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Sigilo, de Ismael Martínez Biurrun

Sigilo, de Ismael Martínez Biurrun

Fede ha sido contratado para vigilar las obras de un rascacielos condenado a demolición por fallo estructural, cuando alguien se presenta con una oferta insólita: recibirá una gran suma de dinero si deja que ciertas personas suban a la azotea la próxima medianoche. La suerte quizá esté a punto de cambiar para una familia ensombrecida por la tragedia; en una remota autopista, su hermano Andrés agota el último cartucho de desesperación tratando de extorsionar a un empresario, mientras la madre de ambos busca ayuda para liberarse de los fantasmas que la atormentan. El pasado de los tres regresa encarnado en un hombre llamado Coppel, núcleo oscuro donde confluyen todas las grietas de esta familia.

Zenda adelanta las primeras páginas de Sigilo, de Ismael Martínez Biurrun.

(Abajo)

¿Esto es real?

Un interrogante alzado en mitad del vacío.

Porque no hay luz.

Ni tampoco sonido, aunque esto no es nuevo para él.

Todo lo que llega a sus terminaciones nerviosas es la negación de un dónde y de un cuándo.

Pero al menos es capaz de hacerse la pregunta, y eso debería bastar, debería probar que al menos conserva la vida.

Recuerda haber tenido sensaciones, aunque no puede fijarlas en un punto del pasado o del presente. Recuerda una sacudida, un deslizamiento, después un dolor que se extendía por todo el cuerpo, las manos hinchadas, las uñas
descarnadas.

Se ha derrumbado, piensa. La casa se me ha venido encima.

Pero no se trata de su casa, ni ha sucedido ahora, ni siquiera es él quien yace entre los escombros. Derrumbe solo es una palabra que gira como una llave en su memoria.

Jodi pou mwen, demen pou yon lot

Llega el rumor de una voz que puede ser remota o ridículamente próxima. Una voz de verdad, surgida de una garganta de verdad, no una imitación hecha de espasmos electrónicos —no, otra vez no, por favor—, y de pronto el milagro le produce vértigo.

Jodi pou mwen, demen pou yon lot

Es una mujer y está cantando, o rezando, o ambas cosas. Podría ser mamá, piensa, pero solo es un deseo bruto, sin confeccionar. Su propio nombre es todavía un borrón.

Simitye mache pazapa

Quiere levantar la cabeza, en vano. Puede tocar la tierra que lo rodea con la punta de la lengua. La palabra túnel se abre paso en su mente. ¿Túnel hacia dónde, y desde dónde?

¡Gade deye, o!

Es entonces, con el golpe de la última o, cuando se reconstruye la historia entera en su cabeza. El dónde y el cuándo. El coche. La lluvia. El derrumbe en el titular del periódico. Los ojos marrones y tristes del padre. Los ojos azules y gozosos de un hombre llamado Coppel.

Y por debajo, constante y sordo como el giro del planeta, el odio que lo ha traído hasta aquí.

Visitas

Magaly miró a los ojos del chino y sintió la descarga de una revelación, aunque inútil y sombría, como la solución de un teorema que no demuestra nada. Y era como sigue: el chino y ella habían recorrido durante décadas el planeta para encontrarse justo aquí, en esta ciudad a medio camino, y llevar a cabo este preciso acto de intercambio. Ella puso las bombillas encima del mostrador. Él dijo «dos cincuenta» y ella le tendió un billete de cinco. Él le dio el cambio. Ella dijo que no quería bolsa, gracias, y se dirigió a la salida, arrastrando la mirada de él en su trasero. Fin.

Existe una armonía en los dos significados de la palabra fin, como en el sonido de dos piezas contrarias que de pronto encajan, y son las últimas, sobre un tablero gigantesco: conocerás el propósito de tu vida cuando llegues a su final. Por pensar de esta manera su madre la llamaba loca. Aunque la vieja no estaba aquí para repetírselo. Mamá y papá ya no eran piezas del rompecabezas. Ahora su lugar lo ocupaba otra vieja.

