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Selección de relatos del concurso #UnMarDeHistorias

Un mar de historias, en Zenda

Más de medio centenar de historias participan en este verano en el nuevo concurso literario de Zenda, dotado con 3.000 euros en premios y patrocinado por Iberdrola, que quiere celebrar el próximo estreno de su Parque Eólico Marino Wikinger, en aguas alemanas del Báltico. Y aquí puedes leer los veinte relatos que optan a los premios de nuestro concurso #UnMarDeHistorias. Este jueves, 10 de agosto de 2017, anunciaremos los nombres del ganador y del finalista.

El jurado que valora la calidad literaria y la originalidad de las historias presentadas lo forman los escritores Juan Gómez-Jurado,Lara Siscar y Paula Izquierdo, José Carlos Llop y Sergio Vila-Sanjuán, y la agente literaria Palmira Márquez.

En este concurso podían participar escritores aficionados y profesionales, así como blogueros y usuarios de redes sociales, de cualquier parte del mundo. Para participar era necesario escribir un texto en internet en lengua española que incluya la palabra MAR. Dicho texto debía ser publicado en internet mediante una entrada en un blog, una anotación en Facebook o un tuit en Twitter. Una vez los usuarios hubieran publicado el texto en sus blog, Facebook o Twitter, tenían que inscribirse, registrándose en el Foro de Zenda en el apartado http://foro.zendalibros.com/forums/topic/un-mar-de-historias-en-zenda/ y difundiendo allí la dirección (la url) donde han publicado el texto. Además, podrán difundir su anotación en las redes sociales (Facebook o Twitter) mediante el hashtag #UnMarDeHistorias.

El primer premio está dotado con 2.000 €. El premio para el otro texto finalista es de 1.000 € en metálico.

El orden de esta selección es aleatorio. Bajo estas líneas reproducimos las veinte historias seleccionadas.

Selección #UnMardeHistorias

1

Una familia tradicional
Lorenzo Rubio Martínez

Había anochecido cuando él tocó a la puerta. Tres golpes secos que asustaban. Le abrí. Llevaba una auténtica vestimenta de pirata, su pata de palo parecía de madera de la buena, su descuidada barba roja casi intimidaba más que la cimitarra que reposaba sobre la vaina de su cintura, y el loro de su hombro repetía una y otra vez: “¡Al abordaje, al abordaje!”.

Sin tiempo para preguntarle qué deseaba, entró en casa y se sentó a la mesa. Me invitó a que yo hiciera lo mismo junto a él. Entonces con voz solemne me reveló el secreto. “Soy tu verdadero padre”.  Mamá, que estaba recogiendo la ropa de la azotea para salvarla de la escarcha de la noche, percibió el olor a algas del mar que desprendía la ropa del visitante y bajó de inmediato las escaleras, como si no hubiera un mañana.

Mamá ni le saludó; sacó esa botella de ron cubierta de polvo que guardaba en la alacena desde que yo tengo consciencia y le sirvió una copa. El misterioso hombre que decía ser mi padre se la bebió de un trago y la acompañó con un eructo que hizo temblar las paredes. Fue cuando madre, nerviosa, miró el reloj de la cocina que aún temblaba del eructo, se asomó por la ventana que daba al mar, escrutó el puerto y, al reconocer atracado el barco pirata donde supe después que allí me engendraron, le ordenó que se volviera de inmediato al navío.

Mi padrastro estaba a punto de regresar de la oficina y madre ya no estaba para abordar nuevas aventuras, ni mucho menos protagonizadas por fantasmas del pasado.

***

2

La Siesta

Cervantina

La ciudad sin mar dormía la siesta.

Las calles vacías presagiaban poca actividad para la tarde noche.

La canícula actuaba por encima de las aceras recalentadas, y los semáforos, al límite de burbujear, como las cafeteras italianas al hervir el agua, absorbían estoicos el fuego de la atmósfera.

La ciudad sin nombre suspiraba agotada ya en mitad del verano.

La ciudad anodina permanecía en muchos aspectos sin cambios desde hacía más de treinta años. No obstante, había evolucionado muchas veces. Transformándose desde cuerpo celeste en la infancia, a territorio en la adolescencia, de villa abandonada en la primera juventud a localidad del fracaso y la resignación en la segunda.

La ciudad secreta ya no lo era, había perdido gran parte de su encanto. Las ilusiones se habían ido destiñendo a fuerza de desengaños. La esperanza había pasado a la siguiente descendencia demasiado bruscamente. Relegando a generaciones enteras al océano de la conformidad y la modestia.

Y sin embargo este paisaje ya había sido soñado. El miedo a la caída había estado siempre presente, inseparable y latente en la parte más baja del corazón. Pero junto a este sueño había existido otro. El sueño del milagro, del levantamiento, del triunfo final.
La ciudad sin patria está siempre ahí con nosotros, vieja y joven, eterna. Testigo de nuestro errar inclasificable, terco e iluso.

La ciudad sufrida es sabia: el mundo entero está representado en sus entrañas.
Paradigma circunspecto del mundo; los ricos y los pobres del mundo son interpretados aquí. Los feos y los guapos, los buenos y los malos. Todos los prototipos se pueden encontrar con poco esfuerzo.

La ciudad árida entonces es hermosa, como hermoso es el desierto frente a nosotros, en tanto que nos hace sentir únicos y especiales. En tanto que su extensión es dominada por nuestra singular visión.

La ciudad olvidada es también paraíso.

Madre de brazos siempre abiertos, a pesar de todo.

La ciudad irreal es una ilusión, no es de verdad. Pues no se saben sus límites. Solo conocemos las calles por las que habitualmente transitamos, lo demás es solo imaginación.

La ciudad ficticia no es de verdad, solo sabemos lo que de ella se cuenta.

El hogar sí es nuestro, pero la ciudad en sí es un artificio para no desubicarnos.

La ciudad nos acuna y consuela pero también nos oprime. Como la fuerza centrípeta de la esposa dominante.

La ciudad recluida ardía como el fuego.

Y entonces el viento de África se marchó y la ciudad sin nombre comenzó a respirar.

La ciudad se sacudió de encima la desidia, se refrescó con un baño de brisa y enfrió levemente sus pasiones soterradas. Y echó a andar, y anduvo hasta que se alejó del país que no la quería, sin rencor pero aún maltrecha. Con el orgullo de quien se sabe digna pero injustamente despreciada.

Y vio el mar y vio glaciares y vio bosques y ríos y selvas y todo lo quería para sí; como si fuera de compras y todo se le antojara poco. Y pensó en adquirir palmeras, cascadas y palacios de oriente. Pero se detuvo un instante porque en su país los políticos eran corruptos y cualquier buena idea para el bien común era pervertida y convertida en excusa para mil tropelías y la ciudad no quería volver a ser objeto de disputas entre gentes avariciosas y poco de fiar.

