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Solo muere el olvidado, el II Batallón del Regimiento 262 en Krasny Bor

Solo muere el olvidado, el II Batallón del Regimiento 262 en Krasny Bor

Abril de 1943, Krasny Bor, cercanías de Leningrado. Un brutal fuego de artillería enemiga se cierne sobre los soldados españoles en una ofensiva como pocas veces se ha visto en la historia bélica de la humanidad. Aguantan como leones intensas avalanchas de carros de combate y batallones de infantería. Soportando un frío glacial, y en inferioridad numérica aplastante, solo pueden exhibir su valor y coraje sobrehumanos armados de fusiles Mauser, ametralladoras, morteros y una pequeña remesa de granadas de mano.

Luchan por lo que piensan que es justo, por lo que creen que merece la pena morir, aunque el presentismo histórico que nos invade no sea capaz ni de atisbar sus motivaciones. Un totum revolutum de sentimientos y valores: honor, camaradería, patriotismo y fe.

Se ha estimado que la superioridad enemiga era de diez a uno. 5.000 españoles de la División Azul resistieron el ataque de dos divisiones soviéticas compuestas por decenas de miles de hombres y cien carros de combate, otros tantos aviones y 800 piezas de artillería. Se enfrentaban a una muerte segura, pero no por ello abandonaron. La expresión «peleaban como si les fuera la vida en ello» adquiría todo su sentido. Sabían que no llegarían los refuerzos y que apenas había esperanza, pero aun así lucharían hasta la muerte.

Una de las compañías fue casi extinguida, otras diezmadas y otras tan rodeadas que llegaron a pedir «fuego amigo» para morir matando. Aislados, el combate duró más de un día, pero su resistencia fue tan heroica que contuvieron el ataque, infligieron diez mil bajas al enemigo rojo y evitaron la ruptura del cerco de Leningrado, «aunque pagando un precio altísimo por no dar un paso atrás, por cumplir la misión» —afirma el autor del libro que reseñamos.

"Hubo un pequeño porcentaje de divisionarios que se alistaron para luchar en la Segunda Guerra Mundial por ser soldados de fortuna, aventureros o con intención de lavar su pasado republicano"

Solo muere el olvidado, de José Manuel Estévez Payeras, de Editorial Actas, es la historia de uno de esos batallones, el segundo del Regimiento 262 de la 250ª División de la Wehrmacht, que estuvo en primera línea de una batalla hoy considerada casi mítica.

José Manuel Estévez Payeras (Palma de Mallorca, 1962) es coronel de Infantería de Marina y su carrera profesional ha transcurrido en unidades del Tercio de Armada. Desplegado en Bosnia Herzegovina en dos ocasiones y ayudante de S. M. el rey, fue profesor del Centro Superior de Estudios de la Defensa y agregado de Defensa de Embajadas españolas en África. Cazador paracaidista, buceador de combate y desactivador de explosivos, es diplomado en Estado Mayor y en el Colegio de Defensa de la OTAN y máster en Seguridad y Defensa por la Universidad Complutense. Autor de numerosos artículos, firmó su primer trabajo sobre Krasny Bor en 1997, y en 2020 coordinó 5 guripas del 262, dedicado al Regimiento 262 de la División Azul.

 

EL CONTEXTO

Dice Arturo Pérez-Reverte, que ha ponderado Solo muere el olvidado, que a la División Azul «se la juzga con argumentos ideológicos, orillando el hecho principal: el episodio histórico, su épica objetiva y su interesante consideración». Y es cierto. Afortunadamente, este siglo ha puesto las cosas en su sitio desde el punto de vista bibliográfico, aunque algunos, poco documentados o con intención ideológica torticera, sigan perpetuando falsos mantras, como el nazismo de los divisionarios o la obligatoriedad en el alistamiento.

