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Sobre la simbología en Silvestro Neri

El jueves 18 de enero del año 1951 nació en Roma Silvestro Neri, quien, posteriormente, sería también conocido en el mundo de la poesía como el poeta de la edad madura, entre otras cosas por su prudente demora en publicar sus filiares escritos. Si bien en su momento decidió estudiar la carrera de Medicina en la Universidad Católica de su ciudad natal, el amor por la palabra que lo había acompañado durante su infancia y su adolescencia en el liceo clásico Terenzio Mamiani no lo abandonó jamás. De esta forma, desde 1976 hasta la actualidad ha ejercido la profesión médica, combinada paralelamente con la controvertida práctica de la homeopatía, en diversas regiones de Italia pero, especialmente, en la Toscana, donde reside hoy por hoy.

Seis son los libros que por ahora ha publicado Neri en su lengua materna: los Canti sospesi tra la terra e il cielo (Aión Edizioni, primera edición en 2001 y segunda edición en 2006); Versi moderni nellantica Grecia (Arte più Arte Editrice, 2002); Alchimista, que es una bella colección de sonetos (Lalli Editore, 2003); Grecia: Poesia in due atti, cuaderno lírico que surge de sus constantes viajes a las tierras helénicas (Lalli Editore, 2007); Anemo e Caterina (Librare, 2010) y, finalmente, Opera Nuova (Raffaelli Editore, 2015).

Cantos suspendidos entre la tierra y el cielo (Editorial Independiente, 2017), sin embargo, fue su primer libro traducido al español. Es interesante destacar, asimismo, que junto a Lorenzo Cittadini coedita la revista Quaderni Mediterranei, que ya cuenta con dos números en su haber y recoge arte y cultura a lo largo y ancho del Mar Mediterráneo.

En su valioso discurrir literario ha sido meritoriamente reconocido con diversos galardones. Así, en 1986, se convirtió con el poema “Tenue linea” en finalista del Lerici Pea, un importante premio italiano de poesía. El 15 de diciembre de 2001, a su vez, se declaró vencedor absoluto del VIII Premio Arte più Arte, al ser distinguida su obra en el Circolo della Stampa de Milán. Igualmente, obtuvo en 2002 el Premio de las Artes Ciudad de Milán y en julio de 2003 el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Alassio.

Del 2008 al 2009 disfrutó del patrocinio del Ministerio de Bienes Culturales de Italia y pudo asistir gracias a ello a una gran cantidad de círculos literarios y culturales repartidos por toda la geografía itálica para promover, de este modo, sus obras. Además, ha tenido la oportunidad y el privilegio de presentar sus poemarios en múltiples países extranjeros, como son Suiza, Francia, Portugal o, mismamente, España.

Es conveniente saber, para comprender de verdad los Cantos suspendidos entre la tierra y el cielo, algunos datos. Silvestro Neri se casó en 1976 con la que es la indiscutible protagonista de los versos del libro, Maria Sapienza Turano, y más tarde ambos se retiraron, en noble exilio, a la tranquilidad del campo toscano. Ciertamente pasaron juntos varios lustros de felicidad; no obstante, en febrero de 1988, su cara y adorada mujer hubo de iniciar, ya enferma, el duro trance de la hemodiálisis para tratar de paliar los problemas renales que entonces padecía. Desde aquella fatídica hora Neri permaneció siempre que le fue posible a su vera, en cuerpo y alma; y esa experiencia vital se vería reflejada, cómo no, en su poesía, fundamentalmente en los Cantos que aquí, a partir de una pequeña selección, en dos lenguas confluyen.

A pesar de todos los esfuerzos, que fueron muchísimos, a pesar de todos los alientos del matrimonio eternamente unido, Maria Sapienza no fue capaz de superar la fatal enfermedad y, por desgracia, murió la víspera de San Pietro y San Paolo, el 28 de junio de 1994. La impotencia y el dolor que sobrecogieron al poeta ante la muerte del ser amado fueron inmensos, totalmente arrolladores, y en consecuencia, el marido, derrotado, huyó de Italia en un intento casi tan fallido como desesperado de alejarse de los recuerdos que lo estaban martirizando y destrozando. Tras conducir kilómetros y kilómetros en solitario por las carreteras europeas llegó, en medio de su locura, a Aviñón, donde el volcán de sus emociones entró en erupción y, ebrio, escribió durante las noches del célebre festival de la ville francesa la descorazonadora carta que dio pie a los Cantos suspendidos entre la tierra y el cielo. Dos años después, en 1996, cerraría el poemario; sin embargo, este no se publicaría hasta julio de 2001, permaneciendo, por consiguiente, todavía media década en reposo antes de ver la luz.

