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Selección de relatos del concurso de Historias con orgullo

Historias con orgullo en Zenda

Aquí puedes leer los veinte relatos que optan a los premios de nuestro concurso de historias con orgullo, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros para el ganador y 1.000 euros para el finalista. Hemos recibido centenares de historias en nuestro foro, que además se han divulgado en las redes sociales con la etiqueta #historiasconorgullo. Este concurso ha coincidido con la celebración del WorldPride Madrid 2017, la gran fiesta mundial del Orgullo LGTB. Este jueves, 6 de julio de 2017, anunciaremos los nombres del ganador y del finalista.

Para participar, era necesario escribir un texto en internet en lengua española que incluyera la palabra ORGULLO. Dicho texto debía ser publicado en internet mediante una entrada en un blog, una anotación en Facebook o un tuit en Twitter. Una vez los usuarios hubieran publicado el texto en sus blog, Facebook o Twitter, tenían que inscribirse, registrándose en el Foro de Zenda en el apartado http://foro.zendalibros.com/forums/topic/historias-con-orgullo-en-zenda/y difundir allí la dirección (la url) donde han publicado el texto. Aquí puedes consultar las bases del concurso.

El jurado, que valora la calidad literaria y la originalidad de las #historiasconorgullo presentadas lo forman los escritores Luisgé Martín, Oscar Esquivias, Juan Gómez-Jurado, Lara Siscar y Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

El orden de esta selección es aleatorio. Bajo estas líneas reproducimos las veinte #historiasconorgullo seleccionadas.

1

El qué dirán

Inma Bretones

Me llamo Manolo y, aunque hace dos meses que enterré a mi mujer, que en gloria esté, después de casi cuarenta años de casados, soy maricón.

Durante todo este tiempo, he vivido reprimido por el qué dirán. He ocultado que vivía enamorado de mi vecino del cuarto tercera, silenciando mis suspiros al verlo desde detrás de las cortinas del comedor paseándose de uno y otro de la mano, mientras mis hijas se hacían mayores y Paquita, mi mujer, vivía infeliz al lado de un hombre que no la deseaba.
He estado y sigo enamorado de él desde que me casé y vinimos a vivir a este piso. Durante todos estos años no he podido pensar en otra cosa, y lo siento por mi mujer, pero confieso que cuando estaba con ella, me la imaginaba con la cara  de Rafael, su espalda, sus brazos torneados y su pelo negro ensortijado. He susurrado su nombre en silencio cada noche al acostarme, haciendo maravillas para que mi santa esposa no se diera cuenta, y ha sido lo primero en lo que he pensado cada mañana a las cinco y media cuando me sonaba el despertador para irme a trabajar al taxi.
Y ahora, con sesenta y dos años y viudo, me he dado cuenta de que no quiero seguir pasando por mi vida de puntillas, escondiéndome de la gente y del qué dirán, ya me da igual todo. Ahora, es el turno de el verdadero Manolo, dicen que a eso se llama salir del armario, pero yo, solo quiero salir de mi casa con la cabeza bien alta. Voy a decirle a Rafael que aquí estoy, que no puedo más, que vivo enamoradito de él, que ansío sus labios y deseo que me abrace, pero no como el abrazo que me dio en el entierro de su madre, anhelo notar su piel sobre la mía, sus besos y sus caricias.
Ya no quiero esperar más, ha llegado el momento, qué más da, a mi edad poco me importa lo que digan los demás, no pienso seguir cerrándome puertas. Voy a empezar un nuevo camino y ser libre.
Tampoco es que quiera desmelenarme y vaya a subirme en una de esas carrozas llenas de colores y de gente, y me vaya a vestir con lycra y lentejuelas como esos del Orgullo gay, no, eso no es para mí. Yo sólo quiero vivir la vida como siempre he querido, ir de su mano por la calle y tenerlo cada noche a mi lado en la cama. Necesito dejar de soñarlo y vivirlo.
            Ahora, al fin, me toca ser feliz.

***

2

El nena
Dimas Prychyslyy

***

Nunca me he comportado mal. He sido el nene de mamá. Un puto niño mimado.
Nunca se comportó mal. Fue un nene de mamá. Un puto mimado.
Nunca salí de casa después del mediodía. Recordaba mis juguetes con nostalgia cuando llegaba esa hora. Aquel día, no sé por qué, decidí abandonarlos.
Nunca salía de casa antes de la medianoche. Recordaba sus juegos con nostalgia cuando llegaba la hora. Aquel día que decidió abandonarnos nadie supo el motivo.
Todos me decían el nene, por lo tímido que era y por lo bueno que era. Era el niño de mamá. El niño de Ana Rosi. En realidad Ana Rosi era papá y mamá.
Todos le decían El Nena, por lo tímido que era y por lo bien que se le daba hacerse la puta. Era el niño de la mami. El niño de Ana Rosi. En realidad mami y papi, como él decía, mama y pipi… mama y mama.
Me pegaron en el parque. Me propinaron una buena tunda de patadas. Me metieron una navaja en la boca, obligándome a morderla… No solo me metieron la navaja… Y no solo en la boca…
Le pegaron en el parque. Le dieron una paliza monumental. Estuvo un mes ingresado. Le metieron una navaja en la boca, obligándole a morderla, y luego le dislocaron la mandíbula de un puñetazo. La verdad es que no solo le metieron la navaja. Y no solo se la metieron en la boca, con la mandíbula dislocada. 

Eran amigos de Jordi, dijeron que nos pagarían bien, que no nos harían daño. Eran muy guapos y fuertes. Todavía guardo en mi memoria el rugido de sus motos y el brillo de sus pantalones de cuero. Siempre me han fascinado esas cosas.
Eran unos macarras que el muy marica del Jordi había convencido en el parque. El trato se cerró por unas míseras pelas, casi una limosna por el vicio. Eran unos desgraciados borrachos, en dos destartaladas motos y con pantalones raídos y sucios.
Parecían tiernos. El más joven no dejaba de susurrarme cosas al oído. Poemas de Gloria Fuertes, creo.

Eran unos yonquis curiosos. Solo querían follar, si es que eso se puede llamar así. El Mari comenzó a escupir sus apestosas palabras en el oído del Nena. Jordi nos contó, y mira que ese había oído todo tipo de cosas, que nunca le había dado tanto asco un tío, y eso que estaba bastante bueno.
Deslizó su mano suave por mi espalda, me acarició el pompis. Me besó. Fue un beso apasionado. Nadie me había besado así.
Le arrancó la camisa de un tirón y le propinó un golpe haciéndole sangrar. El Nena se chupó el labio, cosa que pareció excitar al otro. Se sacó su, según el Jordi, mísera cosita y le meó en la cara, luego se arrodilló e hizo el gesto más tierno de la noche: el beso que dio paso al acero.
Sentí como me poseía. Nunca me habían hecho sentir tan bien. Sentí orgullo por esa cosa tan grande que ahora me llenaba. Lo olvidé todo recostado en la grupa inmensa de la moto. Era un bienestar absoluto. Era el paraíso… De pronto el placer me cegó, hizo que me ardieran los ojos y luego aquel último beso que me quemó la mandíbula: mi primer beso de verdad.
Empezaron a pegarle mientras el Jordi huía. Le destrozaron la cara y las costillas después de ejecutar la escena de la navaja. Lo encontramos unas horas después, mientras murmuraba un nombre, con cara de ángel asesinado.

3

Teresa vuelve a fumar
Arantza Portabales

Diez años desde que abandonó esa cajetilla en la mesilla de noche
Nueve tratamientos hormonales.
Ocho palizas a la salida de una discoteca.
Siete mil euros gastados en la sección de contactos de El País.
Seis sesiones al año para mantener el colágeno en los labios.
Cinco pelucas rubias.
Cuatro desengaños amorosos
Tres años ahorrando para una vaginoplastia por inversión peneana que la llena de orgullo.
Dos personas en una cama con la luz encendida.
Un polvo increíble con el primer hombre que le ha llamado Teresa sin dudar.

Abre el cajón de la mesilla, saca la cajetilla de Camel, enciende un cigarrillo, aspira el humo y dibuja  una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez volutas de humo tan perfectas que no sabe si reír o llorar.

