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Selección del concurso de relatos #SueñosdeGloria

Selección del concurso de relatos #SueñosdeGloria

Esta es la selección de los 10 relatos que optan a los premios del concurso #SueñosdeGloria patrocinado por Iberdrola. El viernes 2 de julio de 2021 se difundirán los nombres del ganador del primer premio de 1.000 euros y de los ganadores de los segundos premios de 500 euros.

Han sido más de 400 textos los publicados en nuestro foro. El jurado de esta edición está formado por los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

A continuación reproducimos las 10 historias elegidas.

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1

Autor: Karen M. Paramio

Título: Campeones

Ya estamos llegando al que será nuestro nuevo alojamiento. Igual que en la etapa anterior, hay una muchedumbre arremolinada en la puerta, esperándonos. Nuestro autobús se acerca despacito, despacito. Gritos y pancartas. Me vuelvo para ver la reacción del resto de los compañeros.

¿Nervios? Por supuesto. Además, tenemos algunos lesionados y dos bajas definitivas. Eso duele, pero el cansancio del viaje ayuda a generar una cierta indiferencia, y el rugido de nuestras tripas también contribuye a distraernos.

En las últimas semanas hemos seguido una dieta muy estricta. Por desgracia, no es probable que eso cambie ahora, porque en el extranjero, ya se sabe, si no traes tus propios cocineros…

Mientras bajamos cargados con nuestras mochilas y bolsas, las fuerzas de seguridad intentan abrir un pasillo entre el autobús y el edificio, para que la turbamulta no se nos acerque tanto. En realidad, como no les entendemos, si no miramos sus rostros, podemos imaginar que han venido a apoyarnos.

El edificio resulta ser directamente el polideportivo del pueblo y en el vestíbulo nos saluda el traductor. Es hijo de iraníes, nacido aquí, y sólo habla farsi, así que otra vez tendré que traducir yo para la familia y el chico que sólo hablan pastún. Le saludo y le comento la situación, pero no parece interesarle. En lugar de intentar animarnos un poco y ganarse nuestra confianza, sin venir a cuento, dice:

–No os hagáis ilusiones, aquí terminan vuestros sueños de gloria. A más del 80% de los afganos les deniegan el asilo, y si no tenéis, por lo menos, protección subsidiaria, no os dejan ni asistir a las clases de alemán.

Yo mantengo la misma expresión neutral, no muestro el dolor ni la rabia que me invaden, simplemente sigo hacia la puerta del dormitorio común del nuevo campamento, para que me asignen un colchón.

¿Qué sabrá él de nuestros sueños? ¿Y por qué está tan seguro de que no podemos ser justamente el 20% que sí lo consigue? No me gusta su actitud negativa.

Hemos atravesado las montañas de la tierra de sus antepasados, hemos caminado por bosques infestados de serpientes, hemos corrido para evitar los perros de la policía. Los que hemos llegado hasta aquí, ya hemos ganado la primera ronda de la competición, porque seguimos vivos. Y después de este entrenamiento tan extremo, somos capaces de enfrentarnos a cualquier contrincante.

Un pesimista como el traductor quizás no habría llegado tan lejos.

Además, la gloria tiene muchas formas y es caprichosa, cambia de amigos con facilidad. Yo puedo ser el siguiente afortunado, especialmente porque tengo un as en la manga.

Me descalzo, me tiro sobre el colchón y abro la mochila para sacar el diccionario que me regaló aquel soldado y el libro de alemán que compré con mis últimos dólares cuando atravesábamos Austria.

Por algo soy el capitán del equipo.

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2

Título: Operación Dragón

Autor: Javier Celada

Mientras rebuscaba en el césped su diente, y se sorbía la sangre de las encías, Lee, pensaba que aquella «hostia» se la tenía bien merecida, tanto o más que los dos tortazos que, sorpresivamente, y de manera real, le propinó su maestro de artes marciales siendo él todavía un mocoso con pretensiones de heroico adolescente, después de que se mofara cruelmente de «Pequeño bolo», el alumno menos notable de la clase. Entre este decisivo acontecimiento y el que terminaba de ocurrir, habían transcurrido una decena de años, durante los cuales, ni el más audaz de sus rivales había sido capaz de mojarle la oreja —tanto en el tatami como en la ficción—, y en los que Lee, siempre intentó mantenerse fiel a la máxima de su viejo maestro: «Cuando entiendas que ganar no implica humillar, habrás alcanzado la gloria». Por todo ello, el joven karateka, estaba absolutamente convencido de poder abanderar sus principios por todo el mundo y de ser un digno merecedor de tal honor. Hasta ese preciso día.

