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‘Seven Men from Now’: El jinete silencioso

‘Seven Men from Now’: El jinete silencioso

Ben Stride (Randolph Scott), exsheriff de Silver Springs, busca a los siete asaltantes de la oficina de Wells Fargo de la que robaron 20.000 dólares en oro y en la que mataron a su mujer. En medio de una tormenta encuentra a dos de ellos en una cueva y les dispara, matándolos. En su camino a Flora Vista contempla cómo una carreta está hundida en un cenagal. Ayuda a John Greer (Walter Reed) y a su mujer Annie (Gail Russell), unos emigrantes del Este nada duchos en el rudo mundo del Oeste, a sacar la carreta del lodazal. Le piden que les acompañe: ellos van también a Flora Vista, pero aunque Stride tiene otros planes decide seguir con ellos tras la advertencia de un oficial de Caballería de la proximidad de activos chiricahuas. Cuando se detienen en una abandonada casa de postas, de ella sale un viejo vagabundo cargado con botellas de whisky y que no parece temer a los apaches, que lo toman por loco. Con Stride y los Greer se reúnen Masters (Lee Marvin) y su compinche Clete, dos tipos de dudosa reputación —al primero lo encarceló Stride hace tiempo— y que buscan, por el oro, también a los asaltantes a los que persigue Stride. Este y los recién llegados forman una inestable alianza ante la amenaza de los indios, que les atacan en el desierto siguiendo a un jinete que resulta ser uno de los siete forajidos, y al que mata Masters cuando, reconociendo a Stride, se dispone a dispararle por la espalda. Entre Annie y Stride comienza a desarrollarse una discreta atracción que no pasa desapercibida a Masters, que provoca en el interior de la carreta una noche de tormenta la reacción de Stride, quien le golpea dando lugar a que Masters y Clete les abandonen dirigiéndose a Flora Vista, en cuyo saloon encuentran a la banda de asaltantes esperando a que llegue el oro.

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Durante años lo único que supe de Seven Men from Now (Tras la pista de los asesinos, 1956) venía de una excelente crítica de André Bazin [1], padre adoptivo y espiritual de François Truffaut y de toda la banda crítica de los Cahiers du Cinéma, titulada Un western ejemplar, reunida en una antología titulada ¿Qué es el cine? que de chaval me compré, convencido de que me abriría los secretos de esos arcanos términos: plano, montaje, secuencia, travelling, planificación, desglose, que con frecuencia leía en las a veces intrincadas páginas de Film Ideal. Pero la crítica de Seven Men from Now me sedujo desde el primer instante. Con prosa límpida examinaba la evolución del western en esos años, puntuando que se debatía en el dilema entre inocencia e inteligencia y se acercaba a la modestia de la película, la describía y extraía sus esencias; se me quedó grabado, y he comprobado que también a otros lectores del libro, el talento crítico de Bazin para descubrir y describir la sutileza de la puesta en escena de Budd Boetticher, el director de la película, en el plano en el que Stride descubre, mientras limpia de barro a su caballo en el agua del río junto a John Greer, que hace lo propio, las ondas de agua que deja, tras unas cañas, el baño que está tomando —se la oye asimismo cantar— Annie Greer.

Con el pudor de un cineasta clásico aprendido de los pioneros, quizás de un Ford al que admiraba enormemente, Boetticher, con esa imagen y el rostro impasible de Stride-Scott, nos permite adivinar cómo está creciendo el afecto y posiblemente una reprimida pasión de ese silencioso jinete por Mrs. Greer. O, como nos enseñaba el maestro Bazin, “es difícil imaginar a la vez una mayor abstracción y una más concreta transposición del erotismo”.

Más adelante, en una memorable secuencia oprimida en el interior de un carromato mientras fuera ruge la tormenta, asistiremos a una sinfonía de miradas, silencios, medias palabras, provocaciones nada ocultas, cuando llega Masters y descubre contando una historia, verdadera o improvisada, sobre un elegante caballero que se enamora de una mujer casada, con anotaciones sobre Annie Greer y Ben Stride.

