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Velintonia. Foto de Victoria Iglesias

Velintonia, la casa de Vicente Aleixandre, fotografiada por Victoria Iglesias.

El presidente de la Asociación de amigos de Vicente Aleixandre, Alejandro Sanz, volvió a llenar, un año más, de amantes de la poesía el jardín de la casa del premio Nobel. Fue el 29 de junio y yo fui uno de los invitados a participar en un recital emocionante por la calidad de los nombres y por los textos y poemas que se leyeron.

Me siento en deuda con esta causa que persigue algo tan elemental —al menos en países de larga tradición democrática y decidida vocación cultural— como es la recuperación de un recinto tan importante para convertirlo en La Casa de la Poesía. Entrar en la casa de Aleixandre es entrar en el santuario de la palabra porque por allí pasaron los más grandes poetas, a los que Aleixandre acogía como un hermano mayor, bondadoso y cordial.

"Entrar en la casa de Aleixandre es entrar en el santuario de la palabra porque por allí pasaron los más grandes poetas, a los que Aleixandre acogía como un hermano mayor, bondadoso y cordial"

Invito a entrar en la página de esta Asociación porque en ella está la historia de un agravio a la cultura que, a pesar de la lucha de tantísimos intelectuales, aún no se ha podido resolver:

“En marzo de 1995 un grupo de amigos iniciamos una importante campaña de protesta —encabezada por el poeta y crítico José Luis Cano y Alejandro Sanz, presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre— para denunciar el lamentable e incomprensible abandono que padecía el histórico inmueble de Velintonia 3 desde el fallecimiento del poeta y premio Nobel Vicente Aleixandre, en 1984. En dicha campaña se recogieron más de un centenar de firmas de prestigiosos poetas e intelectuales y fuimos dando a conocer la situación del inmueble en España y fuera de España.

Casa de Vicente Aleixandre

Desde 1995 se han sumado a nuestra campaña para proteger y convertir la casa de Vicente Aleixandre en casa de la poesía, entre muchos otros:

SEAMUS HEANEY, MARIO VARGAS LLOSA, LUIS EDUARDO AUTE, ROSA TORRES-PARDO, AMANCIO PRADA, PATXI ANDIÓN, CARMEN LINARES, TRÍO ARBÓS, GRUPO MAGA, JOSÉ SACRISTÁN, MIGUEL MOLINA, CHARO LÓPEZ, JOSÉ MARÍA GALLEGO (GALLEGO & REY), FACULTAD DE FILOLOGÍA DE LA UCM, ANTONIO GAMONEDA…

Y también:

MIGUEL POVEDA, ALEJANDRO SANZ, JOAN MANUEL SERRAT, DIANA NAVARRO, PEDRO GUERRA, PITINGO, DAVID BISBAL, RAPHAEL, LOLITA, ARCÁNGEL, ROCÍO MÁRQUEZ, CLARA MONTES, EVA YERBABUENA, MARINA HEREDIA, JUAN DIEGO, JAVIER CÁMARA, CARLOS LATRE, JORGE LUCAS, JUAN FERNÁNDEZ, KITI MÁNVER, ANTONIO VELÁZQUEZ, ÁNGEL RUIZ, NORMA RUIZ, ALBERTO CONEJERO, LA CASA DEL ACTOR, THE NEW RAEMON, MARÍA ARNAL Y MARCEL BAGÉS, ÁNGEL CARMONA, TRIÁNGULO DE AMOR BIZARRO, MANUEL FERRÓN, DOLOROSA, 091, SOLEÁ MORENTE, J DE LOS PLANETAS, KIKO VENENO, JUAN CODORNIÚ (LAGARTIJA NICK)…

¡Y habrá más… hasta que nuestros gobernantes cumplan con la obligación de proteger esta casa transformándola en casa de la poesía!”

Alejandro Sanz

En la introducción al libro Encuentros con el 50. La voz poética de una Generación, escribí lo siguiente:

“… Su casa madrileña en el número 3 de la calle Velintonia fue una referencia para intelectuales que buscaron en el maestro una lectura, un empuje a sus escritos, una conversación relajada, una sonrisa cómplice y amable, y es ahora una ruina en la que muy de vez en cuando se celebran veladas literarias, pero ninguna institución del Estado aporta nada para una reconstrucción que nos reconcilie como un modelo de convivencia y civilidad (…). Lo contó Umbral (*) hace ya veinte años con esa prosa luminosa y poética que corta como un cuchillo las conciencias: «La soledad como una terraza deshabitada, la paleontología del ladrillo que se descarna, la lepra paciente del tiempo, el primor antiguo y llagado de un chaletito donde habitan tantos olvidos».