"Muchos en el Frente del Este combatían no solo al comunismo, sino que estaban defendiendo la civilización cristiana y lo que para ellos era la libertad individual"

Hubo un pequeño porcentaje de divisionarios que se alistaron para luchar en la Segunda Guerra Mundial por ser soldados de fortuna, aventureros o con intención de lavar su pasado republicano, pero la inmensa mayoría lo hizo por un anticomunismo manifiesto. Unos y otros, todos, se alistaron de forma voluntaria. Parece molestar que aquellos contingentes de hombres fueran capaces de movilizarse y desplazarse miles de kilómetros a una tierra hostil y dejarse la vida por estos ideales.

Muchos en el Frente del Este combatían no solo al comunismo, sino que estaban defendiendo la civilización cristiana y lo que para ellos era la libertad individual frente a las hordas de la barbarie que representaba para ellos el Ejército Rojo. Pero hubo más razones, y Estévez Payeras, en Solo muere el olvidado, trata de estudiar a fondo las circunstancias de cada soldado del Segundo Batallón del Regimiento 262, saber de sus vidas, sus familias y su realidad social, y deja al lector que saque sus propias conclusiones.

Suele obviarse que la División Azul se negó a atacar a otro país aliado que no fuera la Unión Soviética. Tuvieron que jurar fidelidad al ejército de Adolf Hitler, líder de un bando hoy defenestrado por su totalitarismo y sus crímenes contra la humanidad. Sin embargo, esta magnitud maléfica que ensombrece el heroísmo de los divisionarios nunca suele confrontarse con la dimensión del régimen al que se enfrentaron.

"Resulta una hipocresía sin límites estigmatizarlos por luchar junto al bando alemán y no ensalzarlos por enfrentarse con valentía a la Rusia soviética"

Resulta una hipocresía sin límites estigmatizarlos por luchar junto al bando alemán y no ensalzarlos por enfrentarse con valentía a la Rusia soviética, una férrea dictadura que llevaba a sus espaldas más millones de asesinados que Hitler, más kilómetros invadidos de países vecinos y más millones de prisioneros en sus campos. Si hoy tuviera un Núremberg demostraría, según las propias fuentes rusas, que el régimen comunista contra el que combatían habría multiplicado por veinte los muertos del siniestro Führer alemán y por diez también sus años de vigencia y represión totalitaria.

Al margen de que los divisionarios en 1943 —como el resto del mundo— desconocían el holocausto nazi y fueron contrarios —como demostraron con sus acciones— a las políticas hostiles al judaísmo, pocas unidades militares en el mundo pueden presumir de un historial tan limpio de mácula como la División Española de Voluntarios, 250ª de la Wehrmacht (División Azul). Ni un solo documento prueba la más mínima participación en crímenes de guerra o abusos de ninguna clase contra la población civil. 

No es un libro más

Solo muere el olvidado no es un libro más de los muchos que han aparecido en la última década dedicados a la División Azul . Ha supuesto todo un revulsivo en un maremágnum de distintos géneros que se han dedicado a un episodio bélico que arrasa en el interés del público. De hecho, aunque sorprenda, es el ámbito de la Segunda Guerra Mundial del que más se ha publicado en el presente siglo. Obras como esta demuestran que es un capítulo del que todavía hay mucho por descubrir.

Pero ¿cuáles son sus valores?, ¿qué lo distingue de otras? Analizamos diez razones que lo explican:

1.- LA FASCINACIÓN POR KRASNY BOR

Krasny Bor es el punto culminante de la obra. David Glantz o Carlos Caballero, referentes del tema, destacan la importancia de la batalla en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. La eficaz defensa por parte de los españoles de la línea que les fue asignada evitó el colapso del Grupo de Ejércitos Norte alemán, y con ella la repetición de una catástrofe como la de Stalingrado. Junto a la acción protagonizada por los esquiadores españoles en el lago Ilmen, esta es la batalla divisionaria que ha despertado más interés en la bibliografía contemporánea.

Solo muere el olvidado dedica a Krasny Bor casi cien páginas, tratando de relatarla en tiempo real. Para militares e historiadores resulta de un extraordinario atractivo. “Pasan las horas y, aunque van cayendo los mandos de las unidades, los hombres resisten como si no pasase nada, como si se pudiese ganar un envite imposible. Y lo hacen. Vencen. Pagan con la vida, pero el frente no se romperá”. Pérez-Reverte piensa que Krasny Bor debería estar en los libros de Historia, como la toma de Tenochtitlán.