"Boetticher, junto con Anthony Mann, abrieron en los años 50 una renovación del western clásico que daría lugar a la irrupción del cine de Sam Peckinpah"

La estructura de la secuencia en el guion de Burt Kennedy, su primer guion vendido, sus diálogos, es extraordinaria, pero lo es aún más la manera en que Boetticher domina el ritmo, la planificación, los ejes de miradas, la perplejidad un poco cobarde de John Greer, la pudorosa reserva de su esposa, la creciente ira, silenciosa pero evidente, de Stride, y la provocativa exuberancia verbal de Masters, que aloja cierta envidia lasciva de lo que está viendo nacer entre Mrs. Greer y Stride. Sólo contemplar y oír cómo pronuncia Marvin la palabra, casi deletreándola, l-o-v-e, cuando escucha la respuesta de Annie Greer de por qué se caso por su marido, al que Masters desprecia como medio hombre, tanto como desea a Annie, por amor, y la hace suya paladeándola con cierta ironía admirativa, merece construir un monumento al guion, dirección y actuación de Seven Men from Now.

A muchos de la banda de cinéfilos empedernidos por el cine norteamericano clásico el descubrimiento de Budd Boetticher y sus westerns con Randolph Scott, a menudo con guiones de Burt Kennedy y producidos por Harry Joe Brown, conocido como el ciclo Ranown, productora de Scott-Brown, merced a la benemérita TVE de los años 60 y 70, a los que se unía una soberbia película de gánsters, The Rise and Fall of Legs Diamonds (La ley del Hampa), nos convenció que Boetticher, junto con Anthony Mann, abrieron en los años 50 una renovación del western clásico que daría lugar a la irrupción del cine de Sam Peckinpah, cuya brillante Duelo en la alta sierra, a comienzos de los años 60, debe enormemente a Mann y Boetticher.

"Los herederos de John Wayne, al poner orden en los archivos de Batjac, la productora del Duke, que había producido Seven Men from Now, encontró una copia impecable de la película"

El caso es que logramos ver The Tall T (Los cautivos), Comanche Station (Estación Comanche) y Ride Lonesome (Cabalga solitario), tres obras maestras absolutas, junto con dos muy notables, Decision at Sundown y Buchanan Rides Again, y una más discreta, Westbound, pero no había manera de echarle el guante a la primera de todas, la hermana mayor del ciclo, la anhelada y bazniniana Seven Men from Now [2]. Finalmente, a comienzos de los años 80, la Filmoteca Española, por entonces habitando el cine del Círculo de Bellas Artes, el antaño Palacio del Cine, programó, Dios les bendiga, un ciclo Boetticher en el que se anunció el pase de Seven Men from Now. Decepción total: fuimos advertidos de que la copia no estaba en buen estado y que los colores ofrecían un deplorable estado de desaturación. El propio Boetticher nos confesó, en una entrevista en la que se mostraba más interesado en hablar de toros, toreros y caballos que de películas, que daba, desgraciadamente, la película por desaparecida salvo en esa desvaída copia, que solo dejaba entrever sus evidentes virtudes.

Pero la Divina Providencia a veces se apiada de los febriles piratas cinéfilos, y hete aquí que los herederos de John Wayne, al poner orden en los archivos de Batjac, la productora del Duke, que había producido Seven Men from Now, encontró una copia impecable de la película, se restauró, creo que gracias a UCLA, y se comercializó en DVD. Finalmente en 2007, en mi caso 40 años después de haber leído la crítica de Bazin, pude disfrutar de la película y confirmar con creces la admiración del gran escritor francés. Para mí, y amén de una de mis películas favoritas, en la última exigencia de Garci y su listamanía, dudé en el puesto 15 entre Seven Men from Now y Ariane, y si me incliné por ésta no les aseguro que no lo haya lamentado: la película es una de las cumbres del Cine del Oeste y del propio Cine. Así y sin más, caiga quien caiga.

