El neerlandés Thomas Olde Heuvelt es uno de los nombres más sugerentes del terror europeo contemporáneo. Saltó al radar internacional con Hex, una novela inquietante y atmosférica: la historia de una bruja condenada a deambular eternamente por un pequeño pueblo, y lo que ocurre cuando intentas controlar el miedo con una app. El libro no solo fue un éxito de crítica y público, sino que el propio Olde Heuvelt decidió reescribirlo para el mercado anglosajón, trasladando la acción a Estados Unidos sin perder su esencia, lo que le granjeó comparaciones con Stephen King y abrió la puerta a más de una treintena de traducciones.
La conversación con Olde Heuvelt —realizada en inglés— transcurre con una amigable cercanía. El autor sonríe con facilidad y, más que una entrevista formal, parece una charla distendida entre amigos sobre historias, miedos y la forma de contarlos. La entrevista contiene algún pequeño spoiler de su primera novela, Hex. A partir de aquí, dejamos que sea él quien hable.
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—Para muchos lectores españoles, Oráculo puede ser el primer contacto contigo. ¿Cómo describirías esta novela?
—Oráculo es una novela de terror divertida, con mucha acción. A diferencia de Hex, que era más oscura y psicológica, aquí buscaba algo más ligero. La escribí durante el confinamiento, cuando todos necesitábamos un poco de evasión. Tiene ese aire de aventura sobrenatural, un poco en la línea de Stranger Things. Pero aunque sea entretenida, también contiene capas profundas. Habla del enfrentamiento entre el ser humano y la naturaleza, del mar como fuerza incontrolable. Puede leerse como una metáfora del cambio climático, pero todo empieza con una historia de terror marítima: un barco fantasma en medio de un campo de tulipanes.
—Ese comienzo tan visual y extraño me lleva a un tema que has comentado en otras entrevistas: tu proceso de escritura empieza a partir de una imagen que se te queda grabada. ¿Cuál fue el origen de Oráculo?
—En este caso, conducía por un campo de flores cerca de mi casa en Holanda y vi un coche volcado en mitad de los tulipanes. Me pareció una imagen potentísima. Y pensé: ¿y si no fuera un coche, sino un barco? Un barco del siglo XVII, como el Flying Dutchman. Luego imaginé una trampilla abierta… ¿Y si alguien entra y no vuelve a salir? ¿Y si fuera tu padre? Yo perdí al mío cuando era niño, y ese dolor sigue en mí. Así empieza la historia. Siempre arranco desde una imagen y un sentimiento.
—En Oráculo vuelve a aparecer Robert Grim, un personaje de Hex. ¿Qué relación hay entre ambas novelas?
—En realidad, Oráculo es una novela completamente independiente. No hace falta leer Hex para entenderla, aunque hay algunos guiños y también easter eggs que los fans reconocerán. Robert Grim volvió casi por accidente. Yo creía que había muerto al final de Hex, porque básicamente mato a todo el pueblo (risas). Pero en Oráculo necesitaba a alguien experto en lo sobrenatural, y pensé: “Espera, ¡yo ya creé a uno!”. Así que, diez años después de los hechos de Hex, lo recuperé con cicatrices, depresivo, alcohólico, y viviendo con una pensión estatal que compró su silencio. Me pareció divertido traerlo de vuelta así.
—Oráculo tiene un tono diferente a tus novelas anteriores. ¿Lo ves como una evolución respecto a Hex?
—Diría que es un regreso a mis orígenes. Hex fue un éxito inesperado. Se publicó en 30 países, viajé por todo el mundo, y cumplí todos mis sueños. Pero también fue duro mentalmente. Nadie te prepara para el éxito, y eso me afectó. Por eso Eco, mi siguiente novela, fue más introspectiva y oscura. Con Oráculo quise volver a disfrutar escribiendo, recuperar la diversión. De ahí el ritmo, el humor, la acción. Es más ligera pero no menos profunda.
—Y hablando de escribir, ¿cómo fue el proceso con Oráculo?
—Posiblemente el más relajado de mi vida. Sucedió durante el confinamiento, sin distracciones, sin eventos, sin giras. Normalmente me cuesta concentrarme, porque me encanta decir que sí a todo: firmas, festivales, entrevistas… Me gusta compartir las historias, no solo escribirlas. Pero ese aislamiento forzoso me permitió centrarme. Escribí la novela en unos cinco o seis meses, todo fue muy fluido. Descubrí cosas fascinantes, como Doggerland, una tierra sumergida bajo el mar del Norte, donde vivían humanos y mamuts hace miles de años. Eso me inspiró para incluir un dios mamut, plataformas petrolíferas que parecen bestias prehistóricas… Me lo pasé muy bien.