La señora Claudia la había mandado a comprar bombillas porque decía que su marido se dedicaba a fundirlas durante la noche. También lo acusaba de otras cosas. De cambiar los libros de sitio. De encender el ordenador. De robar pequeños objetos. A veces, la señora dejaba un anillo barato o un pintalabios sobre la mesa del salón, antes de acostarse, y murmuraba: «No seas travieso, ¿eh?». Magaly intuía que la señora no dejaba objetos de verdadero valor para demostrarle que, milagros aparte, de quien sospechaba era de ella.

Porque se daba la circunstancia de que el marido había muerto cuatro años antes. Una conspiración de células enfermas, en lo más alto y en lo más bajo de su cuerpo, lo consumió en apenas unos meses. Una noche murmuró que quería ser incinerado, pero no tuvo tiempo de decidir dónde debían arrojar sus cenizas, así que Claudia se trajo la urna a casa y la colocó en el dormitorio conyugal, no muy lejos de donde la cabeza de él había reposado durante el último medio siglo. Y entonces, solo algunas semanas después, la viuda se levantó de la cama, fue a la cocina donde su hijo menor preparaba el desayuno y anunció:

—Creo que anoche me encontré a papá en el pasillo.

No estaba segura porque, después de todo, solo era una silueta parada en el umbral del recibidor. Una sombra. Que había movido un brazo, el derecho, tal vez a modo de saludo. Y nada más. Pero ¿quién, si no Rafael, podía pasearse por allí?

Sus hijos fueron cariñosos con ella, los dos fríos y distanciados hermanos se esforzaron de verdad durante aquellos días, mientras Claudia los odiaba secretamente por no creerla. Luego pasó el tiempo y, una tarde idéntica a cualquier otra, ella resbaló en el cuarto de baño. El resultado fue una cadera rota y la mitad de la pensión dedicada al salario de una interna. Entonces algo más cambió, con la llegada de Magaly.

A partir de aquel día las manifestaciones del difunto se convirtieron en una rutina. Su relato, al menos. Magaly, que acogió la primera historia con un gesto sincero de conmoción, tuvo que fabricar una máscara nueva para la crónica de cada mañana. Lo que no era fácil, porque debía mostrar escándalo y sobrecogimiento, pero también algo parecido a una gozosa iluminación. Lo importante, comprendió después, no era el efecto que las historias causaban en ella. Se trataba de constatar que la señora no sentía el menor miedo ante las visitas de su esposo, antes al contrario, la reconfortaban, constituían una especie de mensaje beatífico. Hemos mirado por detrás de la muerte, decían, y todo está en orden. El papel que correspondía a Magaly, exclusivamente, era el de admirarse por la fortaleza espiritual de aquella mujer.

Regresó con las bombillas, la barra de pan y el periódico.

—Gracias, Magaly —dijo sin mirarla, apostada en su butaca predilecta ante el ordenador—. Déjalo en la cocina.

La viuda había decidido, aunque sin confesarlo, no salir nunca más de casa. La cadera servía de excusa, pero habían pasado dos años de la operación y ya no le quedaba más que una cojera testimonial, apenas subrayada por la presencia de un bastón que, sospechaba Magaly, la señora dejaba olvidado cuando nadie miraba. De modo que se pasaba mañanas y tardes enteras sentada frente al ordenador. Escribía emails, leía las noticias, pero sobre todo escaneaba y retocaba viejas fotografías. Llegó a apuntarse a un curso de informática online, pero lo abandonó en cuanto se arregló con el manejo de las herramientas básicas. Cuando Magaly le decía que era una mujer autodidacta, Claudia sacudía la cabeza y respondía que solo imprudente. Aunque sonreía para sí.

La dominicana recorrió el pasillo deprisa, tratando de desprenderse de la sensación de fatalidad que la había emboscado en la tienda del chino. Le gustaba moverse por aquel piso. Estaba hecho de puertas estrechas, corredores largos y recovecos donde se agazapaban habitaciones minúsculas, como si lo hubieran diseñado para grandes familias de seres bajitos y laboriosos. Si se paraba ante las ventanas del salón, en los días de luz, Magaly podía refugiarse en el verde resplandeciente de los árboles y trasladarse a cualquier lugar lejos de Madrid, tal vez a una selva amazónica, tal vez a la isla de su infancia.

