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Sonsoles Ónega en Sigüenza: “Déjame que sueñe con que gobernaremos el mundo”

Sonsoles Ónega en Sigüenza: “Déjame que sueñe con que gobernaremos el mundo”

Guadalajara se viste de nieve para la segunda cita del año con las Noches Literarias de Sigüenza —la VIII desde que José María Pérez se empeñase en llenar de libros el Salón del Trono del Parador que dirige— pero la tarde se presenta luminosa y fría, con un cielo despejado que hace refulgir aún más la nieve cuajada en el patio del castillo. Sonsoles Ónega (Madrid, 1977) –Sonsitas, como la llaman en casa–, la invitada de honor en la charla, que Ramón Ongil siempre adereza con garbo, llega a tierras del Doncel casi al caer la noche. Para compensar, será la mismísima doña Blanca quien abra la puerta de su habitación.

La periodista llega con premio y novela recientes: Después del amor (2017, Planeta, Premio de novela Fernando Lara). La historia sobre la relación, en la Barcelona de los años 30, entre Carmen Trilla, una mujer de la burguesía catalana, y Federico Escofet, un donjuán y capitán del Ejército. En la biografía oficial de Escofet la figura de Carmen, la amante, está ausente. “Las biografías a veces no se detienen en esos capítulos íntimos que tan bien retratan al personaje” —asegura Ónega—. “Hablé con diputados independentistas, y parece que les chirriaban las muelas al decir “voy a contar esto”, porque Fulanito tuvo una amante y sus hijas me han contado la historia. Parecía que no querían que se “manchara” la imagen del personaje”.

Hija y hermana de periodistas, ha trabajado en CNN+ y Cuatro y es desde hace años la corresponsal parlamentaria de Informativos Telecinco. También ha publicado Calle Habana, esquina Obispo (2005, Septem Ediciones), Encuentros en Bonaval (2010, Planeta), y Nosotras que lo quisimos todo (2015, Planeta). Pero como siempre en las charlas de Paradores, esto es casi secundario. Aquí se habla de las cosas que de verdad importan: conejos cochinos, gatos y polvorones, fantasmas de monjas blancas, hemerotecas, donjuanes bayos que relinchan, el azúcar como frente de batalla de una exadicta a la Nocilla, el debut diabético de un niño de cuatro años —mientras su madre se reponía de un cumpleaños familiar en un concierto de Hombres G y del alcohol que aún le bailaba por las venas— y, cómo no, de una niña que quería ser Encarna Sánchez. Hasta sobra tiempo para hablar de amor.

Como entrante, les dejamos con seis citas sobre el amor y cinco frases de la autora que podrán escuchar en el vídeo de la charla:

Seis citas sobre el amor:

— Escofet: “El piropo es la válvula de escape de la tontería masculina”

— Teresa de Calcula: “Ama hasta que te duela; si te duele, buena señal”

— Groucho Marx: “Lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis, y cuando se han curado de la indisposición, muchos se encuentran con que se han casado”

— Stendhal: “El enamoramiento es un estado de estupidez permanente”

— Plutarco: “Hay amores tan bellos que justifican las locuras que hacen”

— Cervantes: “Por eso juzgo y discierno por cosa cierta y notoria que tiene el amor su gloria a las puertas del infierno”

Cinco frases de la autora:

— “A los periodistas les concedo siempre la presunción de veracidad”

— “Yo soy persona de grandes consensos”

— “Yo estoy enamorada de la criada, de la Manola. Ejerció como conciencia de la señora siendo la criada”

— “No creo que haya pensado en ser otra cosa que periodista, porque vengo de una familia en la que no se hablaba de otra cosa. Yo quería ser Encarna Sánchez”

— “He cumplido 40 años y me he vuelto muy práctica. El 29 de noviembre sentí el peso de las agujas del reloj de una forma brutal. Esto es lo único que no paras, el tiempo. Olvídate, que no hay más”

Al otro lado del patio nevado aguardan velas, vajilla de porcelana y copas de vino. La cena posterior a la charla es el gran momento, lo sepan o no los lectores que acuden a ellas. No se le habla igual a un escritor con el estómago lleno y feliz y un par de buenos vinos —agua, en caso de los estudiantes de secundaria de los centros locales que asisten como invitados a todas y cada una de estas tertulias—. Ellos, como de costumbre, inician la ronda de preguntas, que esta vez llega un poco antes que los postres.

