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Fernando Gamboa, en Filipinas.

Me han sugerido escribir un artículo sobre la autopublicación, y la primera idea fue algo en plan: «Diez consejos para triunfar en la autopublicación, perder peso y ganar abdominales en quince días», que acompañaría con una foto de esas de antes y después, con un tipo cachas sosteniendo un ebook y enseñando dientes, junto a la foto de su yo del pasado, con cara triste y barriga cervecera.

Esa era la idea, vamos. Pero enseguida pensé: ¿Cómo voy a ponerme a disparar consejos a discreción, si quien me lee quizá no me conozca, no tenga idea de qué es la autopublicación y además le importe un carajo?

"He decidido dejar los consejos para luego y dedicar este primer artículo en Zenda a presentarme debidamente y explicar qué es eso de la autopublicación"

De modo que he decidido dejar los consejos para luego y dedicar este primer artículo en Zenda a presentarme debidamente y explicar qué es eso de la autopublicación —fijaos si es rara la palabrita, que el corrector no hace más que subrayármela en rojo mientras escribo—, y por qué está revolucionando la industria editorial en todo el mundo civilizado —aquí igual tardamos un poco más.

Lector, viajero y escritor

Lo primero. Soy Fernando Gamboa, y supongo que junto al encabezado de este artículo habrá una foto mía con gesto interesante y mirada intensa. Ni caso. En realidad tengo cara de despistado y sonrisa fácil, lo que sumado a mi pinta desaliñada, hace que la gente me pregunte habitualmente si en realidad soy yo el de la solapa de los libros —hay una vendedora del FNAC que aún se debe estar riendo.

"Quería enrolarme en La Hispaniola, volar cinco semanas en globo y luchar a brazo partido junto a Sandokán"

No tengo pinta de escritor ni de lejos. Por no tener, no tengo ni una vocación por el asunto de la que presumir en plan «desde niño yo quería escribir y ser como…». Nah, yo quería ser astronauta o, en su defecto, piloto. Quería enrolarme en La Hispaniola, volar cinco semanas en globo y luchar a brazo partido junto a Sandokán frente a la costa de Malacca. Quería viajar y vivir aventuras sin fin. Escribirlas sonaba aburridísimo.

Así que, desde que aprendí a leer con cuatro años, por culpa de gente como Verne, London y Salgari, empecé a pasar más tiempo en esos lugares imaginarios que en el mundo real y, en cuanto tuve cuatro duros en el bolsillo y mayoría de edad, me largué con mi mochila en busca de esos parajes y esas aventuras de mi infancia …y bueno, cuarenta y tantos años después, aún sigo en ello. Me dejaron bien sonado esos cabrones.

Parafraseando a mi perfil de Twitter; soy lector y viajero y, solo después y a consecuencia de ello, escritor. En realidad, no hace ni diez años que publiqué mi primera novela. De modo que ya veis, soy un pipiolo en esto de juntar letras. Tampoco he sido periodista, filólogo, ni había escrito nada más largo que una carta a la novia antes de ponerme con mi primer libro, así que, aunque tengo seis obras publicadas y tropecientos mil lectores en todo el mundo, aún me siento raro hablando de mí mismo como escritor —no hablemos ya, dando consejos al respecto.

Autopublicación, una palabra maldita

El hecho de que la mayoría de ustedes no me conozca, seguramente es debido a que resulta muy difícil encontrar mis novelas en las librerías —escribo novelas de aventuras, por cierto, como no podía ser de otra manera—. Y aquí probablemente, es cuando usted arruga el ceño y se pregunta: ¿Y cómo leches publica y dice tener tantos lectores, si no venden sus libros en las librerías? Fácil: gracias a la autopublicación.

