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«Seinfeld» y la cuadratura del círculo

«Seinfeld» y la cuadratura del círculo

En algún momento de Seinfeld, a partir de la quinta, sexta temporada, el equipo creativo de la serie encuentra el perfecto equilibro entre seguir su propia rutina y navegar libres en la fórmula, indiferentes a todo salvo a sí mismos. Y es entonces cuando la magia que caracteriza a la sitcom que no va de nada se empieza a imprimir como leyenda.

Conceptos como realidad y caricatura empiezan a desteñirse y significar más bien poco en el retrato de esta panda de cuatro amigos más bien egoístas en la Nueva York de los noventa. Nada ni nadie constriñe más el absurdo cotidiano de sus anecdóticos conflictos, que quedan meridianamente encerrados en los veintidós minutos de metraje de su episodio sin que asome el cansancio. Otra sitcom de la época, Friends, se mantiene de maravilla, ayudada por el componente nostalgia, pero evidentemente no llega a los niveles de negación y comprensiva misantropía de Seinfeld. Al fin y al cabo, a sus protagonistas les importaba el amor, el trabajo, sus amigos y su familia.

"Elaine recuerda a Seinfeld aquello que hizo, éste bromea con su propia condición de observador cómico, ambos provocan a George para que cometa su enésimo sinsentido"

A finales de 2020 poco o nada puede uno decir de Seinfeld, que se encuentra íntegra en Prime Video hasta que los Dioses del streaming o los derechos de emisión decidan que es hora de retirarla (si ello ocurre, está editada entera en DVD, ya saben, esos discos que ocupan sitio). También es naíf que este cronista la descubrió mucho después, tarde, muy tarde, porque su experiencia con ella en su origen no fue la más satisfactoria. Cuando Seinfeld desembarcó en Canal Plus allá por los noventa, doblada, su humor no conectó más que con un número limitado de espectadores. Ese nicho ha debido de ir creciendo, porque la reputación de la serie no ha disminuido. Servidor decidió en algún momento darle esa segunda, tercera oportunidad, como si una voz bajita resonara en su subconsciente, ya casi cuarentón. Oh, y la chispa apareció.

En algún momento, bien iniciada la serie, el universo Seinfeld se empieza a conectar consigo mismo y su galería de personajes, situaciones y objetos reverbera en episodios posteriores sin necesidad de una continuidad definida. La serie, que no niega ni uno solo de los tropos de la sitcom tradicional de varias cámaras, se guiña el ojo a sí misma y al espectador, sabedora con los datos de audiencia en la mano (Seinfeld, hay que recordarlo, fue un absoluto éxito en su país) que tenía todo ganado. Elaine recuerda a Seinfeld aquello que hizo, éste bromea con su propia condición de observador cómico, ambos provocan a George para que cometa su enésimo sinsentido. Y entonces Kramer entra. Redoble de tambor.

Los motivos que conforman cada historia de Seinfeld se enlazan, formando una espiral cómica de castigo, necedad, casualidad y destino, conceptos aglutinados en torno a la única necesidad del chiste y la peculiar cadencia y tono verbal de sus actores. El nazi de la sopa, el jacuzzi, el guiño. El padre de George, George, la villanía de Newman, el absurdo desfile de novias espectaculares (y hombres sacrificados) tirados por el retrete de sus vidas sentimentales…

"La absoluta ausencia de compasión de la serie hace de Seinfeld una comedia a atesorar"

Elaine invita a Jerry a una exposición, Jerry lo rechaza y propone a la novia de George, ésta acepta, él monta en cólera por la colisión de mundos amistad-pareja que esto supone, mientras descubrimos que Kramer recibe llamadas de espectadores que confunden su número con el de información de la cartelera. Además, Jerry trata de evitar a un monitor de su gimnasio en el paro que quiere ser su amigo, Jerry le da papeleta y éste jura venganza, y George trata de evitar que la cita de su novia con Elaine se materialice. El monitor trata de vengarse de Jerry, éste casi provoca su muerte y se niega a reanimarle, siendo expulsado del gimnasio. Mientras tanto George, ya fuera de sí, llama a información de cines para sabotear la amistad de su novia con Elaine, y Kramer, que ejerce sin autorización de telefonista de información, le envía a la sala equivocada. La novia de George, al final, rechaza a Elaine por su amistad con Jerry, con quien no para de hablar en el cine. Se cierra el círculo.

La absoluta ausencia de compasión de la serie, que en un momento dado empieza a lanzar sus dardos hacia minusválidos, enanos, impedidos y minorías étnicas, ya en tiempos de una naciente corrección política (quizá porque da por hecho que ellos no necesitan un complaciente masaje, sino que están a bordo del mismo barco) hace de Seinfeld una comedia a atesorar. «El fracaso no es una opción», decía Ed Harris en una película de esa época, y tampoco lo era para Seinfeld y compañía, por mucho que éste sucediera sin cesar. No está mal a modo de autocrítica en una sociedad basada en la popularidad y el triunfo, una manera de reconocer lúdicamente que quizá todos nosotros vivimos en una burbuja individual y colectiva, pero en todo caso de fabricación propia. Una en la que la única cuestión que dirimimos día a día es el obsesivo orden a la hora de encadenar nuestras propias mentiras.

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