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‘The Looming Tower’: El camino hacia el 11-S

‘The Looming Tower’: El camino hacia el 11-S

Publicado en 2006, The Looming Tower (editado en español como La torre elevada) es un libro, ganador del premio Pulitzer, que, como dice su subtítulo, analiza la creación de Al-Qaeda y el camino hacia el 11-S. Su autor es Lawrence Wright, redactor de la revista The New Yorker, y es uno de los volúmenes más recomendables para entender cómo se llegó a este hecho, aunque no explora en demasía los detalles más nimios de aquel día en concreto, quizá por darlos por sabidos. El título viene de una cita del Corán («dondequiera que estés, la muerte te encontrará, incluso en una elevada torre»), que Osama bin Laden mencionó hasta tres veces en uno de sus vídeos anteriores al ataque contra las Torres Gemelas de Nueva York en 2001. En 2018 una parte del libro se convirtió en una miniserie de diez episodios hecha por Hulu, que quizá haya pasado un tanto desapercibida para muchos espectadores, en medio de la cada vez mayor oferta de nuevos productos serializados, a la que resulta imposible mantenerle el ritmo, como nos comentaba hace unos meses el crítico estadounidense Alan Sepinwall.

Decimos «una parte del libro» porque la obra original dedica mucho de su espacio a la creación de Al-Qaeda y a la figura no solo de Bin Laden, sino de otros varios actores principales en la parte musulmana del asunto, mientras que la miniserie se concentra principalmente en el lado norteamericano, especialmente en John O’Neill, el jefe el I-49 del FBI, también conocido como New York Counterterrorism Center. Interpretado por un Jeff Daniels que fue nominado a un Emmy por el papel, O’Neill es una de esas figuras reales que si alguien las creara como ficticias resultarían rechazadas por demasiado fantasiosas.

[Aviso de destripes en todo el texto]

El principal de estos detalles que en ficción quedarían demasiado convenientes es que O’Neill fue uno de los principales responsables del antiterrorismo estadounidense entre 1995 y 2001 (o sea, de cazar a Bin Laden), cuando debido a problemas personales tuvo que dejar el cargo y se pasó al sector privado. ¿Y a dónde se fue? A ser jefe de seguridad… de las Torres Gemelas. Primer día en su nuevo empleo: 23 de agosto de 2001. Diecinueve días más tarde murió en la Torre Norte, visto por última vez en el piso 49, mientras intentaba coordinar la evacuación. Otro de los detalles que parecen elegidos a mano por un guionista de entre la caja de herramientas del oficio es su problema con el dinero y las mujeres. Como buen católico de los 70, se casó y tuvo dos hijas, pero luego estuvo liado con hasta tres mujeres diferentes a la vez, a las que veía dependiendo de sus viajes, y a cada una de las cuales ocultaba su matrimonio y prometía que se iba a casar con ella, mientras las mantenía a todas con caros regalos. Las tres solo se acabaron conociendo en el funeral de él. O’Neill era un workaholic capaz y enérgico, pero su estilo de llevar las cosas era el de conocer a todo el mundo, tratar a todo el mundo, invitar a todo el mundo y hacerse así una agenda de contactos que le permitiera tomar atajos y pedir favores más o menos personales en cuanto hiciera falta. El problema es que todo eso lo consiguió a base de grandes gastos que lo metieron en deudas y de más de un descuido imperdonable en la comunidad del espionaje, como perder una PDA una vez o un maletín entero otra, obviamente llenos de documentación secreta y confidencial.

Una de las razones por las que el libro es muy recomendable (y la serie también) es porque no se corta a la hora de analizar las continuas peleas y rencillas entre las varias agencias estadounidenses, desde el FBI a la CIA, que llevaron a ocultaciones de datos entre ellas, y por lo tanto a evitar que entre todas pudieran desmantelar los planes de Bin Laden antes de que se llevaran a cabo. Porque una cosa es alguien que roba un coche y a los pocos minutos está atropellando gente con él y otra enviar a varios hombres a escuelas de pilotos bajo tus propias narices, decir en ellas que no están interesados en aprender a aterrizar los aviones apropiadamente, llevar a cabo cuatro secuestros de aeronaves coordinados a la vez y lograr estampar tres de ellas contra sus objetivos designados.

