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T. S. Eliot y la necesidad del conocimiento poético

T. S. Eliot y la necesidad del conocimiento poético

Es T. S. Eliot (1888-1965) uno de los autores más celebrados y peculiares del pasado siglo, premiado con el Nobel de Literatura en 1948, y considerado como uno de los iniciadores clave y con más personalidad de las por entonces tan llamativas y rompedoras vanguardias estilísticas. Este giro en el estilo y en las maneras se vio acompañado de una particular y muy honda evolución que encaminó su escritura hacia asuntos del todo filosóficos, e incluso espirituales, metafísicos y teológicos. Nunca ocultó su tendencia cristiana, que derivó, en la segunda mitad de su vida, al anglicanismo. Eliot era tímido (y muy británico) en las formas, pero también contundente cuando se trataba de defender sus ideas y creencias, las cuales nunca rebajó, atenuó ni disimuló.

Eliot saltó definitivamente a la palestra tras la publicación, en 1922, de The Waste Land (La tierra baldía), acaso su obra más leída. Antes había escrito Prufrock (1917), en pleno meollo de la Primera Guerra Mundial. Con tales escritos, los derroteros literarios que puso Eliot en liza provocaron un generoso revuelo: hubo quien no tardó en echarse encima y llevarse las manos a la cabeza, pero hubo, también, quien supo adivinar que aquellos tiempos, tan repletos de desorientación, azoramiento y perplejidad, precisaban de nuevos creadores que, a través del arte en todos sus géneros y facetas, pusieran de relieve el sentir, tan oscuro y aturdido, que toda Europa —y buena parte del mundo— experimentaba. Sentimientos, sensaciones y huellas que quedaron materializados en The Hollow Man (1925, Los hombres huecos), uno de los títulos más elocuentes del autor anglo-americano, y, más tarde, en Ash Wednesday (1930, Miércoles de Ceniza).

"Es quizá inevitable comenzar por una constatación: la poesía de Eliot resulta compleja, tanto en su forma como en su contenido."

Entre 1936 y 1943 Eliot publica la obra que le dio la más rotunda fama, y que acabó por consagrarlo como uno de los escritores más importantes del siglo XX: Four Quartets (Cuatro Cuartetos), que Alianza Editorial publica en una nueva y muy cuidada edición bilingüe en tapa dura, con la clásica e impecable traducción y comentarios del poeta mexicano José Emilio Pacheco (Premio Cervantes en 2009), prologada, como colofón, por el también poeta y crítico literario Luis García Montero.

Es quizá inevitable comenzar por una constatación: la poesía de Eliot resulta compleja, tanto en su forma como en su contenido, aunque es esta característica un punto a su favor, pues es esa misma complejidad la que conduce, al fin, a una belleza difícil de catalogar. La abismática profundidad de cada uno de los versos de Cuatro cuartetos remite a cientos de lecturas del propio poeta: su admirado Dante, san Juan de la Cruz, Ezra Pound, san Agustín, Whitman, Goethe (a quien denostó para volver a apreciar), y un larguísimo etcétera se esconde en las deliciosas líneas de este tan extraño como maravilloso poemario.

Tras los dos funestos conflictos armados que envolvieron el mundo, y tras las atrocidades vividas en la Alemania nazi, el arte, y la poesía en particular, habían vaciado sus alforjas y necesitaban nuevas fórmulas que lograran otorgar algo de sentido a una realidad que, precisamente, se había des-realizado, que había perdido su fundamento, su suelo firme. Se había desvanecido, además, la posibilidad de comprender cabalmente lo sucedido, de entender lo que, a todas luces, se prestaba al más descarnado y doloroso extrañamiento. El propio Eliot escribe en Four Quartets que “El género humano no puede soportar tanta realidad” (“human kind / cannot bear very much reality”), que, tras lo acontecido, el silencio alcanzó incluso a las palabras (“Words, after speech, reach / into the silence”). La razón (y de su mano, el lenguaje), ese instrumento tan ensalzado en los siglos anteriores, había mostrado su envés, y el sujeto moderno se prestaba, así, a una nueva e imperativa reformulación que volviera a introducirlo en el mundo humano y, lo más importante, que le permitiera habitarlo sin sentirse perdido o, peor, exiliado.

"Las anotaciones y comentarios de José Emilio Pacheco, que ocupan casi la mitad de la edición de Alianza, resultan imprescindibles para interpretar y captar, en todas sus dimensiones, los versos de Eliot en Cuatro cuartetos."