***

4

Me lo llevo a la tumba
Blas Ruiz Grau

Difícil no cerrar los ojos y verlo todo, con claridad. Esa misma claridad que me golpea, que me maltrata.
Recuerdo el comienzo. Yo estaba más nerviosa que tú, aunque trataba de disimularlo. Tú me necesitabas, una vez más. Me tenías, como siempre.
No dejabas de mover las piernas mientras aquel hombre, rostro sombrío, leía aquel papel impregnado de letras. Letras que lo cambiaron todo.
A partir de ese momento te derrumbaste, me derrumbé. Pero me tenías, como siempre. Luché por hacerte sonreír, por decirte que la vida consistía precisamente en esto, en momentos como éste. En soledad lloraba. Jamás te dejé que me vieras, no podía, me necesitabas.
El reloj aceleró la marcha. Lo que antes eran días, empezaron a ser segundos, apenas nos dio tiempo a asimilar nada y te vi ahí, postrado en la cama de aquel lugar con olor a flaqueza. Entonces me empezaron a asaltar los recuerdos.
Hacía mucho que no veía tan clara la imagen de la primera vez que te sentí en mis brazos. Llorabas, yo también lloraba. Tu padre también lo hacía, aunque nunca quiso admitirlo. Ya sabes cómo era, no se lo tengas en cuenta. Te quería, tanto como yo.
Nunca pude quejarme de ti. Tan estudioso, tan educado, tan precavido, tan cauto. La envidia de toda madre. Pero, claro, qué voy a decir yo.
Recuerdo tu primer desengaño. Tú no querías que siguiera siendo tu mejor amigo, él no concebía enamorarse de alguien de su mismo sexo. Tú tampoco pensabas que pudieras, todavía eras un niño. Quizá ese fue el punto en el que te convertiste en un hombre. Puede, eso nunca lo pude saber a ciencia cierta.
Tu pasión, las motos, me dio más quebraderos de cabeza de los que realmente tendría que haber tenido. Eras tan responsable, que no sabía por qué esa desazón interior. Contigo era imposible tener miedo, sabía que siempre obrarías con cabeza. Seguramente era algo que las madres llevamos dentro, sin posibilidad de actuar de otra manera.
Terminaste tu carrera con honores, haciendo que una vez más el orgullo me impregnara. Creo que jamás ha dejado de hacerlo desde el día en el que naciste. Tu padre también lo hubiera estado, créeme, ojalá hubiera podido aguantar dos meses más en su lucha para haberte podido ver. En tu rostro sólo vi media sonrisa, sabía que te faltaba él.
Los recuerdos se esfumaron al verte levantar la mano, con lo que parecía un esfuerzo sobrehumano. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me hablaste, pero no tanto como con la petición que me hiciste.
No te dejé que me vieras llorar, como siempre hacía, aunque ahora tuviera más motivos que nunca. Me hiciste hacerte una promesa, ¿cómo iba a decirte que no? ¿Cómo se hace eso? ¿Qué no te daría yo?
Nada más salir de la habitación, lloré como nunca. No me sentía capaz, pero, ¿qué no te daría yo?
Volví a la noche, apretando el bolso con fuerza, tú tenías los ojos abiertos, pero tu mirar era distinto. Me pregunté si no sufrirías alguna mejoría, pero cuando me miraste y sonreíste, supe por qué lo hacías. Sabías que lo iba a hacer.
Entonces sí lloré, no pude más. Volviste la mirada, no sin esfuerzo, hacia el frente. No me querías ver así. Yo lo comprendí y dejé de hacerlo. No sé cómo, pero dejé de hacerlo. Metí la mano en el bolso y lo extraje. Lo tenía todo preparado, me lo habían vendido así, con ojos atónitos. Supongo que una mujer de mi edad, aparentemente sin problemas, no era el tipo de clientes que solía tener aquel tipo.
Pinché con la aguja directamente en la vía. No podía apretar el apoyo del émbolo. No tenía fuerzas. Entonces lo vi. Una nueva oleada de dolor sacudió tu cuerpo, tus ojos comenzaron a derramar lágrimas sin control. Encontré esa fuerza, apreté y todo el líquido pasó a ti.
Retiré la jeringa. Mi corazón ya no latía. Supongo que dejó de hacerlo en el mismo momento en el que vi tensarse tu cuerpo en la consulta del médico.
Tu rostro apenas tardó unos segundos en dejar de mostrar angustia. El dolor comenzaba a amainar. De pronto, te vi volver la cabeza. Tus ojos lloraban, pero ahora parecían otras lágrimas. No sé de dónde sacaste las fuerzas para darme la mano, pero sentí que, al hacerlo, te guiaba por el último pasillo de vida que te quedaba. De pronto, me sonreíste. Tu cara mostraba paz, una paz que, apenas unos segundos después, resultaría ser eterna.
Tu dolor era mi dolor, tu vida era mi vida, tu muerte también fue mi muerte.
Ahora, en prisión, aguanto cómo me gritan asesina, cómo me escupen, cómo me pegan, cómo me tratan como a un ser de la más baja calaña. Yo sólo lloro. Yo sólo te echo de menos. Yo sólo me pregunto qué no hubiera hecho por ti. En mi mente quedará esa petición que me hiciste. Esa que nunca he revelado. Nadie sabe por qué actué así, nadie sabe que lo volvería hacer. Nadie sabrá que fuiste tú quién me pediste acabar con el dolor.

Eso me lo llevo a la tumba.

***

5

Orgullo
Jorge Parra Giménez

Cuando cruzas el umbral de la sinceridad para ser feliz, pasas, de ser la oveja negra, a ser el orgullo de la familia.

***

6

El compromiso
Juan Carlos Monroy

El juego era sencillo. Tan fácil como ser novios por un día. Cuando coincidíamos en el patio del colegio, a la hora del recreo, nos dábamos la mano y paseábamos dando vueltas a la pista de baloncesto. Éramos tan felices así, que lo hacíamos de lunes a viernes entre las once y las once y media de la mañana. Algunos niños nos miraban de reojo. Otros, los menos tímidos, lo hacían directamente y también los había que ni se atrevían a cruzarse en nuestro camino, aunque no sé si era por temor a contagiarse de sentimientos desconocidos o porque estaban a las cosas que suelen estar los niños cuando están en el recreo. Creíamos pensar lo segundo, pero en realidad tanto los primeros, como los segundos e incluso los terceros nos daban lo mismo. Simplemente éramos felices sintiendo el calor de la piel de la yema de nuestros dedos entrelazados y el sonido de nuestras propias voces, que es lo único que los oídos desean escuchar cuando se está ennoviado. La ceremonia del paseo duraba lo que dura un recreo, que en aquellos años de finales del franquismo nunca superaba la media hora. Al salir de clase, para ir a comer a casa (él a la de sus padres y yo a la de los míos), quedábamos bajo el olmo que aún hoy permanece en pie frente a la puerta del colegio para hacer el recorrido cogidos de la mano, de nuevo. Algunos padres que esperaban la salida de clase de sus respectivos hijos, nos miraban de reojo. Otros, los menos tímidos, lo hacían directamente y también los había que ni se atrevían a cruzarse en nuestro camino, aunque no sé si era por temor a reconocer algo dentro de sí mismos y descubrir lo que el miedo les arrebató de cuajo tiempo atrás o porque ya veían en nuestro noviazgo lo que llegaría a ser normal treinta y siete años después. Y treinta y siete años después, el viejo olmo sigue estando allí, el colegio sustituyó su nombre de general falangista por el del río que cruza la ciudad, y al igual que el río, nuestro amor se fue corriente abajo con el paso de los años y después de tres cursos jugando a ser novios. Yo tu novio y tú el mío. Te trasladaron a otra ciudad con otro colegio de nombre también falangista y a mí me dejaron sin tus manos, sin tu voz y sin nuestro recreo. Prometimos vernos en las vacaciones de Navidad, en las de Semana Santa y sobretodo en las de verano. Prometimos mucho y no cumplimos nada, ni en las Navidades de ese año, ni en la Semana Santa del siguiente, ni tampoco en los veranos de después. Jugar a ser novios nunca volvió a ser lo mismo porque dejamos de jugar cuando dejamos de ser novios.

Fue entonces cuando descubrí que la eternidad no es estar unidos en el futuro, sino estarlo en el presente. Aunque con frecuencia no puedo evitar disfrutar con orgullo del poso de sentimiento de un recuerdo pasado. Ese recuerdo que viene a mi memoria cuando jugábamos a ser novios. Por eso, de vez en cuando aguardo a la sombra del viejo olmo esperando a que pases un buen día para cogerte de la mano y no volver a soltarte nunca.

