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Señor con boina sobre fondo azul

Señor con boina sobre fondo azul

El pequeño pueblo de Sedano está en la provincia de Burgos, a medio centenar de kilómetros de la capital. Cuenta con una necrópolis con cavidades antropomorfas, una iglesia encaramada encima de un peñón y un pequeño cogollo que hace las veces de centro urbano, por más que las casas se desperdiguen luego a uno y otro lado de los caminos que entran y salen de sus dominios. Las estadísticas dicen que en Sedano viven no mucho más de cien vecinos, pero no apuntan que el lugar cuenta con un censo fantasmal y hospitalario cuyos moradores se muestran sin problema a poco que uno se deje caer por allí con algo de conocimiento de causa. Se trata de personajes que nunca lucieron carne mortal, pero cuyos ecos rondan por los alrededores de un caserón que se levanta a orillas de la carretera, en el barrio de Valdemoro, y en la que muchos de ellos adquirieron su voz y su personalidad y vieron cómo se labraban su porvenir y sus recuerdos. En ese edificio, durante muchas horas, hubo un hombre que escribía y los soñaba, y que alumbró con ellos una de las narrativas más serias y solventes del pasado siglo en España.

"Miguel Delibes adquirió su pose más reconocible, aquélla que le mostraba como el cazador experto que era: su escopeta a la espalda, la boina tocando su cabeza medio desnuda, el cielo azul de Castilla como telón de fondo para su figura menuda y algo encorvada."

En efecto, hay quien dice que las raíces profundas de la obra de Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) hay que buscarlas a medio camino entre las austeridades de este villorrio castellano y la ampulosidad de antigua corte de la que aún presume su ciudad natal. Cuentan que en Sedano se inspiraba o encontraba la tranquilidad necesaria para perfilar aquellas ideas que le asaltaban en el trajín de su pequeña urbe, y que fue de allí de donde salieron Daniel el Mochuelo, El Nini o el célebre señor Cayo. En Sedano tuvo su retiro estival la familia de su novia de juventud, aquella Ángeles de Castro a la que póstumamente vestiría de rojo sobre un fondo gris, y el primer gran acto de amor del joven Delibes consistió en desplazarse en bicicleta desde Molledo, localidad cántabra en la que veraneaba él con su familia, hasta el apartado predio burgalés. Unos cien kilómetros que hizo a pecho descubierto, pedalada a pedalada, después de dejar aviso por telegrama a su enamorada: «Salgo para Sedano. Búscame un sitio en el que quedarme». Ella se lo buscó, él llegó y ya no se separaron hasta que la muerte llegó para imponer su peaje indeseado. Sedano fue desde entonces el refugio del verano y la escritura, el entorno en el que Miguel Delibes adquirió su pose más reconocible, aquélla que le mostraba como el cazador experto que era: su escopeta a la espalda, la boina tocando su cabeza medio desnuda, el cielo azul de Castilla como telón de fondo para su figura menuda y algo encorvada.

Él mismo se lo dijo a Juan Cruz, en el verano de 1999, poco después de publicar la que sería su última novela, en esta misma casa de Sedano: «He dicho a menudo que soy un cazador que escribe; es decir, tomé contacto con los elementos fundamentales de la Castilla profunda mediante mis excursiones de cazador y pescador. Entonces aprendí a hablar como aquellos castellanos. Y todos mis libros tienen adentro a esos personajes, desde el ratero de Las ratas hasta el señor Cayo de El disputado voto… Podemos decir que mi comunicación con el pueblo y mi idioma del pueblo lo aprendí en contacto con estos señores yendo yo allí a una cosa distinta». Ese encuentro anhelado entre el escritor y su estilo se produjo, o adquirió su consumación plena, al llegar el tercer libro. Delibes relató en repetidas ocasiones que sólo sintió que había encontrado su propia voz al embarcarse en la escritura de El camino.

"El camino se convirtió pronto en el punto de inflexión a partir del cual se iría forjando un novelista brillante."
 La novela llegó a las librerías en 1950, justo tres años después de que su nombre irrumpiera en el panorama de las letras españolas gracias a La sombra del ciprés es alargada, una narración que apareció en 1947 con la vitola del premio Nadal y cuyo autor parecía adscribirse al realismo existencial que, por la vía tremendista, había inaugurado Camilo José Cela con La familia de Pascual Duarte y en cuya nómina también figuraba la jovencísima Carmen Laforet que había sorprendido a propios y extraños con su Nada. Los problemas con la censura y el indiscutible éxito del debut hicieron que su siguiente novela, Aún es de día (1949), no tuviera tanta resonancia, pero El camino se convirtió pronto en el punto de inflexión a partir del cual se iría forjando un novelista brillante y cuya trayectoria resulta indispensable para entender el devenir contemporáneo de nuestras letras. Aquella trama que se anclaba a la sociedad rural de la posguerra y abordaba temas tan universales como la muerte, la naturaleza, el amor o la amistad certificó que había un gran escritor detrás de aquel joven vallisoletano que oficiaba de catedrático en la Escuela de Comercio y, además, dibujaba viñetas humorísticas y escribía críticas cinematográficas en El Norte de Castilla. La de los cincuenta se convirtió en su primera gran década. Fue dando a imprenta nuevas novelas —El loco (1953), Mi idolatrado hijo Sisí (1953), Diario de un cazador (1955, Premio Nacional de Literatura), Diario de un emigrante (1958) y La hoja roja (1959, Premio de la Fundación Juan March)—, volúmenes de relatos —La partida (1954) y Siestas con viento sur (1957, Premio Fastenrath)— y el ensayo Un novelista descubre América, que escribió tras su primer viaje al nuevo continente. Delibes, que poco antes de ganar el Nadal había contraído matrimonio con Ángeles de Castro, aquella chica por la que se había echado a la carretera para superar en bicicleta la distancia que separaba Molledo de Sedano, conoció también en esa época el dulce sabor del éxito profesional: en 1952 lo nombraron subdirector de El Norte de Castilla, y en 1958 la gerencia lo hizo responsable de la dirección total del periódico.