"Autopublicarse era una palabra maldita en el mundo literario. Era sinónimo de autor tan malo, que no había editorial que quisiera publicarlo "

Hasta hace unos años, autopublicarse era una palabra maldita en el mundo literario. Era sinónimo de autor tan malo, que no había editorial que quisiera publicarlo y terminaba haciéndolo por su cuenta y de su bolsillo. ¿Quién no ha visto en algún mercadillo o plaza de pueblo, a un fulano con pinta de no estar pasando su mejor momento, vendiendo sus propios libros en una mesa de camping? Por aquel entonces, a la autopublicación se la llamaba Vanity Publishing, es decir: publicación de vanidad. Quizá, porque era lo único que podía alimentar con las pírricas ventas que se conseguían. Pero como decía, eso era hace años. ¿Y qué ha cambiado desde entonces?

Internet.

Así de simple.

Ahora existen plataformas de publicación gratuitas como kdp, para que cualquier autor pueda poner a la venta sus obras sin coste alguno, en formato digital o impreso, y al alcance de cualquier lector en cualquier lugar del mundo en que se encuentre. Gracias a estas plataformas, los autores tenemos ahora cientos de millones de lectores potenciales; desde una ejecutiva de Nairobi a un pescador en Rapa Nui o un ama de casa de Wisconsin. Si tienen un ebook, un smartphone, una tablet o un ordenador, son lectores en potencia. Lectores que ahora tienen acceso a todos los libros del mundo por unos pocos dólares o incluso gratis, gracias a las librerías online.

A pesar de que en España, debido al encono de algunas editoriales —su negocio es el libro impreso, no perdamos eso de vista— y nuestra proverbial resistencia al cambio, el libro digital no acaba de despegar como en otros países de nuestro entorno —donde ya ronda y en ocasiones supera las ventas del libro impreso—, pero cada día se suman miles de nuevos lectores digitales en todo el mundo, que serán nuestros futuros lectores. Una buena parte de ellos, millones de latinoamericanos con los que compartimos lengua y que hasta ahora no podían permitirse gastar 25€ en un puñetero libro de tapa dura. Un continente entero de lectores potenciales que ahora, por primera vez, tendrán acceso a la literatura a precios accesibles —al que me diga que podrían ir a la biblioteca lo mando de una patada en el culo al Lago Titicaca, a buscar bibliotecas.

Resumiendo, que el libro digital es una gran noticia, se mire como se mire.

A pesar de ello, los defensores del ebook nos hemos de enfrentar permanentemente a los adalides del papel. Que si el digital no es lo mismo, que no se lee igual, que si el tacto y el olor de las páginas impresas, que si me gusta mojar el dedo en Agua del Carmen y luego chuparlo para pasar las páginas… Argumentos que en general, vienen de aquellos que se compran un libro al año —y generalmente para regalarlo—, o de lectores habituales que añoran las lámparas de petróleo, los duelos al amanecer y los mensajeros a caballo. Para los demás, el libro digital tiene tantas ventajas que me llevaría un artículo entero hablar de ello —y quizá lo haga, si después de escribir este no me exilian de Zenda.

Pero no he venido aquí a hablar de esto y, además, es un debate bizantino ya que al fin y al cabo ambos formatos son compatibles, y lo que realmente importa es que la gente lea. Ya sea en papel, en digital o en tablas de arcilla, pero que lea. Lo que cuenta es aquello que se narra en los libros, no el material de que están hechos.

Jugamos con ventaja

Pues como iba diciendo antes de irme por las ramas, la industria editorial está cambiando muy deprisa. Ha cambiado ya, de hecho. Y mira por dónde, los autores autopublicados —o independientes, o indies para abreviar— ahora juegan con ventaja. El fulano de antes ¿lo recuerdan? El de la mirada lánguida y el tenderete de libros en la plaza del pueblo, pues resulta que ahora vende sus obras a través de Internet, tiene traducidos sus libros a varios idiomas y una productora cinematográfica le ha ofrecido un pastizal de por los derechos de su última novela.

Este ejemplo me lo acabo de inventar, pero es mucho más común de lo que pudiera imaginarse y hay casos de autores independientes, sobre todo en EEUU, a los que les ha ido aún mejor.

Las cifras de ventas de libros digitales de los autores indies, crecen día a día en todo el mundo gracias a plataformas como Amazon. En lugares como Estados Unidos ya venden, en las librerías online, más que todo el conjunto de autores de editoriales tradicionales juntos. Unas cifras increíbles que no hacen más que crecer, al mismo ritmo que decrecen las ventas de las editoriales.