***

7

La historia
Raquel Jiménez

Me miró, con un cierto orgullo, cuando estaba a punto de sujetarla con tinta para siempre sobre el papel.
-El amor no se escribe, se practica- dijo la historia antes de dar un portazo.

***

8

Invertido
Marta Querol

Son las tres. Merak ha quedado con Zeta-Chi a las cinco, pero ya le tiembla hasta lo que no tiene. Lleva meses, puede que un año, retrasando el momento. Por miedo.


Ha cumplido los diecisiete años, pero desde niño sabe que le gustan las chicas. No entiende qué ha fallado en su concepción, se supone que eso está controlado y su mal, abolido, pero teme ser el error estadístico de su lote. Nunca se lo ha confesado a sus madres aunque barrunta que lo saben:

―Merak, mi vida ¿no quieres jugar con otra cosa? ―Con siete años se enfrascaba en guerras espaciales interminables―. Esa nave planetaria de Lucita está hecha un asco. Ven, que te peino, te pongo colonia y nos vamos a dar una vuelta, ¿quieres?

Las ha visto intercambiar miradas de inquietud, incluso no hace mucho escuchó a mamá Lina-Rem hablar con gran desasosiego del Centro de Reprogramación Testicular; fue cuando denunciaron a su vecino. Al parecer, lo del cuarentón del decimosexto era una anomalía genética, según había certificado la Comisión de Invertidos ―y había difundido la del piso cincuenta y seis―. Seguía en reparación, no había regresado.

No quiere preocuparlas, se dice, aunque la realidad es que se moriría de la vergüenza si supieran que es un hetero; no soportaría ver la decepción en su rostro. Ellas, tan tradicionales, tan buenas, tan felices con su vida ordenada. Y tan bien consideradas. No puede afrontar acabar con todo eso. Se siente como una bomba de heliones capaz de desintegrar toda esa estabilidad. En el colegio disimula. El uniforme gris ayuda, lo asimila a los demás, pero también lo pone en evidencia. Desde que cumplió los quince no consigue controlar las reacciones de su cuerpo y la licra inteligente del uniforme muestra sus erecciones en los momentos más inoportunos. Como cada vez que ve a Zeta-Chi. En cuanto lo nota mira hacia otro lado y piensa en el nuevo Nanocraft que le han regalado a Lucita por su cumpleaños y que tanto le gusta. Y, si no le baja, se concentra en el recuerdo de Orion-Ta, un chaval dos años mayor a quien rodearon al salir de clase por hetero y lo pintaron de rosa con spray. Eso se la baja seguro. Nunca se supo quiénes fueron los responsables, nadie habló, a nadie le interesa lo que le pase a uno de ellos, pero él sospecha que los tiene cerca:

―¡Merak! ¿Qué coño te pasa, machito de mierda? ―Pí es algo más bajo que él, pero eso no le impide intimidarlo―. No me digas que se te pone dura mirando a las niñas. ¡Chicos, aquí tenemos un machorro de marca!

―¡No digas gilipolleces! ¿No tienes nada mejor que hacer?

―Venga, Merakito, si se te marca como una láser al verlas trotar durante el partido. ¿Qué te han enseñado en tu casa?

―Déjame en paz…

―Degenerado, picha brava, anomalía humana…

Así un día y otro y otro. Pí se ha dado cuenta, a pesar de los esfuerzos por no delatarse; nunca se le ha escapado un comentario sobre lo buena que está Casiopea o las tetas que tiene Claria, les ríe los chistes aunque algunos le dan náuseas e incluso ha forzado algún «qué culo tiene mengano» con voz atiplada. Pero no ha evitado ser el rarito de la clase.

Sin embargo, Zeta-Chi siempre ha sido amable con él. Nunca se ha burlado y, podría jurar que, cuando la roza, ella se ruboriza. Se le hace imposible no amarla en sueños, pero el temor a las consecuencias no le ha permitido, hasta ese día, quedar con ella a solas. Ayer se decidió. Coincidieron al salir de la instrucción y, mientras quitaba el cordón bloqueante a su propulsor, le preguntó si podían verse al día siguiente. A las cinco. ¿Dónde? En el Museo de Antropología. Ella le replica:

―Hay cosas horribles, nunca va nadie.

―Por eso…

―Ah. ―¿Se ha ruborizado?― Entiendo. A las cinco.

―Sí, en la sala del siglo XXIV.

La cobardía le había pasado factura en los primeros tiempos de su descubrimiento. Su TEI (Técnico en Equilibrio Interior) de la Clínica Monte Lunar le diagnosticó una úlcera nerviosa que solucionó al instante. Lo mismo ocurrió con el insomnio y la ansiedad, superados con chutes periódicos de láser Radisens. Pero esa noche ha vuelto a no pegar ojo. ¿Y si ella no es de los suyos? ¿Y si luego se lo cuenta a todos? ¿Y si es una trampa? No sería el primero en sufrir una humillación pública preparada.

Suda. El mando regulador le ayuda a reducir el exceso de sudoración, quiere tener buen aspecto, pero lo que en realidad necesita es un chute de láser y ahora no puede desplazarse para que se lo den. Con el propulsor a la espalda, Merak vuela hasta el museo. Su camiseta inteligente le avisa de un exceso de tensión arterial ―«tranquilo, no pasa nada»―. Negativo: en cuanto entra en la sala del siglo XXIV y ve a Zeta-Chi frente a la cortina osmótica, las palpitaciones redoblan. Duda. Teme.

Solo al mirarla de frente el pulso vuelve a su ser. La sonrisa más bonita, lo ojos más dulces, el cuerpo más… y las hormigas juguetonas invaden sus sentidos.

Se saludan, pero no se besan, hay cámaras. En el siglo XXX es difícil esconderse.
Acodados sobre la barandilla que mantiene a los visitantes a una distancia de las escenas expuestas, sus brazos se rozan, sus pensamientos también. Merak busca las palabras adecuadas, visualiza frases en la mente, quiere ordenarlas, pero la emoción se lo impide y tiene poca práctica en la transmisión directa, acostumbrado a evitar siempre que le lean el pensamiento. Pero no le cuesta nada leer la de Zeta-Chi, clara y serena, plena de orgullo:

―Pensé que nunca te atreverías a dar este paso, Merak. Me quieres, te quiero. ¿Qué mal hay en ello? Y no, no estamos solos.

―Lo sabías…

―Ahora sí.

―No podemos.

―Podremos. No van a cambiarnos. Tenemos derecho a ser felices.

***

9
Yo acuso

Indalecio Jiménez

La noche que decidí quitarme la vida caía una tormenta de dimensiones bíblicas. Como decían en mi pueblo, se cruzaban las canales. Habíamos tenido un verano seco y caluroso como no recordaba, y aquella tarde, tal vez premonitoria de lo que iba a suceder, había estado amasando unas nubes oscuras y siniestras. Todo comenzó cuando me llamaron a filas cinco meses antes.

