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Siempre pendiente

Siempre pendiente

Los claroscuros

Las cosas importantes nacen siempre de un conflicto. En las primeras páginas de Por un túnel de silencio (Pepitas), Arturo Muñoz nos cuenta que fue una simple casualidad la que lo llevó a investigar el enfrentamiento que mantuvieron la Guardia Civil y ETA en el tránsito de la década de los setenta a la de los ochenta. Reconoce también que ignoraba el tratamiento que finalmente daría al material que iba acumulando, y de manera tácita da a entender que el punto de partida pasaba por centrarse en las torturas y el trato vejatorio que las fuerzas y cuerpos de seguridad estatales habían infligido a los defensores de una causa tan elocuente como mortífera. Y sin embargo, a medida que avanza, la novela desvela sus inseguridades y sus incertidumbres, los vaivenes de una navegación a la deriva que amenaza con desembocar en el naufragio, pero también afianza en esas zozobras su propia razón de ser, porque nos convierte en partícipes y cómplices de las incógnitas y nos desvela nuestra incapacidad para darles una respuesta unívoca. La peripecia del guardia civil granadino destinado en el cuartel de Guernica, el relato que trenzan sus recuerdos voluntaria o involuntariamente deformados y que se mezclan con los libros, los documentales y los testimonios que cuentan la misma historia desde el otro lado, nos plantean hasta qué punto tenemos autoridad moral para condenar simbólicamente a quienes se entregaron con honestidad a un objetivo que consideraban justo, por mezquino o vil o directamente criminal que fuera éste. El propio protagonista de esta historia lo dice más de una vez, con otras palabras, a propósito de un etarra al que terminó cogiendo afecto, por más que ambos se ubicaran en flancos irreconciliables: «los dos sabíamos a lo que estábamos, y lo que cada uno tenía que hacer». No hay verdades absolutas en este libro, porque seguramente no existen, ni formulaciones apriorísticas ni tesis deformadas para encajar en una conclusión fabricada de antemano. Abundan, por el contrario, los claroscuros, las arenas movedizas, esa amplia zona de sombra donde unos y otros evitan inmiscuirse para no verse en la enojosa obligación de cuestionar sus dogmas. Hay un conflicto íntimo que abre un gran debate colectivo, y una estupenda primera novela que merece atención y aliento.

Morir en primavera

"No seré yo quien cuestione a los suicidas, como sí hacían los que hasta no hace mucho les negaban hasta la sepultura en suelo sagrado"

Decía Camus que, de todos los problemas filosóficos, el único verdaderamente importante es el del suicidio. En los últimos días de esta primavera esencialmente lluviosa se han venido marchitando los periódicos que hablan de personas que o bien se han quitado la vida o bien han estado a punto de hacerlo, y el término «suicidio» planea por el calendario con la firmeza liviana con que sobrevuelan las gaviotas el mar cuando me acerco a observarlo cada mañana. En unos casos se han arrojado al vacío de los acantilados, en otros se han extraviado por caminos de los que no han regresado, y encuentro algo que es a la vez terrible y poético en ese dejarse desaparecer como quien no quiere que el mundo se percate demasiado de su ausencia: un salto a las aguas cantábricas, un desvanecimiento gradual por un sendero que conduce hasta quién sabe qué profundidades oscuras del pensamiento. No seré yo quien cuestione a los suicidas, como sí hacían los que hasta no hace mucho les negaban hasta la sepultura en suelo sagrado, ni tampoco seré quien ensalce su arrojo para poner el punto final a sus días antes de que lo haga por ellos el destino. No sé si hay que hablar de ello para poner sobre la mesa un problema que existe y es más frecuente de lo que suponemos, para arrojar luz sobre él e intentar dar con alguna solución, o si vale más callar por si es cierta esa convención no formulada que asevera que la sola mención del tema puede dar a quienes aún no se han atrevido a dar el empujón necesario para diluir sus últimas dudas. Sólo sé que, cuando trato de imaginar qué clase de pensamientos pueden llevar a alguien a determinar quitarse de en medio, me veo tan incapaz que sólo puedo sumergirme en un respeto profundo por quienes en cierto momento concluyen que la única salida pasa por bajar definitivamente el telón, y lamentar que un instante antes del impulso fatal no hubiese aparecido por allí alguien —un desconocido providencial, como escribió Umbral en un artículo hermoso— que convenciera al inminente suicida de aplazar el mal trago y buscar un bar en el que tomar una última copa, y luego otra, y otra, y otra, hasta concluir que, efectivamente, la vida es una mierda y no hay más escapatoria que el suicidio, pero que éste es uno de esos trámites que siempre hay que dejar para mañana.