Este poemario se compone en total de seis partes, a saber: I) «Prólogo y leyenda», II) «Cantos desde Malva», III) «Cantos desde Paterna», IV) «El gran canto» —subdividido, a su vez, en otras tres: a) «Osiris moribundo», b) «Isis amante» y c) «Horus naciente», todas ellas haciendo referencia a la mitología egipcia—, V) «Entre los nuevos sonidos de la casa corsa» y VI) «Luces sobre el mar Jónico». Si nos fijamos detenidamente, apreciaremos que la distribución es brillante, sencilla, perfecta y armoniosa: consta, en primera instancia, de un prefacio, compuesto por la ya mencionada epístola y la fábula de la encantadora leyenda de la dama de Carcassonne, en la que aparece explícitamente el nombre de la destinataria de los Cantos: “Se mai apparirai  dolce mia bella / di certo inizierai    Sono io  Sapienza”; en segunda instancia, destacamos un eje axial sobre el cual orbita el resto del libro, «El gran canto», y dos partes respectivamente gemelas antes y después de este: por un lado, los «Cantos desde Malva» —primera residencia de Silvestro y Sapienza— y los «Cantos desde Paterna» —actual residencia—; por otro, «Entre los nuevos sonidos de la casa corsa» y «Luces sobre el mar Jónico». La concordia persiste en el interior: los «Cantos desde Malva» los conforman cuatro cantos y un nocturno —motivo musical—, mientras que los «Cantos desde Paterna» los configuran cuatro cantos y una sonata —motivo, por igual, musical—.

En el interior de «El gran canto» surge el epicentro mismo de la obra, que es «Osiris moribundo». En este extenso poema —el más largo de los recogidos— Silvestro Neri arroja cuanto guarda en su intimidad, sus esperanzas, sus miedos, y construye el que es, probablemente, el mejor de los Canti. Recordemos que Osiris era el dios de la resurrección, cuyo nombre en egipcio antiguo significaba, enigmáticamente, «perfecto antes y después de nacer», y era además quien presidía el tribunal destinado al juicio de los difuntos; ergo todo cobra su sentido al instante: el poeta prepara cuanto le es necesario para resucitar a la esposa arrebatada, mas también, moribundo, para resucitarse a sí mismo. La mitología egipcia cuenta que Isis era la gran maga, la diosa de la maternidad y del nacimiento, y, casualmente, esposa y a la par hermana de Osiris; así se comprende el sentimiento —resentimiento— del hombre cuando habla de Sapienza en Aviñón y recrimina a los extranjeros el tomarla por hermana.

Luego encontramos «Isis amante», tres cantos que, aunque escritos por Silvestro, se mezclan con la voz espiritual de Sapienza, de ahí la cursiva y de ahí su nombre: corales. Ha de atenderse en la lectura, por cierto, al uso de la cursiva que hace el poeta; la utiliza en la misiva del principio, en las diversas leyendas y en los ecos de otras voces. Nunca es una tipografía casual. Cosa aparte es la letra cursiva que los traductores, siguiendo las normas pertinentes de la Real Academia, insertamos al mantener en el texto español algunos vocablos italianos, como el apelativo que el marido dirige a su cónyuge: dolce mia bella.

El ciclo del cuarto bloque se cierra, consecuentemente, con «Horus naciente» —el hijo de Osiris e Isis—, serie compuesta por cinco cuadros —en sentido pictórico—, tavole en italiano, que transportan los cantos preliminares que han ido ascendiendo paulatinamente en su suspensión a su máximo exponente, y muestran con claridad su indiscutible condición de deidad.