Yang se sentía orgulloso de su trabajo y felizmente recompensado por la vida, a la que con tanto sacrificio se había entregado en cuerpo y alma desde su niñez; sobre todo, en cuerpo, puesto que Yang, llevaba mucho tiempo dedicándose a suplantar a las estrellas del celuloide en las escenas de acción, concretamente en las películas de mamporros, de las que era un consagrado especialista, y a interpretar a malvados segundones sin otro final que el de terminar patéticamente apalizados por el ídolo de turno, para mayor gloria de este y el regocijo de sus fans. Aunque a Yang, ninguna de sus apariciones le suponían un deshonor, y celebraba cada uno de sus contratos como si fuesen el papel de su vida. A su manera, el joven actor creía haber triunfado como poco en su barrio, y saboreaba, con la sempiterna compañía de sus colegas, las dulces y pringosas mieles del éxito.

Cuando el agente de Yang le propuso participar en el reparto de los villanos que debían enfrentarse al mismísimo Bruce Lee en la película Operación Dragón, este sintió tal emoción, que a punto estuvo de darle un síncope, y por un momento, dejó de latirle el corazón, le faltó el aire y perdió el conocimiento. Fue justo el instante en que la realidad había traspasado sus sueños.

Yang sabía hacer su trabajo, conocía la técnica del perdedor; golpeaba en las zonas no vitales, se derrumbaba contra los muebles como nadie, rodaba por las escaleras con total veracidad, y encajaba los golpes igual que un saco de boxeo. Pero, de forma inexplicable, las veces que intentó hacerlo frente a Lee, se quedaba quieto como un pasmarote con los músculos agarrotados, hasta que una primera patada o puñetazo de su contrincante le arrojaba de nuevo contra el suelo hecho un inútil guiñapo, y así, cada vez que el director gritaba «acción». Finalmente, optaron por posponer la escena y, mientras el psicólogo del equipo hablaba con Yang, un petit comité decidía la continuidad del inmóvil villano en el film. Ese día, la jornada de rodaje terminó antes de lo previsto.

Lee encontró su diente y lo guardó en el bolsillo del kimono mientras se incorporaba.  Se encontraban a solas detrás de las caravanas, de nuevo, frente a frente. Yang no había bajado la guardia y vigilaba los movimientos de Lee con una postura que al protagonista de la película le resultó familiar. De pronto lo reconoció.

—¿Así que eres tú…? ¿Pequeño bolo?  —dijo Lee, mirando a Yang de hito a hito—. Pegas muy fuerte.

—Más fuerte pega la vida —contestó Yang, deponiendo su actitud, con los músculos completamente relajados.

—Vamos… Tenemos mucho trabajo por delante, amigo mío.

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3

Título: Viajes y sueños

Autor: S.D. Esteban

El piloto estudió los planes de vuelo y se aseguró de que los controles de la aeronave funcionaban correctamente. Después comprobó las condiciones meteorológicas y se comunicó con el control del tráfico aéreo.

Cuando el avión hubo realizado la maniobra de despegue, el pequeño piloto de 8 años apartó los cacharros de cocina con los que simulaba los mandos del avión y se levantó del suelo. Estudiaría mucho y algún día se convertiría en un gran piloto. Entonces podría viajar allá a donde él quisiera y volar hasta tocar el cielo.

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4

Autor: Juanma Velasco

Título: El sueño de los cien

Calle cuatro. Donde medran los favoritos.

Busco el acoplamiento posicional idóneo en los tacos de salida.

Nada perturba mi concentración. Nada enturbia mi nirvana de tartán. No siento presión alguna; solos mi ergonomía, yo y mis aspiraciones. Las corvas anguladas con precisión eyectora, las yemas sitas en los lindes de la descalificación, las rodillas expectantes, los hombros tensos, como pianos acabados de afinar, las plantas de los pies como ventosas.

