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Ruiz Amezcua: de la estirpe silenciosa de los grandes poetas

Ruiz Amezcua: de la estirpe silenciosa de los grandes poetas

En su célebre obra Por qué leer los clásicos Italo Calvino ponderaba sin reservas que un clásico es lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone, y aunque en algunos momentos pretendiera relegar esa actualidad a la categoría de murmullo lejano, nunca puede prescindir de ella.  Qué duda cabe que la obra que a continuación nos ocupa tiene mucho que ver con este atributo insalvable.

Perteneciente a la estirpe silenciosa de los grandes poetas, Manuel Ruiz Amezcua se ha erigido en uno de los escritores en lengua española más singulares del último medio siglo. Su dilatada trayectoria poética y el reconocimiento explícito que la crítica más exigente le ha tributado en no pocas ocasiones (José María Balcells, Singularidad en la poesía de Manuel Ruiz Amezcua, Granada, 2016), hacen que cualquier aproximación a estos cuarenta y cuatro años de convivencia con la poesía —materializados ahora en este volumen— implique un ejercicio de generalización, de abstracción conceptual y terminológica que en muchos casos soslaya el universo particular de un determinado poema, de un verso o de una simple metáfora.

No obstante, para salvar este escollo, la obra de Ruiz Amezcua se presenta amparada por un estudio crítico minucioso. Como el propileo de una gran obra, Una verdad extraña está precedida por un estudio introductorio atildado y extenso, obra de Carlos Peinado Elliot, que recuerda las ediciones más lucidas de nuestros clásicos castellanos. Y es que no hay nada mejor para acompañar los versos de un gran poeta que hacerlo de la mano de un crítico esmerado que nos sumerja en los variados entresijos de su devenir poético. Sólo entonces tiene lugar el prodigio: que el lector goce al unísono de la admirable creación y el talentoso análisis.

"Los poemas pertenecientes a Dialéctica de las sombras (1978) y Oscuro cauce oculto (1984) presentan un marcado simbolismo e inciden con mayor vehemencia en la temática amorosa."

Siguiendo un orden diacrónico, la obra empieza con los versos de su primer libro, Humana Raíz (1974), en el que conviven el apego a la tradición poética española y ciertas licencias formales que marcarán el quehacer poético del autor. Según se apunta en la introducción, estos poemas “contienen el núcleo poético de la obra de Ruiz Amezcua”, marcado por una poesía de corte existencialista, no exenta de pesimismo y desesperanza, tal y como aparece en el poema “¿Por qué?”: “Vine como la voz del lobo: oscuro. / Vivo aislado y sin cielo: derrotado. / Triste es mi sino. Triste mi pecado. / Tristemente lo juro y lo perjuro / porque no quedaré para contarlo”.

Haciendo gala del tópico horaciano del ut pictura poesis, la relación indisoluble entre lo pictórico y lo poético tiene también su primera aparición en este primer libro, concretamente en el poema “In ictu oculi”, inspirado por un cuadro de Valdés Leal. Esta simbiosis será sintomática, ya que anticipa lo que a partir de este momento será una constante en la poesía de Ruiz Amezcua: la importancia de la poesía española de los Siglos de Oro, la cual tendrá una especial repercusión en el uso del soneto.

Los poemas pertenecientes a Dialéctica de las sombras (1978) y Oscuro cauce oculto (1984)  presentan un marcado simbolismo e inciden con mayor vehemencia en la temática amorosa. La mención de situaciones y ambientes de fácil reconocimiento (“Habitación de la noche”, “Estación sombría”, etc.), se ve interrumpida por imágenes y metáforas desconcertantes que inciden sobre un sentimiento desasosegado y oscuramente melancólico (“Largo es el silencio”, “Determinados sueños”, “Conciencia”, “Bocanoche”, “Oscuro marco”, “Rasa agonía”, “Despojos”, etc.). Surcado por un verso sencillo y alejado de retóricas cadenciosas, esta inercia hace que el lector aprehenda, sin mayor oropel, una nueva poética que explora los rincones más afligidos del lenguaje: “No mires la otra cara de la sangre / y adáptate con asco a la mentira. / Sabes muy bien / que hay un grito cuajado en el silencio / cuando la duda empieza a corroerte”.

"Los ecos cernudianos son perceptibles en algunos de los poemas que forman Cavernas del sentido."

La brevedad es también una nota dominante en estos poemas. Así lo vemos en “Cristal definitivo” (“Como un oscuro presentimiento / que atenaza la verdad, / cercenado en cristales por la ausencia, / con qué insistencia me acompañan siempre / —entre un ocaso de negruras mías— / turbias realidades negras”) o en “Lo negro de la noche desespera” (“Si supieras cómo tiembla mi alma / al pronunciar tu nombre, allanarías / la dura corteza de tus límites. / Se me agranda tu rostro en la memoria. / La imagen de tus ojos me persigue”), un recurso poético que añade si cabe más lirismo a algunas de estas composiciones.

