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Sandra Mozarowsky, cuando la injuria sucede a la fatalidad

Sandra Mozarowsky, cuando la injuria sucede a la fatalidad

En realidad, las maledicencias siempre dejan mácula. Aunque se solventen delante de un juez y éste disponga lo que considere oportuno para la reparación. La murga que da pábulo a estas injurias no deja de creérselas por mucho que se demuestre la verdad. En el refranero abundan los adagios sobre el particular. De entre los mendaces que encuentran placer en estos agravios, o directamente hacen de ellos su profesión, los más miserables son quienes difaman a los muertos. Sí señor, más abominables —infinitamente más— que quienes injurian a los vivos. Y lo son por un hecho incontestable: los finados no se pueden defender.

Dentro de semejante patulea, quienes denigran a las actrices que se llevó la Parca en la flor de su edad son lo peor. Básicamente escribo sobre muertos —difuntos y seres imaginarios— y sé por experiencia propia que, si no es para rendir un tributo a su recuerdo, es mejor olvidar a los ausentes. Las intérpretes que se fueron cuando su estrella comenzaba a despuntar son como las bellas muertas del gran Edgar Allan —hijo, por cierto, de una actriz—, o mejor aún: son como esos cadáveres no envejecidos a los que alude Cavafis en su poema Deseos (anterior a 1911), tal parecen los que pasaron “sin cumplirse; sin que se les concediera / una noche de placer, o una de sus mañanas luminosas”, concluye en su espléndida traducción Juan Ferraté (Veinticinco poemas de Cavafis, Lumen, 1971).

"Un drama tan semejante al que se llevó a Claudio Guerín Hill, uno de los mejores cineastas de su tiempo, que ya se han escrito artículos sobre las concomitancias existentes entre las dos tragedias"

Hoy vengo a evocar la triste suerte de Sandra Mozarowsky, y he de empezar diciendo que no sé, ni me interesa ni es de mi incumbencia, si estaba encinta, si tenía un amante u otra profesión además de su actividad interpretativa, como siguen afirmando algunos comentaristas, más de cuarenta años después de su fallecimiento. Esas “extrañas circunstancias” en que se produjo el accidente que le costó la vida con tan solo dieciocho años, según el parte de los médicos que la atendieron ya en trance de muerte, se concretan en un mareo, sufrido el catorce de septiembre de 1977, mientras se encontraba en la terraza de su apartamento madrileño. Del vahído se precipitó al vacío, en la caída sufrió un traumatismo craneoencefálico y el catorce de septiembre siguiente murió en el hospital.

Más que ninguna otra cosa, a mí lo que me llama la atención de tan triste suerte es la fatalidad. Un drama tan semejante al que se llevó a Claudio Guerín Hill, uno de los mejores cineastas de su tiempo —muerto al caerse del campanario donde había emplazado su cámara—, que ya se han escrito artículos sobre las concomitancias existentes entre las dos tragedias.

"Su mimetismo con el resto de las jóvenes que animaban el local era tan grande que sólo reparé en que era Sandra Mozarowsky cuando mis compañeros de aquella ocasión me lo hicieron notar"

Cuando llegó su hora, Sandra Mozarowsky estaba empezando a dejar de ser la chica del desnudo en las películas que lo exigían en su guión. Sin embargo, ya era, y plenamente, una chica de su tiempo. Ante la perogrullada que sé que esta última afirmación puede parecer, me explico: Sandra no era, en modo alguno, esa extravagante starlette que, se suponía, debían ser las chicas del desnudo en las películas del destape.

Muy por el contrario, aunque estaba afincada en Chamartín —en los aledaños del paseo de la Castellana—, parecía una de esas estudiantes que, al salir de clase y los fines de semana, animaban los bares de Argüelles. Y fue precisamente en el Parador de la Moncloa donde yo la vi de lejos una vez. Su mimetismo con el resto de las jóvenes que animaban el local era tan grande que sólo reparé en que era Sandra Mozarowsky cuando mis compañeros de aquella ocasión me lo hicieron notar.