Sol y viernes eran dos palabras que la invitaban a canturrear. A las doce de la mañana del sábado abandonaría aquella hermosa prisión para no regresar hasta las nueve de la noche del domingo. Treinta y tres horas de libertad. Tiempo para sus compras. Tiempo para telefonear a sus primas, la única familia que le quedaba en Santo Domingo. Tiempo para meterse en la cama de Horacio y hacer el amor y cocinar mofongo y beber ron hasta perder el sentido. Tiempo para dormir sin escuchar los pasos de la señora cazando fantasmas en la madrugada.

Después de cambiar las bombillas, Magaly simuló tener que pasar la mopa por la habitación del ordenador para poder echar un vistazo al trabajo de la señora. Sabía que a ella le gustaba sentir su mirada por encima del hombro, a modo de público silencioso, igual que le gustaba sentir a Magaly durmiendo en la habitación de la entrada, por las noches, aunque nunca requería su ayuda.

—Solo es una prueba —se protegió Claudia. En la imagen de la pantalla se congregaban cuatro generaciones de la familia Arrieta sobre un fondo campestre. Todas las siluetas habían sido recortadas de otras fotografías, y un filtro azulado empastaba el conjunto para disimular el salto entre el color y el blanco y negro.

A Magaly no le interesaba tanto lo que se veía como lo que quedaba escondido por las imágenes, las intenciones no premeditadas. La dominicana había vivido lo suficiente para saber que el arte es solo una clase singular de magia, un código para contactar con el otro lado. El otro lado de qué, le habría preguntado su madre. Magaly, baja de las nubes.

—Está muy bien, Claudia.

—¿No se nota el cambio de color aquí, en los bordes?

Claro que se notaba. Esa era la gracia.

—No.

Comían temprano y luego la señora se quedaba dormida viendo los programas del corazón. Magaly tenía que asegurarse, antes de ponerse a mandar wasaps, porque Claudia no soportaba verla con el móvil. Así que vigilaba discretamente cómo se cerraban aquellos párpados de setenta años y esperaba a que la respiración se hundiera bajo el peso del primer sueño. Claudia había sido una mujer hermosa. Aún lo era. El duelo se escondía bajo su piel como una falla invisible; todo iba bien hasta que llegaba el terremoto, y entonces tenía que sentarse en la cama y sujetarse la cabeza con las manos para llorar, como si temiera que pudiera desgajarse del cuello y hacerse añicos contra el suelo.

En aquellas ocasiones siempre terminaban hablando de los hijos. De los que tenía Claudia, de los que no podía tener Magaly. Los hijos eran el gran fin, en todos sus sentidos.

Esa noche Magaly tuvo un sueño horrible.