Krasny Bor fue la batalla más dura que libró la División Azul en Rusia, como detalla la obra de Salvador Fontenla. Muchos de los combatientes del batallón habían sufrido en la Guerra Civil lides de extrema dureza, como Brunete, el Ebro o Teruel, pero lo vivido allí no era comparable.

"La Unión Soviética liberó a todos los presos de guerra de todas las naciones, menos a los españoles"

Además, aunque todo sucedió el 9 de febrero de 1943, para algunos la batalla no terminaría hasta el año 1954. Seguirían luchando por sus vidas y sus mentes en otro frente muy distinto, los campos de prisioneros del Gulag ruso, en los que combatientes de Krasny Bor sufrirían un durísimo cautiverio, con hacinamiento en barracones insalubres, epidemias e infecciones, trabajos forzados y el hambre, apenas aliviada por una dieta miserable. Pero lo más doloroso fue el haberse sentido olvidados y saberse prisioneros sin límite de condena. La Unión Soviética liberó a todos los presos de guerra de todas las naciones, menos a los españoles. Para Stalin era su venganza por haber sido derrotado en la Guerra Civil española. Solo muerto el dictador soviético pudieron volver a España en el buque Semíramis, como comentamos en Zenda a raíz de la reseña del libro Cautivos en Rusia, de Francisco Torres.

Muchos de los divisionarios no sobrevivieron al Gulag, y los que lo hicieron quedarían marcados de por vida. La mayoría arrastraron graves secuelas físicas y psicológicas, consecuencia de las condiciones infrahumanas —un sistema carcelario militarizado, con durísimas condiciones de trabajo, bajísimas temperaturas, largas jornadas sin descansos, combinadas con una deficiente alimentación— que padecieron durante los once años de cautiverio.

Sin embargo, pese a su terrible reclusión, no perdieron la esperanza y el presidio se convirtió en un ignoto combate por la libertad y la dignidad. Tanto es así que uno de sus protagonistas, el famoso capitán Palacios, calificó esta experiencia como «la batalla de los once años».

2.- LA SOLIDEZ DE UN JEFE

José Payeras Alcina, jefe del II Batallón del Regimiento 262º, es el abuelo del autor y el impulsor emocional del libro. La obra abre relatando someramente su perfil biográfico y su trayectoria como militar de carrera en la Guerra de África y la Guerra Civil. El autor no se explaya. Pudiendo hacerlo, el autor apenas nos da unos apuntes. No quiere distraernos. Desde el inicio, su intención es llevar al lector a la gran batalla, focalizar el esfuerzo en su objetivo final: la batalla de Krasny Bor.

Payeras sería alcanzado por un obús en su puesto de mando en las primeras horas de la ofensiva soviética. Herido de gravedad, fue evacuado al hospital militar español de Riga (Letonia); allí moriría y sería enterrado. Ya poseía una Cruz de Hierro, y poco antes de fallecer por el planeamiento y conducción de la defensa le concedieron la de Primera Clase. A través de las páginas llegaremos a conocerlo, compartir sus vivencias y anhelos y empatizar con la figura de un jefe abnegado y dedicado a sus hombres. Su imbricación en su núcleo familiar nos acerca también a su dimensión humana y emocional.

3.- MOTIVACIÓN. El valor de un grupo y recordar su legado

Estévez Payeras, estudioso de la División Azul y especialista en Krasny Bor, decidió escribir este libro para rendir homenaje a su abuelo: «Murió cumpliendo su deber, y a pesar de no haberlo podido conocer, como familiar y militar español siempre me he sentido en deuda con él».