"Como indica Bazin en la crítica antedicha, Boetticher lo esculpe merced a la sobriedad interpretativa de Randolph Scott, sobre la imagen mítica de la impasibilidad estoica y austera de William S. Hart, la gran estrella de los westerns mudos"

Y es curioso que esos avatares de la película se compadezcan tanto con sus avatares en la producción, porque Wayne compró el guion a un imberbe Burt Kennedy [3] para interpretarlo, pero lo desechó cuando Ford le llamó para rodar Centauros del desierto. Wayne no quería perder el dinero invertido en la compra, así que intentó venderla con Gary Cooper como protagonista, pero a éste no le gustaba el guion. Solo se reavivó su interés cuando supo que el guion le gustaba a Robert Mitchum, lo que le movió a promoverlo con Randolph Scott negociando un acuerdo de financiación y distribución con Warner Bros. Fue Scott el que propuso a Boetticher como director, con el que Wayne, en una relación ambivalente de padre e hijo, productor y director, ya había tenido relación con la película de Boetticher The Bullfighter and the Lady, un proyecto muy personal del cineasta, fruto de sus experiencias en México y con el mundo del toreo. Esa película presentaba problemas de montaje, y Wayne y Boetticher pidieron el consejo de John Ford, cuyas decisiones no gustaron nada al director. Con Seven Men from Now regresaron las discrepancias entre productor y director, y Wayne remontó, contra el criterio de Boetticher, la película, que finalmente ha recobrado su versión original en la copia que ahora disfrutamos.

La visión de la película revela el enorme talento de Burt Kennedy como guionista y de Budd Boetticher cono director. Kennedy ofrece una trama narrativa no muy complicada, que repetirá en sus sucesivas colaboraciones con Scott, basada en el itinerario físico y moral de un héroe silencioso, duro y sentimentalmente austero, corroído por un deseo de venganza ante la muerte de su esposa y cierta culpa latente por no haberlo evitado. El guion y la película no ofrecen concesiones; comienza, en seco, estilo Hemingway, como una película muda, como un thriller, con un paisaje arrasado por la lluvia, un hombre que camina con la silla de su caballo al hombro. Su encuentro con dos hombres refugiados de la lluvia en una pequeña cueva da lugar a una situación de género; una fogata, una cafetera con café, la llegada de un forastero, un diálogo marcado por el miedo y las suspicacias, la alusión a un crimen, una pistola bramando plomo en off. Ese personaje que acabamos de conocer de esa forma tan brutal no tiene futuro, porque lo ha perdido todo en el pasado. Es un conspicuo profesional, generalmente un oficial o antiguo oficial de la ley, duro y eficaz en la peligrosa frontera del Oeste, repleta de bandidos e indios beligerantes. Como indica Bazin en la crítica antedicha, Boetticher lo esculpe merced a la sobriedad interpretativa de Randolph Scott, sobre la imagen mítica de la impasibilidad estoica y austera de William S. Hart, la gran estrella de los westerns mudos.

El dibujo de Kennedy se completa con una némesis, también en cierta manera un alter ego, del héroe, un antagonista clásico, que el escritor construye cuidadosamente con la doctrina Hitchcock, que aconseja que el villano sea tan peligrosamente atractivo como el héroe, tan profesional y competente, tan duro e implacable como aquél.

"La doctrina Hitchcock aconseja que el villano sea tan peligrosamente atractivo como el héroe, tan profesional y competente, tan duro e implacable como aquél."

Surge así una tensión narrativa suspensiva muy eficiente, amén de dotar a las películas de una tersura moral muy notable: venganza, odio, profesionalidad, frontera, ausencia de ley, pionerismo, codicia; Kennedy también se adentra en un ítem clásico del western, el retrato femenino, cuya galería en estos siete westerns es sencillamente fascinante. Mujeres sin ningún complejo a la hora de adentrarse en un mundo fronterizo sin ley y poblado por la voluntad de hombres, reservadas y pudorosas en sus sentimientos, que tampoco ocultan de manera puritana. Mujeres que miran con franqueza y hablan con franqueza, que conocen cómo su feminidad suscita la admiración o la codicia lasciva de los hombres pero jamás comercian con ello. Ver a Gail Russell como Mrs. Greer explorando sus sentimientos hacia Stride-Scott en una conversación al amanecer, o mirando mientras cuelga de una cuerda la colada o abrazándose a él, cuando se despide, es como seguir un máster de interpretación sobre el arte de suscitar emociones con un sutil juego indirecto de miradas, reflejo de su ardiente y convulso y confuso interior, y la adivinación de otro estado sentimental peligroso para todos. No les cuento el final de la película, en el que con una mirada, un silencio y una frase dicha con firmeza y media sonrisa, sentencia el fallo de ese larvado conflicto.