Y la ciudad soñó con no volver jamás, con escapar. Pero entonces acabaría muriendo de hambre sola; además no sabía navegar, si se lanzaba al océano terminaría a la deriva y ahogada.

De manera que la ciudad volvió tras sus pasos a su sitio del puzzle, rellenando de nuevo el hueco que había dejado. Recogiéndose, como siempre, en su sombra y en su siesta.

***

3

Gigante marino

Gabriel Pérez Martínez

En el mar no existe el tiempo. Puedes ver  al temido buque de Barbanegra en una regata con el USS Enterprise; o a una lancha de desembarco de la Segunda Guerra Mundial fondeada junto a una nave vikinga cerca del acantilado de acero vitrificado.  En la mayoría de las ocasiones, esos mismos barcos libran entre sí duras contiendas sin que, curiosamente, muera nadie. Si algún pirata, marinero o soldado cae herido y toca fondo, hay delfines, sirenas e incluso tiburones que lo salvan del ahogamiento…  A los navegantes anónimos, refugiados que, tal y como aparecen en las noticias, surcan las aguas hacia destinos quiméricos, los rescato yo personalmente.  Y no es que sea Poseidón, aunque también ejerza cierto mando…

El mar me hechiza. Me apasiona.  Me parece un lugar fastuoso, pero me confunde que aseguren que es azul: me dejo bañar por sus olas a diario y sé que es blanco, con la excepción de aquella tarde que me adentré en él vistiendo un pantalón añil que desteñía. En cuanto me vio mamá, me enganchó de las axilas y me sacó de la bañera.

***

4

Salpicando

MariCarmen

Míralo, ahí, tan tranquilo, tan azul.
Tan violento, salpicando, salvaje.
Tan salado.
Hace lo que le viene en gana.
Ahora te calmo,
Ahora te empujo,
Ahora te trago.

El mar, como el amor, si te deja libre lo amarás por siempre.

***

5

La ofrenda

Cristina Requejo

El mar es una ballena que se lo traga todo.
Su oleaje, la ciclotimia de sus mareas, la sal que irrita los ojos, el hombre que, desde una roca apartada, observa a una niña, mientras con una mano juega dentro de su ceñido bañador, ajeno al vaivén de las gaviotas.
El mar es dolor. Lo sueño como una inmensa vasija de semen capaz de preñar hasta el útero más inocente.
Conocí a un hombre que estaba sentado en una roca, vertiendo sus fluidos en el agua. Quiso volar conmigo una cometa; jugamos hasta que esta se desprendió del hilo, y entonces él se entretuvo con mi pelo.
Pasado un tiempo, dibujé aquella tarde de juegos en un papel, y la pinté por encima con acuarela blanca para que permaneciera oculta.
El mar sigue doliendo.
Hoy, deseando que lo devore, le he ofrecido mi dibujo a la ballena.

***

6

Puerto Mocho

Efraín Villanueva

Puerto Mocho me suena a sitio feo, pero padre asegura que es un lugar mágico con mar, ciénaga y río. Es domingo de paseo que se siente como un día de escuela porque nos levantamos antes del amanecer. Nunca me da hambre tan temprano, pero madre me advierte que debo desayunar o me daría la pálida. Lo hago de a poquitos.

En la esquina, padre carga un bolso con toallas, ropa y enseres de playa. Madre otro con comida y platos y cubiertos de plástico. Un bus pintado de todos los colores del mundo llega. Me recuerda la caja de cincuenta y dos colores que extravié hace tres años. Padre me había recogido en el colegio y en el camino le pedí que me amarrara un cordón suelto –en ese entonces no sabía cómo hacerlo. Fue ahí cuando padre se percató de que mi morral estaba abierto. Deshicimos el camino y recuperamos los libros y cuadernos, pero no todos los colores. Me asustaba el regaño de madre, sabía que los colores eran caros. Pero padre, a pesar de que parecía más asustado que yo, me tranquilizó, algo inventaría.

Padre mira a madre, ella niega con la cabeza, el bus está muy lleno.

Otro bus colorido, también lleno, madre niega con la cabeza. Igual con el tercero. Padre advierte que tendremos que tomar el siguiente ,venga como venga. Así lo hacemos. Padre, madre y yo de pie, Julieta y Fernanda en las piernas de dos señoras que se ofrecieron a llevarlas –yo rechazo la propuesta, tengo diez años y ya estoy muy grandecito. Padre negocia nuestros pasajes por la mitad.

***

No me sorprende no descubrir magia: el mar es como cualquiera de los que hemos visitado. Años atrás le pregunté a padre porqué el mar de nuestra ciudad no es azul, como en la televisión. Me explicó que la brisa es muy fuerte y crea olas grandes que revuelven la arena y oscurecen el agua. Miro al alrededor: no hay viento fuerte ni olas y, sin embargo, el mar no es azul. Padre siempre inventa explicaciones raras. Al lado de la playa está la ciénaga: árboles de pocas hojas en medio de agua que parece estancada. El único color es el de varios de esos pájaros que tienen las piernas largas y delgadas.

Arreglamos nuestros motetes en una carpa y nos ponemos nuestros vestidos de baño. Padre nos pide acompañarlo al río, madre permanece en la carpa. Caminamos por la orilla del mar. Doy patadas a las olas y mojo a Julieta y a Fernanda. Ellas devuelven el ataque, aunque las olas de Fernanda son chiquitas, apenas tiene cinco años.

Subimos una lomita.

El río, de aguas café claras, parece tan inmenso como el mar, sólo que en la otra orilla hay un bosque que imagino lleno de animales salvajes. Debajo de mis pies, extendiéndose a derecha e izquierda, están los rieles de un tren. En la orilla, rocas gigantescas que el río moja con suavidad. Padre no mentía, hay magia.

–¿Va a venir un tren? –pregunta Fernanda. Los rieles están llenos de piedritas blancas, las recoge y las arroja con toda la fuerza que puede, pero ninguna llega al río.

–De pronto, es un tren chiquito, llega hasta la punta, donde el río se acaba.

–¿Cómo así que se acaba? ¿Se va a secar? –pregunta Fernanda.

–No, mijita. El río comienza en una montaña mágica, en forma de chorro, chiquito, como el de una manguera, y luego se va haciendo más grande, más fuerte. Se convierte en un río grande como este, que atraviesa el país, llega hasta acá y termina en el mar.

–¿Y entonces por qué el río no se acaba? –pregunta Fernanda.