"Los que fallecieron allí jamás pudieron contarlo, pero los que volvieron apenas hablaban de ello con sus allegados"

Pronto se dio cuenta de que este capítulo glorioso era ininteligible sin abordar el valor de sus hombres, tanto oficiales como suboficiales y tropa. Porque, en general, la Historia solo deja constancia de las figuras más destacadas, pero ¿y si pudiésemos saber los nombres y las vicisitudes personales de cada arcabucero de los Tercios, de todos los conquistadores de América, de los soldados de reemplazo que lucharon en las lomas de San Juan en Cuba, de los artilleros de Daoiz y Velarde haciendo frente a los franceses en las calles de Madrid y de todos los que aparecen «resucitados» en los cuadros de Augusto Ferrer-Dalmau? Estévez Payeras se sentía muy agradecido a su familia por haberle transmitido el legado de un abuelo que no había sido olvidado pero ¿y el resto?, ¿quién los recordaría? ¿quiénes fueron, de dónde provenían, cuál fue su trayectoria en la unidad? Como historiador militar y descendiente tenía una oportunidad única. Como resultado de esas reflexiones, el sujeto del libro mutó. Ya no sería el comandante Payeras, sería el batallón al completo.

Los que fallecieron allí jamás pudieron contarlo, pero los que volvieron apenas hablaban de ello con sus allegados. La experiencia bélica permaneció como una faceta íntima y desgarradora en sus corazones, y sus familias conocieron muy someramente su papel como valientes soldados en el frente más letal de la II Guerra Mundial, algo que Estévez solventa en Solo muere el olvidado, un acto que, sin duda, le honraría ante su abuelo. El autor ha logrado casi lo imposible: dar a conocer sus vidas y el sacrificio de todos sus miembros. Además, lo hace intentando llegar al mayor número de lectores, no solo a los entusiastas de la historia militar.

4.- UNA INTENSA Y POLIÉDRICA INVESTIGACIÓN

Siete han sido los años que José Manuel Estévez ha dedicado a investigar las vidas de los miembros del batallón. No fue fácil. Los fondos de los archivos militares de Ávila y Segovia, sus expedientes, las aportaciones de las familias de los protagonistas, principalmente diarios y cartas escritas desde el frente, han sido confrontados con fuentes bibliográficas y hemerográficas. Desde el parte más exhaustivo a un programa de fiestas de un pueblo donde se citaba a un divisionario, no dejó nada por explorar. Casi mil vidas y actuaciones que le han permitido construir una historia coral, vital, personal y militar de una unidad.

No es una novela: el autor no puede ni quiere dejar volar su imaginación. Detrás de cada anécdota hay investigación y documentación. Cada hecho relevante o intrascendente tiene un rostro. El que está de guardia en la trinchera, el herido en un bombardeo, el que se le han congelado ambas piernas, el que se desespera por las cartas que no llegan, el soldado raso que entablilla una pierna fracturada y «descubre» que es un médico titulado, el que deserta y luego exhorta a los hombres para que se sumen a la revolución, quienes recuerdan su pueblo con nostalgia… Microhistorias de mil personajes que, enhebradas, ofrecen la realidad de la vida de la unidad.

La mayoría de los componentes del II Batallón son anónimos y hoy olvidados, pero algunos fueron muy significados, como el capitán ferrolano Quintana Lacaci, que años después tendría una actuación decisiva para el fracaso del 23-F y que sería asesinado cobardemente por la ETA, o el protagonista de la famosa novela Embajador en el infierno, de Luca de Tena, el laureado capitán Teodoro Palacios, uno de los héroes del Semíramis, como el capitán Oroquieta. Todos ellos, conocidos y anónimos, un día tuvieron una familia, un entorno y una identidad a las que el autor nos deja asomarnos.

5.- EFICACIA NARRATIVA

¿Cómo abordar una información tan plural y variopinta sin caer en una retahíla de biografías? ¿Cómo lograr insertarlas en una única narración que no sea lastrada por la enumeración continua?

