Inicio > Blogs > Ruritania > Lo que aquí es natural

Lo que aquí es natural

Lo que aquí es natural

Venir a Dakar está siendo como vivir una infancia nueva. Una infancia vivida ahora, de adulto. No tiene lógica, y seguramente resultará extraño esto que digo, y sin embargo es. Cuando pienso en lo que —profundamente— me agrada de Senegal, se trata de aquello que tuvimos y hemos ido perdiendo. ¿Qué podría haber en común entre este país y la isla en la que me crié? Aparentemente, muy poco, a pesar de la cercanía geográfica. En aquel tiempo todavía menos, pero ahora se produce cierto paralelismo entre la actualidad de un lugar y el pasado del otro. Mi infancia, como la de todos, se encuentra en un pasado en el que las sociedades eran algo más sólidas que estas en las que vivimos ahora. El recuerdo de mi infancia y la actualidad de Dakar tienen en común (nada concreto, nada palpable) lo esencial. No es que en la infancia comiéramos en una gran bandeja en el suelo, todos alrededor, hasta 12 personas, como estoy haciendo en Dakar en cada almuerzo y en cada cena, pero sí hay algo que es lo mismo y cada vez es menos frecuente en La Palma o en Madrid: encontrarnos todos en torno a la comida, vernos las caras y las manos, compartir el pan, tener al otro en el mismo lugar respecto de nosotros para la revisión diaria (no para la revisión semanal o mensual en un restaurante, sino diaria y en el hogar). Por supuesto allí estaba la madre, el padre, los hermanos, y en Dakar los míos no. Pero aún hay que aguardar a que la comida esté lista, uno de esos momentos gloriosos de cuando era niño. Ahora lo sé: el momento, no de la comida, sino de la espera de la comida. Los sonidos de la casa cuando se aguarda la comida. Las casas suenan distinto en esos momentos. No sé si me explico. Venir a Senegal, hoy, puede ser como viajar a nuestro pasado profundo. Aquí las azoteas son importantes. Se vive en las azoteas, como cuando yo era niño en la isla de La Palma, en un mundo, el de los setenta y ochenta, que guarda ciertas desigualdades con el de mi presente, del mismo modo que el presente de la isla guarda desigualdades con el de Senegal. Esas desigualdades son una fortuna para la memoria y las sensaciones. No la realidad de las cosas, no su casuística —nada de esto es una fortuna para la memoria y las sensaciones cuando nos encontramos en Senegal y recordamos el lugar del que procedemos—: no sus evocaciones, no sus alusiones, no sus añoranzas o remembranzas, ni siquiera sus reminiscencias. No se trata de lo mismo o de lo parecido o de lo que remite o de lo que contiene o transmite lo igual, sino de lo que es. Y ello me hace observar lo que importa (lo esencial en Senegal y en España y en todos los lugares), soslayar lo evidente de las desigualdades. No mirar el mundo incidiendo en las desigualdades —que últimamente parece nuestro deporte nacional, una disciplina política y, por tanto, un ejercicio maniqueo, ficción— sino a través de aquello en lo que coincidimos porque está al final de todo.

"En Senegal es habitual que el núcleo familiar acoja a hermanos y hermanas de los padres y las madres, a sobrinos o sobrinas, a las cuñadas casadas con el hermano del cabeza de familia varón, a la hermana estudiante soltera, incluso a alguien que no es propiamente de la familia"

Cuando estoy en Madrid no existe esta espera. Aquí, en Dakar, todos aguardamos el momento de salir de donde nos encontremos. Suenan las voces que nos convocan y llegamos al centro de la casa, que es el paño en el suelo donde se posa la gran bandeja de arroz, pescado, verduras y salsa. En Madrid, durante años, la comida solía hacerla yo para mi hija y su madre. Y ahora, si no la hago —si no almuerzo o ceno en otro lugar: en casa de mi novia, en mi excasa con mi hija y su madre o en cualquier bar o restaurante—, comer no requiere de esperas ni se produce en compañía ni hay posible revisión diaria de los otros. En el piso en el que vivo con más gente —un piso enorme, 200 m2 más otros 200 m2 de terraza, en una casa de la segunda mitad del siglo XIX apenas modificada durante el siglo XX y sin actualizar, esto es: desprovista de lo que se considerarían comodidades y necesidades estéticas del siglo XXI—, un piso de Bravo Murillo, por otro lado, que ya existía en tiempos de Tristana, de Galdós, entonces en el extrarradio terroso de la ciudad y hoy barrio tomado por inmigrantes musulmanes, dominicanos, africanos y españoles de provincias, comparto formando una familia extrañada, en régimen de semiokupa, cada cual en su cubículo (su habitación, algunas de ellas de 30 m2), conectados a internet e íntimamente unidos a personas que no están en la casa. Ni siquiera hablamos demasiado entre nosotros, y desde luego no lo hacemos con profundidad cuando se trata de nuestras cosas. Apenas coincidimos. No nos vemos. Y cuando hablamos, no vamos muy lejos ni vamos muy adentro ni en nosotros ni en el otro. Una postura en cierto sentido profiláctica, que consiste en no cargar sobre los compañeros el menor peso emocional, y desde luego no permitir que el compañero lo cargue sobre nosotros: una convivencia light, pretendidamente superficial, fluida y por tanto apacible, sin sobresaltos, sin malos rollos, y que me proporciona una sensación de libertad que no había sentido nunca, ni viviendo solo.