—Jaime: Usted está compaginando su carrera de periodista con la creación literaria. Si se viera obligada a elegir entre las dos, ¿con cuál se quedaría?

—Espero que no ocurra nunca, porque no concibo una cosa sin la otra, y el periodismo me da mucha gasolina para escribir, aunque también me roba mucho tiempo. Ahora, también te digo que no me veo dentro de quince años persiguiendo con un micrófono a Rajoy (que a este paso va a durar tanto como toda mi carrera). Por otro lado, tampoco te creas tú que la literatura paga hipotecas. Espero poder compaginar las dos cosas.

—Mario: ¿Qué sintió cuando ganó el Premio Fernando Lara 2017?

—Pues será un topicazo, pero sentí una ilusión enorme y una sensación de haber llegado, porque ya me había presentado a otros premios y tengo una amplia colección de cartas de editoriales rechazando mis manuscritos. Ganar un premio te permite por ejemplo estar hoy aquí, llegar a muchos más lectores, hacer una promoción más amplia, tener un mayor hueco en las librerías… Además, este premio solo se puede recibir una vez en la vida. A veces los sueños se hacen realidad.

—Mario: ¿Ha notado que se le han abierto nuevas puertas?

—Sin duda, pero al final somos lo último que hacemos. Eso lo aprendí del periodismo: un día te sale mal una conexión, y esa es la que recuerda todo el mundo, no las que salieron perfectas. Así que después de este quinto libro, solo queda trabajar en el sexto.

—Zoe: ¿Le cuesta más escribir realidad o ficción?

—Buena pregunta. Todos mis libros están vinculados a realidades, desde el primero, creado a raíz de la imagen que yo vi personalmente de un anciano en Cuba arreglando la puerta de su casa, metáfora magnífica del comunismo de Castro ya en los 90: arreglar la fachada para dar la impresión de que la Habana vieja no se había ido. Mi segunda novela está inspirada en los atentados del 11-M, que viví de cerca, la tercera surge de mi oficio de periodista y de una deuda personal con Galicia, la cuarta habla de mujeres trabajadoras, y esta quinta está basada en personajes reales. Trabajar sobre una historia real te da mucho, porque ya sabes cómo empieza y cómo acaba, y solo te queda enriquecerla, sabiendo que la trama ya de por sí es buena. Mi sexta novela no tendrá ese agarre en la realidad, noto la diferencia, porque no es tan fácil, aunque habrá autores que prefieran imaginárselo todo porque así se sientan más libres. Para mí la realidad es un corsé que me viene heredado del periodismo, y me siento más cómoda contando que inventando.

"La realidad es un corsé que me viene heredado del periodismo, me siento más cómoda contando que inventando"

—Amaya: ¿Cuándo cree que las mujeres intentarán dejar de ser Blancanieves para ser Vaiana?

—Bueno, ya existen Vaianas, luchando contra las olas, pero aún hay cosas que cambiar. Hay mucho machismo en la sociedad, a las mujeres muchas cosas nos cuestan el doble, y quien diga lo contrario miente, aunque hay ciertos estereotipos que ya están cambiando. Entre ellos, ese de querer ser Blancanieves: no creo que esa sea una aspiración tan común ahora. Los peligros para las generaciones de hoy son otros, como que te quieran controlar a través de las redes sociales. Vosotras, que sois la generación del futuro y las que gobernaréis el mundo si os lo creéis de verdad, no podéis permitir todo este tipo de cosas.

—¿Escribes dentro de unos plazos impuestos por tu editorial?

—Yo no sé cómo será con otros escritores, pero en mi caso los plazos son muy generosos, y esta vez incluso espero entregar la próxima antes de que se cumplan, ya que es una historia contemporánea que no me va a llevar tanto tiempo de estudio y documentación. Son momentos que he vivido, aceras que he pisado, gritos que he escuchado, así que el tiempo de publicación se puede reducir a la mitad. Pero no, a mí no me presionan. Como nunca he escrito novelas por encargo no sé cómo será ese tipo de presión, aunque estaría encantada de que lo hicieran, porque eso significaría que desean otro libro mío. [risas]

—¿Qué se siente cuando tras tres años de trabajo entregas por fin el libro terminado?