(*) Francisco Umbral, Diccionario de Literatura. España 1941-1995: De la posguerra a la posmodernidad, Barcelona, Planeta, 1995.

Cartel del Encuentro

La velada comenzó con la voz de Luis Cernuda recitando el poema “He venido para ver”, de Los placeres prohibidos, y luego Alejandro Sanz dio paso a los siguientes participantes:

Mª Amaya Aleixandre, Vicente Granados, Miguel Munárriz, Isabelo Herreros, César Moreno, Miguel Losada, José Manuel Lucía, Carmen García Iglesias, Javier Lostalé, Rafael Soler, Asunción García Iglesias, Alberto Conejero, Arantxa Aguirre, Juan Diego… y el cierre apoteósico de Miguel Poveda.

Esto es lo que leí en Velintonia el pasado día 29 de junio:

La poesía es un ejercicio de la memoria. La memoria convoca, selecciona, ordena…. Un día el poeta Yorgos Seferis, preocupado por el modo en que se materializa el poema, le preguntó al poeta galés Dylan Thomas si podía escribir “en caliente”, sobre acontecimientos recién acabados de vivir. Dylan Thomas le respondió categórico: “No, no puedo. Necesito la contribución de la memoria”.

"Las tardes de Velintonia tenían un halo mágico, casi irreal. Presididas por el entendimiento cordial y el regalo de la palabra, creaban enseguida una atmósfera propicia para la amistad y la poesía."

Hoy estamos aquí precisamente por la memoria. La memoria es la que nos convoca esta noche para recordar a Vicente Aleixandre y en su nombre a su amigo Luis Cernuda (Federico aparecerá al final, dicharachero y hondo, para cerrar esta velada del brazo de Miguel Poveda).

En esta misma casa de Velintonia 3 se fraguaron amistades duraderas, proyectos y afanes, y acontecimientos de mayor o menor importancia… porque todos los poetas que pasaron por aquí sabían que Vicente Aleixandre sabría escucharlos como nadie. El gran poeta se convertía en el gran amigo y confidente. Lo trae a la memoria Caballero Bonald en Tiempo de guerras perdidas con trazos de simpática caricatura, pero muy próxima al natural, como una figura bondadosa, protectora y casi de la familia. “Tenía”, dice de Aleixandre, “un cierto aire de tío político siempre dispuesto a repartir magnánimamente su herencia entre sobrinos descarriados”.

Las tardes de Velintonia tenían un halo mágico, casi irreal. Presididas por el entendimiento cordial y el regalo de la palabra, creaban enseguida una atmósfera propicia para la amistad y la poesía. “Entreveo” —rememora Caballero Bonald— “el noble rostro efusivo de Vicente, siempre risueño y azulado, y el invariable encanto de su modo de preguntar a los demás y de relatar con una música expresiva muy pegadiza algún sucedido de su propia cosecha.” Aleixandre acogía al visitante en su salón biblioteca las más de las veces y, en otras ocasiones, a la llegada del buen tiempo, en un recodo sombreado del jardín. Aquí, bajo la copa esbelta del cedro que él mismo plantó y con la presencia tranquila del perro Sirio echado a sus pies, cuántas horas de charla sosegada no habrán dado su sentido más puro al término predilecto, por entonces, de Aleixandre: comunicación.

Con Cernuda. Foto: P.M.

A Luis Cernuda lo conoció en octubre de 1928 y un año después, el poeta sevillano volvería a Madrid. Tan dado Aleixandre a la descripción del mundo y sus habitantes, escribió: “¿Frío Luis Cernuda? Proceloso en el tránsito, urgido, adelante, siempre la mirada adelante. Esmerado, severo en el detalle de su cuidado, envuelto en la superficie de su elegancia, Luis Cernuda continuaba marchando”.

En esta noche, enloquecidos también por Cernuda, leeré un poema del libro Los placeres prohibidos, publicado en 1931:

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Poveda por Kike Rincón. Grupo de participantes. Alberto Conejero. Miguel Munárriz. Fotos: P.M..