Es en esta interesante coyuntura espiritual, histórica y artística en la que debemos situar los Cuatro cuartetos de Eliot. Como apunta muy atinadamente Luis García Montero en el prólogo, estos poemas “procuran una recuperación del sentido a través de lo sagrado”, y más adelante, “bajo todo dolor, bajo todo final y todo principio, bajo las apariencias del pasado, el presente y el futuro, hay una verdad divina, un eje, que trasciende las coyunturas y consolida el orden de la verdad”. La realidad se presenta como un jeroglífico cuyos símbolos hay que desentrañar: la impronta poética es una de las herramientas fundamentales para llevar a cabo tan capital y sinuosa tarea.

Las anotaciones y comentarios de José Emilio Pacheco, que ocupan casi la mitad de la edición de Alianza, resultan imprescindibles para interpretar y captar, en todas sus dimensiones, los versos de Eliot en Cuatro cuartetos. El tiempo (y su paso, y su imposible permanencia), la muerte, el amor, la naturaleza, la relación con lo trascendente, el sentimiento religioso… En esta obra encontramos la culminación del trabajo poético, pero también filosófico, de un Eliot en el que, al decir de García Montero, “la escritura tiene voluntad de cargarse de significaciones que la abran a la verdad divina más allá de los accidentes del tiempo”.

"Estamos obligados a vivir en el seno del tiempo, a vérnoslas con él en este mundo de ruido y confusión."

Una vertiente filosófico-literaria que el lector afronta desde la primera de las páginas, donde Eliot sitúa dos citas del presocrático Heráclito: una de ellas se refiere a la hipotética unidad de la humanidad como poseedora de razón (esa razón de rostro jánico, doble, tan funesto como salvador); la otra, a que uno y el mismo es el camino que nos lleva a lo más bajo y a lo más alto, lo que recuerda a aquel bellísimo discurso de la dignidad proclamado por el humanista italiano Pico della Mirandola: “Estará en tu mano descender a la condición de bruto, así como ascender de nuevo a la condición superior, que es divina, extraída del juicio de tu ánimo”.

La reflexión de Eliot en Cuatro cuartetos sitúa al ser humano ante uno de los misterios más profundos y complejos de la existencia: el perpetuo pasar del tiempo. Así comienza “Burnt Norton”, la primera composición de la obra: “El tiempo presente y el tiempo pasado / acaso estén presentes en el tiempo futuro”. Aunque todo, todo cuanto ocurre en y con el tiempo, “tiende a un solo fin”: el puro presente, el cual, sin embargo, se nos escurre permanentemente entre las manos. Y es que “sólo existe danza”, sólo hay continuo movimiento, permanente deslizarse de las cosas en el tiempo. Por eso, culmina Eliot en verso memorable: “Sólo en el tiempo se conquista el tiempo” (“Only through time time is conquered”). Estamos obligados a vivir en el seno del tiempo, a vérnoslas con él “en este mundo de ruido y confusión”.

"En Cuatro cuartetos, Eliot vuelve a dotar al ser humano de una tierra que habitar, de un sentido que acoger, de un suelo sobre el que pisar."

En Cuatro cuartetos, Eliot vuelve a dotar al ser humano de una tierra que habitar, de un sentido que acoger, de un suelo sobre el que pisar. Si bien, siempre y sin excepción, caminaremos en paralelo al misterio. Esta valiosa edición bilingüe de Alianza, en la que a veces se alían, a veces se enfrentan las voces de dos enormes poetas, el propio Eliot y José Emilio Pacheco, pone sobre la mesa las bonanzas y la necesidad en nuestros días del conocimiento poético, y por tanto maravilloso y esotérico (secreto, enigmático). De la pertinencia de la gnosis poética. Un presente marcado por el materialismo y el consumismo rápido, casi voraz, que hace preciso el tono profundo y dulcemente reflexivo de la poesía de Eliot. Lejos de quedar obsoletos, estos Cuatro cuartetos han ganado en actualidad y oportunidad.

La gran virtud de los cuartetos, y de Eliot en general, es que, en medio de un contexto de aparente plenitud en el que en cada esquina se nos promete la felicidad, como es el caso de nuestra época, se atreve a situarnos en “el entre”, en el Zwischenraum (así lo llaman los alemanes), en el espacio intersticial de la existencia, en la quiebra, en el anhelo. Y es que, al fin y al cabo, siempre estamos “en medio del camino” (“in the middle way”) y, a cada instante, tenemos que vivir en “la lucha por recobrar lo perdido”: pues “para nosotros sólo existe el intento” (“for us, there is only the trying”).

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Autor: T. S. Eliot. Título: Cuatro cuartetos. Editorial: Alianza. Ventas: Amazon, Fnac y Casa del libro