Fijo mi mirada de bisonte inminente cien metros más allá, justo cuando finaliza la estrechez atmosférica de un pasillo imaginario al que solo delimitan las dos líneas horizontales de las calles adyacentes, blancas, muros aislantes de los velocistas de magnitud cinco en la escala de los cuádriceps.  Ellas son mis únicos límites en estos Juegos confusos de Tokio. Simetría a disposición de los suelos y los sueños.

Un silencio oriental, muy propio de mi país, respeta mi liturgia para la consumación de ese delirio olímpico que desde siempre significaron los cien metros lisos en el podio de mis utopías.

–Vamos, Daichi…

Daichi soy yo y la voz exhortativa asoma de la laringe de Naoki, jefe de la brigada de limpieza de la pista de atletismo, que resuena con eufonía en la recta de los cien. El estadio se ofrece vacío recién debutado el sol. Abandono mi posición de velocista frustrado por el sobrepeso y me incorporo con dificultad acompañado de una banda sonora de meniscos crepitantes de cuarenta y nueve años de antigüedad y retomo la aspiradora que descansa en la calle cinco con el objetivo de absorber cualquier impureza de la pista para que lo liso tienda a lo impoluto.

Tenemos que apresurarnos, las clasificatorias comienzan a las diez.

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5

Autor: Marta Rodríguez

Título: El molinero analfabeto

A los ocho años, al pequeño Ramón lo sacaron de la escuela, le dijeron que ya era un hombre y lo pusieron a ganarse el pan. Empezó ayudando en el campo a sus hermanos, acarreando agua para la casa y dando de comer a los animales, hasta que a los once entró de aprendiz en el molino del camino de las cigarras. La guerra hizo peligrosos aquellos pocos kilómetros que lo separaban de su familia, y el niño dormía con un cuchillo escondido entre la paja del jergón, aterrado ante la idea de que unos u otros lo asaltaran para robarle las fanegas de trigo que custodiaba. Con el padre en la cárcel y los mayores en el frente, Ramón se convirtió en el cabeza de familia, y así sería hasta el final de sus días después de que ninguno de ellos regresara.

El aprendiz ascendió a ayudante y consiguió un puesto en la vieja fábrica de harinas del pueblo. Cuando se casó con su adorada Eladia, era el orgulloso segundo molinero de toda la factoría. Cada día, al volver del turno, Ramón sentaba en sus rodillas a los pequeños, que empezaban a ir al colegio y repasaba con ellos la lección. Al principio, les hacía cantar lo aprendido hasta que no hubiera duda de que se lo sabían. Con el tiempo, eran ellos los que se lo repetían hasta que estaban seguros de que el padre no lo olvidaba.

Llegaron los años sesenta y Ramón contempló estupefacto cómo sus hijas se teñían el pelo y se encaramaban a minifaldas imposibles, mientras sus hijos abandonaban los estudios que tanto le enorgullecían para buscar trabajos bien pagados en la ciudad. Al poco, él también los siguió; abandonó con todo el dolor de su corazón su hermosa huerta y su burrita canosa, cargó unos pocos muebles y un montón de libros en la destartalada furgoneta de su cuñado y así llegaron, entre las lágrimas de Eladia, a aquel tercer piso de arrabal en el que pasarían el resto de sus vidas.

Todo su diminuto mundo se concentraba en apenas una manzana: la nueva harinera, las casas de los obreros, la capilla, el economato y el internado de los frailes cuyas ventanas daban justo enfrente de la pequeña terraza de Ramón. Allí el molinero se sentaba cada tarde a repasar sus manoseados libros y algunas revistas, acompañado en cierto modo por los estudiantes del colegio. Ajustaba su horario a los de ellos y Eladia sabía que no podía servir la cena hasta que los chiquillos desaparecían para acudir, suponía, al comedor.

Entonces, llegó la huelga. Ramón con la funda arremangada y el sudor de la ira cayéndole en churretes por el rostro, encabezó el comité. Conocía sus derechos y no iba a salir de allí sin haberlos conseguido, para él y para todos sus compañeros. El dueño lo recibió entre carcajadas, y después de escucharlo con indiferencia respondió que no atendería las razones de un molinero analfabeto. El día en que los trabajadores ganaron el pleito en el juzgado, Ramón estrechó la mano del patrón para sellar el acuerdo y musitó: “nunca debió contratar a un analfabeto que lee”.

