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Sutiles, sofisticadas, anémicas oportunidades

Sutiles, sofisticadas, anémicas oportunidades

Tal como me sucedió en mi primera vez en Senegal, el viaje me enfrenta a las diferencias políticas, religiosas, económicas, pero, sobre todo, a lo que muchos llamarían “desigualdades”, y que tanto nos nutren ideológicamente. Ahora parece que las desigualdades sean nuestro dilema universal, pero, si lo pensamos bien, resulta tan enfrentón, y lo es y nos atrae al enfrentamiento porque es el lugar donde fácilmente se produce —y producimos— la emoción. Recuerdo Manila, Filipinas, como la ciudad más triste en la que me he encontrado, por su combinación de rascacielos y familias que viven en la calle, desde los ancianos hasta los bebés, sin educación, sin ningún tipo de ayuda, sucios ennegrecidos por el sol y por la suciedad de las calles, precariamente vestidos, los bebés dormidos en el suelo, los mayores desdentados. La pobreza extrema y evidente en esas personas me hirió tanto que no pude sino volver al hotel y encerrarme en una aséptica habitación allá en lo alto, lejos de todo. Sin embargo, a pesar del encontronazo con aquella realidad que se diría desigual conmigo, creo que no se trata, cuando hablamos de desigualdades, de percepciones rigurosamente sustentadas en evidencias y datos, aunque por momentos así se expresen: en occidente las desigualdades no son hechos, sino creencias, una suerte de superstición. Resulta muy fácil visualizarlas cuando alguien las señala, y hay gente experta, no sólo en descubrirlas y señalarlas, sino en encontrar toda clase de matices en su interior, abriendo un universo de agravios que solo la desigualdad puede explicar. Tenemos cierta fe en su justicia y, convencidos de que son injustas, nos guían por el camino del bien. Reconocerlas nos hace buenos, buenas personas. Es diádico, ahora caigo —así, de pronto— mientras rescribo este fragmento: no reconocerlas nos convierte en malas personas. Si las niegas, es poco menos que una profanación. Pero son quienes las reconocen quienes se nutren en ellas. Las “buenas personas” parecen necesitarlas tanto como la vida misma. Es el suyo un obsceno banquete vampírico que yo rechazo.

"He ido dejando de coincidir con quienes identifican la igualdad —solamente— con la justicia, y la desigualdad —solamente— con la injusticia"

Los datos que no concuerdan con la idea de un mundo injustamente desigual no son tenidos en cuenta, no encajan, no nos sirven para explicar el mundo en el que creemos. Dividir por dos es muy sencillo: bueno, malo. El mundo se hace fácilmente comprensible cuando todo queda dividido por dos, aunque se trate del “sesgo cognitivo” que más nos engaña y defrauda. Ellas mismas, en sí mismas (las desigualdades), son una división por dos y, por tanto, una simplificación. Y cada vez más diádica en la medida que atribuimos el mal y la injusticia a unos (los ricos, las multinacionales, los poderosos, los verdugos, los explotadores) y la virtud a otros (los pobres, los desposeídos, los empobrecidos, las víctimas, los explotados). Parece inteligente y con sentido crítico la persona que simplifica el mundo de ese modo, pero ni siquiera se ha preguntado si lo que piensa es cierto.

Yo, sin embargo, he ido dejando de coincidir con quienes identifican la igualdad —solamente— con la justicia, y la desigualdad —solamente— con la injusticia. El vampiro que somos lo es tanto cuando promueve la igualdad como cuando promueve la desigualdad: en ambos casos se satisface y puede llegar a enloquecer. Tengo un familiar que nos exige igualdad a los demás, y lo hace a grito pelado, insultando, esgrimiendo antiguas supuestas querellas, haciéndose la víctima. No es agradable el paralelismo entre lo recibido de este familiar y lo recibido de quienes sostienen causas igualitarias. Ambos se alimentan de una cierta noción de justicia que, sin embargo, acaba siendo muy rentable para ellos, y, también, tóxico para los demás. Apartarse de ahí —igualdad y desigualdad como blanco y negro— no resulta sencillo, se trata de una visión en la que habremos profundizado a lo largo de un largo periodo de silencios y mutis de los posibles discursos alternativos. El vampiro que somos se encuentra cómodamente instalado en las desigualaciones como abeja que anda libando en dicotomías. Por ahora, el enfrentamiento —la fisura, la herida— ofrece sustancias sabrosas.