El libro comienza con la primera vez que un analista estadounidense, Daniel Coleman, oyó hablar en 1993 de Al-Qaeda o de un extraño súbdito árabe, Osama bin Laden, que tenía lazos principalmente económicos con la familia real saudí. Las andanzas de este ermitaño de clase adinerada, que pudiendo vivir como un jeque con el dinero de las empresas familiares de construcción prefería meterse en una cueva en Afganistán a lanzar proclamas antiamericanas, protestando por las bases estadounidenses en su patria, parecían anecdóticas más que peligrosas, pero Coleman, trabajando en solitario en la Alec Station de Nueva York, siguió cual hormiguita recopilando información hasta llegar a los 35 volúmenes en tres años. El Muro de Berlín acababa de caer hace nada, el comunismo había sido vencido, y los Estados Unidos eran la superpotencia definitiva que ponía fin a la evolución de la Historia humana.

De ahí nos vamos a 1948, a encontrar las raíces de por qué este hombre estaba protestando, lanzando fatuas y gastando sus millones en financiar bombas, misiles y madrasas. Y esas raíces están, ni más ni menos que… en Estados Unidos. En ese año, Sayyid Qutb, un escritor y profesor egipcio, se embarcó en un viaje desde Alejandría a Nueva York. No era un crucero de placer, sino un viaje al exilio, para evitar ser arrestado tras provocar las iras del rey Faruk. Sin ser un hombre especialmente religioso, sí que estaba ferozmente en contra del dominio británico sobre Egipto y del colaboracionismo de Faruk con aquellos extranjeros infieles. Ahora se veía obligado a abandonar su país y dirigirse a otra parte del mundo cuyas raíces culturales conocía en parte por sus lecturas y costumbres (vestía siempre de traje, iba al cine, leyó a Darwin, Byron y Victor Hugo), y durante el viaje tuvo una crisis de fe. ¿Qué debía hacer al llegar? ¿Occidentalizarse del todo, o refugiarse en sus creencias? ¿Ceder a las «pecaminosas tentaciones» del Oeste, ahora en pleno auge tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial, o confiar en Alá? Escandalizado por las mujeres con poca ropa, el alcohol en las universidades, el jazz en los clubes o la naciente liberación femenina, eligió lo segundo, y cuando su nuevo lugar de residencia traicionó su tradición antibritánica de libertad (según lo veía él) para apoyar la creación del estado de Israel, se lanzó a la pluma sin titubeos. Sus escritos llamando a la guerra contra el mundo no islámico para establecer un califato universal acabarían siendo la semilla que radicalizó a muchos otros, e incluso le permitieron volver a Egipto como un héroe, para acabar siendo un mártir de la causa en su propia patria. Su obra es bastante contradictoria, sobre todo cuando viene a decir que ser un buen musulmán no es suficiente, y que si vives en un mundo «yahili» (o desafiante a Alá), cuyas instituciones obedeces, estás desafiando a Dios tú también. Sin embargo, eso es precisamente lo que hacía Qutb cuando vivía en Estados Unidos, aunque creía que un Islam unificado globalmente sobrepasaría los logros occidentales. Sin embargo, hay que decir que para cuando Qutb publicó sus escritos, los Hermanos Musulmanes, desde su origen en 1928, ya tenían millones de miembros por todo el mundo, y su fundador había sido asesinado, seguramente por el estado egipcio, al año siguiente de irse Qutb a Estados Unidos.