Con los años, la terraza frente al internado comenzó a llenarse de nietos. Cuando no llegaba ni al sillón de mimbre en el que él se sentaba, me ponía sobre sus rodillas y juntos recitábamos pasajes del Tenorio y de La vida es sueño, dibujábamos los ríos de España o inventábamos cuentos que hacían reír a mi abuela Eladia.

Ramón se jubiló un verano radiante, un par de años antes de lo que le tocaba. El polvo de la harina había minado sus pulmones y arrastraba dos operaciones de cadera con un bastón como recuerdo, que ya no le permitía trepar por las escaleras del silo. Al día siguiente, cuando amaneció en su cama a las cinco de la madrugada como de costumbre, sin ningún lugar al que acudir, decidió que esa misma mañana se matricularía en la Universidad.

No fue tan fácil: sin certificado de estudios alguno, tuvo que pasar exámenes y pruebas de acceso con las que no contaba. Pero lo consiguió, con esfuerzo y tesón, y durante varios cursos, siempre puntual, Eladia le planchaba la camisa de diario mientras él desayunaba, le metía los libros y un cuaderno de anillas en el mismo zurrón en el que le había guardado durante años el almuerzo, y desde la terraza veía partir a Ramón, renqueante y orgulloso, camino de la Facultad.  Los días de buen tiempo no era difícil encontrarlo sentado en un banco en el campus, con una legión de jovenzuelos admiradores a sus pies, que le llamaban “Don Ramón”, le ayudaban con los ejercicios y se lo rifaban en los trabajos de grupo.

Cuando los años y la enfermedad lo postraron, nos pidió que colgáramos frente a su cama articulada el diploma de maestro. Era lo primero que veía al despertar cuando le incorporaban, y cada vez que alguien lo visitaba, se lo señalaba con una mano mientras murmuraba entre dientes, con la poca movilidad que el párkinson le permitía: “mira a dónde ha llegado el molinero analfabeto…”.

Y sonreía.

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6

Autor: Anaqueles abarrotados

Título: De mariposas y despertares

El nuevo guardia escuchaba con atención las explicaciones del alcaide. Le parecía un comienzo halagüeño que el máximo responsable de la institución se hubiera ofrecido a mostrarle las instalaciones. El eco de los corredores magnificaba el sonido de sus pasos y lo confundía con el de los cerrojos.

—En la galería cinco tenemos a deportistas que aspiran a superar sus propios límites y batir los ajenos. Ya sabe: llegar antes que nadie y siempre un poco más alto, más lejos. Y como recompensa obtener medallas, levantar trofeos sobre la cabeza laureada, subir a un podio y ser imagen de las mejores marcas.

El nuevo guardia trató de asomarse a una de las celdas.

—Evite mirar mientras entrenan, no vaya a creer que usted también podría alcanzar la gloria —lo disuadió el alcaide, con un gesto desdeñoso que apremiaba a seguir avanzando—. La galería seis es para quienes se queman las pestañas y practican su propia autopsia tratando de escribir la novela de la década, o incluso del siglo. Quieren ver su nombre impreso y acaparar estantes en librerías. Tenga especial cuidado si además pretenden vivir de la literatura, porque puede resultar un mal contagioso.

—¿Es posible que yo haya leído algo de lo que han escrito? —preguntó el nuevo guardia. Bajo sus suelas crujía un manto de folios arrugados con ira y desesperación.

—No, no lo creo —respondió el alcaide encogiendo los hombros—. Sigamos. Esta es la galería siete, reservada para cantantes que ansían convertirse en estrellas. A cambio de darse baños de masas, acumular discos de oro en mansiones y estampar su cara en camisetas venderían su alma en cualquier cruce de caminos. Aunque también hay quienes directamente la regalan en concursos de talentos. Pero da igual dónde les salga al paso el diablo. Es un embaucador que siempre hace trampa con la letra pequeña.

El guardia asintió en silencio y reemprendieron la marcha. A su espalda dejaban la melancolía de un acorde menor suspendido en el aire.

—En la galería ocho está la gente de cine y teatro…

Junto a una de aquellas celdas había un revuelo de uniformes. El nuevo guardia alcanzó a ver un haz de luz que se colaba por una grieta abierta en el muro del fondo.

