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‘The Woman in White’: Sensacionalismo y feminismo

‘The Woman in White’: Sensacionalismo y feminismo

En 2016, la BBC adaptó a miniserie La piedra lunar, de William Wilkie Collins, la que se tiene como primera novela de detectives de la Historia, y dos años más tarde ha hecho lo mismo con la que es seguramente la obra más conocida de su autor, La dama de blanco. A diferencia de la primera adaptación, extrañamente exiliada a horario de sobremesa, esta segunda se emitió en prime time y con el despliegue publicitario adecuado.

Continuando con la condición de pionero literario de Collins, The Woman in White está considerada como una de las primeras novelas de misterio, y probablemente la mejor de las llamadas “sensation novels” que alcanzaron su apogeo en el Reino Unido en las décadas de 1860 y 1870. Son estas un tipo de novelas que mezclan lo romántico y lo realista con uno o varios secretos ocultos, tipo esqueleto en el armario de alguna persona de posición distinguida, cuya revelación causa “sensación” pública (y de ahí el nombre) en medio de la estricta sociedad victoriana. Adulterio, asesinato, bigamia, falsificación, robo, secuestro o seducción ilícita son sus ingredientes principales. Además, suele haber situaciones melodramáticas, formidables casualidades, toques góticos y alguna pincelada de tenebroso ambiente carcelero o criminal. Las mejores de estas novelas se vendían mucho, pero también tenían críticos feroces por doquier.

[Aviso de destripes en todo el texto]

La dama de blanco del título es una mujer que una noche se encuentra, confusa y perdida en el camino entre Londres y Hampstead, con un joven pintor y dibujante, Walter Hartright, que la orienta para que pueda encontrar el sitio que busca. Al poco, la policía aparece detrás diciendo que la mujer se ha escapado de un asilo de lunáticos. Por el momento todo queda ahí, y unos días más tarde, Walter, a través de un excéntrico amigo italiano suyo, Pesca, encuentra empleo en la punta opuesta de Inglaterra, en Cumberland, pegando con Escocia, como profesor de dibujo de las sobrinas del dueño de Limmeridge House, Laura Fairlie y su hermanastra Marian Halcombe. Walter se fija en que Laura es clavadita a la misteriosa mujer de blanco que vio en Londres, y acaba sabiendo que seguramente se trate de Anne Catherick, una chica con problemas mentales que vivió hace unos años cerca de Limmeridge. Con el paso de las semanas, Laura y Walter se enamoran, pero el tío de las chicas, el insufrible Frederick Fairlie, un autoinválido hipocondriaco, quejica y maniático que apenas se mueve de su sofá, arregla el matrimonio de Laura con un noble del sur del país, Sir Percival Glyde. Llega entonces una misteriosa carta anónima, advirtiendo a Laura que no se case con él. Walter cree que la autora de la misiva puede haber sido Anne, que efectivamente vuelve a aparecérsele, esta vez en Cumberland. La boda tiene lugar de todas formas, los novios se van de viaje por Italia durante seis meses y Walter se va a otro empleo en Honduras.

Cuando vuelven los Glyde a casa (Blackwater, en Hampshire), se traen con ellos a un amigo italiano, el conde Fosco, que está casado con una tía de Laura. Laura ha pedido llevarse a su hermanastra Marian a vivir con ellos, y es ella quien averigua que Sir Percival tiene muchos apuros financieros, y que por eso insiste en que Laura le ceda los derechos de uso de la fortuna de ella inmediatamente, a lo que las hermanastras se niegan. Anne vuelve a aparecer en escena, ya enferma terminal, y le cuenta a Laura que tiene un secreto que podría destruir la vida de su marido. La bola de nieve va creciendo, los acontecimientos se precipitan y empiezan las “tremebundeces”. Fosco, obviamente interesado también por el dinero, por algún motivo que aún no sabemos, concibe un plan para intercambiar las identidades de Anne y Laura, encerrando a esta última en el asilo como Anne y enterrando a Anne como Laura, convirtiendo así a Sir Percival oficialmente en viudo y heredero… Pero Marian los oye urdir el complot… Pero está lloviendo mientras ella los escucha por la ventana y contrae tifus, así que no puede evitar que el plan se lleve a cabo tras la muerte de Anne… Pero Marian, al recuperarse, va al asilo, soborna a una de las cuidadoras y escapan las dos… Pero entonces Walter ha vuelto de Honduras y descubre el secreto de Sir Percival: es hijo ilegítimo y por tanto sin derecho al título que tiene… Pero entonces Sir Percival va a la iglesia donde están las partidas de nacimiento a intentar destruirlas… Pero al hacerlo provoca un incendio y él mismo perece entre las llamas… Y así todo. Y además, después de todo esto, aún queda resolver cómo demostrar que Laura no es Anne, por qué se parecen tanto las dos y qué pintan los italianos Fosco y Pesca en todo esto. Cuando todo se desenreda, Walter y Laura se casan, y cuando muere Frederick, el hijo de ambos heredará Limmeridge.