A la postre, chocamos con cinco sonidos y cinco luces. Los diez son, en sus dos partes correspondientes, cantos relativos a la tierra; es por ello que los signos de puntuación que habían estado ausentes a lo largo de todo el libro regresan de repente: el yo poético ha conseguido reconciliarse con la vida, perdonar y perdonarse y volver a poner los pies cansados sobre el suelo. Este es el brillante juego que establece Neri: los cantos que están anclados a la tierra se muestran aprisionados por la puntuación en tanto que los del comienzo, los cuales se hallan —como anunciaba el título— suspendidos entre la tierra y el cielo, y aquellos que son puramente celestiales, los del estrato central, carecen de ella. La diatriba, según su ejecutor, obedece al anhelo de superar la realidad a través de la transgresión. Sin embargo, nótese el detalle que lo distingue de escritores como Vicente Huidobro o Mario Benedetti: no hace desaparecer la puntuación sin más, sino que crea un innovador sistema para facilitar con él la lectura y hacernos gozar de una nueva experiencia literaria: donde antes hubo un punto o una coma se aprecia, a modo de vestigio, un espacio tipográfico más acusado; no es este error de imprenta.

Ojalá con estas pocas directrices y aclaraciones la lectura de la selección resulte, a continuación, más suculenta.

 

Canto desde Aviñón

Te escribo desde donde no lo esperas
en esta ciudad de Papas y festivales
Aviñón de las piedras blancas
de las iglesias a medida de Dios
una calle velada querida familiar

Te escribo para decirte que te echo de menos
que me faltan las pequeñas las repetidas cosas
que hacen al hombre todavía hombre

Por ti que estás en torno tengo dolor
fantasma antiguo y fina mía energía
por ti rompen mis ojos impotentes
contra esos cielos que el cristiano sabe

Danzan siempre mis pies alrededor
y dentro de estos muros universales
en el laberinto amado y temido
más cercano al orgullo de la fe
tan lejano a tu corazón de amante

Vida inconclusa y sacra
esta ciudad te pertenece
para ti estos colores la canción
alegre de Provenza y de lavandas
para ti este palacio vivido con estupor
en la noche de los truenos
junto a los extranjeros mis hermanos
que de ti no saben
y te tienen por hermana

Canto da Avignone

Ti scrivo da dove non lo aspetti
in questa città di Papi e festival
Avignone dalle pietre bianche
dalle chiese a misura di Dio
una strada sommessa cara familiare

Ti scrivo per dirti che mi manchi
mi mancano le piccole le ripetute cose
che fanno dell’uomo ancora l’uomo

Per te ho dolore che d’intorno sei
fantasma antico e fine mia energia
per te s’infrangono i miei occhi impotenti
verso quei cieli che ogni cristiano sa

Danzano i miei piedi sempre intorno
e dentro a queste mura universali
nel labirinto amato e temuto
più vicino all’orgoglio della fede
lontano dal tuo cuore d’amante

Vita incompiuta e sacra
questa città ti appartiene
per te questi colori la canzone
allegra di Provenza e di lavande
per te questo palazzo vissuto con stupore
nella notte dei tuoni
accanto ai più stranieri e miei fratelli
che di te non sanno
e ti hanno per sorella

Canto del espejo

¿Quieres tú la sala que colorea
el corazón?

¿Quieres la pared blanca
y quieres el espejo
ese espejo que el aliento
no empaña
quieres tú en el juego de las lejanías?

El rostro
ese lago de lágrimas
refleja
la sonrisa del sol de junio

Luego tus hombros estrechos
las carnes tersas de los muslos
en la cornisa unen el conjunto

Los ojos se miran
en los ojos
sí el iris se marca
delante de la memoria

Detrás tú quieres ver
a quien ya no está
es el deseo el ángel ese vuelo
de mariposa nocturna
su sombra
tantea el cristal y se va

Cuánto encanto perdedor
no importa
en el juego serio de las lejanías
solo aparentes más allá del espejo

Por aquí las medimos horas y horas
y la hora el día en los aniversarios
que al ver el calendario
no nos basta

Canto dello specchio

Vuoi la stanza che colora
il cuore?

Vuoi la parete bianca
e vuoi lo specchio
quello specchio che il fiato
non appanna
vuoi tu nel gioco delle lontananze?