—¿Qué ha ocurrido ahí? —preguntó.

—Es el resultado del estreno de una película en un festival —masculló el alcaide—. Al terminar la proyección hubo una ovación espontánea, varios minutos con todo el público de la sala en pie. Las primeras críticas y el augurio de triunfos en la temporada de premios propiciaron la entrada de ese rayo luminoso. Y con él, una fuga múltiple. No importa demasiado, quizá vuelvan pronto.

Salieron al patio para pasar a otro edificio.

—Hay que darse prisa o no acabaremos antes del cambio de turno. Nos quedan aún muchas galerías y algunas se hacen interminables. Ya verá cuando lleguemos a las de «gamers» e «influencers» de moda. Las de tertulianos y chefs televisivos le parecerán entonces un paseo.

Un movimiento al otro lado del patio atrajo la atención del nuevo guardia. Cuatro de sus compañeros uniformados escoltaban a una quinta figura hacia el muro exterior del recinto. Los centinelas apostados en las torres seguían su avance con la mira telescópica de sus armas. La figura escoltada caminaba despacio y tan cabizbaja que la barbilla le tocaba el pecho. Al llegar delante de una puerta el grupo se detuvo. Uno de los escoltas la abrió y la figura retrocedió unos pasos. Parecía reticente, como si no quisiera salir de allí. Los guardias la sacaron a empellones y cerraron la puerta dejándola fuera.

El alcaide se percató de que el nuevo guardia miraba la escena con expresión de desconcierto.

—No se preocupe por lo que ha visto —dijo—. De vez en cuando les ocurre. Nadie lo espera y, de repente, un día la ilusión se desvanece. Es como un despertar: aceptan su vida anodina y el futuro gris que les aguarda. Entonces son libres. Dejan de ser asunto nuestro.

El nuevo guardia pensó en todas las veces que había reprimido alguna inquietud para no terminar en una de aquellas celdas. Por un instante se preguntó si no hubiera sido mejor intentarlo, en lugar de aplastar cualquier gusanillo que crecía en su estómago antes de que pudiera transformarse en mariposa. Se ajustó la gorra para sacudirse la idea de la cabeza y se giró hacia el alcaide con decisión:

—¿Seguimos, señor?

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7

Autor: Javier Álvarez

Título: El gran salto

Nadie conoce los miedos de los otros.

Sin temor salimos por la puerta del cine para el Gran Salto. La estación brillaba como el País de Nunca Jamás. Centelleaban las risas entre el ruido de trenes que provenían de Valldoreix y más allá. A mediodía, los turistas se aglomeraban en el entorno de las taquillas. Nos camuflaba la multitud, no sé si porque realmente pasábamos desapercibidos o porque nadie podría dejar solos a tres chiquillos, aunque mi aspecto de mozalbete ayudaba a aparentar algún año más. Mezclados entre unos turistas italianos, subimos al vagón y conforme el tumulto de gente se disipaba, nos sentamos junto a una apacible viejecita con sombrero.

Por fin, el tren arrancó y nos miramos como triunfadores:

-“Sólo tienes que torcer por la segunda estrella y después todo recto hasta el amanecer” cantó Wendy. Pedro la miraba y le seguía la canción mientras veíamos cómo el vagón tomaba velocidad entre los túneles de salida de la urbe.

-“Qué dirección más rara”, le repliqué, cómplice de la excitación de sus palabras.

Desde la ventana, presenciábamos cómo el paisaje se iba remansando, como las motas de polvo navegaban errantes por los rayos de luz de la ventana. Nos alejábamos de las vías enredadas en las afueras y se adivinaban las colinas del Tibidabo, al fondo las de la Sierra de Collserola, y el tapiz de jaras, encinas y pinos blancos. Todos habíamos visitado el parque de atracciones: la interminable montaña rusa, la casa del terror, el barco pirata y el olor a algodón de azúcar:

-¿Cuándo llegaremos?

-Deben faltar quince minutos – intervino la anciana.