"El mundo no hace más que curarse de la pobreza. Cómo es posible que pensemos que vamos a peor"

Pero, en cuanto tenemos menos violencia que enfrentar, nos ponemos muy nerviosos, nos aburrimos o buscamos el conflicto y hundimos el pulgar en viejas y nuevas pequeñas heridas para abrirlas un poco y poder respirar. En el momento de menor número de asesinatos que hemos vivido en mi país, España (hoy es 19 de diciembre de 2018), la crispación por actos violentos es insoportable y además nos hemos puesto a hacer méritos para que muera mucha gente; en una guerra civil, por ejemplo (revisen, revisen la prensa de estas fechas). Todos los grupos políticos reclaman para sí el prestigio de las víctimas, a las que dicen representar. La desigualdad describe el mundo, lo explica, y esa es la herida en la que el vampiro pace. Sin embargo, muchas desigualdades son propias de ilusos. Pacemos en la ilusión. Y nos intoxica, la ilusión. Las ideas políticas —aun las más lógicas y fundamentadas— guardan un amplio margen para la especulación y, por lo tanto, aparecen y desaparecen. Creemos que el mundo está enfermo de pobreza. Sin embargo, el mundo no hace más que curarse de la pobreza. Cómo es posible que pensemos que vamos a peor. En efecto, al mismo tiempo, la desigualdad económica entre los más ricos y los más pobres es cada vez mayor. Pero continuamente se producen todo tipo de igualaciones a nuestro alrededor, sin causas abanderadas que sancionen como injusticias las desigualaciones igualadas —ni necesidad de justicia alguna—: el cine se ha ido igualando a la televisión; la fotografía se ha democratizado hasta su casi desaparición (por igualación); la pintura se repite igualada a sí misma; los trabajadores se han convertido, sin darse cuenta, en trabajadores-empresarios, y los empresarios han comenzado a funcionar, sin previo aviso, como empresarios-trabajadores; hombres y mujeres se han igualado hasta el punto de que, entre ellos, se postula “la agonía del Eros”.

Los procesos de igualación y desigualación se producen continuamente. Lo increíble es que haya personas que se crean tan poderosas como para conseguir, por sí mismas (o en un sí mismas que comprende a un colectivo —político— que opera de abajo a arriba), mover poderosamente un proceso de este tipo. Quizá su influencia en la consecución de la igualación de las personas sea un poco menor de lo que creen. “Igualdad” y “desigualdad” son términos que la política se ha atribuido. Desigualar, en sí, no tiene por qué ser en absoluto negativo. Tampoco absolutamente positivo, eso es cierto. Desiguala, por ejemplo, el que marca la diferencia, el que lo intenta, ya sea con éxito o no. Cuando pienso en desigualdades me acuerdo de África respecto de Europa, pero también de un senegalés que, tras una emigración durísima que lo llevó a cruzar desiertos y a pasar unos años en la Libia de Gadafi y luego a tener que huir a Marruecos y coger una patera hasta Canarias, ahora vive en Suiza, y con un trabajo físico (digámoslo así) en el aeropuerto de Ginebra, regresa cada poco a Senegal, donde es rico o, al menos, tremendamente afortunado. En condiciones de “igualdad” con occidente, creo, nunca podría haber albergado un sentimiento como ese. En Europa los europeos que son como él, aquellos que hacen un trabajo físico en aeropuertos (por ejemplo), nunca han podido albergar el sentimiento de la fortuna. Lo cual no quiere decir que no sea deseable cierta igualación entre Europa y África. De hecho, la igualación se está produciendo, poco a poco, quizás debido no tanto a los que protestan contra el capitalismo y las desigualdades desde Occidente como a la conciencia y el trabajo de los que han nacido allí y tratan de avanzar en sus propias vidas.

"Herman Hesse sufría empavorecido el movimiento de las masas, y las masas son igualación"

Por mi parte, podría escribir sobre las desigualdades que me aquejan, pero supongo que no existe la menor razón para hacerlo. Al fin y al cabo, soy responsable de muchas de ellas y he buscado a conciencia encontrarme donde estoy, desigualado de mis congéneres: los de mi generación, los de mi clase social, los de mi mismo lugar de origen, los que cuentan con similares aptitudes que yo, los de mi género, los de mis actividades laborales, los que escriben literatura. Desigualarse puede ser, también —si se trabaja para ello con cierta firmeza—, individuarse.