Otro personaje importante que se nos presenta en el libro es Ayman al-Zawahiri, aun hoy en día el líder de Al-Qaeda tras la muerte de Bin Laden y con un botín de 25 millones de dólares por su cabeza. Nacido en El Cairo en 1951 en una familia de doctores y escritores, sobrino de un pupilo, protegido y luego abogado defensor de Qutb, se hizo de los Hermanos Musulmanes a los 14 años, y tras la ejecución de Qutb por conspiración en 1966, se dedicó a buscar la manera de derrocar al gobierno egipcio y sustituirlo por un estado islámico. En 1981 fue uno de los cientos de arrestados tras el asesinato del presidente Anuar el Sadat. Las células que se fueron formando desde entonces acabarían uniéndose en la Yihad Islámica. Conoció a Bin Laden en 1986 y con el correr del tiempo los esfuerzos de ambos terminarían en la creación de Al-Qaeda, con la cual ha liderado varios ataques terroristas. También se nos cuentan episodios como el de aquella vez en 1995 cuando el gobierno egipcio drogó a dos hijos de miembros importantes de la Yihad, los sodomizó y usó imágenes del acto para sobornarlos y que ayudaran a intentar cazar a Zawahiri, que a su vez estaba intentando asesinar al presidente Hosni Mubarak. Los chavales, de unos 13 años, aceptaron, porque esas fotos habrían llevado a que la propia Yihad los matara si se descubrían. Así que uno, Ahmed, se chivó de dónde iba Zawahiri, médico de profesión, a tratarle la malaria, y el otro, Musab, colocó una bomba. La cosa no funcionó, Zawahiri cogió a los dos chicos, les montó un juicio bajo sharia, los hizo desnudarse para comprobar que eran púberes y por lo tanto adultos, los condenó, los hizo confesar en vídeo, los ejecutó y distribuyó las imágenes como advertencia, sin importarle que fueran hijos de sus aliados, entrampados aposta por el enemigo. Así se las gastan por aquellos lares. La revulsión ante estos hechos fue tal que Egipto casi entero se volvió en su contra, y más aún cuando en 1997 un grupo de yihadistas atacó a un grupo de turistas extranjeros en Luxor a pistola y cuchillo, causando 62 víctimas, entre ellos cuatro egipcios. Fue entonces cuando Zawahiri se pasó al terrorismo internacional, y de la misma manera sofista logró justificar el asesinato de cualquiera, en contra de las enseñanzas del Corán. Por ejemplo, cualquiera que creyera en una democracia y que usara su derecho al voto.

Dos figuras importantes más fueron el jeque Omar Abdul Rahman, ciego desde niño, líder del Grupo Islámico, a veces aliado y a veces rival de Zawahiri, y cuyos seguidores fueron responsables de aquella bomba en el World Trade Center de Nueva York que causó «solo» seis muertos y que no logró tumbar el edificio a pesar de causar un cráter de sesenta metros de ancho. A pesar de sus fatuas permitiendo robar bancos y matar judíos y de sus discursos en los que llamaba a los americanos «descendientes de monos y cerdos», pidió asilo político en Estados Unidos repetidamente, hasta que fue encarcelado. El restante es el jeque Abdullah Azzam, un estudioso palestino que ayudó a fundar Hamas y que iba por el mundo predicando sobre milagros en Afganistán (cadáveres perfumados, pájaros que desviaban bombas soviéticas) y sobre todo prometiendo vírgenes en el paraíso para los mártires de la causa. Fue él quien organizó la reunión donde formalmente se creó Al-Qaeda en agosto de 1988, y su idea primigenia era ser una especie de guerrilla que al igual que había «provocado» que los soviéticos no pudieran con Afganistán, se dedicara a reconquistar terreno desde Pakistán hasta Andalucía. Se oponía al terror extremo de Zawahiri y a matar a mujeres y niños, y fue asesinado en Peshawar en 1989. No se dice que fuera Zawahiri quien lo hizo, pero sí que el médico había ido diciendo por ahí que Azzam trabajaba para los americanos.

Bin Laden es, lógicamente, a quien más se sigue en el libro, desde su niñez de familia multimillonaria en Arabia Saudí (su padre tuvo 22 esposas y 54 hijos), hasta su novelesco paso por el Afganistán ocupado por los soviéticos (en serio: tras varias de las cosas que le pasaron junto a su incompetente banda de seguidores, si salió vivo fue de milagro, y eso llegaron a creer literalmente sus acólitos). Se continúa con su estancia casi campesina en Sudán, donde a punto estuvo de abandonar la lucha armada, y sus contactos con los talibán, además de varios de los principales actos terroristas que coordinó, como los ataques a las embajadas estadounidenses en Tanzania y Kenia o al destructor ‘Cole’. También se nos habla de su vida privada, de sus cuatro esposas y de su férreo idealismo, sobre todo comparado con los sibilinos razonamientos de Zawahiri.