"Los cientos y cientos de hombres del batallón II/262, con sus nombres y apellidos, van apareciendo uno a uno, en el momento y lugar adecuado"

La viveza en la novela resulta fácil, pero complicada en un ensayo histórico donde se revelan tantos datos documentados a los que no se quiere renunciar. Sin embargo, Estévez lo solventa con maestría mediante el uso de un lenguaje muy directo y un ritmo ágil, y donde cada hombre citado se convierte en una pieza del engranaje, y va entretejiendo las historias personales en continuum ameno que va cristalizando en un relato de gran eficacia narrativa.

Los cientos y cientos de hombres del batallón II/262, con sus nombres y apellidos, van apareciendo uno a uno, en el momento y lugar adecuado. Aunque ralentiza a veces la lectura, nos hace percibir que todo lo que se cuenta es de una verosimilitud escalofriante.

Como hilo conductor, enhebra el Parte de Operaciones de la unidad, y la correspondencia entre su abuelo y Conchita, la mujer que en Mallorca anhela su vuelta junto a sus dos hijas de corta edad. Las minitramas de una decena larga de personajes secundarios redondean una historia que termina de completarse con los hechos de armas.

Asuntos trascendentes, como el dolor por los compañeros caídos, la separación de los miembros del batallón, la dureza de las guardias, las amputaciones por frío, los bombardeos o la precisión mortífera de los francotiradores rusos, se mezclan con pequeños detalles cotidianos como las comidas, pequeñas celebraciones, conversaciones, mosquitos que pican como demonios, conversaciones o ceremonias religiosas. Todo suma y aporta en el relato global.

Es un libro que cautiva y atrapa. La  inmersión en el relato hace que el lector llegue a sentirse un miembro más de aquel batallón. «Se vive junto a Payeras, paseando por las trincheras, recibiendo a su gente en el Puesto de Mando, teniendo noticias de los hombres que han llegado con el último batallón en marcha, de los que han resultado heridos, de quienes regresan de un hospital, de quienes tornan a la Patria. De quienes, con la muerte, prestan el último y más sublime acto de servicio. Aprendiendo el nombre y apellidos de cada uno. Sabiendo a qué se dedicaban antes de marchar a Rusia», narra a propósito de la obra Carlos Caballero.

6.- LA HUMANIDAD SOBRE LO CASTRENSE

Los ensayos históricos son difíciles de leer para el gran público. El autor pretende aumentar el espectro de lectores y recurre a un condicionante atípico en un tema bélico: se aleja de despliegues, armas y tácticas, y sin perder rigor evita un planteamiento erudito.

"Los nombres y apellidos y sus ciudades, pueblos y aldeas y las razones de su alistamiento, insertadas en el desarrollo general del relato, nos trasladan a distintos escenarios"

Por ello, huye de tecnicismos castrenses en favor de una historicidad «humana». Se centra en dar a conocer la difícil y arriesgada vida diaria de esos españoles que combatían lejos de su tierra. Prefiere anécdotas de compañerismo o solidaridad que referencias políticas o geoestratégicas. Una obra desde la trinchera con la habilidad de situar al espectador como si fuese uno más de esos hombres reales, de carne y hueso con sus aspiraciones y tragedias personales.

Es, en definitiva, un libro de soldados, donde las consideraciones políticas no son importantes, o al menos son tan poco importantes como lo son para un soldado peleando por su vida, cumpliendo su misión, una idea que pone en boca de uno de los sargentos que viven en sus páginas:

«Nadie sabe menos de la guerra que los que están en la guerra. Muy cerca del enemigo, el sargento Salamanca no tiene idea de cómo va la contienda, ni de los grandes teatros de operaciones. Es ajeno a los movimientos de los ejércitos y a las estrategias y tácticas de los grandes generales. Desde su búnker es experto en la vida cotidiana de sus soldados, en la seguridad de su posición y en la rasancia de sus armas automáticas. Desde su puesto de combate, apenas ve unos palmos de terreno que se sabe al dedillo y siente a un enemigo que trata de hacer su trabajo igual que ellos».

