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Historias de libros (I)

Viñeta de Sostiene Pereira, de Pierre-Henry Gomont (Astiberri)

Pasado el tiempo, los libros que hemos leído y guardamos en nuestra biblioteca nos vuelven a contar historias nuevas. A veces, cuando recuperamos un volumen que habíamos subrayado hace muchos años, la lectura de lo que entonces resaltamos nos devuelve un personaje que a veces se parece a nosotros mismos, pero en ocasiones el que nos pone enfrente es un desconocido, cuyo autorretrato hemos dibujado en la manera de interpretar lo leído. De entre los demasiados libros me viene a la memoria, siempre selectiva, aunque esta vez animada por un artículo de José Manuel Fajardo recién publicado en ZendaDama de Porto Pim (Anagrama, 1984), de Antonio Tabucchi.

En el Prólogo subrayo esto:

"Pasado el tiempo, los libros que hemos leído y guardamos en nuestra biblioteca nos vuelven a contar historias nuevas"

“Pero una elemental lealtad me obliga a poner en guardia a quienes esperasen hallar en este librito un diario de viaje, género que presupone tempestividad de escritura o una memoria inmune a la imaginación que la memoria produce, cualidad que por un paradójico sentido de realismo he desistido de perseguir”.

No me pregunten por qué esta frase tuvo para mí la importancia necesaria para ser subrayada.
En el primer capítulo del mismo libro, “Hespérides. Sueño en forma de carta”, destaco estas dos frases:

“…no puede vivir en un palacio ni en una casa ostentosa, sino en una morada pobre como un gemido”.
(…) “y la pena por lo que no fue y habría podido ser, que es la pena más lacerante”.

Del capítulo “Otros fragmentos” me quedé con esta frase que bien pudo haberse escrito ayer:

“También el mundo está naufragando, pero ellos no parecen darse cuenta”.

En esta memoria del tiempo que estoy haciendo tan a vuelapluma fui rápidamente al capítulo “De ballenas y balleneros” porque recordé que había sido uno de los que más habían impactado. Pero no había anotado nada. Creo que simbólicamente dejé subrayado todo el texto debido a la impresión que me causó leer Dama de Porto Pim.

En el año 1988 llamé por teléfono a Antonio Tabucchi al Instituto Italiano de Cultura, en Lisboa, del que era director. Hablamos de Dama de Porto Pim y de Nocturno hindú —otra de sus novelas que más huella me ha dejado— y le invité a dar una conferencia sobre Pessoa. Amablemente me dijo que sí y que volviera a llamarle en pocas semanas para cerrar fechas, pero ya no pude localizarlo. Me daban disculpas que a mí me parecieron extrañas, porque Tabucchi no dejaría la dirección del Instituto hasta un año más tarde. Recuerdo haberlo comentado con José Luis García Martín, que me dijo: “Seguro que está pasando por una crisis amorosa, o por todo lo contrario. Es muy enamoradizo”.

Seguí leyendo sus libros. Todos. Recuerdo la lectura de Sostiene Pereira, en 1995, a orillas de un mar azul eléctrico en Pobra do Carmiñal, viendo a las palilleras hacer encaje de bolillos con la misma soltura y velocidad con que yo pasaba las páginas de aquel libro que volví a leer por segunda vez pasados unos días.

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Erri de Luca

Un envío misterioso
Hace trece años Erri de Luca me envió por correo desde Roma su libro Morso di luna nuova, publicado por Mondadori, cuyo subtítulo es “Un racconto per voci in tre stanze”. En el libro escribió esta dedicatoria:

“A Miguel, amico di Catalogna”.
Erri, gennaio, 2005

Ni yo conocía entonces a Erri de Luca, ni tampoco ahora, ni nunca destaqué por ser “amigo de Cataluña”, más allá de la afección convencional de un ciudadano amante de las regiones que conforman el país en el que vive (ahora diría, “en el país en el que le gustaría vivir”).

Pregunté a varias personas del grupo Planeta, sello editorial que le publica en España, y nadie supo decirme nada de este extraño envío, y aunque en el sobre en el que llegó el libro venía su dirección escrita a mano nunca se me ocurrió acusarle recibo porque estaba convencido de que había sido un error y de que el tal Miguel de la dedicatoria era uno de tantos que en el mundo han sido. Pero…, ¿por qué entonces en el sobre venía no solo mi nombre y dirección sino, y esto es lo más inquietante, también mi apellido?

Pasados los años, y reencontrado este Morso di luna nuova entre los miles de libros que pueblan la biblioteca de mi casa, he recordado una frase de un amigo de la juventud que cada vez que se encontraba con un misterio, en su opinión insondable, decía: “Amigo mío, pues te morirás sin saberlo”.

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Obra de teatro basada en En la otra orilla, de Chirbes. Foto de Sergio Parra

Chirbes y el vino
Acabo de leer el manuscrito de la que será la próxima novela de Daniel Jiménez y que por discreción profesional no puedo ni debo revelar nada de su contenido. Tan solo puedo decir que me ha gustado mucho y que tal disfrute no ha sido solamente porque la historia en la que se ha embarcado el autor de Cocaína (II Premio Dos Passos a la Primera Novela, 2015) es apasionante, sino también porque su manera de contar es modernamente envolvente, sinceramente literaria y absolutamente emocionante.

Viene esto a colación porque Daniel Jiménez nombra en un breve párrafo a Rafael Chirbes y eso es lo que me ha traído el recuerdo lejano de Curso de vinos españoles, una lectura peculiar del autor de La buena letra, por citar un libro que Chirbes publicó en 1992, año en el que transcurre mi lectura de este Curso…, publicado con motivo de la celebración de los 500 años del “Descubrimiento de América” por Vinoselección, que yo recibía como suscriptor de vinos que pedía mensualmente.