—Una sensación de orfandad grande, porque cuando estás al final del proceso creativo sientes un vacío como de desahucio de tu propio espacio, porque a mí escribir no me cuesta y nunca he sentido el horror del folio en blanco. Siempre pienso que algo saldrá y funcionará. Es una sensación de “me he ido al paro y que ahora sea lo que Dios quiera”. Luego enseguida vuelvo a escribir, porque lo necesito, no sé si será algún tipo de tara mental. Y hasta mi marido me lo dice: “Ponte a escribir, porque se te nota que te hace falta”. Para mí es absolutamente liberador.

—¿Tienes horarios para escribir?

—Con dos hijos de dos y cinco años, decidí ser muy mala madre de lunes a viernes, pero ser una madre excelente el fin de semana. Eso me obligaba a escribir por la noche entre semana y a hacer ajustes en mi matrimonio, claro. Si no acabaría desquiciada, con dieciocho dioptrías y una falta de sueño brutal. Además, hoy con la tecnología vas con la novela en la cabeza todo el día y puedes acceder a tu trabajo en cualquier momento. No sé si otros aún usarán cuadernos o algo así, pero yo hago notas a menudo usando el móvil, a las que luego puedo acceder a través del iPad o el ordenador grande. Y las consultas de las hemerotecas a golpe de click en la pantalla o poder recorrerte una ciudad en Google Earth son una maravilla que no había hace cuarenta años. No puedo imaginarme cómo tenía que ser escritor, periodista y padre hace solo treinta años. Hay que hacerlo rascando horas de donde sea, pero si quieres puedes.

—¿Te da miedo que tu próximo libro te lo comparen con esta premiada novela?

—Sin duda, porque no quieres decepcionar a quienes ya leyeron un libro tuyo que les gustó y a los que puedes perder en diez páginas del siguiente. Una vez un escritor me dijo: “El problema es que los escritores solo tienen un buen libro en toda su vida y después repiten muchos lugares comunes”. Y esa reflexión me persigue. Otra cosa que me dijeron, en concreto Manuel Jabois, es que la palabra “amor” no debería estar nunca en el título de una novela, que debería estar prohibida. Y yo: “¿Pero por qué?”. En la literatura hay que desacomplejarse. Se puede hablar de amor y salir en la tele y ser mujer y escribir novelas.

—¿El título lo tenías ya pensado, lo pusiste después, te lo impusieron…?

—Igual algún día una editorial me titula las novelas y me tengo que callar, pero eso yo nunca lo permitiría. Creo. Nunca digas “de este agua no beberé” ni “este cura no es mi padre”, pero no me ha ocurrido nunca. En este caso, el título bajo plica para el concurso era ‘Después del amor todo son palabras’, que viene de una frase de Alfonso Guerra cuando le preguntaron sobre qué era la política hacia el final de su carrera. Como que después de haberla vivido no se podía explicar. Pues lo mismo con el amor: tras vivirlo no hay palabra o frase que pueda explicar lo que uno siente. Después de ganar el premio, hablando con los que saben de libros mucho más que yo, entre ellos Fernando Delgado, me señalaron que era un título demasiado largo, así que se cambió. Así queda más enigmático y genera curiosidad en el lector: después del amor, ¿qué?

—Ramón Ongil: En la presentación del libro en el hotel Villamagna de Madrid con Mercedes Milà le salió: “¿Después del amor? El matrimonio”. [risas]

—Bueno, me salió así. Porque no lo sé. Para ti habrá una cosa, para otros otra…

—Jaime: Antes decía que se llevaba su historia consigo al coche, a la oficina, a la calle, a la cama… ¿Usted duerme bien? [risas]

—Pues duermo muy bien. Pero a veces te viene una idea justo cuando entras en la semiinconsciencia, y hasta hace nada yo me acordaba de todo, pero ahora no, me lo tengo que apuntar como sea aunque ya no lleve las lentillas puestas, porque tengo siete dioptrías, y como te pille un momento bueno te dan las mil.

—Mario: ¿Alguna vez ha estado una noche entera sin dormir escribiendo y luego ha tenido que preocuparse de los niños, el trabajo…?