"La imagen que yo conservo de Sandra Mozarowsky, tanto en la pantalla como en la que proyectaba al exterior, es la de una chica de los años 70, que, cuando la Parca se la llevó, empezaba a liberarse de las servidumbres del destape"

Seguro que si algunos de quienes aún la injurian la hubieran visto entonces, como yo la vi aquella vez, cejarían en sus maledicencias. En lo que a mí respecta, esa imagen mítica que conservo de ella, casi cuarenta y cinco años después, me resulta como la de aquellas queridísimas camareras —de los bares de Argüelles y del resto de Madrid— que, cuando bebía, me invitaban a los cubalibres, conmovidas ante la devoción con la que iba a sus barras, presto a admirarlas mientras trabajaban. Todavía es ahora, que de todo hace tanto tiempo, cuando me alegra ver sus fotos en las redes sociales y, con el mismo entusiasmo que escribo esto, las exhorto en los comentarios al pie de la imagen a que no cambien nunca y a que se cuiden cada día más.

Ni starlette ni damisela, como sostienen algunos mendaces. La imagen que yo conservo de Sandra Mozarowsky, tanto en la pantalla como en la que proyectaba al exterior, es la de una chica de los años 70, que, cuando la Parca se la llevó, empezaba a liberarse de las servidumbres del destape. Sumisiones que, digan lo que quieran los insidiosos, fueron una exaltación de la libertad, amén de un verdadero deleite para el espectador. Después, las insidias de unos y otros terminaron por completar el estigma que impuso a esta chica de ayer la fatalidad.

"Si hubo un género que pueda definirse como su espacio de confort, ése fue el entrañable fantaterror patrio"

Fruto del cosmopolitismo de Tánger, la ciudad que la vio nacer en 1958, la futura actriz era hija de un diplomático ruso y de una española. Instalada su familia en Madrid, la pequeña Sandra aún cursaba estudios en el colegio del Sagrado Corazón cuando debutó en el cine de la mano de Pedro Lazaga interpretando a Beatriz, una de las niñas españolas trasladadas a Bélgica para que no vivieran el infierno desatado en su país durante la guerra civil. La encantadora Inma de Santis, otra actriz que acabaría marcada por un destino fatal, incorporaba a otra de las muchachas.

Ya apuntando maneras del inminente destape, en Lo verde empieza en los Pirineos (Vicente Escrivá, 1973) recreaba a una joven francesa. Aunque breve, fue aquel un personaje harto elocuente, considerando que aún se decía que los niños venían de París y, a este lado de los Pirineos, la liberación sexual, que al parecer había en Francia, era un mito.

Si hubo un género que pueda definirse como su espacio de confort, ése fue —al igual que para tantas otras actrices de gloria efímera— el entrañable fantaterror patrio. Su primera incursión en él fue en El mariscal del infierno (León Klimovsky, 1974). Con Amando de Ossorio, otro de los realizadores más entregados a aquellas propuestas, no por rudimentarias menos gratas para los aficionados, protagonizó La noche de las gaviotas (1975).

"Pese a su prematura muerte, la filmografía de Sandra Mozarowsky está integrada por más de veinte títulos y alguna producción televisiva"

Ningún género de la pantalla española de los años 70 le fue ajeno. Incluso llegó a hacer cine de autor a las órdenes de Gonzalo Suárez en Beatriz (1976), una adaptación de Valle-Inclán del realizador asturiano. Sin olvidar su trabajo, también del 76, para el siempre interesante Eugenio Martín en Call-Girl (La vida privada de una señorita bien).

En fin, pese a su prematura muerte, la filmografía de Sandra Mozarowsky está integrada por más de veinte títulos y alguna producción televisiva. Son suficientes para hacerse una idea de lo que fue su paso por la cartelera española de los años 70.

La cinefilia no se alimenta única y exclusivamente de obras maestras. Antes, al contrario, esa necesidad imperante de ver películas a menudo requiere cintas que no lo son. Todas las semanas veo un filme sin más encanto que la fotogenia o la gracia de su actriz. Puede que sea ésa la fórmula para descubrir el grueso de la filmografía de Sandra Mozarowsky.

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