"El hereje fue una despedida por todo lo alto que asombró por el vigor con que el escritor casi octogenario revalidaba, con tino y fiereza, sus galones."

No duró mucho allí. Las desavenencias con la censura —que habían comenzado en su etapa de subdirector, pero que se hicieron mucho más virulentas en cuanto se puso al mando de la nave— desembocaron en agrias desavenencias con Manuel Fraga, a la sazón ministro de Información y Turismo, que precipitaron la dimisión del escritor. Fue un inicio un tanto amargo de la que, al cabo, se revelaría como su segunda gran década. Publicó dos novelas portentosas —Las ratas (1962, Premio de la Crítica) y Cinco horas con Mario (1966)— y otra, Parábola del náufrago (1969), con la que intentó sumarse a la corriente de la narrativa experimental, aunque al leerla da la impresión de que no se encontraba muy a gusto en aquellos berenjenales. Publicó un libro de relatos excepcional, Viejas historias de Castilla la Vieja (1964), dos volúmenes sobre su afición cinegética —La caza de la perdiz roja (1963) y El libro de la caza menor (1966)— y nuevos títulos viajeros —Por esos mundos: Sudamérica con escala en las Canarias (1961), Europa: parada y fonda (1963), USA y yo (1966), La primavera de Praga (1968)— en los que iba dejando constancia de su paulatino descubrimiento del mundo.

En el plano literario, tampoco fue mala la década de los setenta. Ingresó en la Real Academia Española y vieron la luz novelas tan notables como El príncipe destronado (1973), Las guerras de nuestros antepasados (1975) y El disputado voto del señor Cayo (1978). En el plano personal, fueron tiempos muy duros. En 1974 falleció su esposa a la temprana edad de 50 años, y Delibes, que fue siempre un hombre enamorado y leal, nunca logró superar su pérdida. Durante mucho tiempo rumió un trauma que exorcizó parcialmente en la espléndida Señora de rojo sobre fondo gris (1991), pero quienes le conocieron bien y le trataron de cerca siempre aseguraron que aquello no fue más que un pequeño desquite del desasosiego perenne en el que le sumió una viudedad que sólo pudo asimilar a regañadientes mientras iban llegando, poco a poco, los grandes reconocimientos (un homenaje del Congreso Internacional de Libreros en 1980, el Premio Príncipe de Asturias en 1982, el doctorado honoris causa por la Universidad de Valladolid en 1983, el Premio de las Letras de la Junta de Castilla y León en 1984, el Cervantes en 1993). No sólo no se detuvo su producción novelística —Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso (1983), El tesoro (1985), 377A, madera de héroe (1987), Diario de un jubilado (1995)—, sino que aún alumbró dos de sus narraciones más portentosas: la monumental Los santos inocentes (1981) y la fascinante El hereje (1999), con la que puso punto y final a su carrera poco después de que le diagnosticaran el cáncer de colon que terminaría con su vida once años más tarde. Ya avisó en el momento de lanzarla de que había colgado «los trastos de escribir», y aunque nadie llegó a tomarlo entonces muy en serio, el silencio en el que se sumergió a partir de entonces terminaría por darle la razón. Aquella novela histórica con la que Delibes homenajeaba a su Valladolid fue su última pica en Flandes. Una despedida por todo lo alto que asombró por el vigor con que el escritor casi octogenario revalidaba, con tino y fiereza, sus galones.

"Su defensa de lo rural era una reivindicación de la naturaleza como refugio último del humanismo."

Pese a todo ese bagaje, da la impresión de que la figura y el legado de Miguel Delibes se han ido postergando a un segundo plano. No abundan, en las nuevas generaciones, autores que reivindiquen su magisterio, e igual que ha ocurrido con otros nombres que tuvieron presencia y aplauso en su mismo tiempo —Camilo José Cela, Gonzalo Torrente Ballester, Carmen Martín Gaite, Juan Benet— parece que se haya difuminado su estela, o que se encuentre su memoria vagando por ese purgatorio que casi siempre tienen que atravesar los escritores muertos. Se le ha considerado en ciertos foros un autor escasamente moderno por sus retratos descarnados de una España rural que poco o nada se parecía a la percepción que el país iba teniendo de sí mismo a medida que se consolidaban las consecuencias de la Transición, e incluso hubo voces que censuraron una supuesta aversión al progreso que quedaría bien patente en todas y cada una de sus páginas. Tuvo que explicar más de una vez que no era el progreso lo que rechazaba, sino la evolución hacia una sociedad deshumanizada en la que cualquier seña de identidad individual era sacrificada en beneficio de la masa, y que su defensa de lo rural era una reivindicación de la naturaleza como refugio último del humanismo. Es precisamente ese humanismo, esa fe ciega en las personas que se deriva de la necesidad de cuidar y compartir un mismo mundo, el denominador común que más fuerza adquiere en sus libros. En la vallisoletana Acera de Recoletos, a un lado del Campo Grande, se conserva la casa en la que vino al mundo, el 17 de octubre de 1920. Una placa junto al portal recuerda una de sus afirmaciones: «Soy como un árbol que crece donde lo plantan». La semilla que plantó el propio Delibes, señor con boina sobre fondo azul, devino en una arboleda acogedora y frondosa cuya alargada sombra, aunque algo abandonada, sigue dispuesta a dar cobijo a cuantos quieran acomodarse bajo su ramaje exuberante.

Foto de portada: Chema Conesa