7.- UN PRISMA ANTROPOLÓGICO: VIDA DEL SOLDADO

Estévez fue ahondando en este colectivo caracterizado por una gran heterogeneidad. «Prácticamente cito a todo el batallón». Casi con carácter de «barrido humano» por su gran diversidad en todas las esferas, desde la motivación del alistamiento hasta su origen geográfico, edades, educación y formación, esfera social, nivel económico, ideología o estado civil. Con ello, a la vez que demuestra el carácter poliédrico del contingente divisionario, logra transmitir un prisma antropológico genérico: el del soldado español que lucha fuera de su patria. Dibuja a la que en muchas ocasiones se ha definido como «la mejor infantería del mundo».

Los nombres y apellidos y sus ciudades, pueblos y aldeas y las razones de su alistamiento, insertadas en el desarrollo general del relato, nos trasladan a distintos escenarios. Cada español convertido en soldado muestra su carácter y personalidad, y podría ser cualquier soldado español de cualquiera de los episodios bélicos en los que hemos participado. Es la vida en combate de un hombre valiente, de un jefe, de unos soldados de honor, y también de las historias familiares que los rodean, extrapolables a cualquier guerra.

El general Dávila destaca cómo asoman las cualidades de la vida castrense, el compañerismo sin reservas, el sacrificio sin límites, el esfuerzo supremo, la obediencia debida y la lealtad. Solo muere el olvidado refleja con precisión y distinción todos los atributos del Ejército en todas y cada una de sus Armas.

7.- LA LÍRICA: capítulos y poemas

En la misma línea del valor del soldado español de todos los tiempos… ¿qué mejor título podría encontrar para los capítulos de una historia protagonizada por infantes de a pie? José Manuel Estévez los titula como las once estrofas del himno de la Infantería española. El mismo que cantó el joven cadete Payeras cuando ingresó en el Alcázar de Toledo, y el mismo que se canta con fervor hoy en día.

"La realidad es que España no los venera con justicia, pero las obras que recuerdan a estos soldados que se dejaron la piel en una guerra que asolaba el mundo sí lo hacen"

Su letra supone un compendio de las virtudes militares y del motor del soldado en combate. Sus estrofas detallan los valores que dan sentido a la profesión de las armas: sacrificio por el bien común, honor, patriotismo y agradecimiento. Leerlo «fuera de contexto» e imbricado en la narración emociona.

Es una capacidad lírica de conmover que se refuerza con la introducción de pequeños poemas de autores divisionarios en el texto, algunos muy conocidos, como Dionisio Ridruejo o Demetrio Castro, y otros menos, pero que en ningún caso se perciben como un añadido y contribuyen a definir el escenario o las propias emociones.

9.- EL PLACER DE LEER EN UN SOPORTE CLÁSICO

La Editorial Actas se ha esmerado en publicar esta obra con una gran calidad. Una hermosísima portada de reclamo, un formato sólido en tapa dura, excelente papel, cuidada tipografía, un completísimo índice onomástico y la calidad del abundante e interesante archivo fotográfico que aporta redondea un libro muy singular por muchos motivos,como hemos comentado. 

10.- EL RECUERDO A LOS CAÍDOS

El título del libro hace alusión a La muerte no es el final, hermosísima frase del himno —quizás el himno más emotivo— con el que los militares recuerdan y honran a los caídos de las Fuerzas Armadas españolas.

La realidad es que España no los venera con justicia, pero las obras que recuerdan a estos soldados que se dejaron la piel en una guerra que asolaba el mundo sí lo hacen. Este ensayo histórico transmuta en un santo cementerio que alberga el recuerdo de los componentes de un batallón de buenos españoles con el mismo respeto que los camposantos de blanquísimas cruces que jalonan los campos de batalla europeos.

De ahí el título, Solo muere el olvidado, que desde el agradecimiento y la admiración del autor a sus protagonistas exhorta a las nuevas generaciones a no pasar por alto su sacrificio y que no caigan en el olvido. Recoge la memoria de unos hombres que compartieron una historia de compromiso y compañerismo y que, como definió el general Aramburu Topete, también divisionario, combatieron «lejos de España, pero por España» en las gélidas estepas soviéticas en el frente más letal de la Segunda Guerra mundial.

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