Minutos que aparentaban horas. Pensábamos que nuestra escapada había sido tan perfecta que toda la vida sería así. El paisaje nos llevaba tan lejos, que nos hacía olvidar los lugares propios, los espacios que sólo nos recordaban a nosotros mismos y las costumbres cotidianas. En aquel verde salpicado de genista y torvisco, había un pacto de aventureros salvajes y piratas con bandera blanca hermanados en sangre. La aventura irrepetible. Y así lo firmamos para siempre compartiendo una piruleta de nuestra bolsa de chucherías.

La viejecita del sombrero parecía divertirse con nuestras ocurrencias y gestos. Wendy le ofreció un caramelo de la bolsa. La anciana, con gesto amable, cogió uno y preguntó en voz alta: “¿Dónde está tu mamá?”. Pedro se quedó congelado, y Wendy no respondió. Yo imaginé una alarma sonando por todo el vagón. Sus palabras estallaron como cristales en mil pedazos.

No habían pasado ni cinco minutos, cuando la mirada de un hombre con periódico y gorra se posó en mí. Es verdad que cuando cualquiera tiene un brote de felicidad, existe alguien preparado para destruirlo. Yo trataba de evitar su mirada furtiva. Me di cuenta de que era manco, llevaba un brazo ortopédico. «Al reptil no hay que sonreír», pensé tratándome de ocultar entre las cabezas de los otros pasajeros.

Me sofocaba el calor. Corrí a los lavabos para despejarme y, al salir, dos revisores estaban al lado de Pedro y Wendy, solicitando los billetes que no teníamos, y el hombre de la gorra y el periódico, con ceño fruncido, junto a ellos.

El tren paró en una estación intermedia. Los hicieron bajar. En el andén aguardaba un policía. Vi como Wendy miraba para atrás y gritaba. Pedro lloraba desconsolado. El tiempo nos cazará a todos. Me escondí de nuevo en el lavabo. Dejé pasar los minutos. Al comprobar que el tren no se movía, salí del escondite y me percaté de que la puerta del vagón estaba abierta. Al fondo, el hombre manco leía su periódico y la abuelita hacía gestos de despedida. Pedro y Wendy esperaban en la estación escoltados por dos policías. En un despiste, podrían escapar corriendo y huir por un costado de la estación para siempre.

De nuevo el tren iniciaba lentamente su marcha. El hombre de la gorra se levantó con torpeza y caminó por el pasillo del vagón hacia el lavabo. Mi inquietud se agitaba en la alarma, en el silencio del traidor, en la gloria de la evasión. “Siempre” era muchísimo tiempo. El instante se impregnó de ese gesto de soledad rotunda que elige abrir o cerrar puertas. Allí, ante el andén, aguardaba el desafío, el Gran Salto.

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8

Autor: Miguel Molina

Título: Charles-Henri Sanson

Su abuelo le enseñó cómo desollar a navaja, sin derramar una gota de sangre, los conejos que cazaban. De su madre aprendió a usar con destreza el cuchillo y de su padre los trucos para talar árboles de forma rápida y segura. Podría haberse ganado la vida como carnicero, sastre, peluquero o espadachín, pero sus ansias de gloria eran aún mayores. Su sueño era codearse con lo más granado del reino. Y así, corte a corte, tajo a tajo, fue escalando posiciones hasta conseguir el objetivo. Ahora, cada mañana es aclamado por los parisinos al verlo llegar a la plaza de la Revolución. Allí, entre redobles de tambor y vítores, se afana en pasar a la historia como el mejor guillotinador de Francia.

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9

Autor: M. Carmen Marí

Título: La gran carrera

El señorito del pueblo organizó una carrera. El ganador se llevaría una barra de pan, una buena longaniza, una libreta y un lapicero. Ante tamaño premio, ¿quién no iba a correr? Incluso Tomás, el pequeño de los Martínez, cruzó la línea de salida tras los codazos de los mayores. El chiquillo era muy espabilado, aunque no había podido ir a la escuela. «¿Para qué?», le decía su madre, «no tienes libros, no tienes lápices, ¿qué vas a hacer allí?» «Para escuchar, madre», le contestaba él. «Ya va tu hermano, Tomás, no podemos permitirnos que vayas tú también. Algo puedes ayudar en el campo».