En el siglo XX vimos algunas igualaciones sociales monstruosas (vampirismo puro), y aún se intentan algunas igualaciones de ese triste, feo cariz, a pesar de todo. Hay tantas ocasiones en las que la igualación, según cómo y de qué, nos empobrece… Lo mismo que hay tantas ocasiones en las que la desigualación, según cómo y de qué, nos enriquece… Herman Hesse sufría empavorecido el movimiento de las masas, y las masas son igualación (como lo es, también, el consumo). La masa es el vampiro supremo o un ejército de muertos vivientes. Los consumidores se igualan a sí mismos en el acto de consumir, de tal modo que se vacían y se deforman en una nada muy coqueta. Hay que guardar cierta aprensión para la nada. Lo mismo que para el todo del totalitario.

Las mujeres blancas y los hombres blancos que atisbo en las calles de Mbao —en este Senegal que también es turístico— posiblemente sean ricos: quizás incluso inmensamente ricos. Seguramente tienen todo lo que quieren y a este lugar han venido a obtenerlo también, como hacen siempre que se dirigen a un lugar. Pero no son afortunados, no están experimentando la fortuna que el senegalés ginebrino: son tristes y han venido a Mbao a ser más tristes todavía. Tristísimos hombres y mujeres blancos, vampiros, turistas en Senegal. No es este un juicio moral, sino un juicio sobre la tristeza que padecen y propagan con cada una de sus dentelladas romas.

"Cuando uno se iguala al otro, muere, deja de existir, pero aún habrá alguien que nos espete que no, que la desigualdad es lo que nos hace desaparecer"

Nos igualamos al tiempo que nos disgregamos. En la mayoría de las ocasiones una y otra cosa, igualdad y desigualdad, nos enriquecen y empobrecen al mismo tiempo de modos distintos, acaso descifrables sólo desde determinadas perspectivas. Y a mí me gusta pasar de unas perspectivas a otras. Es un vicio que tengo (muy propio de escritores, por cierto). Pero, sobre todo, creo que debo estar atento a percibir cuándo una idea que era hasta ese momento pura positividad —Historia—, se convierte en negatividad y comienza por tanto a debilitarse y a alejarse hacia el pasado. Y lo contrario, ese momento en el que los vampiros que somos nos saciamos, legitimados por la Historia, entramos en un dispositivo nuevo y nos separamos de lo existente. O ese otro en el que lanzamos los colmillos pero, deslegitimados, cada vez estamos más lejos de poder saciarnos en la succión. Empiezo a encontrar ciertamente insoportables a aquellos que se quedan con un único sesgo —el negativo o el positivo— de las cosas, y convierten su parcial visión en identitaria. El identitario victimista es un vampiro insaciable, maleducado, faltón. Permanece en su parcialidad tanto en las duras como en las maduras (cuando es un acierto y cuando no lo es), y sus dentelladas se confunden con sus lamentos.

Cuando uno se iguala al otro, muere, deja de existir, pero aún habrá alguien que nos espete que no, que la desigualdad es lo que nos hace desaparecer: los privilegios de unos que aplastan los derechos de los otros. Y tendrá razón, claro, pero sólo en parte. Se utilizan estos términos en relación con lo social, lo económico y lo político, pero amenazan con extenderse a todo lo existente, simplificando maniqueamente nuestras relaciones, nuestras actividades, nuestras aspiraciones… No todo lo que hoy consideramos una desigualdad lo es. Ser iguales es tan necesario como no serlo. En las “sociedades de sangre”, la violencia resultaba tan aparatosa que no alcanzábamos a vislumbrar más que el ajuste de cuentas —la defensa del honor—, aunque fuese sinónimo de crueldad, asesinato, canibalismo, fratricidio, deslealtad, maldad. Las nuestras no son “sociedades de sangre”: las cosas van algo mejor equilibradas y por eso resulta tan escandaloso todo, como si hiciéramos sangre en todas las esquinas, cuando en realidad apenas nos llega la dosis y por eso nos agitamos y lo agitamos todo, para que vaya más rápido y tener más oportunidades —sutiles, sofisticadas, anémicas oportunidades—.

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