El punto de vista

"El problema no suele estar ni en las palabras ni en quienes las escriben, sino en las pasiones y los odios que despiertan"

Una escritora acaba de publicar un libro en cuyo título se pregunta qué debemos hacer con Lolita. La respuesta es tan obvia —leerla— que no entiendo que la cuestión necesite para dilucidarse de todo un ensayo. No caeré en el recurso facilón de achacar a las décadas en curso unas veleidades censoras que no tuvieron las anteriores —porque sería incurrir en una falsedad o, cuando menos, en una exactitud—, pero sí llevo un tiempo advirtiendo cómo ciertas personas padecen de un exceso de literalidad que les hace ver gigantes donde únicamente hay molinos. El caso de la novela de Nabokov es, por recurrente, uno de los más paradigmáticos. El hecho de que él mismo incluyera desde el primer momento de la narración un prólogo en que explica que todo lo que viene a continuación es la autobiografía de un criminal, o que tras las primeras reacciones desproporcionadas incluyese un epílogo en el que clarificaba aún más la cuestión, no impiden que al cabo de los años se siga aseverando que sus páginas constituyen una apología encubierta de la pederastia, como si a estas alturas aún tuviésemos que explicar que la voz del narrador no tiene por qué coincidir con la del autor, y que el punto de vista es una herramienta excelente para internar al lector en territorios incómodos y emprender a su lado un tránsito que, en cualquier caso, podrá abandonar siempre a su antojo. Un argumento similar se empleó en Francia hace unos cuantos años para explicar que las historias de Astérix incitaban a la drogadicción —por el uso y abuso que los habitantes de la aldea gala hacen de la poción mágica—, y de idéntico razonamiento se sirvieron el cura y el barbero para prender fuego a las novelas de caballerías que amontonaba en su biblioteca el bueno de Alonso Quijano y cuyas tramas lo habían inspirado para convertirse en don Quijote. El Antiguo Testamento narra y justifica verdaderas atrocidades que sólo cabe interpretar como lo que son —meras historias nacidas al servicio de una alegoría muy concreta—, y el que un escritor pergeñe una novela ambientada en la II Guerra Mundial desde la perspectiva de un oficial nazi no quiere decir que comulgue con sus ideas, ni siquiera que las juzgue respetables. Significa que emplea una de las posibilidades que concede la ficción: la de situarse al otro lado de las cosas, y también de nosotros mismos, para intentar aproximarnos al punto de vista del adversario y comprobar cuánto dista realmente del nuestro. El problema no suele estar ni en las palabras ni en quienes las escriben, sino en las pasiones y los odios que despiertan en las conciencias de quienes se asoman a ellas.

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Pepehillo
Pepehillo
2 años hace

Los claroscuros existen, pero también los claros y oscuros. Otra cosa es que nuestra percepción suele estar viciada por una subjetividad de la que ni siquiera nos damos cuenta, porque no nos han enseñado a razonar bien ni, llegada una edad, nos preocupamos demasiado en hacerlo. El bien es el bien, y el mal es el mal, pero desde la realidad hasta la representación que nos hacemos de ella, y las consecuencias que esto tiene en la voluntad, hay un trecho en el que se derrama todo, o casi todo.