–Ahí está la magia. Cuando el río llega al mar, se mezclan y se convierten en un mar más grande, tan grande que se tienen que convertir en varios mares. Y luego, bien lejos, hay otro hueco, por ahí se mete el agua, le da la vuelta al mundo y vuelve a salir por el huequito chiquito donde nace el río.

***

Nos pasamos el día yendo y viniendo de la carpa al mar, menos madre, ella nunca se baña. A veces juego con mis hermanas y mi padre a “a lleva” o a esquivar olas: nos alineamos, uno al lado del otro, y tenemos que saltar cada vez que viene una; si te toca, pierdes un punto. Otras veces juego solo al soldado: me meto debajo del agua y salgo despacito con las manos como si cargara una metralleta y les disparo a enemigos invisibles.

Al mediodía, almorzamos, mis manos arrugadas y el sabor del arroz con pollo mezclado con la saliva salada. Madre nos asegura que debemos reposarnos antes de volver al mar a seguir jugando.

El sol toca el mar a lo lejos y padre y madre empacan. Camino al bus, el cielo oscurece y la brisa fuerte llega. Padre nos invita a darle una última mirada al río antes de que empiece la lluvia: sólo Fernanda y yo aceptamos. En el río, las olas suenan con furia, se golpean entre ellas y nos salpican cuando llegan a las rocas. Madre nos llama a lo lejos, padre se retira esperando que lo sigamos.

Fernanda ha recogido piedritas que arroja al río, pero ninguna lo alcanza. La brisa está muy fuerte y helada, siento escalofríos. Padre no se ha dado cuenta que no lo acompañamos. Fernanda me pide que espere mientras termina sus piedritas. La brisa empeora. Fernanda hace una mueca de esfuerzo al arrojar la última piedrita, justo cuando un ventarrón empuja su cuerpecito. La veo caer, la sangre de su cabeza en las rocas, su cuerpo flotando unos segundos, luego hundiéndose en el río, veo a padre y a madre culpándome y dejándome de querer. Sujeto a Fernanda por la camiseta y la abrazo. Me sonríe: esa última piedrita sí llega al agua. La tomo de la mano y bajamos la loma.

***

7

Fabiola Yáñez

La respuesta te sorprenderá

Van cuatro días de mi mudanza al fondo del mar. O eso creo yo. La verdad, aquí el tiempo parece una ilusión, tampoco es que me sirva de mucho. Los cangrejos que se me acercan para comer no tienen horario de almuerzo, por ejemplo. Vienen y van a su antojo, y yo los recibo desde mi banco de arena, sin inmutarme ya porque es cuestión de costumbre. Allá arriba le tenía pánico a estas criaturitas, aquí abajo más bien me dan igual. Es absurda la cantidad de cosas que ya no me causan miedo. Todo es distinto por estos lados, será cosa del agua.

Me pregunto si me andan buscando ya. Me imagino que sí, mi pobre mamá no aguantaba que la llamara media hora tarde, ni hablar de perderme por cuatro días. Debe estar muy agobiada, me causa pena. Al principio me reí mucho estando aquí. Es que no me pierdo el chiste: yo, anclada en el fondo del mar, cuando ni siquiera sabía nadar en aquellos tiempos, cuando vivía allá arriba. Pablo tiene un sentido del humor bien perverso. Pienso yo que fue su manera de rematarme, ¿eh? Seguro habrá pensado, oye, que si esta tonta sale de este saco, no tiene manera de subir porque la torpe se saltó las clases de natación. ¡Genio!

No queda mucho de mí, después de estos cuatro días. O veinte. O cien. Con la falta que me hace google en estos momentos, ya habría buscado como loca cuánto tiempo voy a tardar en descomponerme por completo. No es que la esté pasando mal aquí, supongo. Está todo oscuro y en silencio: dos características que apreciaba antes, allá arriba. De vez en cuando, si hay suerte, se filtra la luz del sol y los colores son preciosos. Y ayer, o antier, o el mes pasado, me nadó por encima un banco de peces monísimo. De haber tenido brazos, capaz hasta estiraba uno para tocarlos. Lo que me carcome las entrañas (¡y no son los camarones esta vez, jaja!) es no saber cuándo me voy a apagar de veras, de veritas. Allá arriba me leí infinidades de chorradas sobre lo que sucede al morir: que si el túnel, que si el jardín, que si los antepasados. A mí Pablo me apuñaló quince veces (uy, qué enojado estaba) y en una de esas me morí, así nada más. Pero seguía despierta.

Sigo despierta. ¿Dolor? Nada de eso. ¿Cansancio? Ni por asomo. ¿Hambre? Bueno… No, es broma. ¡Cero! ¿Qué hago aquí, entonces? Capaz este es el bendito purgatorio, en donde medito sobre todo lo que hice mal en mis treinta y cinco años de vida y pido perdón, sin juntar las manos en súplica porque se las llevó un tiburón (mal rollo si es así, porque la verdad es que no he estado practicando mucho eso de las cavilaciones). Mi teoría es que cuando se acaben de comer mi tobillo y la parte de mi cráneo que permanece intacta, pues se me van a ir agotando las palabras, voy a ir diluyéndome con el agua salada. Pero, ¿y si no? ¿Y si este es el infierno?

¿Y si no me duermo nunca?

***

8

La isla y sus vistas

Manoli Vicente Fernández

Aunque el mar era de todos en la isla, la arena de la playa estaba dividida en dos bandos:

En uno estaban los individualistas, que tenían su espacio acotado con cintas y banderines, letreros de prohibido el paso y miniviviendas sombrilleras, en las que no faltaba el registro del número de granos de arena ni el punto de referencia establecido. En el otro lado estaban los comunitarios, todos vestidos de igual color y con la misma camiseta solidaria; se reían a la vez y comían a la misma hora, hacían la siesta cumpliendo el rito de la digestión y, aunque eran una piña, todas las tardes se partían los dientes entre ellos jugando al fútbol.

En cuanto llegué, unos y otros me pidieron que eligiese un bando.

—¿No puedo elegir un sitio neutro? —pregunté, incapaz de decidir.

Desde entonces, parece que lleve puesta la capa de Harry Potter. Nadie me ve cuando llego a la playa, aunque los de un lado sujeten bien su sombrilla cuando paso y  los del otro abran un ojo durante la siesta.

***

9

Contarte el mar

Susana Rizo

Recuerdo el día que me dijiste que te explicara qué era el mar. Eras muy pequeño y me miraste con esa expresión de curiosidad, tan tuya. Habías escuchado esa palabra, y la conocías por los libros que aprendiste a leer mediante el tacto. No sabía cómo hacerlo y decidí que lo mejor era llevarte allí. Fuimos de la mano hasta la orilla. El viento trajo su aroma a salitre, despertando en ti nuevos sentidos. Con tan solo nueve años, tú habitabas en la tierra de los sueños, donde todo es posible, y anhelaba que descubrieras la atracción de estar frente al gigante azul.

