Despertar y sentirse defraudado. Todo sigue igual. Uno continúa aquí. Donde quiera que eso sea. El aquí, para este que escribe, es el lugar al que no quisiera haber llegado.
Despertar y precipitarse a escribir. Como una huida. La única, la eterna. Como el único tanque con aíre en el fondo del mar. Lanzar las letras y verlas formar figuras espejadas, centellas en la noche de una conciencia que no se desea a sí misma. Y siempre escribiendo, y siempre huyendo. Detenerse, leer y corregir, es rehacer los pasos. Eso es doloroso. Es innecesario. Que vengan las letras, que con lo que puedan, en su levedad de acento que nunca se habrá de volver a escuchar, se lleven, por favor, parte de este dolor consciente.
Camus y su Sísifo, Schopenhauer, el verdadero autor de la Broma infinita, Pessoa con esa tibieza tan sofocante, Ligotti que es pesimismo insistente, enervante. La ciencia, el patio de juegos de los primeros adultos. Hasta que la vida, la inercia, la termodinámica y la lenta insistencia de la gravedad se llevan tantas cosas que se vuelven palabras sin forma. Estas de las que, como esos escritos que no se quieren revisar, se posan al fondo y lejos. Ya basta. Uno solo quiere la huida. No la huida del borracho, del drogado, de la constante práctica sexual. La huida que me he preparado toda mi vida para ejercer y ser. La del aislado loco que olvida comer, y dicen asceta. La del solitario que solo tolera a los que no necesitan llamarse animales, y dicen misántropo. Confundiéndolo por antropófobo. Pero ¿no son lo mismo? Es igual.
Que continúe el sonido de las teclas, que se nos ha hecho lento el escribir en papel, y la contundencia sostiene una elegante cadencia que de otro modo se interrumpiría. Y entonces… Entonces a huir de verdad. De una ciudad a otra, de un idioma a otro. De un sabor de realidad a otro. Listo, en el fondo, para la siguiente huida. Nada ahí, allá, alante. Si acaso es más siempre lo que dejo detrás. Huir físicamente como lo hago con la escritura, ligero y sin meditarlo. No puedo entrar a ese medio, al medio de analizar mi vida. Porque lo que ha sido de ella ya lo sé. Y no puede no importarme, y no estoy dispuesto a que importe.
Así que corre, dale, despierta y usa las letras mientras te sirvan de algo. Hasta que sean más lentas que tus pies, y debas ponerte en vuelo, engancharte de la falsedad del movimiento como forma de convencerte que no resuenas como un compendio de filósofos cascados, que en cada gato no lo ves a él, que no hay veces que se cae la cáscara negra y aún la sientes a ella. Solo para que el llanto imposible de un bebé te ahogue en ese fondo marino donde ya no hay tanques, donde sí no llegan peces, donde el único camino es fingirse ligero y que mañana otro tú cargue con los yerros.
Los pájaros heridos siempre mueren sin que los veamos. Se les caen las alas un poquito después de que sus ojos se hayan cerrado y su corazón quiera un latido que no ha de llegar. Así cada día se me apelmazan las plumas cuando ya no me miro las alas. Y a los pies de mis camas se acumulan cuerpos muertos, desplumados, el pico abierto. No sé si en súplica, o como escape último para lo que quede en ellos. De nosotros. De aquello.


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