La teleserie sigue toda esta trama con gran fidelidad, ya que es de esas novelas que están construidas de manera que si mueves una pieza se descoloca todo el edificio, y pone el acento de manera especial sobre la condición de sumisión e indefensión de la mujer, lo cual le da una resonancia especial en el que se ha convertido en el tema del año. Como ya dijimos al hablar de La piedra lunar, el propio Collins ciudaba más los personajes femeninos de lo que podía ser habitual entre los autores de su tiempo, y esta es otra muestra.

Al describir la trama de la novela, el personaje de Marian puede quedar un tanto relegado, pero al leer el libro o ver la serie, es seguramente quien más brilla: descrita como “no atractiva”, pero sí inteligente y resoluta, participa activamente contra las injusticias que se quieren cometer contra Laura, típicas de las que sufren las mujeres de su tiempo. “¿Cómo es que los hombres machacan a las mujeres una vez y otra y quedan sin castigo?”, llega a exclamar tras la muerte de Anne. Pero tampoco se comete el error de convertirla en una superheroína que puede con todo: cuando Walter y Laura se enamoran, es Marian quien le dice a Walter que sería mejor que él se fuera de allí, ya que Laura está prometida a Sir Percival (en vez de luchar por un romántico “amor verdadero”), y cuando se arriesga escuchando tras la ventana en plena tormenta, cae enferma por su osadía. Eso no evita, sin embargo, que sea ella quien porfíe por desfacer todos los entuertos y, en definitiva, se la puede considerar a ella la protagonista principal de la novela, a pesar del título y de que durante gran parte del comienzo a quien seguimos es a Walter, que pasa de parecer el obvio personaje principal, joven y masculino, a desaparecer de escena cuando más se lo necesita, así que es Marian quien debe tomar las riendas del asunto antes de que sea irreparable. También es ella quien se muestra decididamente en contra de que Laura firme el documento para ceder su fortuna en vida a Sir Percival. En la serie hay un cambio hacia el final: en vez de quedarse de carabina a vivir con su hermanastra, ya casada otra vez, se va a viajar, explorar y ver mundo, escribiéndoles desde un lugar lleno de dunas y arena, cual si fuera una Lawrence de Arabia femenina: “Las vistas de mis viajes han liberado mi oprimido corazón y me han abierto los ojos a la verdadera belleza de este mundo”. Dan ganas incluso de hacerle un spin-off.

La manera de rodar la vuelta de Italia también dirige el foco hacia el tema de la mujer sometida por su marido: Marian nota que Laura no está feliz, y que esos seis meses de viaje idílico no han debido de ser así. También la esposa de Fosco, un personaje bastante marginal para la historia, aparece descrita en la novela como una antigua “chica alegre” que ahora carece de sentido del humor y que obedece en todo a su dueño y señor.

Como hemos dicho, la trama se sigue fielmente en la serie, pero la forma de contarla es diferente, con saltos en el tiempo y con un personaje nuevo, Erasmus Nash, un escribano que va recopilando información y declaraciones sobre el caso, interpretado por Art Malik, irreconocible de cuando fue villano terrorista de pelis de Schwarzenegger o profesor de arte en la abominable adaptación de La tabla de Flandes de Arturo Pérez-Reverte en los 90. Jessie Buckley, ya veterana de series históricas como Guerra y paz y Taboo, está estupenda como Marian, y la decisión sobre Anne y Laura que han tenido que tomar los doce directores que hasta ahora han adaptado esta novela a la pantalla (¿ponemos a la misma actriz para ambas?) se resuelve afirmativamente, con Olivia Vinall haciendo los dos papeles, con solo un poco de maquillaje y dentadura postiza de diferencia. Los nombres más conocidos del reparto seguramente sean los de Dougray Scott, que fue malo británico en Hollywood al principio de siglo, como Sir Percival, y Charles Dance como Frederick Fairlie, que desde mi punto de vista está muy mal elegido para este papel: a Tywin Lannister no le pega estar encogido y arrugado bajo una manta soltando quejas e impertinencias disfrazadas de extrema cortesía. Por su parte, al conde Fosco se le ha quitado su descripción original de extremadamente obeso en favor del apuesto Riccardo Scamarcio.

“Author of The Woman in White and other works of fiction”, reza el epitafio de Wilkie Collins. Cuando un autor elige un solo título de entre su obra para colocarlo sobre su cabeza durante toda la eternidad, es bueno seguir dicha pista.