Llevábamos una pelota de plástico y te hice pasar las manos por toda su superficie. Tú ya sabías qué forma tenía nuestro planeta. El mar —te expliqué— lo rodea todo, pero nadie puede ver como se curva. Lo que tenemos ahora ante nosotros es una explanada en eterno movimiento, con una línea en la lejanía que parece el final, pero no lo es, pues el mar sigue y sigue. Su vida transcurre en paralelo a la nuestra en tierra. Tierra y mar se necesitan, como si fueran hermanos inseparables. Aquí mueren todos los ríos, pero nacen todas las lluvias que alimentan a esos ríos. Dentro habitan los animales que te he enseñado en tus libros, y en sus profundidades peces de formas extrañas que emiten luz propia…. Puedes cruzarlo por encima navegando —llené un cubo con agua y te hice pasar una hoja por encima del agua, suavemente, apoyando sobre ella tu aún tierno dedo índice—. Hace mucho, viejos bergantines y galeones lo surcaban con todas las velas desplegadas al viento, hinchadas como si fueran inmensas pompas de jabón. Siempre ha habido algo misterioso en él, por eso muchos exploradores —te encantaban los cuentos de exploradores—  han querido cruzarlo, para ver qué había más allá.

Tocamos la arena y, muy despacio, el agua de la orilla. Tenías algo de miedo, pues aquel sonido te parecía furioso. ¿Por qué ruge así? –preguntaste–. Porque aquí se interrumpe y empieza la tierra —respondí—. La textura de la espuma te recordó a muchas otras cosas que ya conocías. El cosquilleo te hizo sonreír y el temor dejó paso a la sorpresa y la felicidad. Cientos de sensaciones nos rodeaban. Se escuchaban niños jugando, y el canto de las gaviotas. Con tu mano firmemente agarrada a la mía, empezamos a adentrarnos. Un salto, y otro, esquivando los tirabuzones que poco a poco empezaban a calmarse, y finalmente, tú empezaste a nadar, como si lo hubieras hecho durante toda tu corta existencia. El frío provocó un estallido de carcajadas. Contuvimos la respiración y, siempre pendiente de ti, te acompañé a tocar el cercano fondo. Quisiste disfrutar de la ingravidez y del silencio hasta que ascendimos para tomar aliento. El sol empezaba a alcanzar su cenit y nosotros a sentir su estímulo. Me pregunté cómo habrías recreado todas esas emociones en tu mundo interior.

—¿De qué color es, mamá? 

—Es transparente, carece de color, aunque se camufla de un azul bellísimo, pues actúa como un inmenso espejo reflejando lo que ve. Se tiñe según la intensidad cromática que adquieren los celajes, desde un intenso cobalto al turquesa, y a veces de un tono gélido como el metal o hasta un carmín como el fuego. Su movimiento produce destellos, puntitos brillantes que se apagan y encienden en un continuo centelleo. Sé que es difícil explicarte todos esos matices, pero lo más mágico es que se torna radiante bajo el sol, se apaga ante las nubes, y se enturbia cuando arrecian corrientes y mareas.

—Entonces —dijiste—, es del mismo color que la alegría, la tristeza, o el enfado. ¡Se parece a mí!

—Sí —afirmé—. En cierta manera es como nosotros, pues todos los seres provenimos de ahí. Él es el creador de la vida, de todas las vidas. Y por ello debemos mimarlo, y amarlo como el mejor de los regalos que nos ha sido dado.

Me pediste que a partir de esa noche leyéramos todas las historias del mar que se hubieran escrito. Y fue así cuando, por vez primera, yo pude ver el mar.

***

10

Sangre corsaria

Luis San José López

El Fantasma desplegó su bandera negra y todo el horizonte se vistió del color de la muerte. Aquel bergantín surgió inesperadamente de las profundidades del mar y estaba ya pegado a la popa del galeón español. El almirante desplegó su catalejo, y el capitán corsario, la codicia de su único ojo. La Isabela estaba perdida. Viró rápidamente a estribor, pero sus cuarenta cañones no tuvieron tiempo de levantar las portas de sus troneras. Las culebrinas de aquel demonio escupieron muerte y desarbolaron el palo de mesana y el trinquete. Los garfios no tardaron en clavarse con saña en la borda de su presa. El viento mezclaba gritos, sangre y pólvora en las lonas desgarradas. Los tiburones aguardaban su pasto y daban cuenta ya de algunos muñecos que flotaban a la deriva, cuando su madre se arrodilló delante de la bañera, enarbolando el champú y la esponja.

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11

Discordancia

Raúl Clavero

Aturdido por no poder encajar en sus ideas el más reciente y extraño de los descubrimientos que había realizado en las islas Galápagos, Charles Darwin salió de su camarote y, a pesar de la lluvia, comenzó a pasear por la cubierta del HMS Beagle. El mar, oscuro, calmado y profundo, como el olvido, le susurró la única solución posible. El científico suspiró, se dio la media vuelta y se encaminó hacia la bodega. Allí, ajenos y felices, los dos últimos ejemplares vivos de ángeles sobre la Tierra desconocían aún que nunca llegarían al final de aquel viaje.

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12

Mar de amores

Ernesto Ortega Garrido

Después de horas y horas de llorar a mares, el apartamento se había inundado por completo. Llamé al seguro, diciendo que se había roto una tubería, y me enviaron un chico de color que había llegado a España en una patera y por las noches vendía rosas por los bares. Se zambulló en el salón y se encargó de todo. Achicó el agua, pintó las paredes, restauró los muebles y hasta devolvió al mar los peces que habían aparecido boqueando bajo la cama. Sin embargo, el olor a salitre no se ha ido del todo y algunas noches, cuando la marea vuelve a subir, me regala las rosas que le sobran y me lleva en brazos hasta el dormitorio para que no me moje.

***

13

El mar de Aral

Javier Memba

«Nunca cometían errores», rezaba el mensaje, sin nombre, pero con fecha (11 de agosto de 1964), que encontraste en una botella. Extraño recipiente para asomar entre la arena del desierto cuando se levantó el camello. Insólito: tenía trazas de ser la llamada de socorro de un náufrago. Por un momento te hizo pensar en cierta teoría, según la cual los desiertos serían mares desecados. Y de ella fuiste a rememorar el título de aquella novela del 63 de Aleksandr Solzhenitsyn: Nunca cometemos errores.