El recorrido partía de la plaza de la iglesia, seguía el camino que llevaba al campo de fútbol donde iniciaba el regreso y volvía al punto de inicio. A pesar de poner su mayor empeño, Tomás llegó el último a la meta, justo a tiempo de recoger la libreta y el lápiz que el ganador tiraba al suelo con desinterés mientras mordisqueaba la barra de pan y la longaniza. Con el recién conseguido botín, le rogó: «Madre, déjeme que vaya por las mañanas a la clase y me siente en un rincón». Allí fue. Y cogía el lápiz bien fuerte para asegurarse de que nadie se lo quitara. El maestro supo apreciar las cualidades del chico y cuando se le acabó la libreta o se le gastó la mina del lapicero le proveyó de otros.

Hoy, tras largos años de ejercicio de la medicina, Tomás es un jubilado que pasea por los parques de la capital recordando el fruto de agarrarse bien a los sueños.

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10

Autor: Rafael Ángel Aguilar Sánchez

Título: Yo soy Rafael Gordillo

Soy Rafael Gordillo corriendo por la banda izquierda del Benito Villamarín, con las medias negras caídas hasta los tobillos, no necesito espinilleras, si un líbero o un defensa quieren detenerme con una falta o con una patada lo que hago es que acelero y voy más rápido que ellos con estas piernas delgadas y largas que tengo y no me alcanzan, que se jodan, persigo el balón con una obsesión enfermiza y aunque escucho a los aficionados que me jalean, ‘Rafa, Rafa, Rafa’, sigo a lo mío, que es mi carril, porque soy un obrero, un currante del balompié, el adjetivo de mi club, del Betis, del que me va a sacar pronto por mucho que yo lo quiera con todo mi corazón el ojeador de un equipo de los que sí que se clasifican siempre para la Copa de Europa y a veces la ganan, y además no va a tardar en llamarme Santamaría para el Mundial del 82 en el que le vamos a ganar a Brasil, a Argentina, a los alemanes y a Italia, a mí Paolo Rossi no me asusta, a ver si la semifinal la programan aquí en mi estadio de la avenida de La Palmera.

Parezco un correcaminos obcecado, soy capaz de ir de mi portería a la del rival a más velocidad que nadie y mis compañeros lo saben, por eso me respetan, yo diría que hasta me admiran, hace dos temporadas que el míster me hizo capitán: ‘Te lo mereces por tu talento en la cancha y por tu seriedad y ascendencia en el vestuario, eres un caballero, el mejor de los veintidós, la crema de lo que ha habido aquí en muchos años’, me confesó emocionado. 

Sudo y la camiseta se me empapa, acabo de centrar para gol al pichichi y nos llevamos los dos puntos, ea, he hecho doblete, o casi, en la primera parte marqué de cabeza y las gradas estallaron con mi nombre, ‘Gordillo, Gordillo, Gordillo’.

Aquí mismo le vamos a meter trece a Malta para poder clasificarnos a la Eurocopa. Jugaremos en casa, en mi banda, podré reconocer las marcas de los tacos de mis botas en paralelo a las rayas blancas del extremo del campo. Maceda, Rincón, Camacho, Paco Buyo, todos ellos me felicitaron cuando conseguimos el doce más uno, hasta José Ángel de la Casa sacó fuerzas de la voz que se le quebró cuando hicimos el último tanto y él lo radió con tanto entusiasmo, y luego se acercó al vestuario a darme la enhorabuena.

Soy Rafael Gordillo que vuelve a casa pero de visitante, con la camiseta del Real Madrid con la publicidad de Parmalat, el público, mi público, mi Betis sigue queriéndome y animándome como si estuviera vestido de blanco y de verde, y yo los escucho otra vez corear mi nombre, ‘Rafa, Rafa, Rafa’ cuando hollo la banda, mi banda, con el ansia febril de hacer un pase definitivo y redondo. Glorioso.

Soy Rafael Gordillo con mis medias por el tobillo y sin espinilleras aunque esté en el patio de mi colegio a mis ocho o nueve años y los capitanes de los dos equipos de la clase no me hayan elegido hasta el final, es decir que no me eligen sino que me desprecian, dicen que soy un pato, un bulto, que me vaya con las niñas a saltar a la comba. Me dan ganas de llorar y me pongo colorado, por qué este castigo cruel de no saber jugar al fútbol, de tener que estar siempre en el banquillo cuando en verdad yo soy Rafael Gordillo.

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