me permite llegar a sitios donde antes no podía. Está siendo una experiencia muy agradable. Además, Noruega será el país invitado en la Feria de Frankfurt en 2019. Aunque, a decir verdad, nunca he ido a participar en esa feria, porque no se centra en lo creativo, sino que es más para editoriales. En Alemania, las de Freiburg o Lübeck están muy bien, son sitios donde puedes conocer al público. En 2011 hubo una gran cantidad de eventos en torno a Islandia, y yo formé parte de aquello, dirigiendo nuevas traducciones de sus sagas a otros idiomas escandinavos y al alemán, así que sé cómo funciona todo eso. Tengo muchas ganas de que llegue. Si estoy vivo todavía.

—¿Qué viene ahora, después de la trilogía?

—Quizá una cuarta novela, no lo sé. Todavía estoy muy enamorado de mi personaje tras esas tres novelas. Pero aún no puedo decir nada.

***

Roy Jacobsen se embala, se aturulla, interrumpe… los nombres de referentes literarios y autores le desbordan entre risas. Elogia a Flogstad, el creador del “realismo ártico” —adaptando el estilo de García Márquez o Juan Rulfo—. Bromea con su editor sobre la futura edición de la Feria del libro de Frankfurt —“no es para lectores, es para gente como tú”, le asegura entre risas—. Noruega, ese país de pobres envidiado hoy por una riqueza que supo repartir mejor que otros gracias a una tradición muy igualitaria, es hoy observado con envidia en muchos campos, y el del compromiso estatal con la literatura no es una excepción. El estado compra alrededor de un millar de ejemplares de cada nueva obra de un autor noruego, destinados a bibliotecas públicas, financia viajes, subvenciona traducciones y, en definitiva, no deja escapar una oportunidad de promocionar un idioma que consideran pequeño y necesitado de apoyos, y a sus autores. Presumen de ser un país de lectores, y aun así miran hacia Islandia, que enarbola con orgullo el título de “biblioteca escandinava”, gracias a los recursos destinados a un sofisticado sistema promoción de la lectura. Al final, las islas remotas y frías también pueden encerrar respuestas.

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