Y bien es cierto que no lo hacían. La nostalgia es perniciosa. Te hace perder la vida esperando lo que no ha de volver. También por eso decidieron clausurar el mar de Aral y destinar sus aguas al riego de los campos de algodón de Uzbekistán y Kazajistán. De esta manera, se aseguraron que nadie volvería a ser tratado como un loco cuando, al regresar a su costa de vacaciones, pretendiese que la orilla estaba más lejos cada año. Por no hablar de esos reaccionarios -la nostalgia siempre es reaccionaria, pequeño burguesa, imperialista o algo así- que añoraban el sabor de la pesca de las aguas del lago.

En realidad, era un lago, uno de los cuatro más grandes del mundo. Los antiguos geógrafos árabes y persas, que contabilizaron mil quinientos islotes de más de una hectárea en él, lo llamaron Khuarazm por su proximidad a la Corasmia, antigua región del Gran Irán, hoy Uzbekistán. Sus sesenta y ocho mil kilómetros cuadrados le confirieron la dignidad de mar interior.

Los rusos empezaron a navegarlo en 1847. Al parecer, cuando su marina imperial empezó a desplegar sus buques, habida cuenta de que la cuenca del Aral no está unida a otras aguas, debieron de desmontar sus naves en Oremburgo, en la orilla de Ural, y transportarlas por piezas, en caravanas de camellos, para volver a montarlas en el mar de Aral. Como en un cuento de ciencia ficción, o como la gesta del cauchero Brian Sweeney Fitzgerald, trasunto que fue del peruano Carlos Fermín Fitzcarrald López. Werner Herzog nos muestra a Fitzcarraldo, inspirado por una genial desmesura y su amor a la lírica, subiendo su barco por un monte en aras del negocio que le permitirá ganar suficiente dinero para construir un teatro digno de Caruso en plena selva amazónica.

Quedémonos de momento en el mar de Aral. Tras la marina imperial rusa llegaron los soviéticos con su perfección y por último las expediciones internacionales, dispuestas a estudiar lo que ya ha sido calificado como «uno de los mayores desastres medioambientales de la historia reciente». Documentando el trabajo de uno de estos últimos equipos ibas tú.

«Si cada uno de ustedes trajese un cubo de agua» se acaba el problema, comentan con sorna los lugareños. Algunos hablan de una leyenda. Reza que el mar habrá de secarse y volverse a llenar tres veces. A reglón seguido añaden que ya van dos.

«Exportábamos nuestras conservas incluso a España. No sólo a toda la Unión Soviética», recuerda un antiguo empleado de la factoría.

En efecto, fue un negoció próspero. Hasta que quienes tenían en sus manos el destino de uno de los países más grandes y poblados que ha conocido la humanidad -y la ilusión de los millones de extranjeros, que pese a todo creyeron en él hasta el final-, decidieron desviar parte del caudal del Amu Daria y el Sir Daria, en el sur y el noroeste respectivamente, para llevar a cabo el milagro del arroz, los melones y el algodón en el Asia Central soviética.

En su sublime perfección, convirtieron el desierto en un vergel que habría de hacer de la Unión Soviética uno de los principales productores de algodón del mundo. Las transformaciones se iniciaron en 1959, en base a unos canales de los años 30. Cuantos advirtieron que en esas antiguas conducciones se llegaba a desperdiciar hasta el setenta por ciento del agua por pérdida o evaporación, fueron acusados de contrarrevolucionarios y se siguieron desviando entre veinte y setenta kilómetros cúbicos del caudal de los ríos.

Ya en la década de los 60 se supo de los primeros lunáticos que, al volver cada nuevo verano a sus lugares de vacaciones en la ribera, aseguraban que la orilla estaba más lejos. No tardó en llevárselos la KGB a la Lubianka. Era mentira que el nivel del mar estuviera disminuyendo veinte centímetros al año. Y fue un invento del capitalismo que la mengua anual se triplicase a partir de 1970. Lo que contaba era la producción de algodón. De modo que a los auténticos soviéticos no les importaba que, ya en los años 80, el mar de Aral estuviese desapareciendo. La URSS lo consideraba «un error de la Naturaleza». Así las cosas, en los años 80, cada nuevo verano, la orilla estaba 90 centímetros más lejos. Hasta que el estado perfecto, literalmente, la faz de la Tierra. De ello nos dan prueba las vistas vía satélite tomadas entre 1989 y 2014.

Tras la desintegración de la Unión Soviética, ninguno de los países ribereños del mar desecado hizo nada digno por su recuperación.

«Cuando en breve se evoque el centenario de la Revolución de Octubre, origen de una las dictaduras más longevas y crueles que ha conocido la Historia -escribes en tu crónica-, que entre sus logros se incluya el mar de Aral. Para la URSS un error de la Naturaleza que enmendaron sus ingenieros. Hoy es un paisaje insólito con asombrosas posibilidades fotográficas. Quiero recordar a unos camellos descansando a la sombra de la quilla de un barco que parecía encallado en la arena de un desierto. Se trataba en realidad del fondo desecado del mar. Al levantarse uno de ellos encontré una botella: Nunca cometían errores, rezaba el mensaje de su interior. Quiero creer que es la alerta que un disidente lanzó a las aguas (cuando aún las había) advirtiendo de que el estado perfecto estaba vaciando el mar.

