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Emoción de página. Aute en estado puro

Emoción de página. Aute en estado puro

Recuerdo que cuando vivía mi propia novela de iniciación literaria —pura exaltación lírica por las calles, tertulias y garitos de Madrid—, alguien me habló un día de la calidad de página. Creo que ocurrió en la redacción de La Estafeta Literaria, baluarte de las musas mesetarias ubicado en un piso de la Gran Vía, y en el que ejercía como gran patrón el poeta Luis Rosales, el venerado autor de La casa encendida, a quien llamaban el maestro los miembros de aquella hermandad de la que siempre recordaré con cariño al manchego Eladio Cabañero, y con querencia especial a Manolo Ríos Ruiz. Con veneración también, porque el jondo poeta jerezano fue el primero que se atrevió a confiarle a un jovencísimo aspirante a batalla perdida su primer encargo. O dicho más prosaico, los primeros veinte duros que alguien me pagó por escribir algo: una reseña del libro La montaña herida, de un tal José María Castroviejo. Mis primeros veinte duros contantes y sonantes, vía las letras, y un privilegio adicional al permitirme llegar, vía Castroviejo, a su amigo y paisano Álvaro Cunqueiro. Dos titanes de la narración a quienes sólo separaba en la vida que uno bebía tinto y el otro blanco. Y a quienes debo el haber aprendido que el realismo mágico nació en Galicia antes de que el boom latinoamericano se llevara el gato de la fama al agua. En fin, que alguno de aquellos veteranos me aconsejó que, como crítico en potencia —nunca hice luego carrera de ello, más allá de lo comestible—, debía ejercer lo que ellos llamaban calidad de página. Abrir varias veces y por cualquier lugar un libro, y quedarse en dos toques con la dicción, la música, el pellizco, la atención o no que debía prestársele al volumen entre los cientos que recibían a diario en la redacción de la La Estafeta Literaria. Imposible seleccionar de otra forma.

"Llamémosle en definitiva vida misma a esta variada suma de materiales y creaciones en celo. Ávidas, inquietas, incendiarias"

Y viene todo esto tan solo a cuento y a la espera de que el corazón se me asiente y los latidos retornen donde debieran. O quizás es tan sólo que el día es gris, el otoño ahonda su melancolía, la incertidumbre pandémica insiste alrededor, y de pronto, en mitad del sombrajo, me llega uno de esos abrigos e iluminaciones que te sanan y reconcilian con el día.  Porque algo así he sentido frente a Auténtico, la edición antológica que, a cargo de Miguel Munárriz, reúne en coral armonía los poemas de Luis Eduardo Aute con su obra plástica, acompañados por una selección de recortes de prensa y fotos del álbum llamémosle familiar, llamémosle íntimo o profesional en esa trenza indisoluble entre lo uno y los otros que fue siempre el devenir del artista. Llamémosle en definitiva vida misma a esta variada suma de materiales y creaciones en celo. Ávidas, inquietas, incendiarias. Tan descarnadas como entrañables. Eduardo en estado puro. Y un lujoso tomo, caído de pronto en mis manos, y que abierto al azar por pura impaciencia, en mitad de otros quehaceres insoslayables, me hizo pensar sobre la marcha en aquella calidad de página, transformada ahora en Auténtica emoción de página. Abras por donde abras.

Porque abres, por ejemplo, por los poemas más ambiciosos de Aute —llamo «ambición» al ansia de abarcarlo todo, sabiendo por supuesto que el esfuerzo es inútil—, y tiemblas al recordar que mientras las demás bombillas de la noche estaban apagadas, la suya permanecía insomne, con un cigarrillo adormilado entre los dedos, escribiendo por ejemplo aquello de “cómo no caer / en el polvo más frágil / al cabo de los hechos / y complicidades / sin asirse a la caída / como única razón”…  Sin palabras.

"No puedes sino sorprenderte al descubrir que su verdadera vocación de pintor, emboscada la mayoría de las veces tras el éxito de sus canciones, es realmente extraordinaria"

Porque abres por cualquiera de esas píldoras en miniatura, a las que él llamó poemigas, porque decía no cabían en ningún otro lugar, y la vajilla se hace añicos de pronto, recordándonos que “el ángel cayó / por sobreDIOSis. O que grave edad / es la que tiende al centro / de gravedad”. O algo tan banal, tan puñeteramente mágico y terapéutico, como que desde el antiguo chalecito menestral donde vivía junto a una de las vías más congestionadas de la ciudad, un ser tan poético y extrarradio de todo como Eduardo pudo llegar a pensar o a soñar un día que “la verdad es que la M-30, / de lejos, / suena como una playa de piedras / en el ocaso. / O casi”…  Salvándose siempre, salvándonos siempre.

Porque abres por cualquiera de las páginas que muestran una selección, incluso una erección tantas veces, de su ingente obra gráfica, y no puedes sino sorprenderte al descubrir que su verdadera vocación de pintor, emboscada la mayoría de las veces tras el éxito de sus canciones, es realmente extraordinaria. Una fuerza tan táctil, intensa, telúrica y sensual de la que es difícil arrancar sin sentirse arañado, golpeado, amado, acariciado. Abducido al final.

"Porque abres por fin por alguna de las numerosas citas, y se te cae de pronto el alma en danza a los pies de la belleza"

Porque abres por alguno de los textos que Munárriz, sabia y sobriamente a la vez, acomoda a un costado de su obra, sin interferencia alguna, con suprema elegancia, y compartes emocionado que hablamos en verdad de “un hijo de su siglo, que desde la hondura entremezcló espiritualidad y carnalidad con el respeto debido a las tradiciones”. Porque desobediencia sí, desacato también, y hasta blasfemia, pero la demagogia, en cambio, nunca fue el terreno ni el atajo de Aute.

Porque abres por fin por alguna de las numerosas citas, y se te cae de pronto el alma en danza a los pies de la belleza, relamiendo el verbo encendido y torcaz de un poeta tan inmenso como Félix Grande, que al hablar de su pintura, como podía hablar de sus textos, su genialidad, o su bombilla única encendida en mitad de la noche, aseguraba que su obra es “una permanente tensión entre la carne y la desolación, entre la inocencia y el sufrimiento, entre el deseo y la muerte, entre el ritual de los genitales que levantan la arquitectura del placer y el ritual del infortunio compartido”.

Emoción de página. Sensibilidad de página. Luis Eduardo Aute.

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Autor: Luis Eduardo Aute. Título: Auténtico. Antología poética seleccionada por Miguel Munárriz. Retrospectiva gráfica (1957-2002). Editorial: Ya Lo Dijo Casimiro Parker. Venta: Todostuslibros                                                  

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