Finalmente anotemos que Kennedy dialoga de una manera magistral, aportando silencios y en la expresión, generalmente sucinta, de sus personajes, con conceptos sobre los valores e ideas con los que gobiernan sus vidas.

"Su concepto de la acción posee el sentido preciso de la exactitud, de la precisión, una cualidad que lo relaciona con Raoul Walsh, el más esencial y económico de los grandes maestros"

En el viejo debate sobre qué es antes, un guion o una puesta en escena, la elección no es sencilla, porque sin un buen guion ni el más avezado de los directores logrará construir una decente puesta en escena, y sin ésta, un guion queda como un logro muy inacabado, y ejemplos de una y otra razón inundan las cinematecas. Lo ideal es la comunión entre guion y puesta en escena y la experiencia y la documentación, básicamente las entrevistas con guionistas y cineastas, nos revelan que cuando se produce esa colaboración, a veces silenciada en los títulos de crédito —Ford, Hawks, Capra, Hitchcock, McCarey—, los logros son extraordinarios. En el caso de Seven Men from Now todo eso es evidente. Boetticher entiende a la perfección la letra y el espíritu del guion de Kennedy y lo filma no aplicadamente, sino con su soberbia visión de cómo rodar un western, una película. Tras los diálogos hay miradas, silencios, planos y contraplanos, planos generales que hay que rodar y luego montar. Tras los personajes hay actores, a los que primero hay que elegir para no incurrir en miscasting, y luego dirigir con sutileza y firmeza en los avatares de rodajes a veces muy complicados, de tal manera que actor o actriz y personajes se fundan en el milagro de la credibilidad física de la imagen en pantalla. A lo que se une, como en el caso de Mann, una comprensión virgiliana del paisaje, insertándolo como un personaje más de la acción y no como un mero escenario [4].

Su concepto de la acción posee el sentido preciso de la exactitud, de la precisión, una cualidad que lo relaciona con Raoul Walsh, el más esencial y económico de los grandes maestros. Vean si no el duelo, inevitable duelo final, entre Masters y Stride: apenas suena un disparo y vemos sus consecuencias. Directo, sin retórica, como la vida misma. Un instante, una vida, una muerte. Si me lo permiten, también puro Baroja.

"Un western siempre es un viaje, muchas veces de destino incierto, de emociones a flor de piel o secretamente intuidas, y en el que el espectador debe sentirse gozosamente partícipe"

Todo eso se produce en Seven Men from Now. Scott, Marvin y Gail Russell [5] son sus personajes, como el resto del reparto. De igual manera, Boetticher tiene el don de dominar el timing de un western que oscila entre la acción y el reposo alrededor de un fuego de campamento, una posada de diligencias, un baño en un río o una discusión en un saloon, un tiroteo en un desfiladero o un ataque chiricahua en el desierto. Porque, y además, Boetticher posee, como Tony Mann, la sensibilidad para encuadrar esa austera historia de amor y venganza, codicia y muerte, en la fisicidad de un Oeste pétreo en sus formaciones rocosas, sediento en las arenas hirvientes del desierto, rumoroso junto a un río, nocturno y soleado, bien fotografiado por el veterano William H. Clothier [6]. Como expresaba Bazin en la mentada crítica, “Boetticher ha sabido servirse prodigiosamente del paisaje, de la variada materia de la tierra, de la estructura y forma de las rocas”. Un western siempre es un viaje, muchas veces de destino incierto, de emociones a flor de piel o secretamente intuidas, y en el que el espectador debe sentirse gozosamente partícipe. Todo eso es y lo logra Seven Men from Now.