***

14

Lo que el mar nos trajo

Fernando Lera

La condesa de O’Donnell despertó envuelta en sudor. Ya había abierto los ojos, pero permanecía inmóvil, como si una fuerza sobrenatural la empujara contra la cama. Ahora recordaba que había soñado que era el personaje de una extraña novela, alguien vacío y superficial. En realidad vivía sola en la mansión familiar desde que su marido murió en una cacería al norte del condado. Poco tiempo antes, su hijo de tres años había fallecido derrotado por el tifus. Era una mujer bella, con los ojos tan claros que casi se podían distinguir en la oscuridad, delgada como un susurro y blanca como un lienzo. También era débil, tanto que un estornudo a destiempo podría quebrarle algún hueso. La mayor parte del día lo pasaba recluida en la biblioteca, una magnífica estancia con una colección que nadie podría leer en una sola vida y que estaba situada en una torre desafiando al mar. Solo su tío Brian y su prima Cathy iban a visitarla cuando podían, y solían dar un paseo a caballo para revisar la residencia y los terrenos que la rodeaban. Después de comer se divertían poniéndose al día con los chismes de la alta sociedad irlandesa, o recordaban aquellos fines de semana de la infancia que habían dedicado por completo a jugar al escondite, a veces sin llegar a encontrarse hasta la despedida. Durante el té, Cathy mencionaba con mucho cuidado que tal o cual caballero se había interesado por ella con el debido respeto, y entonces la conversación derivaba a los lugares comunes que odiaba Theresa, que se levantaba airada y se acercaba a la ventana para ver el oleaje de aguas grises. Después se despedían entre sollozos, como si cada vez fuese la última que iban a verse.
Esa mañana tormentosa su tío Brian y Cathy volvían a visitarla después de tres meses, así que ordenó ensillar y peinar a los caballos. Mientras desayunaba quiso evocar su infancia, cuando ya entonces era una muchacha triste y solitaria que hablaba con nostalgia de los siete años teniendo ocho. Después recordó la boda pactada con James, que era un hombre extraordinario con el que compartía la afición a la lectura y a los paseos, pero al que le interesaban más otros hombres. Aún así, tuvieron un hijo fruto de las convenciones sociales que nació con muy poco impulso para la vida, como si la falta de deseo en su concepción lo hubiese dejado sin fuerzas desde el principio.
Salieron lo antes posible para no retrasar la hora del almuerzo y, cuando alcanzaron la zona frente a la costa, los perros enloquecieron al sentir algo moverse tras unos arbustos. De pronto, un hombre salió a su paso arrastrándose y balbuceando unas palabras extranjeras. Perdió entonces el conocimiento y el tío Brian estuvo a punto de ensartarlo con su espada, pero decidieron echarlo a lomos de un caballo para llevarlo a la casa del servicio y averiguar quién era. Cuando lo tendieron en la cama comprobaron que se trataba de un hombre tosco a primera vista, de facciones desordenadas, con barba de cien días y, tan moreno, que lo confundieron con un africano de los grabados que aparecían en la enciclopedia. Parecía fuerte como un oso y con cara de decir siempre la verdad, y estaba tan sucio que después tuvieron que tirar las sábanas y hasta el colchón. Brian aconsejó avisar al sheriff, pero Theresa decidió esperar: “No puede ser ningún ladrón o desalmado porque lleva una cruz católica de oro en el cuello, además de que los harapos parecen un traje militar”, sentenció. Cuando el hombre despertó, después de dos días, lo primero que balbuceó fue: “Soy Diego de Mendoza y Valiente, capitán de navío de la Grande y Felicísima Armada española”, en inglés con acento vasco, a lo que ella respondió con una no pretendida dulzura de enamorada: “Y yo soy la condesa de O’Donnell, necesita usted un buen baño”. El marinero rio tan fuerte que brotó algo de agua de mar por sus oídos, y añadió : “Tiene usted razón, pero antes necesitaría comer”.

En los días posteriores el capitán fue reuniendo fuerzas. Comía y bebía como un caballo más y estuvo contando sus andanzas: el desastre de la batalla con los ingleses, cómo su galeón hecho añicos acabó en el mar irlandés o la forma de alcanzar la costa agarrado a los cadáveres que flotaban; también que, en un último esfuerzo, pudo saltar el muro de la finca, hasta que perdió el conocimiento. Y ella lo escuchaba vocear con admiración, porque inundaba toda la residencia y hasta el condado entero con su presencia…Y porque llenaba, sobre todo, su corazón. Su tío Brian marchó tranquilo cuando comprobó la nobleza de alma del capitán y su procedencia castrense de alto rango. Después de dos meses volvió a visitarlos con noticias detalladas de la batalla, informando de la gran cantidad de buques españoles que naufragaron en las costas irlandesas por el temporal impenitente. Contó que muchos marineros de la Armada se estaban juntando en Cork para tomar un barco que los llevase de vuelta a España. “Yo puedo acompañarlo”, finalizó. Entonces, Diego de Mendoza se puso en pie y, como si estuviese hablando en presencia del Rey de España, dijo: “Nadie quiso más a mis tierras vizcaínas y españolas que yo, pero he muerto y vuelto a nacer en el mar de esta noble isla irlandesa. He plantado patatas y crecen a buen ritmo y, además, amo tanto a esta mujer pálida y circunspecta que nada de esto puede haber sido casualidad, sino fruto de una disposición divina que yo no voy a contradecir. Le ruego que lo organice todo para la boda según las costumbres del lugar”. Y así se hizo.

***

15

Resaca marina

Raquel Ugarriza

El capitán no conseguía recordar nada de la noche anterior, tan solo el espantoso calor que todavía se empeñaba en continuar pegado a su piel. Se había despertado con la boca tan seca que bien podría haberse pasado todas esas horas mascando serrín. Aun así, cogió aire, cerró los ojos y sopló las velas, pero el barco no se movió. La maldita resaca le había dejado sin fuerzas y apenas podía pensar con claridad. Es cierto que sus excesos con la bebida nunca acababan bien –peleas con su tripulación, pérdidas de rumbo, cortes, fracturas y hasta un naufragio en alta mar–, pero esta vez había llegado demasiado lejos: por muchas vueltas que le diera no alcanzaba a entender cómo demonios había terminado encallado dentro de esa botella.

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16

Rebelión a bordo

Pilar Mas García

Después de preparar los escasos aparejos,  me embarco en el “El Chispa”. Esta barquita me conoce desde adolescente, cuando me la regaló mi padre .Es bonita, marinera, nada de fibra de vidrio, madera de la buena, con sus remos pintados de verde oscuro y su exiguo motor fuera borda (por si acaso). Ha sido testigo de mis días de jovencísimo lobo de mar. Salía montado en ella, triunfante y orgulloso, mirando a los bañistas de la cala con altivez, como si manejara la mismísima carabela de Colón. Una vez en mar abierto era otro cantar. Me cruzaba con Joan Arossi, el marinero por antonomasia, que venía ciando de pie en su barca, remando sin esfuerzo alguno, mientras su “Esquirol” se deslizaba por el agua como si llevara ruedas. Me saludaba, cumpliendo con el código inquebrantable de la gente de mar, y yo le respondía, pero me hacía sentir insignificante; él era auténtico y yo un impostor.

Hoy he decidido salir a coger mejillones. Tengo que adentrarme en la Cala Furadada, allí el agua, furiosa y batiente contra las rocas, cultiva unos mejillones exquisitos. He echado un pequeño camping gas, una olla profunda y una nevera con Viña Sol muy frío. Todo lo necesario para mi espléndido aperitivo.

No se me ha dado mal. He cogido tres docenas, por lo menos, sin romperme la crisma .El vino entraba por mi garganta, mezclándose con el sabor a mar de los moluscos y convirtiéndose todo ello en una pócima mágica, transformándome, por unos minutos, en Ulises de camino hacia su Ítaca. Remo y remo mar adentro, y el fresco vino me reconforta.

Cuando estoy lo suficientemente borracho, cojo el hacha que he traído conmigo y me lío a golpes con El Chispa. Exhausto miro hacia la cala. Su preciosa fila de casitas blancas, que forma ahora mi horizonte, se eleva cada vez más. Pienso en Joan Arossi, menos mal que ya no está. Ante él no hubiera tenido el valor de cometer este acto de cobardía, pero prefiere ser pasto de meros y de lubinas que de la “quimio”. Tengo derecho a escribir mi propia historia.

