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Sublime sin interrupción. ¡Bienvenidos al año Baudelaire!

Sublime sin interrupción. ¡Bienvenidos al año Baudelaire!

Aquí va de nuevo el texto de un converso. Y van ya muchos estos últimos meses. Artículos, historias, avatares contados, desdiciéndome a mí mismo en muchos de ellos. Y lo que te rondaré, morena, como decía mi madre. El caso es que siempre juzgué oportunista esa manía de utilizar las efemérides como coartada para recuperar la obra y la memoria de un autor. O autora, porque ahora al menos ocurre en ambos géneros, dada la nómina infinita de mujeres escritoras, filósofas, pintoras, que no encontraron en su momento carta de naturaleza —justicia, quiero decir— y ahora de pronto son invitadas a todas partes. Pero hablaba del abuso de las efemérides, como si sólo el hecho de cumplirse esa fecha, aniversario o centenario de turno, permitiera dedicarle un espacio relevante a quienes luego volverán al olvido más radical durante por lo menos un lustro entero.

"Y así noche tras noche, hasta romper el alba, o romperse ellos mismos también, quiero decir, nosotros, epígonos fuera de época, anacrónicos discípulos del agotamiento más baldío"

Y aquí estoy yo haciendo lo mismo, incluso celebrándolo, y hasta queriendo ser el primero que se apunte el tanto de recordar que este año 2021 se celebra —nait à Paris le 9 avril 1821, que diría un manual en su lengua— el centenario de mi amado Baudelaire. Bodelaire, como chapurreaba un amigo de juventud al que las clases de francés no progresaron nunca adecuadamente más allá de la primera sílaba. Como yo tampoco pude desprenderme con el paso de los años de aquel primer amor fou que sentí por el poeta de Las flores del mal, y el uso que de dicho lema hacíamos los jóvenes aspirantes a poetas malditos, malditos poetas, creyendo que una noche de bohemia no se merecía laurel alguno si no acababa en el Café Ruiz, del barrio de Malasaña de Madrid, anegados en absenta. Creo que mi úlcera de duodeno a los diecisiete años algo le debe a ello. Y mi cara verde, como decía también mi madre, dónde te meterás, hijo… En fin, calores y colores de época, pues no sólo estábamos aún muy verdes en el arte del endecasílabo, sino en el del hígado también. Porque, aunque aspirábamos cada día a buscar experiencias a quemarropa, al final lo único que realmente quemábamos y hacíamos fosfatina era nuestro organismo. Incendio colosal mientras insistíamos en escribir versos que intentaran justificar, por ejemplo, que la amistad consiste en “unas horas que nacen convencidas / de que la vida es breve / pero inmortal el día”Y mucho más la noche siguiente, cuando regresábamos a nuestras andadas del demonio y declamábamos de nuevo en grupo, y con énfasis de himno por las aceras más trompas de la madrugada, aquellos versos de nuestro capitán Baudelaire, cantándole al deseo y a la belleza como nadie cantó nunca: “Vengas tú del infierno o del cielo, qué importa, / si tus ojos, tu risa, tu piel, me abren la puerta / de un infinito que amo y que nunca he conocido”.

Y así noche tras noche, hasta romper el alba, o romperse ellos mismos también, quiero decir, nosotros, epígonos fuera de época, anacrónicos discípulos del agotamiento más baldío si nos atenemos a esos otros versos en los que el poeta afirmaba que de madrugada “los libertinos vuelven, rotos por su labor”La bohemia era agotadora. Y encima el alcohol no cumplía su compromiso y eran pocos —porque algunos sí hubo— los que morían antes de los treinta y cinco. El mismo Baudelaire —il s’éteint à 46 ans, le 31 août 1867, llegó mucho más lejos de donde había previsto, si a la miseria de la edad nos atenemos, aunque a su gloria posterior le bastarían con apenas esos cuarenta y seis años de vida para escribir algunas de las páginas más rotundas, feraces, apasionadas, con las que de paso dejaba atrás el romanticismo para crear la modernidad, que a la larga quizás fuera un invento para ser más romántico todavía, con menos suspiros y lamentos, con más embestida, más lucidez, más vértigo. Más batalla perdida aún para el destino de quien se consideraba “inútil para los demás y peligroso para mí mismo”. Aquel que amaba todo, pero no se casaba con nadie, porque “toda la chusma actual me horroriza. Vuestros académicos, horror. Vuestros liberales, horror. La virtud, horror. El estilo fluido, horror. El progreso, horror. No me habléis nunca más de los pregoneros de la nada”.

"El poeta de los ojos abiertos que proclamó a París como la gran metáfora"

Gloria eterna para un mensajero del abismo que, siguiendo las palabras de Poe, se convertiría en el verdadero “hombre de la multitud”; el poeta de los ojos abiertos que proclamó a París como la gran metáfora e inventó desde sus callejuelas más inhóspitas a sus más lujosos bulevares los distintos códigos de andar por una ciudad, fundiéndose con ella, “Yo soy todos, todos soy yo». El poeta de la exaltación lírica urbana que dejó escrito aquello de que “un paseante es alguien que se parece a todo el mundo y que no puede distinguirse de nadie. Alguien que está solo y que permanece solo en medio de todo el mundo. Porque todo paseante es un secreto”.

Como los bebedores mejores. Como esos que tarde o temprano volverán o volveremos —permítanme el deseo, es año nuevo— al fondo de las barras del mundo, con nuestra soledad de absenta, nuestra muchedumbre a solas, nuestros más fieles secretos, para que luego algún Hooper de otro siglo pueda pintarnos a traición, y recordarnos siempre esos lugares “donde hicimos ciudad / y la ciudad se acuerda”. O dicho mucho mejor, con uno de sus versos:

“Sé sabia, pena mía, y permanece en calma”.

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Autor: Charles Baudelaire. Título: Las flores del mal. Versión de Jesús Munárriz. Editorial: Hiperión. Venta: Todostuslibros.

Autor: Charles Baudelaire. Título: Les fleurs du mal. Classiques Français.

Autor: Antonio Pizza. Título: Habitantes del abismo: Literatura, arte y crítica en el París de Baudelaire. Editorial: Ediciones Asimétricas. Venta: Todostuslibros.

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