    Bueno, mucho antes. Tenía trece años y un padre serio, de porte marcial y hosco hasta la saciedad, que no hacía nada que no estuviera contemplado en el Reglamento. Recuerdo con tristeza la noche en que creyéndome dormido en el cuarto de atrás, le dijo a mi madre con amargura que después de toda una vida sirviendo a la Patria, matándose día y noche para llevar un sueldo decente a la casa para darnos de comer y ahorrando para mis estudios, no entendía por qué la vida le castigaba dándole un hijo maricón. ¿Con qué cara iba a mirar a sus compañeros cuando se enterasen? No podía soportar mi falta de espíritu ante cualquier situación difícil en la vida.
    Pusilánime. Tal vez sea el término que mejor me define. La palabra se la escuché a un periodista en una tertulia radiofónica y acudí curioso a un diccionario, comprobando sin ningún tipo de orgullo que me describía fielmente. Como todas las madres, la mía era tierna y cariñosa, protectora y sobre todo comprensiva, procurando ocultar determinadas conductas de su hijo único a un marido demasiado estricto. Vivíamos en la Casa Cuartel del pueblo junto con otras familias. Enfrente se encontraba el colegio al que asistí desde los cuatro años. Anhelábamos la hora de finalizar las clases por la tarde para ir a merendar y salir a jugar a una calle repleta de niños y árboles donde subirnos.
    La inocencia infantil murió cuando recibí la citación del Ayuntamiento para incorporarme al servicio militar. Cuando mi padre me despidió en la estación de Renfe, no me dio un beso, ni siquiera un abrazo, me espetó a la cara que todos los muchachos del cuartel, a mi edad, se habían ido al Ejército y habían vuelto con el pecho henchido de orgullo. Mi madre, reprimiendo las lágrimas, me plantó dos besos en las mejillas y no paró de darme consejos, siempre a escondidas de mi padre.
    El cabo Cimadevilla y el Polaco, dos yonquis de reemplazo, la tomaron conmigo y con un chaval de Badajoz. La primera noche, ya en silencio, levantaron a toda la compañía para hacer una revista de gayumbos reglamentarios. Como no tenía, mi vecino de literas me prestó unos, y así fue cómo nos conocimos y cómo nos sorprendió el cabo, intercambiando calzoncillos. Aquella noche ya tuvimos nuestra primera ración de novatadas, con cogotazos incluidos. Otro día, en las duchas, nos hizo pasear desnudos entre dos filas de reclutas mientras éramos el blanco de sus patadas y azotes al grito de ¡Vivan los novios!
    Cimadevilla era pequeño de estatura y la voz apenas le salía del cuerpo. Creo que por eso se rodeó de gente como el Polaco, para compensar carencias. A mi colega el pacense le dije que me recordaba a  Tiñoso, un ridículo personaje de una serie infantil de dibujos animados. Cuando el cabo se enteró del mote que le había puesto me buscó acompañado por su secuaz y, por la espalda, me soltó una bofetada en el oído que estuve con pitidos hasta el día siguiente. Me amenazó con cortarme las pelotas si se lo contaba a alguien, todo ello poniéndose de puntillas y escupiéndome las palabras y su baba a dos dedos de mi cara.
    Una noche que volvieron de paseo borrachos y ciegos de porros, Cimadevilla y el Polaco me sacaron arrastras de la cama y me llevaron a los servicios donde a punto estuvieron de sodomizarme con el palo de una fregona de no haber sido por la proverbial aparición del sargento de guardia que se levantó para vaciar su vejiga.
    Aquello fue la gota definitiva. Una noche de tormenta, estando de imaginaria en la compañía, me encerré en los retretes. Esperé a que estallara un trueno en todo su apogeo para montar el fusil. Me agaché en cuclillas apoyando la barbilla sobre la boca del arma y… escuché un  clic  en mi cabeza.
    Algo no marchaba según lo planeado. Comencé esta historia diciendo “La noche que decidí quitarme la vida”, pero no tuve el valor para hacerlo. Reinaba el silencio más absoluto, roto por el repiqueteo de la lluvia sobre los tejados de la compañía. Volví de las letrinas absorto en otro mundo, flotando en una nube de irrealidad. Al fondo de la nave y bajo el prisma de luz de un flexo, leyendo una revista y ajeno a todo, se encontraba el soldado que me acompañaba en la guardia. Mis pasos me llevaron a la camareta donde dormían el Polaco y Tiñoso, me detuve ante éste, que respiraba plácidamente en la litera inferior, mirándolo fijamente durante unos minutos que me parecieron interminables. Como si hubiera intuido mi presencia, entreabrió los ojos y con lengua de trapo me soltó  ¿Qué haces aquí, nenaza?  Fue el último insulto que salió de su boca porque levanté el fusil y le descerrajé un tiro. Se armó la de Dios. El Polaco se puso a gritar como un descosido y cuando vio a su colega con el pecho abierto, se hizo un ovillo en la esquina del catre y se puso a llorar como un niño. El cabo Cimadevilla quedó tendido con un estúpido rictus de incredulidad en su cara.
    Desde hace casi dos años soy el caso clínico número 146 del Hospital Psiquiátrico Militar. Me aconsejan que escriba sobre lo que pasó, que me hará bien y podrán ayudarme si pongo de mi parte. Pero yo no quiero cambiar, me gusta ser como soy. Seguro que mi padre estará orgulloso de mí.

***

10

Zapato izquierdo de hombre
Belén Saenz

Ayer me encontré un zapato izquierdo de hombre en el fondo del armario. No lo recuerdo ni lo reconozco; tan negro, tan poderoso. Calculo que no será menos de un 45. Desde luego no es del pobre papá, que en vida alardeaba de pie fino. “Como una japonesa”, solía decir con orgullo mientras trenzaba una melena inexistente en la cabeza de la niña que nunca quise ser. No me atrevo a comentárselo a la doctora, aunque es una chica majísima. Bastante apuro pasamos cuando mamá empezó a proclamar a voz en cuello por el patio que era Juana de Arco. Toda la familia señalada en el barrio y un mote chusco del que no conseguimos apearnos. Ahora que me voy haciendo mayor, muy mayor, me pregunto si será verdad el reflejo que me ha devuelto estos últimos días el espejo o si se trata de una alucinación de las cataratas. Palpo bajo mi nariz el mentón azulado del abuelo, curtido con Varón Dandy. Las orejas largas del primo Carlos y el remolino en la coronilla de los Martínez. Sensaciones desasosegantes en la bragueta como las que envidiaba en los cuchicheos del Toño y el hijo del maestro. No sé qué pensar; no creo estar volviéndome loca, pero por si acaso esto sigue adelante voy a bajar a la droguería a comprarme una brocha y una navaja de afeitar.

***

11

Los orgullos de Shane

Rogorn

Cuando Shane desapareció de nuestras vidas lo pasé muy mal, la verdad. A pesar de que me desgañité aquella noche gritándole con toda mi alma que volviera con nosotros, él siguió alejándose sin siquiera mirar atrás, y yo no podía comprenderlo. Pero ¿qué quieren ustedes? Yo solo tenía ocho años, y el amor de un crío es extremo y egoísta: cuando quiere algo o a alguien, lo quiere con toda su pasión y con todas sus ansias de tenerlo para sí para siempre, caiga quien caiga. Yo ya tenía un padre estupendo, pero también quería a Shane en casa. Quizá ahora lo entienda mejor, pero tras tantos años, ¿quién sabe cómo se ha deformado la memoria de las cosas?


Shane había llegado a nuestras vidas en un momento muy delicado. Nuestra familia y nuestros vecinos tenían enemigos poderosos que amenazaban nuestro modo de ganarnos el pan e incluso nuestra propia vida. Él apareció un día con su seguridad en sí mismo y con su tranquila negativa a rendirse ante nadie, y cambió por completo nuestra existencia. Al principio nos ayudó en las duras labores de la casa: un recuerdo mío fijo e imborrable es aquella vez en que había que mover un gigantesco tocón de árbol con el que mi padre no podía él solo, y Shane se quitó la camisa, dejando el torso al aire (siempre fue pulcro hasta para eso, mientras que mi padre era de la opinión de que “lo que quita el frío quita el calor” y se dejó la suya puesta) y entre los dos por fin lo consiguieron tras un día entero de esfuerzo y sudor honesto.

También recuerdo, porque lo vi desde un rincón, a Shane ir a comprarse ropa nueva tras el largo camino sin equipaje que había hecho hasta nuestros lugares. Fue ahí donde, de esa manera extraña, intuitiva e imprecisa en que piensa un niño, empezó a formarse mi impresión de que Shane era diferente, y de que los demás lo trataban diferente. Siempre iba impecable, perfectamente afeitado y peinado, y aunque hubiera estado trabajando durante días, siempre vestía con una limpieza y donaire que provocaba en gente menos tolerante la impresión de que no era lo suficientemente rudo o varonil. Eso quedó confirmado cuando uno de nuestros enemigos, Chris Calloway, viéndolo tan atildado en el bar, en medio de su cuadrilla de gente pendenciera y desaseada, le tiró el whisky por encima de la camisa azul nueva, diciéndole que “oliera a hombre”. Shane se fue de allí sin más, aun a riesgo de dejar una falsa impresión de cobardía en los demás, nosotros incluidos hasta cierto punto, he de admitirlo. Pero cuando volvió al bar la vez siguiente y Chris se puso flamenco otra vez (“¿Te crees que vienes aquí a beber con los hombres?”), se ganó un whisky a la camisa, otro a la cara y un hostión con la derecha. Cuando a Shane lo agarraron entre seis, mi padre no dudó en ayudarlo a estacazos. Y es que arrancar tocones y pelear juntos en bares une mucho.