El mar comienza a rodearme con su inmenso abrazo, mientras El Chispa cruje, como gimiendo. Mi último pensamiento: Dentro de unos segundos, sobre la superficie, solo quedará el reflejo plateado de algún banco de anchoas.

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17

Ritual

Octavia Blume

El bañista entra en el mar con la conciencia de quien lo hace por primera vez. Este es su rito anual: introducirse en el agua por primera vez. 

El verano está ya muy avanzado pero el bañista no ha podido llegar antes al mar porque este año le ha tocado el último turno de vacaciones. Es lo mismo, no tiene prisa. Para esto no hay que correr. Nunca hay que correr.

Da un paso dentro del agua y una pequeña ola le llega a los tobillos desde la orilla. El bañista sonríe. No está fría. Nunca está frío este mar. Eso es lo que le gusta: no tener que hacerse el valiente, ni respirar hondo, ni tener que pensárselo dos veces. Entrar así sin más, un paso tras otro, hasta donde ya no haga pie.

El sol está alto, es mediodía. Al bañista le molesta en los ojos. Los cierra y sigue andando en el agua. No necesita mirar. Quiere sentir, así mejor. Sus brazos cuelgan a los lados inmóviles, como los de un maniquí. Hasta que una ola le empuja y se ve obligado a abrirlos: los brazos. Y los ojos. Casi pierde el equilibrio. El bañista vuelve a sonreír. Sabe que este mar hoy no es peligroso. Otros días sí pero entonces se habría quedado sentado en la playa. Mirando.

No está solo, claro. Hay mujeres que flotan en el agua, niños que se pelean por la barca hinchable, señores entrados en carnes que se ajustan el bañador al mismo tiempo que dan brazadas, alguna pareja joven que se besa bajo el agua. Al fin y al cabo este es un mar como una gran bañera. El bañista no necesita esforzarse para imaginar que es el único en este mar y, al igual que un niño bucea en el baño rodeado de juguetes y chismes que flotan, él se sumerge entre las olas y deja atrás todo lo que no quiere oír.

Ahora está lejos. El bañista es buen nadador. Se detiene un momento y comprueba que, desde la orilla, él debe ser un punto. Espera a que venga la primera corriente un poco más fría y entonces retoma su nado. Con ritmo. Brazo derecho, izquierdo, derecho. Respiración acompasada: uno, dos, tres. Toma aire. Mueve los pies. Se siente ligero.

Al rato, el bañista se deja flotar. Cierra otra vez los ojos. Abre los brazos en cruz. También las piernas. Se deja mecer por las olas. Y recuerda cuando era niño: hacía lo mismo. Exactamente igual. Jugando a ser una barca. Entonces siempre había alguien, un hermano, un primo, un amigo, alguien se hacía el gracioso y le hundía la cara en el agua. De nuevo sonríe el bañista. Hace muchos años de eso pero la risa le brota igual.

El bañista cree que esto es la felicidad.

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18

Atlántico

Laura Méndez

El mar se te mete bajo la piel.

Es asombroso lo fácil que un cuerpo puede llegar a hundirse. A veces creemos caminar sobre las aguas, luchamos, arañamos la superficie, pero finalmente nos rendimos, olvidamos incluso que un día respiramos en tierra firme.

Los silencios de la noche se condensaron al alba. El amanecer de hoy se pareció demasiado al de ayer, un amanecer limpio y brillante en el que las gaviotas invadían la playa mientras que el salitre comenzaba a penetrar con argucia en las casas de los alrededores del puerto. Aún es pronto, al menos ahora se puede saborear aire fresco, zafarse del aroma de las algas y del alquitrán que luego impregnará estas calles, cuando la tarde se recoja.

El día ha ido avanzando conforme a la exigencia de los relojes, quedando envuelto en una atmósfera azul añil. Tengo el estómago vacío, probablemente un poco de fiebre. Observo el mar desde una distancia prudente. La corriente discurre con violencia, el viento alborota mi cabello, remueve la finísima arena confiriéndole el aspecto etéreo del marfil. Escucho voces, risas de niños, deben estar cerca pero mi vista no les alcanza.

Desde que estoy aquí, el mar cuida mis pasos y vela mis sueños, me ofrece su dócil arrullo y una impasible morada de carne, huesos, cartílagos, como si de pronto hubieras vuelto a nadar a través de mis venas, a nadar a través de mi sangre.

Hoy el mar burbujea dentro de mí.

En una ocasión visité el Mar Muerto. Era muy joven todavía y no pensaba en el futuro. Por aquel entonces no logré comprender la atribución de ese calificativo a una naturaleza tan despierta, incandescente en la lengua, pero que no poseía la fuerza suficiente para tragarte vivo. Antes me preguntaba cómo podía estar muerto un paraje en donde parecía imposible ahogarse de dolor.

Con los años aprendí, sin embargo, a moverme en aguas bravas y desconocidas y que en algún lugar las heces, la basura y los espermatozoides se encuentran y fluyen hasta el mar. Lejos de los placeres, lejos de civilizaciones míticas que según las historias infantiles yacerían sumergidas.

Mi matriz se ha marchitado como un higo seco. Soporta inmóvil el azote del viento y las consecuencias desoladoras de la erosión, tan solo es una masa rocosa en medio del océano. Mi vientre es un vientre de sombras. No permite que la luz pase a través de estas manos. Diría que me falta calor, que quizás necesito equilibrio.

Sigo postrada ante el mar, descalza. Sé que hoy el mar también te hablaría. Hoy hubieras cumplido un año. Si tú hubieras nacido, pequeño, te habría llevado de la mano hasta la orilla.

Hoy por fin la marea estaría en calma.

***

19

A tumba abierta

Javier Cuesta

—A tumba abierta, soltad amarras y zarpemos.
Con cara de cirio Francisco de Moyúa se retira y en la cabina de mando del Nepomuceno el brigadier Cosme de Churruca queda solo, engalanándose para el zafarrancho de combate.
—Izad velas y adelante, —oye gritar a su segundo, que en el parapeto de cubierta dirige la maniobra mientras redoblan de fondo tambores de guerra.
A tumba abierta, se repite en su cabeza y abriga un mal presagio.
Por la escotilla ve alejarse la Caleta en Cádiz. Recuerda el brillo de los ojos de jarana de Carmela. Las noches pasadas en el malecón aquel verano, apurando con ella de madrugada en un tablao el último trago a una botella divertida de Jerez. Los despertares saboreando el melocotón en almíbar de sus labios. Sus palpitaciones enlazadas en un encaje de bolillos, jurándole amor una tarde de toros en Sanlúcar.
A tumba abierta, se insiste. Y sabe que no volverá a verla.
Aún resuena el eco de su amenaza al embarcarse: «debes elegir entre la mar o mi amor, guipuzcoano, si eliges la mar juro por Dios que no volverás a verme». En el cristal de sus ojos al verle subir al navío supo que los labios de Carmela no mentían.
Uniformado de gala, Churruca aparece en cubierta. Todo el velamen extendido y tensadas las jarcias. Han esparcido arena para empapar la sangre que presagian y sobre el navío un cielo plúmbeo parece desplomarse.
A tumba abierta, porfía, mirando a sus marinos inexpertos.

