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También mi voz se apagará

También mi voz se apagará

Imagine despertarse un día y descubrir que ya no existen las flores. No se han ido de forma gradual; tampoco debido a un catastrófico accidente ni a una plaga bíblica. Tan solo nos hemos olvidado de ellas; usted y —casi— todos nosotros. Por más que las miremos, no representan en nuestra memoria más que una mota de polvo o un grano de arroz, e incluso pronunciar su nombre se nos antoja imposible. ¿Por qué no arrancarlas y dejar que se pudran al sol? Desaparecidas las flores, es el turno de los pájaros; dejaremos de verlos planear cerca de la playa, lanzaremos sus nidos al mar y seguiremos con nuestra vida. Luego vendrá la desaparición de la música, del verano, de la fruta de temporada… pero, ¿qué será de los que sí recuerdan? En esta isla anónima no hay sitio para los que recuerdan: también ellos deben desaparecer.

Con La Policía de la Memoria, Yoko Ogawa (1962) hace emerger de la tempestad una novela sutil, altamente evocadora; una distopía intimista, hija de 1984 y de la mejor literatura japonesa de posguerra, emparentada con la poesía y el subgénero del diario. No importan las razones del olvido, no hay explicación científica a cómo opera en nuestros cerebros, ni siquiera interesa plantarle cara al misterioso régimen autoritario personificado por la Policía de la Memoria, al cargo de que todos olviden como es debido. Ogawa se sirve de una protagonista atemporal —una novelista solitaria— para describir un universo de sensaciones, formas y colores que se extinguen de manera progresiva, porque, al final, eso es lo relevante.

"¿Qué comeré cuando desaparezcan los cereales? ¿Y cuando lo hagan los peces? ¿Seré yo a quien se lleven en el próximo camión militar?"

Estamos ante una novela del detalle, un interrogatorio desnudo sobre lo que significa ser humano, cuál es nuestra forma de relacionarnos con el entorno y cómo afrontamos el paso del tiempo. ¿Qué comeré cuando desaparezcan los cereales? ¿Y cuando lo hagan los peces? ¿Cómo ayudo al que llama a mi puerta? ¿Seré yo a quien se lleven en el próximo camión militar?

Pasamos las páginas y constatamos que la obra funciona a varios niveles de profundidad: junto a la visible denuncia de los totalitarismos —que siempre necesitan un Ministerio de la Verdad— se plantea un precioso juego de espejos que roza lo metanarrativo. Así, acompañamos a esta escritora evanescente —que, a su vez, escribe sobre una mecanógrafa que ha perdido la voz— en su intento de aferrarse a la memoria; abrazamos a su anciano y cansado amigo, al cada vez más lúcido señor R y al perro Don; acumulamos objetos desprovistos de función en nuestro refugio bajo tierra —en palabras de la propia Ogawa, La Policía de la Memoria rinde homenaje a El diario de Ana Frank (1947)— y nos preguntamos qué será del mundo cuando no quede nadie para contarlo.

Cuando el célebre artista de grabados ukiyo-e Katsushika Hokusai (1760-1849) alumbró La gran ola de Kanagawa como parte de la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji, pocos habían inmortalizado con semejante precisión el poder arrollador de la naturaleza frente a la insignificancia del ser humano. En esta isla, las estaciones también se han abolido; por eso nieva sin pausa, suceden tsunamis, se mueren los árboles y los cadáveres de los animales se descomponen en cabañas abandonadas. Navegamos a la deriva dentro de un reloj de arena, y nos sentimos dentro de la estampa de Hokusai, con su cielo plomizo, el pecho zozobrante y la certeza de que pronto nos engullirá la ola del olvido.

"La memoria se diluye con los años, pero ¿cómo impedir que nos la arrebaten antes?"

Para George Orwell (1903-1950), el Hermano Mayor eran dos ojos siempre vigilantes, estuviéramos despiertos, dormidos, trabajando, en la calle o en el baño. «Nada era realmente tuyo, salvo unos pocos centímetros dentro de tu cráneo». Es ahí, en el subconsciente, donde residen los recuerdos: algunos son tesoros que reposan en el fondo del lago esperando a que una mano los rescate; otros es mejor que permanezcan enterrados en el lecho acuoso. Pero, de una u otra forma, cualquier recuerdo es entera y solamente nuestro, tan hijo de lo subjetivo como deudor del mimo con que lo almacenemos, y por eso hay maestría en las letras de Ogawa.

La memoria se diluye con los años, pero ¿cómo impedir que nos la arrebaten antes? El filósofo Byung-Chul Han (1959) propone la «pedagogía del mirar» como antídoto contra esta sociedad del cansancio que traga expectativas y recuerdos en una suerte de Caribdis inexorable. Conviene hacerle caso y leer. En el siglo XXI —y siempre— la lectura es un acto de insumisión, porque requiere pausa. Y leer a Yoko Ogawa con el reposo que merece es permitir que la metáfora germine y estimule el recuerdo. Quién sabe, puede que todavía podamos emocionarnos con una sencilla caja de música; igual que cuando éramos niños.

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Autor: Yoko Ogawa. Título: La Policía de la Memoria. Editorial: Tusquets. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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