Cuanto más conocido se iba haciendo Shane en nuestra parte del mundo, más empezaron las habladurías sobre él. ¿De dónde venía? ¿Adónde iba? ¿Tenía novia o esposa, y por qué no? ¿Qué pasaba por las noches en nuestra casa entre él, mi padre y mi madre? Al principio yo pensaba que era todo envidia, porque el héroe local vivía con nosotros en lugar de en otro sitio, pero cuando fui creciendo aprendí más sobre el amor y el deseo, y también que la única manera de expresarlo no es la de “chico conoce a chica”. Shane en eso siempre fue un enigma para todo el pueblo, y su ademán misterioso y taciturno, de auténtico “strong, silent type” contribuía a eso. Ni se le pedían explicaciones a la cara ni él las dio nunca. Por mi parte, yo ahora me veo reducido a intentar resolverlo entre recuerdos deformados de miradas a hurtadillas entre los tres, que ahora cobran nuevo significado. Desde luego, fue mi padre quien le invitó a quedarse, y fue mi madre, con intuición de madre y de mujer, quien me advirtió de que no me encariñara con él, porque algún día se iría. También recuerdo, ahora incluso con vergüenza, preguntarle a mi madre con todo el morro si le gustaba Shane, en mi ansia de retenerlo. Si, como dicen algunos, había algo más que amistad entre él y mi padre, ¿por qué bailó aquel 4 de julio con mi madre? Si, como decían otros, había algo más que agradecimiento entre él y mi madre, ¿por qué cuando mi padre quiso enfrentarse directamente a nuestros enemigos, Shane se lo impidió primero con buenas razones y luego a puñetazos? Mi padre seguramente habría resultado muerto en la confrontación y Shane podría haberse quedado con mi madre, conmigo y con la casa.

Fuera como fuese, aquella noche en que Shane tomó el lugar de mi padre para defendernos a todos, y yo lo seguí como perro fiel hasta la trampa que le tenían tendida, y ayudé en lo que pude a que el bueno matara a los malos y saliera con vida, fue la última que lo vimos. Nos hizo el favor de nuestras vidas, se marchó sin volver a despedirse, me dejó una última lección para recordar (“Un hombre tiene que ser lo que es, Joey”), y se fue visiblemente herido tras la contienda, saliendo del pueblo camino del cementerio (ominoso presagio). Hay quien dice que se curó, y quien dice que murió al poco. Cada persona que conoce su historia opina de una manera, pero la mía, tras verlo, sentirlo, recordarlo y madurarlo en mi mente, es que aunque pudiera haberse visto tentado en algún instante por apropiarse de lo que otros tenían, fuera en el sentido que fuera, era un hombre con reglas de raíces profundas, y con un gran sentido del orgullo. En todos los sentidos de la palabra.

***

12

Un poema de amor
Carmen Grau

Entra un mensaje de Pablo, pero no es solo para mí. Estoy en un grupo con un montonazo de gente. Nos pide colaboración para un proyecto. Va a proponerle matrimonio a Sergio. Ha escogido un poema de Neruda sobre el amor. Nuestra labor: grabarnos con el móvil leyendo el poema entero. Es larguito. Luego él ya lo editará y al final le hará la propuesta.
Pienso dos cosas. Primera: ¿para qué casarse? Y segunda: qué buena idea.
—No todo el mundo es tan reacio al matrimonio como tú —me dice el amor de mi vida actual.
Vaya, así que no estaba solo pensando; la voz me ha traicionado.
—El matrimonio es la prostitución de la mujer. Me cuesta aceptar que dos hombres se metan en él de manera voluntaria.
—También las mujeres se meten de manera voluntaria. —Ríe.
—Mejor lo dejamos. —Eso le digo cuando intuyo que se mofa de mí.

*

Voy a poner mi granito de azúcar, por supuesto. Somos amigos desde mucho antes del fin del siglo pasado y siento un cariño profundo por los dos. A Pablo lo conocí primero. Durante un largo tiempo tuvo novia, y era divina. Así la llamábamos: la Divina. Solo hablaba perfecciones de ella. Nunca la vimos y un día nos contó que se acabó. Entonces apareció Sergio, un amigo. La amistad se alargó durante al menos cuatro años, hasta que el padre de Pablo murió. Y de repente: que somos más que amigos, es que mi padre no lo habría entendido, eso lo habría matado, mejor esperar a que se muriera de otra cosa. Lo miramos atónitas. ¿Y la Divina? Era guapísima, nos dijo, y tan perfecta, tan divina… Nos alegramos por la liberación evidente que sentía, pero con el orgullo un poco herido nos quejamos: a tu padre vale, pero a nosotras ¿por qué nos has tenido tan engañadas? Su respuesta: si nadie conocía nuestro secreto, sentía que traicionaba menos a mis padres, aunque nos costaba creer que nunca nadie nos preguntara o sospechara nada.
Y ahora se casan. Porque Sergio le dirá que sí, ¿no? Le pregunto a Pablo cuando será la pedida de mano y me contesta que eso de la pedida es retrógrado, arcaico, patriarcal. Bueno, pues entonces ¿qué le vas a pedir?, ¿el pie? Que no es una pedida, es una propuesta.

*

Cumplo con mi palabra de buena amiga y a los pocos días me llega el resultado. Estoy en el cuarto de baño pasándome el hilo dental. Ya es tarde pero todavía no he apagado el móvil. El vídeo es de dos minutos y algunos segundos, menos de los que empleé yo en leer el poema después de tres intentos al final de los cuales conseguí no tropezarme en alguna palabra desconocida; sin duda, chilena.
No consigo demorar el momento de verlo. En la cama estaría más cómoda. Sin embargo, me veo, de reojo, reflejada en el espejo del cuarto de baño, de pie, con el aparato en la mano, la boca abierta y el hilo colgándome de un diente.
Yo aparezco hacia el final. Poco agraciada, pero por suerte solo pronuncio una frase: «Tú me responderás hasta el último grito» y enseguida me releva el siguiente participante o grupo de ellos. Admiro la capacidad matemática y técnica de Pablo: en tan poco tiempo ha repartido frases para todo ese montonazo de gente; en más de una ocasión ha demostrado que valieron la pena todos los años que invirtió —o dejó pasar— en el proyecto de final de carrera. Además, hay otro vídeo, de los dos sentados en un banco de un parque, Sergio mirando el primer vídeo y Pablo, al final, arrodillándose ante él —pero bueno, ¿y eso no es retrógrado, patriarcal, etc.?— antes del gran abrazo.
El montonazo de gente son hombres, mujeres, niños; jóvenes, medianos y muy mayores; algunos fuera: en la montaña, la playa, el jardín; otros en casa: en el salón o sentados en una cama hecha; algunos en solitario; otros en pareja o en familia, donde todos participan.
Se me nubla la vista. No son solo lágrimas de emoción las que me saltan sin permiso sino de orgullo por toda esa gente, y hasta por mí. Me apresuro a expresar lo que siento con innumerables emojis de corazones y caras redondas amarillas emitiendo más corazones simuladores de besos internáuticos.
El amor de mi vida actual entra en el cuarto de baño. Llega tarde a nuestro ritual de limpieza bucal conjunta. Se detiene un momento muy cerca de mí y al instante sé que ha visto mi profusión desmesurada de corazones. No es que sea celoso, es que me saca tres palmos. Aun así, seguro que se pregunta a quién más que a él le dedico tanto amor. Le enseño el vídeo y cuando termina digo:
—No sabía que era posible tener tantos amigos.
Él ríe, como siempre.
—¿Podrías hacer algo tú así por mí?
—Creía que no querías casarte.
—Pero eso no quita que tú puedas pedírmelo.
Alza las cejas, a punto de reír de nuevo. Estiro del hilo dental colgante y añado:
—Aunque te diga que no.
            Ahora sí, da rienda suelta a la carcajada contenida.