Rajando el mar navega el San Juan Nepomuceno, a tumba abierta, rumbo a Trafalgar en busca de la gloria o de la muerte.

***

20

Experimento social

Ana Martínez Escarpa

De cómo es la llegada al lugar de vacaciones acostumbrado

La llegada al lugar común de la urbanización. Puede ser la piscina. Todos en bañador o bikini. Apartamentos que pertenecen en su mayoría a personas mayores que los compraron hace varios años y ahora están encantados de su inversión.

-Buenos días.

-¿Qué tal?

-Mucho calor.

-Por la noche corre el aire.

-¡Qué mayores tus hijos!

-¿Sabes que murió el del 5º? Cáncer.

-Pero si el año pasado le vi.

-Ya son las dos, hay que comer.

Abuelos con nietos endosados por los padres que trabajan. Viejas que miran alrededor buscando algo que reprochar. Un viudo reciente que veranea con su hija y nietos. No se trasluce su viudedad, la costumbre de fingir, tan arraigada. El sol calienta insoportable y dentro del agua se charla de forma confortable.

Comienza el verano. Los jóvenes ausentes aún duermen la juerga de la noche de San Juan. Los adultos idiotizados por sus móviles, resuelven las pocas complicaciones del día. Los hijos pequeños marcan los horarios. El vacío es tal que flota en el ambiente como un objeto más inanimado.

Es obligado bañarse y tontear con los niños. Los adultos cargados de toallas, sillas, bolsones, tristeza, hastío, transitan por la soleada piscina. Se ha cambiado la rutina del trabajo por la del veraneo. A la hora de comer como a golpe de campana, al unísono, todos se van a comer. Monos bobos, la soledad es la mejor compañía.

En el chiringuito de la playa a las 5:30h

Es sábado y la gente anda desmadrada. Primeros días de calor y no hay que trabajar. La desidia se adueña de los cuerpos. Mi pareja y yo acordamos ir al chiringuito a tomar un café (por rellenar las horas). Es motivo de disputa entre los dos puesto que hay que andar doscientos metros.

Desde lejos ya se escucha barullo. Una panda de cincuentones celebra un cumpleaños. Han comido paella y están tomando el primer copazo. Cantan y tocan la guitarra, corean una monserga etílica.

En las otras mesas de alrededor hombres y mujeres de mediana edad beben alcohol sin pudor. Es su forma de liberarse.

Unos rusos cercanos beben vino blanco con gaseosa, van por la segunda botella y ríen a carcajadas.

Mi pareja, fijo en el móvil, fuma y bebe ron.

Dos mujeres cuarentonas e insinuantes toman el sol en tumbonas y beben vino.

Yo misma he bebido y siento la relajación corporal. Después de años de terapia he descubierto que el alcohol es lo único que me relaja. El resto también lo sabe.

Domingo 13:30h en la piscina de los apartamentos.

Después de una mañana de playa en familia, aguantando el sol y la resaca del sábado, toca retirada para comer pronto ya que el lunes muchos trabajan y otros, los que se quedan en la playa, tienen que atender sus rutinas (el fin de semana en verano, absurdamente, también se diferencia del resto de la semana).

En la piscina de los apartamentos confluyen todos los vecinos a las 13:30: viejos de 90 años, de 80, de 70 y de 60. Hay tantos que se deben clasificar por categorías. Se saludan entre ellos y se comentan los decesos del año. Familias con niños, familias sin niños, jóvenes sentados al sol, desafiantes y chulescos, charlan en la orilla de la piscina alardeando de gorras y gafas pintorescas. Los niños pequeños son ingobernables y se tiran en bomba una y otra vez.

Hay un malestar general que se trasmite en las sonrisas falsas.

A las dos en punto, como a toque de corneta, desaparecen todos. A comer. Durante tres horas no habrá ni un ruido en la soleada piscina. Nadie osará quebrantar la ley de la siesta, bajo pena de ser mal visto por la comunidad.

Domingo a las 6 h en el restaurante de la playa

Los trabajadores son dos cocineras, dos camareros y el dueño. Han servido todas las comidas y, mientras algunos clientes terminan el café, se sirven su comida. Emplean treinta minutos en los que apenas comen. Fuman mucho. Están desfondados y exhaustos. Se mueven con parsimonia y apenas hablan entre ellos. Pasado el tiempo de comida vuelven a sus cometidos en el restaurante. Limpieza, cocina y orden.

Pasan por la calle grupos de chavales jóvenes. Han terminado las clases y se alquilan un apartamento entre varios para pasar una semana de descontrol. Los padres lo saben y se lo pagan. Deambulan durante las horas de calor con las mismas camisetas todos, símbolo de las noches en discotecas. Los padres están en la ciudad trabajando.

Los dos camareros se van a descansar hasta las ocho en que volverá a llenarse el restaurante. Trabajarán hasta la madrugada. Las cocineras se quedan limpiando sepias.

Todo transcurre lento. Pasa gente dentro del local a por agua o tabaco. El dueño sube los toldos y la brisa del mar inunda la tarde. Muchos vuelven a la playa a desgranar las horas. Otros duermen la siesta.

Ir a la playa a las dos

Las dos es la hora de levantar la sombrilla y las sillas y volver a casa. Existen carros donde se pueden colocar cuatro sillas, una sombrilla, los trastos de los niños y una nevera portátil. El cabeza de familia los arrastra con aspecto de soldado con la impedimenta a cuestas.

Es mi hora de ir a la playa porque se queda vacía.

Apreciar el mar es difícil. Es cambiante. Nunca te terminas de encontrar a gusto porque al instante siguiente tienes que encontrar acomodo en esa mezcla de vientos contradictorios e impredecibles. Lo único que no cambia es el sonido del mar, que a fuerza de común se vuelve invisible, pero está ahí, acunando sueños y pensamientos mientras paseas por la orilla y contemplas un carguero al fondo entrando en el puerto.

Al mar hay que aceptarlo como es, tal cual, como un gato esquivo o una mujer enloquecida.

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