Il viso
quel lago di lacrime
riflette
il sorriso del sole di giugno

Poi le tue spalle strette
i muscoli sodi delle coscie
nella cornice uniscono l’insieme

Gli occhi si guardano
negli occhi
sì l’iride si segna
davanti alla memoria

Dietro tu vuoi vedere
chi non c’è
è il desiderio l’angelo quel volo
di farfalla notturna
l’ombra sua
punteggia il vetro se ne va

Quanto fascino perdente
non importa
nel gioco serio delle lontananze
solo apparenti al di là dello specchio

Di qua le misuriamo ore e ore
e l’ora il giorno nelle ricorrenze
che a vista il calendario
non ci basta

Cuadro uno

Soy el Dios mortal blando lloroso
el ancla del celeste Yo tierno
papiro
Al sol que el despertar vela
mítico trasvolando de rocío
analizante los leves crecimientos
en el verde de la hoja sibilina
una energía potencia incomprometida
la lágrima del fruto inanimado
a la vista pero abierto en vertical
nacimiento
Al sol que fermenta los panes
de la tierra de rocas sonrojante
incrustando las espigas evaporando
los alientos nombrados
El Dios mortal
arrodillado ante el ánfora rodante
que el torno progenitor interpretando
húmeda gema rápida joya
en la muesca de piedra emocionante
resina antenatal que goteando
esfera sobre esfera mueve empedrando

Tavola uno

Sono il mortale Dio molle piangente
l’àncora del celeste io tenero
papiro
Al sole che il risveglio veglia
mitico trasvolando di rugiada
analizzante i lievi accrescimenti
nel verde della foglia sibillina
un’energia potenza incompromessa
la lacrima del frutto inanimato
a vista ma aperto in verticale
nascita
Al sole che lievita i pani
dalla terra di sassi rosseggiante
incrostando le spighe evaporando
i nominati fiati
Il Dio mortale
inginocchiato all’anfora ruotante
che il genitore tornio interpretando
umida geme rapido gioiello
all’intaglio di pietra emozionante
resina antenatale che colando
sfera su sfera acciottolando muove

Luz quinta

Aparece mía, desaparece, sin embargo será
la isla amada, la isla hundida
que el ojo vela y un grano llora.

La estela, la senda. Se acomoda al extremo
fin del mundo, hilo en el horizonte,

puente del corazón, fuente jazmín
que de cerca me da con el perfume.

Quinta luce

Appare mia, sparisce eppure sia
l’isola amata, l’isola affondata
che l’occhio vela ed un granello piange.

La scia, la via. Si accomoda all’estremo
fine del mondo, filo all’orizzonte,

ponte del cuore, fonte gelsomino
con il profumo che mi dà vicino.

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Autor: Silvestro Neri. Título: Cantos suspendidos entre la tierra y el cielo. Traductores: Giovanni Caprara y Pedro J. Plaza González. Editorial: Editorial Independiente.

Giovanni Caprara es Doctor en Traducción e Interpretación por la Universidad de Málaga, Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga y en Lenguas y Literatura Extranjeras por la Universidad de Siena (Italia). Se ha ocupado de distintos campos (jurídico, médico, farmacéutico, informático y turístico, entre otros) y ha trabajado como intérprete en algunos tribunales de Andalucía. Ha traducido al italiano autores como Justo Navarro, José Antonio Muñoz Rojas y Antonio Martínez Asensio. También ha realizado la traducción del Catálogo Razonado del artista José Guerrero (publicado por la Diputación Provincial de Granada) y de la obra The Estate of Anonymous, de Carlos Miranda, publicado en Italia a principios de año. En 2011 ha publicado el libro La novela policíaca en Italia, en la editorial Alfar de Sevilla. Su principal línea de investigación gira sobre la Variación Lingüística del Italiano y ha realizado algunos estudios sobre la versión traducida al castellano de las obras del escritor italiano Andrea Camilleri.

Pedro J. Plaza, foto de Gerardo Ballesteros.

Pedro J. Plaza González. Pedro ha sido premiado en diversos concursos literarios de distinta naturaleza, de entre los cuales pudiera destacarse el accésit recibido en el V Premio Cero Internacional de Poesía Joven Bodegas El Pimpi por su poema “We Will Meet Again” o el III Premio Alborán de Microrrelato. Se ha encargado de la antología Desde el Sur te lo digo, de Antonio Gala (Rafael Inglada Ediciones, 2019), la cual reúne sus poemas escritos en Málaga y algunos inéditos.

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