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13

Alicia y el trigo

Rana Shalott

Nadie piensa que a los cuarenta y cinco años pueda decir que el coño de Alicia me recuerda al pan de pita abierto por la mitad. Coño de trigo, dorado, humedeciéndose bajo la lluvia de Luarca.
_No es lugar para juegos_ me dice, apartándose y refunfuñando sobre la atalaya del cementerio.
Probablemente tenga razón, pero es que a mí la certeza de la muerte me abre un apetito insospechado. Será que estamos vivas y las gotas caen como agujas de plata gastada. Resbalan por los mármoles y las efigies de tez luminiscente. Encharcan la hierba y también el mar, un poco más abajo del muro delimitador.
Alicia se sacude el pelo. No entiende que ese gesto me vuelve loca. Para que lo comprenda la beso a ras del portón de hierro sucio. Su lengua me hace pensar en la gelatina de frutas. Tal vez más en las esponjas rosas de las confiterías.
_ Llévame al puerto a tomar un vermú _ propone de pronto, así, como si fuera francesa. Y se ríe.
A mí, sinceramente, me importa tres cominos que no sea francesa ni fume cigarrillos largos o cortos estirando el cuello de cisne. Me importa un bledo que en realidad se despierte todos los días junto a la vaquería en lugar de frente a la Torre Eiffel o que el olor a estiércol se nos cuele por la ventana a todas horas. Si tengo su pan de pita, el resto no tiene tanta importancia. Lo que verdaderamente quiero es ver ese trigo dorado perfilado bajo las sábanas cada noche, justo después de que los animales se queden tranquilos en el cobertizo.
Bajamos hasta el puerto y enseguida nos vemos engullidas por el trasiego de los pescadores cerca de la lonja. El griterío en el interior no difiere mucho de las bandadas de gaviotas argénteas. Nos asomamos pero el olor a pescado es terrible, brutal. Entre el desorden casi somos arrolladas por una caja con dos pulpos enormes en su interior. De alguna manera me sobrecoge verles las patas entrelazadas, ocupándolo todo. Trato de explicarle ese sentimiento a Alicia y al momento comprende mi deseo allá arriba, en el cementerio, y también la complejidad entre la vida y la muerte. Me abraza con ORGULLO entre cajas de lenguados y bonitos y cangrejos de pinzas gigantescas. Varios pescadores cotillas giran la cabeza en dirección a nosotras, como si no tuvieran otra cosa que hacer.
_ No sé si tocar las castañuelas o tirarles un cangrejo _ le digo a Alicia, mientras observo el brillo muerto de los peces bajo la luz artificial de los fluorescentes.
_Lo que ocurre es que son unos envidiosos. Hueles a hambre_ dice, olfateándome los labios _ Vamos a la cafetería. Aquí ya lo tenemos todo visto.
Me arrastra fuera de allí y dejamos atrás el silbido de algún pescador. Ni siquiera nos molestamos en girarnos. Para qué.
Ha dejado de llover y sin embargo la terraza está casi vacía. A esas horas parece que todo el mundo está repartido entre la lonja o en las tiendas de souvenirs o en alta mar. Nos sentamos y pedimos dos vermús con una de patatas bravas. Enseguida nos animamos y pedimos otra de calamares fritos.
_ Me gustan los calamares fritos_ dice Alicia, pero con una sensualidad que ni ella misma se lo cree, levantando uno de los brazos con una fatiga falsa. La blusa se le abre a la altura del canalillo e imagino sus pezones escondidos detrás del sujetador.
La miro fijamente y se ruboriza, aunque trata de recomponerse mirando hacia la paleta de colores que forman los barcos amarrados en el puerto. Al fondo, la raya del horizonte comienza a tintarse otra vez de metal. Con esa luz, pienso, podría amarla una y otra vez.
_ Es precioso que todavía te ruborices_ le comento, pero muy bajito.
Al segundo me lanza un calamar por encima del vaso del vermú.
_ No se juega con la comida_ a su vez le lanzo ese mismo calamar a un gorrión que parece que se ha cardado las plumas. Enseguida me doy cuenta de que es incapaz de levantar el vuelo con semejante aro colgándole del pico. Finalmente lo consigue y desaparece por un agujero del canalón del edificio contiguo.
Terminamos y nos acercamos dando un paseo hasta la Casa Guatemala. La verja de hierro que arranca desde el zócalo de piedra está cerrada con dos vueltas de cadena. Me doy cuenta de que Alicia está vislumbrando la doble escalera de arranque circular y la balaustrada de piedra. Desde nuestra posición se puede intuir también la humedad indómita del jardín y del estanque rodeándolo todo.
_ Me encantaría tumbarte allí dentro y hacerte el amor_ dice _ Siento unas ganas terribles de hacerte el amor. No sé qué demonios tiene el aire de Luarca, que me excita _ concluye y se pone a caminar en dirección al coche como si le hubiese entrado un golpe de urgencia o una sobredosis de vida.
Yo la sigo igual que una adolescente perdida en un ensimismamiento bárbaro.
Al instante estalla la tormenta y echamos a correr.


***

14

No sé cómo hacerlo
Meursault

No sé cómo hacerlo, lo admito. Me avergüenzo cada vez que mi hijo se abraza y besa a aquel hombre. No sé qué decir, ni cómo actuar. Las mujeres siempre parecen saber cómo llevarlo -no sé cómo lo hacen-, pero a los hombres nadie nos ha preparado para esto. En todo caso, nos han preparado para todo lo contrario, para no saber qué hacer. Quizá ese sea el motivo por el que todo esto me resulta tan bochornoso.

Y en esta estúpida y frustrante situación me encuentro. Soy incapaz de mirarle a los ojos, a mi propio hijo, y decirle algo tan simple como que me alegro por él, que lo quiero y que hago mío su orgullo. Lo admito, no sé cómo hacerlo.

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15

Los bonobos y los silencios de Sofia
Lourdes Andrés

Por la mañana estuvo en el hospital. La noche anterior, a Rafa le habían dado una paliza cuando volvía a su casa. Sofía estuvo un rato con él. Nunca había visto alguien tan magullado. Ella y sus amigos trataron de convencerlo que avisara a su familia; pero, Rafa no quería preocuparlos.

A Sofía no le gustaban las comidas familiares. Sin embargo, por un breve momento, le hizo ilusión. Había ocurrido algo distinto esa semana. Otra invitación, una que había desviado su mirada y la había sacado de su acotado mundo. En una cena con amigos había conocido un grupo de profesionales que dedicaban tiempo ad honorem a una pequeña fundación. En pocos días, había visto realidades diversas. Había conocido niños con sida, los había visto jugar y reírse, aparentemente, ajenos a su condición. Las pequeñas miserias de Sofía se habían desvanecido. Le dieron ganas de contar su mañana en el hospital y su experiencia en la Fundación.

O quizá no. Con su familia, Sofía era más de escuchar.

Estaba el factor supervivencia. Las invitaciones de la semana la habían salvado de las pocas opciones que le dejaba su bancarrota. Su rutina alimenticia de los últimos días se reducía a aceite de oliva, atún, pan, leche y café, y así sería hasta que le pagaran en unos días más. Rasguñón y ella compartirían amistosa y abnegadamente leche y atún, hasta que llegaran refuerzos. Pobre gato. No había aterrizado en el mejor hogar y aún teniendo la ventana abierta, cada vez que salía, volvía.  Y encima, le regalaba ronroneos a su quebrada dueña.

Cuando su madrastra la llamó, Sofía aceptó.

Ya conocía el menú: chismes, prejuicios, ensalada, carne y patatas.

Esa tarde en la fundación sus pecas y su pelo rojizo habían atraído a Valentina, que la había convertido en su público cautivo. La niña era divertida, cariñosa y le mostraba todas sus peripecias. Nunca había sido voluntaria y le parecía que ese fútil acto de generosidad se le devolvía como un boomerang. Regalar una tarde le había henchido los pulmones de aire nuevo y la llenaba de orgullo.

Esa mañana en el hospital, el mundo le había mostrado su lado más cruel en el adolorido rostro de su amigo. Trataba de animarlo. Le decía que el hecho de que estuviera bebido y volviera a su casa de noche, solo, por un mal barrio, no le daba derecho a nadie a pegarle. Rafa no era responsable de lo que le había ocurrido. Los delincuentes eran otros. Sofía había acompañado a Rafa por sus confusos estados de ánimo, de culpa, euforia, profunda tristeza, hasta llegar a su fina ironía, algo que ya le era más propio.