Tal y como señala Carlos Peinado en su estudio introductorio, los siguientes libros de la producción de Ruiz Amezcua, Cavernas del sentido (1987), Más allá de este muro (1991) y El espanto y la mirada (1992) “constituyen un nuevo ciclo poético que profundiza en los motivos anteriores pero abismándolos aún más hacia sus límites”. Efectivamente, en estos poemas la voz poética vuelve sobre la dimensión más cruda de la realidad, una realidad que en ocasiones se camufla en paisajes irreales e imágenes visionarias que no impiden, sin embargo, que el lector participe de una ilusión a medio camino entre lo telúrico y la más radiante cotidianidad. Los ecos cernudianos son perceptibles en algunos de los poemas que forman Cavernas del sentido (“Donde reina lo infinito / y se consuma el vacío. / En la sima de la sombra. / En la voz de su memoria. / En ese espacio frío / donde todo se olvida. / En ese abismo fijo. / En esa turbia herida. / En ese espacio inmenso de la nada / donde jadea el aire / y se convierte en sueño la mirada”) y el soneto vuelve a irrumpir con fuerza, sobre todo en Más allá de este muro. Por su parte, es bastante revelador que en el libro El espanto y la mirada, la apelación al silencio sea uno de los recursos más utilizados, quizá como único argumento ante la ecuánime conjunción (“Silencio, en su amenaza tan preciso / como la sangre oculta en la mirada; / como la nada, lenta y destrozada / por su clamor oculto no indeciso”).

"Las voces imposibles (1993) inaugura una nueva etapa que marcará en gran medida la poesía posterior de Manuel Ruiz Amezcua."

Las voces imposibles (1993) inaugura una nueva etapa que marcará en gran medida la poesía posterior de Manuel Ruiz Amezcua. El acento más social y comprometido de sus poemas e incluso el resentimiento que experimenta la voz poética, han sido magníficamente caracterizados en la introducción: “comienza a emerger como símbolo clave en esta etapa el asedio o sitio que padece el justo, de modo que la actitud será la de resistencia”, una resistencia que adquiere un significado de rebelión política. Empieza a perfilarse ya un cierto desencanto ante determinados posicionamientos políticos y una dura crítica hacia las actitudes cainitas de quienes se dicen valedores de la libertad y el progresismo. Formalmente, se deja a un lado la métrica más rígida (como la del soneto) y se adoptan formas libres, que sin embargo no adolecen de altas dosis de lirismo: “Nada calla en la noche / la voluntad del ser ensangrentado, / adonde me conducen / los rostros arruinados / en la eterna pregunta del espanto. / El caos de las cosas / que alberga el universo / me ha dejado solo ante el fracaso. / Extraña imagen mía / buscando a ciegas la verdad que abrazo”.

Esta amargura de la experiencia está también presente en Atravesando el fuego (1996), solo que aquí se conjuga con la presencia de un tú poético que evoca un juego de pasiones continuo, donde lo físico y sensual se superponen. Los labios de la amada y la mirada pétrea del amante se convierten en un recurso poético muy frecuente en estos poemas (“Unos ojos sin tiempo / por hallar el secreto del desgarro / en los confines de tu nombre / y en las reliquias de tus manos”). Este recurso se extiende más allá de esta obra y también aparece en algunos poemas de Donde la huida (2001), solo que aquí convive con un fuerte sentimiento de traición, que hace que el yo poético huya constantemente de una mentira ubicua que conduce al desengaño y que no deja ningún resquicio a la esperanza (“Por mucho que te quiera, / no me olvido de nada / de lo que pasa en el mundo, / ni de su turbia historia. / Los ojos se consumen. / Los labios nos olvidan. / La vida nos traiciona”).

"Es difícil compendiar en unas cuantas notas las más de setecientas páginas de poesía que conforman Una verdad extraña."

Contra vosotros (2005), La resistencia (2011) y Palabras clandestinas (2015), constituyen lo que podría denominarse la última fase de la poética ruizamezcuana. La poesía de tipo social y política que aparecía intermitentemente en los libros anteriores se despliega aquí en todo su abanico de posibilidades interpretativas. El contacto con los vencidos, la solidaridad con las víctimas y la connivencia con los excluidos de muy diversas causas y desigualdades aparecen aquí como el contrapeso necesario para criticar duramente a los opresores (“Vivís de la miseria / de los que nada tienen, / del desamparo de los oprimidos, / del silencio de los cobardes. / De las falsas heridas / de los falsos motivos”). A diferencia de libros anteriores, todos los poemas van titulados, y esta denuncia se hace explícita ya desde el propio encabezamiento: “El tamaño de la herida”, “Contra vosotros”, “La gloria se pudre sola”, “Mala gente que domina”, “Deseos mutilados”, “Eterna cofradía”, “Letanía del indefenso”, “El resultado de la miseria”, “Nietos de la ira”, etc. Una de las críticas más férreas va dirigida hacia los intelectuales y poetas de su generación, tal y como aparece en “Poetas oficiales o el régimen del pienso” o “Romance del desengaño”, este último dentro de la sección Poemas inéditos, que es la que cierra el libro.

Es difícil compendiar en unas cuantas notas las más de setecientas páginas de poesía que conforman Una verdad extraña. Aunque hay líneas temáticas susceptibles de ser perfiladas en un orden sincrónico, el collage de yuxtaposiciones poéticas es rico y variado, lo que dificulta el recurso de una fácil taxonomía. Pese a todo, en la poesía de Ruiz Amezcua es fácil distinguir una cierta apocatástasis, un regreso constante a esa voz abisal, estoica y dolorida que despuntaba en sus poemas de 1974 y que sigue reconociéndose en su poesía más reciente. Y es que quizá, como decía T. S. Eliot, “to do the useful thing, to say the courageous thing, to contemplate the beautiful thing: that is enough for one man’s life”.

Una verdad extraña se presenta en la Biblioteca Nacional de España (Paseo de Recoletos, 20, Madrid) el martes 6 de marzo a las 19 horas.

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Autor: Manuel Ruiz Amezcua. Título: Una verdad extraña (Poesía 1974-2018). Editorial: Comares. Venta: Amazon y Casa del libro