Se encontraba en una casa que no era la suya, ni la de Claudia, ni ninguna otra en la que hubiera servido en los últimos años, pero que le resultaba oscuramente familiar. Era España, de eso no tenía duda. Estaba sola y preparaba la comida para alguien que llegaría de un momento a otro. Un hombre. ¿Horacio? Sí, debía de ser él, porque ella había dejado su vestido rojo colgado en la puerta para cuando terminase de cocinar; el vestido favorito de Horacio. Y estaba excitada. Pero había surgido algún problema; cada cinco minutos ella le enviaba un wasap, cuánto tardas, ¿estás llegando?, y él nunca respondía. A cambio llegó la noche, y la cena se quedó fría sobre la mesita frente al televisor. Magaly se quitó el vestido, lo recogió. Se dispuso a comerse el guiso, pero de pronto la bola de carne tenía un aspecto tumefacto, como un órgano que hubiera dejado de palpitar. Lo tiró al cubo de basura; también el helado que guardaba en el congelador. Estaba furiosa y se preparó un baño con espuma, intentó masturbarse, se rindió. Entonces oyó el sonido de la puerta y los pasos de un hombre por la salita. Iba a llamarlo, estoy desnuda y enojada, le diría, pero de pronto tuvo la certeza de que no era Horacio. Permaneció muy quieta en la bañera, escuchando. La puerta del cuarto de baño estaba entornada y por la rendija atisbó la espalda de un hombre canoso en mitad de la salita. Vestía un traje gris, y ahora sacaba algo de sus bolsillos. Magaly alcanzaba a oír el clic-clic de los objetos depositados con cuidado sobre la mesa. Luego el hombre se enderezó y dio media vuelta para marcharse. En ese instante Magaly pudo ver su perfil. Se trataba de Rafael, el esposo de Claudia. El difunto. Claro que en los sueños nadie está muerto del todo y ninguna visita es por completo inesperada. Por eso Magaly se limitó a taparse la boca, inmóvil en el agua templada, y a esperar el sonido de la puerta principal. Luego contó un minuto más, salió de la bañera y se envolvió en una toalla. El apartamento estaba vacío. Pero no del todo. Se acercó a la mesa de metacrilato donde poco antes hubo una deliciosa cena. En su lugar, una colección de menudencias se alineaban en un círculo casi perfecto: un pasador de pelo, un anillo de bisutería, un viejo cargador de móvil, un pequeño dietario, unas llaves…, y en el centro, la joya del botín: una vieja fotografía familiar que Magaly recordaba haber visto siempre sobre la cómoda del dormitorio. Uno a uno, reconoció todos los objetos que la señora Claudia había dado por perdidos o, mejor dicho, robados. Y aunque era una locura, Magaly acató la lógica de los hechos; el señor Rafael había reunido aquel ajuar de rapiñas, noche tras noche, y luego había decidido esconderlo en el único lugar donde Claudia jamás podría encontrarlo: dentro de los sueños de la criada. Tenía tanto sentido que se sintió embriagada por la responsabilidad. Cogió el anillo y se lo puso en el dedo, despacio, como una profanación traviesa. Le gustó notarlo alrededor de su piel, frío, prieto, real incluso en su doble falsedad. Entonces escuchó una respiración a su espalda. Se dio la vuelta y allí estaba el señor Rafael, de nuevo plantado ante ella, aunque su aspecto se alejaba dramáticamente del de las fotografías. Su pelo había sido engominado sin esmero hacia un lado, sus mejillas brillaban por el efecto de algún potingue barato y sus ojos castaños parecían abultados y acuosos, como hechos de plástico. El espectro —que no parecía un ángel ni un alma bendecida del cielo, sino todo lo contrario— quiso abrir la boca para decir algo, pero no le resultó fácil. Unos filamentos plateados mantenían sus labios cosidos a un plástico dentro de la boca, algún tipo de prótesis contra el hundimiento del rostro. A duras penas, el muerto logró desgarrar su propia carne para pronunciar: «Mi hijo». Luego repitió, con una consternación desoladora: «Mi hijo». Y entonces algo se desprendió de sus ojos. Como dos enormes lágrimas solidificadas, las lentillas rugosas que el maquillador había colocado para mantener sus párpados cerrados se escaparon de su sitio y resbalaron por el rostro atormentado.

Magaly se despertó con la boca abierta de par en par, pero muda, porque su grito se había quedado en el sueño, junto con todo lo demás. Su corazón, en la garganta.

La casa se deslizaba silenciosa como un buque por la madrugada.

Se sentó en la cama. Sus pies se retrajeron al notar la temperatura del parqué, templado como la piel de un animal, pero se esforzó en quitarse la imagen de la cabeza, porque necesitaba ir al baño. Cruzó deprisa el pasillo, evitando mirar dentro del dormitorio de la señora. No se oían ronquidos, lo que significaba que podía estar despierta y atenta a cualquier movimiento. Esperando a Rafael.

A tientas, Magaly se sentó en la taza y trató de mear del modo más silencioso. Estaba concentrada, sus dedos entrelazados sobre las rodillas, cuando notó algo que le cortó el chorro. Se levantó de un brinco, un segundo después, cerró la puerta y encendió la luz del cuarto de baño. Ahora sí soltó un grito, aunque breve, como el maullido de un gato aplastado.

Porque seguía allí.

En el cuarto dedo de su mano izquierda.

Y brillaba como si dijera: puede que no sea de plata, pero mírame, soy mágico, vengo del otro lado. Y te he pillado.

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Autor: Ismael Martínez Biurrun. TítuloSigilo. Editorial: Alianza. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

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