Durante la comida, el padre de Sofía habló primero de tenis, como era habitual, de la mansión que había comprado su amigo Hugo, eso era nuevo, y después de la actualidad. Eran muy de comentar las noticias. Habló sobre el hijo de un banquero que salió del armario a lo grande y en portadas de revistas. No sólo admitió su homosexualidad sino que dijo que tenía sida hacía años y se había tratado en Estados Unidos. Para Sofía no era novedad, era un secreto a voces. Su padre dijo que él no se sentaría nunca al lado de alguien que tuviera sida. En ese instante, ella dejó los cubiertos en el plato. Una audiencia receptiva hubiese notado ese leve gesto de contrariedad. Su padre continuó con el discurso de que ser gay era antinatura.

Qué podía decir Sofía. Que venía del hospital porque a un amigo que salía de una discoteca gay le habían zurrado tan fuerte que había quedado tirado en el suelo inconsciente y se había despertado en una habitación blanca, aséptica, completamente desorientado. Que la llamaron a ella porque fue al primero de sus contactos que encontraron. O que el editor de su primer trabajo, con quién compartió manzanas, bebidas, chocolates, textos y madrugones, había muerto de sida, años atrás, cuando se hablaba del tema como algo ajeno a Uruguay. Pocos podían darse el lujo de pagarse un buen tratamiento y menos aún recibirlo en Estados Unidos.

Qué le iba a decir.

Había conocido a sus abuelos, sabía de dónde venía. Es cierto que, a veces, sentía vergüenza por ese hombre que era su padre, pero también aprecio y gratitud. En ocasiones, incluso, admiración. Empezando por lo básico, debía agradecer la comida de hoy. Si no estaría compartiendo leche y atún con Rasguñón. Sofía reconocía que sus estudios, sus viajes, su amor a la literatura y al cine, se lo había brindado su familia. Todo lo cual había contribuido a que ella tuviese una mente abierta. Sabía que sus padres le habían dado lo que consideraban mejor. Su padre era de una generación y un entorno que se iniciaba en el sexo con putas y para los que tener amantes era símbolo de estatus. Debía entender, por ejemplo, que su madre se enamorara de un sueco y los dejara solos en Montevideo. Su limitado mundo uruguayo le quedaba pequeño y provinciano. Las opciones que vio su madre si se quedaba significaban aceptar la doble vida que su ambiente le ofrecía o separarse y descender de su categoría social.

Pensaba que debía renunciar a ciertas expectativas respecto a sus padres y apreciar lo recibido. Esa sociedad que detestaba era la que la había moldeado.

Después de comer volvería al hospital. El fuerte golpe en la cabeza le había provocado a Rafa un traumatismo craneal. Ella y un ex novio de él, abogado, tenían los papeles con ordenes de no resucitar. Rafa había dejado todo por escrito.

Después de un largo silencio, Sofía dijo: “los bonobos, papá. Son un tipo de chimpancé que se relaciona sexualmente tanto con machos como con hembras. Así que tan antinatura no es”. Sacó unas risas a su padre, el tema quedó zanjado y se despidió.

***

16
La fiesta
Ayalga Mar

Al tiempo que disminuye el calor ardiente de la tarde, se van abriendo las puertas de las

casas del pueblo y las mujeres salen con sus sillas de mimbre a tomar el fresco,
apartando las gruesas cortinas de lona que protegen la madera de las inclemencias del
tiempo. Como de costumbre, Concha saca dos sillas a pesar de que Herminia ya no está.
Las vecinas se alegran de verla; no estaban muy seguras de que hoy fuera a salir porque
saben que desde la muerte de la hermana, hace poco menos de un año, Concha parece
aún más mayor, más distraída, más triste y algo perdida en esa casa tan grande. Y es que
también este año el ayuntamiento ha organizado pasacalles para celebrar la Fiesta del
Orgullo. El año pasado Herminia y ella disfrutaron de lo lindo con aquella fiesta nueva
que llenaba a su paso la calle de color, alegría y desenfado; un festejo diferente a todo lo
que se había visto en el pueblo, ni siquiera en las fiestas de la vendimia, en septiembre.
La gente cantaba, bailaba y se abrazaba con una alegría atrevida e inesperada. También
ellas, llevadas por ese júbilo desbocado y contagioso, se tomaron de la mano mientras
reían felices y se abrazaban como dos niñas. Recuerda Concha también cómo se
miraron entonces, sonriendo con la complicidad acostumbrada de toda una vida juntas,
pensando quizás en lo que dirían las vecinas del pueblo si supieran que nunca fueron
hermanas.

***

17

Yo soy… esa
Javier Puchades

Roto, como todo en su vida, guarda en su armario el vestido que le quitó a su hermana y que papá le arrancó cuando se lo vio puesto mirándose frente al espejo. Allí esconde sus recuerdos, sus secretos, sus primeras citas clandestinas, su orgullo y sus sueños de mujer. Lo cierra con llave y la oculta, para que nadie vea, para que nadie encuentre.

   Mientras acaba de ajustarse la silicona bajo el sujetador, piensa que hoy, de nuevo, deberá aguantar las burlas cuando, calzada sobre sus tacones, se acerque al mostrador al escuchar en boca del funcionario de turno su nombre, Javier…

***

18

Cómo salirse del encanto

Manuel Álvarez

Al principio va a parecer difícil, pero con el tiempo vas a darte cuenta que todo es cuestión de tiempo. Simple.
Primero empezá por borrar todo lo que te hace acordar a él. La taza de los Ramones, dásela a tu vecino. Las fotos, tíralas al tacho. Los álbumes compartidos en Facebook, al tacho virtual. Borrá su nombre de la heladera, que los imanes con forma de letras ahora digan otra cosa, resignificá, dejá una palabra seca. Poné: adiós. El ejemplar de Rayuela dedicado, apóyalo en uno de esos bancos coloridos y solitarios de Plaza Armenia. Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos: es una trampa. Cágate en Cortázar. No sos Oliveira, tampoco sos Rimini y ustedes ya son el pasado. Dos años pasados por agua.
No leas a Fresán, es otra trampa.
Arrancá un taller de escritura creativa. Escribí sobre él sin nombrarlo. Contá sobre el encuentro en la librería de Malasaña, poné que él era como los chicos que se divierten despellejando las cortezas de los árboles, solo que esa corteza era tu piel. Escribí en tercera para no hacer fuerza sobre la herida.
Dale vueltas al desamor. Enroscate. Llegá a la conclusión de que es cuándo el amor se pone malo, como una fruta vencida, y pega debajo de la cintura y ensucia como el barro cuando llueve.
No escuches a Drexler, no le creas nada.
Libérate. Tuitea que Los amantes del círculo polar te pareció una mierda para que te lea y se enoje. Eso. Lastímalo en tu cabeza. Regalale tu odio. Los hoyuelos que antes veías como un combo agrandado que venía con la sonrisa, ahora míralos como dos marcas que estropean el cuadro. La nariz roja por el acolchado de plumas no es tierna, es una alergia.
Acusalo. Acomódate en el colchón mullido donde descansan los mártires de las relaciones. Pregúntate en que fallaste, convéncete que en nada. ¿Quién puso punto muerto? ¿Quién termino este cuento? Vos no.
Engañate diciéndoles a tus amigos que estas mejor solo, que no lo necesitas para hacerle frente al mundo. Burlate del andar de la mano. Vos podes con lo que hay.
Emborrachate hasta vomitar, primero solo, después en compañía. Hacé papelones. Perdé el celular que te trajeron de afuera. Cómprate uno nuevo. Perdelo en un taxi.
Anotate en el curso de meditación que dan los jueves a las ocho en la calle Serrano. Buscá serenidad en el budismo moderno. Respirá. Exhalá.
Poné en youtube el video de Brilliant Disguise. Servite un vaso de whisky. Ponelo otra vez. Cantala en voz alta. Los domingos quédate tirado en la cama viendo películas en blanco y negro de Humphrey Bogart. Impostá la voz y habla con la boca torcida frente al espejo. Repetí: here´s looking at you, kid. Creete Humphrey Bogart. Vos también podés ser más duro que los demás. Convencete.
Tu mejor amiga va a decirte que no era para vos, que aproveches para acostarte con quien quieras. Acostate con quien puedas. Escribile al colombiano que conociste en Chueca. Ponele que lo querés ver. Invitalo a comer a tu departamento. Comprá un vino algo caro. Un trapiche malbec está bien. Hace unos fideos barilla con salsa rosa. Tírale algún cuadradito knorr para darle sabor. Llevalo a comer al balcón. Dejá puesta alguna lista medio romántica en Spotify, una con canciones de películas. Que suene el tema de Ghost. Dejalo hablar, dejalo tomar. Que el polvo sea en la cama, no improvises. Incomodate con sus pelos en tu hombro. Mirá fijo el techo blanco, no te duermas. Decile que tenes algo a las diez para que se vaya temprano. Andate vos también. Caminá por Mendez Alvaro hasta Atocha. Tomate el metro.
Vas a enterarte que salió con otro por un mensaje de whatsapp de tu mejor amiga mientras viajas por la línea 3. Ayer lo vi al quetejeidi con un tipo tamaño crossfit en un bar, te va a escribir. Me chupa un huevo, pasaron cuatro meses, contéstale. Pensá en abrir las puertas del metro y saltar. No saltes.
Bancate los momentos de debilidad. Nadie dijo que es fácil. Tus amigos van a querer frenarte, te van a decir: no seas pelotudo, no quiere saber nada más con vos. Sé un pelotudo. Búscalo. Corré hasta la fiesta donde te enteraste que va a estar. Quédate sin palabras cuando lo veas hablándole al oído al de crossfit, seduciéndolo como te seducía a vos.
Masticá la bronca y saludalo cuando se acerque a la barra. Decile que lo ves bien. Va a agradecerte y va a preguntarte qué haces ahí. Respondé con una excusa, decile que te enteraste por Facebook, que tus amigos están por llegar. Hablale corto. Cuidá las formas, guardate el orgullo. Despedite diciendo que vas a buscar a tus amigos, que después volvés. No vuelvas.
Cuando esa misma noche te mande un mensaje a las tres y media de la mañana preguntando en qué andas, míralo despacio y respondé: acá ando.