En este libro se hace un recorrido exhaustivo por la historia del vino, y tras unas páginas a cargo de Manuel Martínez Llopis y de María Isabel Mijares, Rafael Chirbes escribe las 200 páginas siguientes con capítulos dedicados a los vinos de Levante, del Duero, del Atlántico, de Andalucía, de Cataluña, de Extremadura… Ni qué decir tiene la calidad que alcanzó el volumen con el recorrido vitiliterario que le infundó Chirbes. Un ejemplo:

Rueda. La revolución de los blancos. “El paisaje de Rueda tiene esa desolación que tanto les gustaba a los escritores del 98. Una tierra parda y altas torres saliendo por encima de las casas. Sin embargo, ahora que la carretera nacional ya no atraviesa el pueblo, el visitante tiene la impresión de que, al desviarse de la autovía, entra en un pueblecito borgoñón”.

Antes de este año del Descubrimiento, Rafael Chirbes solo había publicado dos novelas, Mimoun, con la que quedó finalista del Herralde en 1988, y La larga marcha, en 1991.

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En 1992 yo participo en una de las publicaciones irreverentes de La Canana de Pancho Villa, en la colección Cuadernillos Legendarios, cuyo editor era, y es, el periodista y escritor Juanjo Barral. El correspondiente a tal efeméride se tituló Legendario 92, participamos trece autores, y se publicó en la editorial KRK. El simpático colofón, entre otras cosas, decía: “Se terminó de imprimir en Oviedo, en los talleres de Grafinsa, el 20 de abril de 1992, habiéndosenos ocurrido la idea el día anterior, y como una prueba más de que aquí tampoco improvisamos”.

Mi “legendaria” aportación decía así:

MIL CUATROCIENTOS NOVENTA Y DOS
a E.G.

ttt_sumario text=”Pronto nacerán serpientes, han levantado acta del mundo y han sembrado de cruces los sargazos” pos=”left”]

I. Ha bajado Colón a los jardines del Paraíso y se ha colgado palabras nuevas, lenguas que se rebozaron entre mieles de yuca, entre tabaco y mosquitos, y que también se han vestido de resplandores de lluvia.

II. Da el Almirante la espalda a la mar océana cuando aún no acierta a adivinar los sones de la selva. Tiene fresco en sus oídos todo un mar batiente de promesas. Besa el suelo emocionado mientras corre el júbilo en la isla y cien mil papagayos corean la noche de las carabelas: ¡Tráiganles comida a los llegados del cielo!

III. Pronto nacerán serpientes, han levantado acta del mundo y han sembrado de cruces los sargazos. Aún no saben que los indios son así, que sin ropa, sin culpa y sin dinero regalan oros por cariños, y que poseyendo lenguas pobres, para decir perdono, dicen olvido.

(Y para constatar que la memoria se parece a una goma de borrar, he de decir que no tengo ni idea quién se “ocultaba” tras las iniciales E.G. de la dedicatoria).

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Con Moyano y su obsesión por los paraguas, en 1991. Foto: Javier Bauluz (reflejado en el espejo)

 

Daniel Moyano en el corazón
Cuando murió Daniel Moyano, el 1 de julio de 1992, sus amigos de Oviedo vivimos una conmoción porque el escritor argentino se había convertido en una persona imprescindible con el que compartíamos la alegría de descubrir lecturas y otra manera de contarlas. Yo publiqué en El País esta entrevista que más tarde colgué en Zenda. 

Tuvieron que pasar 25 años para que Ricardo Moyano, el hijo de Daniel, que vivía en París como músico, y de quien su padre hablaba tanto, la leyera y me escribiera este correo:

querido miguel,
por puro azar me encuentro ahora mismo con vos a través de este bellísimo texto tuyo, que me ha llevado a tantito de sentir lo mismo que mi bisabuelo al decir: “poverino el vechietto”…
todo lo mejor para ti, y virginia, luis, fernando, y todos quienes alegraron la vida a mi padre en españa.
un fuerte abrazo y gracias por esta hermosa semblanza
ricardo
ps/ solo una pequeñisima observación. él estudió violín y lo enseñaba en el conservatorio, pero tanto en el cuarteto como en la orquesta tocaba la viola, era por tanto violista

Daniel tenía que ser violista y no violinista, que debe de ser lo más común, porque Daniel fue siempre un ser único. Yo le escribí a Ricardo inmediatamente:

Querido Ricardo, cuánto me alegro de que hayas podido leer mi post sobre tu padre. Veo que lo has leído en mi antiguo blog. Ahora me puedes seguir en zendalibros.com donde continúo contando cada semana las cosas que me ocurren, los libros que leo y, como en el caso de Daniel, hablando de la gente a la que quiero, y Daniel ha sido una persona muy importante en mi vida de aquellos primeros años 90. Él hablaba tanto de ti que me alegro de que me hayas escrito. Daniel fue un ser especial. No andará otro como él, como diría su amigo Cortázar.
Un fuerte abrazo,
Miguel

 

A la muerte de Moyano, Laly, una amiga ovetense a quien no he vuelto a ver desde hace más de 15 años, y por la que he sentido siempre una gran admiración por su compromiso con la cultura y la ética, me regaló su ejemplar del libro de Daniel Moyano, El vuelo del Tigre, en el que escribió esta dedicatoria:

“Para Miguel, agradecida, porque me causó la gozosa pena de haber conocido al autor”.

 

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Historia de un libro
Y para los que aún no hayan leído esta aventura vivida con João Guimarães Rosa y su libro Gran Serton. Veredas quiero volver a recordarla porque ha sido una auténtica aventura digna de este libro.