Otro de los temas analizados es el de cómo se las apañaban Egipto, Pakistán y Arabia Saudí para redirigir las iras de los fundamentalistas contra Occidente en lugar de contra sus mismos gobiernos, a la vez que recibían ayuda occidental contra los extremistas. Esta fue la razón de que la familia real saudí permitiera a Bin Laden azuzar las iras contra los Estados Unidos en los 80: para evitar que los atacara (demasiado) a ellos por vendidos a los yanquis. También es la razón de que los gobiernos paquistaníes no acabaran con las zonas pastunes donde hay un caldo de cultivo propicio para el extremismo: a la vez que ayudan a evitar injerencia iraní o rusa, te puedes librar de sus iras si están demasiado ocupados apuntando hacia Nueva York, Londres o París.

La creación, incluso a nivel teórico y religioso, del terrorista suicida, es otro punto fascinante, y Zawahiri fue el maestro retorcedor que convirtió las propias palabras de Mahoma en permiso divino. El propio profeta condena claramente por toda la eternidad a un guerrero que se mató antes que sufrir el dolor de sus heridas. Zawahiri lo reconduce usando un caso histórico en el que un grupo de presos musulmanes, a los que se les dio a elegir entre ejecución o conversión, escogieron lo primero. ¿Veredicto? Mártires, no traidores, ya que murieron para evitar renunciar a Alá. Cuando murieron dieciocho personas en un ataque con bomba a la embajada egipcia en Pakistán en 1995, Zawahiri dijo que ya que el gobierno egipcio era antiislámico, todo el que trabajara para él era un infiel que merecía morir. ¿Y los niños o civiles, probos musulmanes quizá, que pasaran por allí? Necesario daño colateral. «Con tales sofismas, Zawahiri revirtió el lenguaje del profeta y abrió la puerta al asesinato universal», concluye Wright.

Es en la segunda parte del libro, una vez que ya conocemos a los jugadores del otro equipo, cuando volvemos al lado americano, a los continuos esfuerzos de vigilancia e interrogatorio y a la falta de colaboración, culminados en una reunión que tuvo lugar el 11 de junio de 2001 (11-J, se lo podría llamar) donde la CIA y el FBI se dijeron mutuamente que algo sabían pero no qué, y los agentes se acabaron gritando a voces unos a otros, de nuevo imitando un tic particularmente peliculero. Aquí empieza a brillar, como lo hace en la serie, la figura de Ali Soufan, un libanés emigrado a Estados Unidos, que entró en el FBI un poco por hacer la coña de a ver si tenían narices de contratar a un musulmán, y que luego se convirtió en pieza importantísima debido a su propia valía y a que era el único agente del FBI en Nueva York (y uno de ocho en todo el país) que sabía hablar árabe. Sobresalen especialmente unas escenas de interrogatorio sacadas casi palabra a palabra de las transcripciones originales y los momentos en los que las luchas ideológicas, a veces casi filosóficas, ocurren en el interior de una persona, llevándolo de manera decisiva por un camino u otro.

En 1992, estaba un día Bin Laden en su etapa de semirretiro prematuro en Sudán, cuando un destacamento militar estadounidense paró unos días en Yemen (patria del padre de Bin Laden) camino de Somalia. Bin Laden, que siempre había estado cabreado por que las tropas norteamericanas nunca se acababan de ir de Arabia Saudí tras la Guerra del Golfo, interpretó esta maniobra como un «ahora aprovechamos y nos quedamos aquí también» de los americanos, montó en cólera y organizó que se pusieran dos bombas en dos hoteles de Adén con las que resultaron muertos un turista australiano y un trabajador yemení. Las tropas americanas estaban en otro sitio. A los pocos días los militares estadounidenses, según tenían planeado, se fueron para Somalia, y Bin Laden, que ya se había creído que él y su banda de barbudos habían echado de Afganistán a los soviéticos ellos solitos, también se autoconvenció (post hoc ergo propter hoc) de que ahora había causado él la salida yanqui de Yemen. De ahí a creerse con poderes especiales había solo un paso, y fue el que definitivamente dio. Con las consecuencias que todos conocemos.

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