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19
El pulpo

Lorenzo Rubio Martínez

Una tarde de domingo, a un bañista que tomaba el sol en una cala le sorprendió un individuo que emergió del mar y trepó por las rocas haciendo ventosa con sus extremidades. Él gritó enloquecido, pues, en un principio, le pareció un alienígena: el espécimen era calvo, la cabeza en forma de bulbo, destacaban sus ojos saltones y disponía de cuatro brazos y cuatro piernas.

Sin darle tiempo a huir, el individuo se abalanzó sobre el bañista y lo abrazó con sus cuatro brazos. Luego le arrebató el cuaderno que reposaba sobre la toalla y le escribió una poesía con la tinta de su cuerpo, tan hermosa y sincera que succionó el amor del bañista al instante.

Ambos se enamoraron y como el pulpo, así le llamaba el bañista cariñosamente, era de sangre azul, decidieron mudarse a uno de sus palacios. En la cama, aderezada con colchón de agua, él disfrutaba como nunca con sus cuatro brazos y, especialmente, con su poder de mímesis, pues le mostraba fotos de macizos de la última fiesta del Orgullo Gay y el pulpo tomaba la forma del tío bueno en segundos.

Pero un día el pulpo, mientras se refrescaba en la cala donde se conocieron, conquistó el amor, primero de un gallego y más tarde de un sanabrés. Con el tiempo vivieron los cuatro juntos y felices en el palacio. A ninguno de sus tres hombres le importó la poligamia, pues el pulpo disponía de tres corazones, uno para cada novio.

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20

Huitres frites y orgullo
Ramón J Soria Breña

Has vencido aunque hoy no lo sepas, ganaste, hoy es fácil amar y vivir. Sonríe con orgullo. Mírate, ahora, frente al mar, sin que el frío te venza, oteando hacia el punto rocoso del islote donde sueles ir a nadar muchos días de verano. Tal vez seas ya viejo, quizá todos los sueños que tocaste y los que construiste ya no existan. De pronto te llega una ráfaga de viento de la casa y hueles el café. Después del perfume del café reconoces el de las ostras fritas, el pan oscuro tostado con mantequilla, la sonrisa de él, con ese pelo tan rubio y tan rizado despeinado por el sueño y el amor. No te quejes, no te duelas, sonríe siempre. Vuelve a la casa desde la que alguien grita tu nombre y luego tu apellido estirando en la voz la última letra de cada palabra, Gustavooo. Duráaan.

Al entrar en la cabaña te golpea el calor de la estufa y el de la cocina de hierro en la que se ha hecho el pan. Él se ha puesto tu grueso jersey de lana sin desengrasar, el que usas debajo del impermeable cuando sales con el pequeño barco de su padre. Le llevas a la cama, le desnudas. Se han ido las nubes. Los primeros rayos de sol de abril entran por la ventana y dan de lleno en su piel blanquísima de nieto de vikingos exiliados en Grecia. Te demoras besando sus pezones rosados, aspirando el olor de la noche que aún guarda su cuerpo, el sabor a café y a mantequilla de sus labios. No te quejes, no te duelas, no olvides, sonríe. Te has quedado muy dentro, quieto, sintiendo que allí está tu hogar, el que has perdido tantas veces en Madrid, Nueva York, Buenos Aires, La Habana, el que nunca pensaste que tendrías. Podrías pasarte horas, el día entero provocando a esa piel, tocando, investigando si es real cada curva, su blandura, la dureza, esta arquitectura minuciosa de un cuerpo que de verdad nunca se conoce, la caricia de su voz en tu oído diciendo que vuelvas, que ya tiene hambre y os queda todo el día por delante para seguir animando a la primavera a que salga de una vez entre las ruinas de Minos.

Él ha hecho café fuerte, siempre lo hace así. Horneó pan de centeno que luego ha tostado en mantequilla y colmado de mermelada de melocotón que un amigo de entonces te envía con mucho secreto desde Barcelona y te ha preparado las ostras fritas que arrancaste ayer del acantilado. Hay que abrir cada ostra y escurrir el agua sin tirarla. Se reboza cada una en harina de maíz y se envuelve en una fina loncha de tocino sin que la delicada carnosidad gelatinosa del molusco tenga escapatoria. Sólo él tiene el secreto de dónde clavar el palillo para que ese pequeño saco no se deshaga en la sartén. Entonces se reboza cada paquete en huevo y pan rallado y se fríe a fuego fuerte hasta que estén doradas. El agua de las ostras se mezcla con algas machacadas, una variedad de lechuga de mar que tu vikingo suele coger y luego secar en verano y tomates secos conservados en aceite y triturados, también regalo de tu amigo de entonces, de tu otra vida, de aquellos años de esperanza y desastre, de progreso y guerra.

No hay mucho que ver en la pequeña cabaña de la fotografía. Un hombre mayor, yo no diría que anciano, y un joven maduro de pelo muy rubio desayunando desnudos sobre la cama. El sabor de la ostra templada estalla en su boca al masticarla. Más tarde, ahora que el sol vuelve a esconderse durante días entre nubes oscuras, besa, chupa, mete la lengua allí, sube luego hacia arriba dando pequeños mordiscos por su vientre, alrededor del ombligo, la piel que cubre sus costillas, el nacimiento del pecho muy cerca de la axila, su cuello. Llega a su boca que aún sabe a ostras y a mantequilla fresca.

Nadie te recuerda en España, apenas apareces en los libros de historia, muchos años después un escritor llamado Horacio inventará algunas de tus vidas. Sólo hay un amigo de entonces, de antes de guerra, que te manda mermeladas y vino. No te quejes, no te duelas por todo lo que has perdido, sonríe con orgullo, aunque tu creas que siempre has perdido no es cierto, ganaste, ganasteis. Sólo los días quemados ardieron y por tanto calentaron. De los demás no hay nada, ni siquiera ceniza, tampoco olor. El perfume siempre está en otra parte, sobre todo en el frasco pequeño y tallado de la memoria de todos los que amaste y que aún atesoras. Ponte unas gotas ahora. Deja que te huela. Sí, es igual que el Gustavo Durán que yo recordaba. La pituitaria tiene más importancia que el alma, siempre lo dijiste. Tiene dentro la belleza que de verdad vale, la que nos conmueve y nos la pone tiesa. Para todo lo demás vete lejos, a otros libros que se dicen sagrados y son falsos, a todos esos días del futuro que ya nunca quemaremos juntos. “Y en el momento de morir da las gracias./Una vez me dijiste que lo harías.” Hoy descansas por fin bajo un olivo en el pueblo de Alones en el centro de Creta y los pocos amigos a los que les dolió que te fueras, Buñuel, Aub, Biedma, Alberti también les quemó el tiempo hace ya muchos años pero no importa, hoy en Madrid se escucha vuestra música, suena vuestra canción.

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