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Seven Men from Now (Tras la pista de los asesinos, 1956). Producida por Batjac. Productores, Andrew W. Mc Laglen y Robert E. Morrison. Dirigida por Budd Boetticher. Guion de Burt Kennedy sobre un argumento propio. Fotografía de William H. Clothier, en Warnercolor. Música, Henry Vars. Montaje, Everett Sutherland. Dirección de Arte, Leslie Thomas. Vestuario, Rudy Harrington y Carl Walker. Los diseños de los vestidos de Miss Russell son de Edward Sebesta. Interpretada por Randolph Scott, Gail Russell, Lee Marvin, Walter Reed, Don ‘Red’ Barry, John Larch, Fred Graham, Chuck Roberson, John Philips, Stuart Whitman, Pamela Duncan, Fred Sherman, Cliff Lyons, John Beradino. Duración: 78 minutos.

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[1] André Bazin publicó la crítica sobre Seven Men from Now en los Cahiers du Cinéma, en el número correspondiente a agosto-septiembre de 1957. ¿Qué es el cine? lo publicó la Editorial Rialp en 1966 en primera edición. La crítica de Bazin aparece en las pp. 416-421. La antología de textos bazinianos la hicieron Janine, la viuda de André, y François Truffaut, su discípulo más querido.

[2] En puridad, ni Seven Men from Now ni Westbound pertenecen estrictamente al ciclo Ranown. La primera la produjo Batjac, la compañía fundada por John Wayne, y la segunda no fue producida por Harry Joe Brown; se trataba de una película que Scott debía a la Warner y que Boetticher accedió a dirigir por amistad con el actor.

[3] Burt Kennedy (1922-2001) escribió para Boetticher, en su asociación con Randolph Scott y Harry Joe Brown, Los cautivos, adaptando un excelente cuento de Elmore Leonard, Cabalga solitario y Estación Comanche, con argumentos propios. Luego, desde su debut como director con The Canadians (1961), ya se centró en esa función, aunque casi siempre trabajaba con material propio.

[4] Boetticher, como en el caso de John Ford con Monument Valley, hizo suyo el rocoso paisaje, con ríos, llanuras, desfiladeros y desiertos, de un paraje conocido como Lone Pine y en las Alabama Hills.

[5] Gail Russell (1924-1961) fue elección personal de John Wayne, que la apreciaba mucho, y con la que había trabajado en otro pequeño gran western, El ángel y el pistolero (1947), y en Piratas del Mar Caribe (1948), en la que incluso la mujer de Wayne la acusó de una infidelidad con su esposo, al parecer sin fundamento. Russell poseía una gran fragilidad e inseguridad psicológica, y la aterrorizaba salir a escena, lo que compensaba bebiendo mucho, lo que motivó que Paramount la despidiera a comienzos de los años 50. Boetticher trabajó muy activamente con ella durante el rodaje. La actriz, que una y otra vez recaía en depresiones y alcoholismo, falleció prematuramente en 1961.

[6] William H. Clothier (1903-1996) es uno de los grandes veteranos de la dirección de fotografía del Hollywood clásico, comenzando en el oficio en los albores del cine sonoro con una película como Alas (1927), muy ducho en la filmación de westerns en exteriores, y uno de los favoritos de Wellman, Walsh o John Ford. Nominado a los Oscar en dos ocasiones por El Álamo y El gran combate. John Wayne tenía una gran confianza y amistad con él, por lo que le firmó un contrato con Batjac, motivo por el que fotografió Seven Men from Now.

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Antonio de Castro Cortizas

Magnífico artículo sobre la obra maestra de Boetticher. (Si se me permite una pequeña puntualización, Piratas del Mar Caribe es una película de 1942 dirigida por Cecil B. DeMille y protagonizada por John Wayne y Paulette Godard. La de 1948 con Wayne y Gail Russell es La venganza del bergantín; la dirigió Edward Ludwig y tiene mucho elementos en común con la anterior.)