—Escribir hasta tarde y hacer empalme al día siguiente no me ha ocurrido nunca. Días de levantarte con pocas horas de sueño, un montón. Pero vamos, que si os preocupa mi sueño, que sepáis que duermo bien [risas], porque además es necesario. Me quedan traumas de trabajar en CNN+ a veces a las cinco de la mañana y a veces de noche, y yo necesito dormir. En silencio.

"Los hombres y las mujeres miramos distinto. Ni mejor ni peor. Y el gran reto es hacer el mejor equipo posible entre las dos miradas"

—Mario: ¿Le interesa el tipo de mujer poderosa como personaje?

—Sí, claro, me interesa la mujer poderosa, y no por el momento actual de ola del feminismo, sino porque en el terreno de la mujer queda mucho sin hacer. Siempre me han interesado los personajes femeninos que me han ayudado a entender el mundo desde el punto de vista de una mujer, porque ese punto de vista con mirada de mujer existe. Los hombres y las mujeres miramos distinto. Ni mejor ni peor. Y el gran reto es hacer el mejor equipo posible entre las dos miradas. A mí siempre me encontrarás al lado de las mujeres, y nos debemos mutuamente hacer equipo entre nosotras, susurrándonos al oído “sigue, no renuncies, no lo dejes”.

—Mario: ¿Alguna vez se ha inspirado en algún personaje histórico?

—Como tal no, pero en casi todas mis novelas hay pequeños homenajes, por ejemplo a Clara Campoamor, cuyo busto por fin ya está en un lugar destacado en el Congreso en vez de en un rincón, o a Rosalía de Castro. Pero son solo pinceladas.

"Nadie puede no ser feminista, feminismo es creer en la igualdad de derechos para las mujeres… Yo nunca me he sentido menos que un hombre… Yo creo en los hombres que creen en las mujeres"

—Amaya: ¿Se distingue hoy bien feminismo de hembrismo?

—Yo creo que nadie puede no ser feminista, feminismo es creer en la igualdad de derechos para las mujeres. ¿Hay alguien que no crea eso? En España ya no tenemos un problema de derechos y libertades. No lo tenemos. Eso ya lo construyeron por nosotras en el pasado, peleando para que las tuviéramos. Ahora lo que tenemos que hacer es ejercerlo. Yo nunca me he sentido menos que un hombre. Ahora, ¿que me ha costado más llegar que a los tíos? Sin duda, y a menudo en la intimidad, porque todo esto empieza en las casas, diciendo a tu chico: “Oye, que el manual de la lavadora también está para ti, que a mí esto no me viene de serie”. La verdadera revolución empezará ahí. Cuando empecéis a currar no vais a tener un problema de derechos o libertades, pero quien se tendrá que imponer serás tú, y a tu lado todas, con la ley de tu parte. Y como dice la dedicatoria de la novela, yo creo en los hombres que creen en las mujeres. Entre ellas, las que son ambiciosas y quieren el poder, como ellos toda la vida. Para cambiar las cosas necesitamos currar más duro y con una mochila más pesada que ellos, y eso hay que reconocerlo y asumirlo. Y cuando llegues lo cambias. Mientras tanto lo cuentas.

"La forma de mirar el mundo que tienen las nuevas generaciones afortunadamente ya es distinta. Se trata de pragmatismo: llego y lo cambio. Déjame que sueñe con que gobernaremos el mundo"

—Ramón Ongil: Esto parece un mitin ya. [risas]

—Es que es un tema sensible. La primera mujer que llegó a juez en España no se ha jubilado aún. Eso da una idea de lo tarde que vamos. Y la primera mujer que presidió el Tribunal Constitucional cambió los horarios de las reuniones, porque eso de empezar a las cinco y media, tras el café, copa y puro de sus señorías no iba con ella. Tenía tres hijos y la legítima aspiración de poder ayudarlos con los deberes. Por eso tenemos que estar, o las cosas no cambian. Y la forma de mirar el mundo que tienen las nuevas generaciones afortunadamente ya es distinta. No se trata de hembrismo ni machismo ni feminismo, sino de pragmatismo: llego y lo cambio. Déjame que sueñe con que gobernaremos el mundo.

Fotos: Victoria R. Ramos