En la casa, nunca jamás nadie “dice” nada a ningún otro. No hay llamadas de atención ni reproches ni observaciones sobre la vida de los otros. En casi dos años no he vivido ni una sola discusión en la casa. Cada uno de nosotros valora (más que la limpieza, el orden o la contribución a lo común en papel higiénico, aceite o ajos) que nadie nos diga nada. Con espacio de sobra para cada uno, estamos solos. Vivimos solos y, por lo tanto, jamás nos hemos sentado juntos a la mesa.

El estilo de vida en esta casa de Dakar, sin embargo, es de una solvencia que me recuerda a la infancia, familia —entonces— de cuatro hermanos en torno a los padres. Sólo que aquí, en Senegal, es habitual que el núcleo familiar acoja a hermanos y hermanas de los padres y las madres, a sobrinos o sobrinas, a las cuñadas casadas con el hermano del cabeza de familia varón, a la hermana estudiante soltera, incluso a alguien que no es propiamente de la familia: un tocayo, el hijo de un tocayo o el hijo de un amigo. Aquí, en cuanto una persona encuentra una fuente solvente de ingresos, el entorno más amplio posible se cobija alrededor, y quien obtiene los ingresos solventes nada hace (ni nada podría hacer, posiblemente) para echar de su lado a los suyos.

"En España tratamos de mantener a todo el mundo, también a la familia, en un lugar distante, individuales e independientes hasta un cierto riesgo de soledad"

Estamos todos cenando en torno a la bandeja —hace un rato—, y el bebé de la casa busca consuelo en los brazos del joven Dino. Ni en los brazos de su madre ni en los de su padre. El joven Dino procede de un pueblo lejano, no sé cuál es su acuerdo en la casa, pero no se trata de un familiar, si acaso podría ser —me parece— el novio extraoficial (o privado, o clandestino, aquí lo de ser novios no se lleva) de la hermana de la madre del bebé. Estudia derecho y en este momento, porque no hay clases, tiene un trabajo poniendo azulejos en el centro de Dakar. Por la mañana, hasta la hora de marchar, lo que hace poco después de comer, se ocupa del bebé de la casa. Parecería su padre, pero su madre se encuentra normalmente en otras dependencias y no son pareja, y cuando el padre llega, a la noche, el bebé sigue recurriendo a los brazos amorosos del joven Dino. Me parece insólito. Por supuesto, el bebé pasa por los brazos amorosos de su madre y por los brazos juguetones de su padre y, también, todo el tiempo, por los entretenidos brazos ocasionales de los hermanos del padre del bebé, cuatro jóvenes en la casa. Nunca faltan brazos para él, nunca le faltan ni protección ni cuidados, pero su relación insuperable es con el joven Dino, que no es su padre ni es, exactamente, de la familia. Dino se desvive por él y él, cuando necesita un adulto, recurre a Dino. Se cae, llora, y Dino corre en su auxilio y él corre hacia Dino.

Se trata de una familia formada de manera mucho más solida que las de España hoy, más sólida incluso que las de mi infancia. Mientras aquí, de la manera más estrecha e íntima, es parte de la familia hasta quien ha llegado de fuera, en España tratamos de mantener a todo el mundo, también a la familia, en un lugar distante, individuales e independientes hasta un cierto riesgo de soledad. Aquí, en Dakar, sin embargo, la soledad es inviable, extraña, rara: genera desconfianza en los otros. Lo que resulta natural en España, aquí no lo es, y lo que aquí es natural, en España se rehúye.

5/5 (1 Puntuación. Valora este artículo, por favor)