Pero ¿cómo es eso posible? Pues gracias a la mágica combinación de precios competitivos —¿quién coño va a comprar una novela en digital por 14€, cuando puede encontrar una igual de buena o mejor de un autor independiente, por 3 o 4?—, nuevos talentos que no están sujetos a los dictados de un puñado de editores y sus jefes de marketing y, por encima de todo, las recomendaciones de los lectores. Ahí está la clave.

Sin publicidad, campañas de prensa ni entrevistas en la tele, los autores indies dependen de las reseñas de los lectores en las plataformas donde ofrecen sus libros, así como de las recomendaciones que se hacen entre ellos en las redes sociales. Eso es lo que convierte en éxito o fracaso un libro en la era de Internet, y no el empeño de una editorial en vender un libro a base de alquilar escaparates y poner anuncios en marquesinas —que aún pasa, cierto, pero cada vez menos.

"Asistimos al nacimiento de una nueva era, en la cual los lectores escogen qué leer basándose en las recomendaciones de otros lectores"

Da vértigo, pero es algo maravilloso. Asistimos al nacimiento de una nueva era, en la cual los lectores escogen qué leer basándose en las recomendaciones de otros lectores, y no en la pasta que alguien se gaste en publicidad. Una nueva era, en la que los autores publican lo que quieren y tratan directamente con los lectores sin pasar por el embudo editorial. Ese misterioso lugar donde desaparecen miles de buenos libros cada año —y gran parte de los royalties de muchos autores—, cual Triángulo de las Bermudas.

Esto, obviamente, es una gran noticia para los autores. La mejor noticia diría yo, desde la invención de la imprenta o el bar de tapas.

Para los escritores noveles, es la posibilidad de ser descubiertos por millones de lectores de todo el mundo, sin necesidad de pasar años —o una vida entera— coleccionando cartas de rechazo editorial.

Para los escritores ya publicados, es la oportunidad de llegar a sus lectores sin tener que regalar los derechos de su novela a un editor, que puede quererla solo para hacer bulto en la mesa de novedades o calzar una silla coja.

Incluso, muchos autores superventas en todo el mundo —Paulo Cohelo o Matilde Asensi han sido de los últimos— ya se han pasado a la autopublicación independiente en formato digital, y cada vez son más.

Pero, sin duda alguna, los grandes beneficiados por esta revolución son los lectores.

Lectores, que ahora no leen solo lo que un puñado de editores deciden que tienen que leer, sino aquello que otros lectores les recomiendan o lo que sea que les venga en gana. Millones de libros más para elegir, obras maestras que descubrir, jóvenes autores con ganas de hacer cosas diferentes… En fin, como lector, estoy muy contento de vivir en estos tiempos.

La marea digital es imparable

Los grilletes que nos ataban a las editoriales se han roto, y aunque aún haya muchos autores que no se han dado cuenta —o no quieren—, por primera vez en la historia somos libres para ganarnos la vida escribiendo, sin tener que malvender nuestro trabajo y fiar nuestro futuro a la benevolencia de un editor.

Ahora son los lectores los que ostentan el poder, como siempre debería haber sido y como siempre debería ser; no solo para beneficio de autores y los lectores, sino por el mismo bien de la literatura.

"Es un gran momento para ser escritor"

Es un gran momento para ser escritor —el mejor de la historia, sin duda alguna—, y aunque haya muchos interesados en crear confusión y tapar el asunto, la marea digital es imparable y terminará por cortar los cabos que nos retienen en el pasado.

La autopublicación digital es el futuro, y es un futuro brillante y esperanzador para todos.

Soltemos amarras y vayamos a por él.

Fernando Gamboa
9º24’N / 124º67’E

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Nota: Aquí quería adjuntar una imagen en plan Toma de la Bastilla, conmigo esgrimiendo un ebook en alto entre nubes de humo de pólvora, mientras jaleo a una horda de escritores descamisados armados con portátiles y bolis de cuatro colores, pero por desgracia mi nivel de Photoshop no daba para tanto. Quizá para la próxima.

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