—¿Sueles planificar mucho tus novelas o prefieres descubrirlas sobre la marcha?
—Un poco a medias. Siempre hay una idea general de a dónde quiero llegar, pero dejo que el camino me sorprenda. Tengo lo que llamo un “documento de volcado”: un segundo archivo de Word donde anoto ideas sueltas, recortes de internet, mapas, dibujos… Me ayuda a visualizar. Pero el texto principal lo escribo de principio a fin, en orden. No empiezo por el final. Me gusta que las sorpresas del camino influyan en cómo se va desarrollando todo.
—La crítica te compara con Stephen King, pero también se perciben ecos más nórdicos, más europeos. ¿Qué autores te han influido?
—De niño leía lo que encontraba en neerlandés: Drácula, Frankenstein, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Luego descubrí a Stephen King, Clive Barker, Peter Straub… Dean Koontz no me gustaba tanto. En Holanda no tenemos tradición de horror ni fantasía. Nuestra literatura es muy práctica, muy realista, muy de “problemas de gente normal”. Cero mitología, cero superstición. Muy aburrido para la ficción. Por eso mis primeras novelas estaban ambientadas fuera: en EEUU, en otros países. Después pensé: “¿Qué puedo aportar yo que sea único?”. No crecí en la pobreza de Stephen King ni en internados como Roald Dahl. Tuve una infancia normal y aburrida en Holanda. Lo único que podía aportar era precisamente esa mirada holandesa: muy práctica. Si un fantasma se apareciera en tu habitación, cualquier otro saldría corriendo. Un holandés pondría una toalla encima y seguiría leyendo el periódico. Eso, creo, es algo único que puedo aportar.
—¿Crees que hay diferencias entre el terror europeo y el estadounidense?
—Los miedos básicos son universales: el miedo a la oscuridad, a la pérdida, a la locura, a que algo irrumpa en nuestro espacio personal. Pero cómo los expresamos sí varía. Cómo se representa o simboliza en cada cultura. En Estados Unidos hay mucha producción y una gran tradición del género. En Europa cada país tiene sus propias mitologías. El problema es que muchas de esas historias no se traducen. Me encantaría leer más terror español, italiano, checo o ucraniano, pero no están disponibles en inglés. Eso limita el intercambio.
—Cuando Hex se tradujo al inglés, decidiste trasladar la historia de un pueblo neerlandés a uno estadounidense. ¿Por qué?
—Fue una decisión muy consciente. Quería que Hex funcionara en el mercado internacional, y sabía que los lectores necesitan reconocer el entorno antes de que lo sobrenatural lo invada. Para los neerlandeses, la versión original les impactó porque era reconocible. Para los lectores anglosajones, tenía que crear esa misma familiaridad, así que reescribí la novela entera. Escribir Hex me llevó cinco meses; reescribirla un año. No solo era traducir: había que ajustar mil detalles culturales. Fue un proceso minucioso pero enriquecedor. Eso sí, me prometí no repetirlo.
—Por eso con Oráculo ya no ha sido necesario ese cambio.
—Con Hex ya abrí la puerta. Ahora mi nombre suena lo suficiente como para que los lectores acepten una historia ambientada en Holanda sin problema. Aunque fue divertido el lío con Robert Grim: en el Hex original era neerlandés, pero en la edición internacional lo convertí en estadounidense. Así que ahora, al traerlo de vuelta, tuve que reescribir sus escenas para que fuera un americano viajando a Holanda. Cosas que pasan.
—¿Te gustaría ver una adaptación de Hex o Oráculo en cine o televisión?
—¡Claro! Hex lleva años en el famoso “infierno del desarrollo”. Hubo un guión que no me convencía, así que preferí que no saliera adelante. Pero ahora está en manos de un director muy bueno —no puedo decir quién— que también está adaptando una novela de Stephen King. Tengo buenas sensaciones esta vez. También Darker Days, mi próxima novela, está en desarrollo para televisión. Y Oráculo ha sido tentada, aunque no tengo más información por ahora. A ver qué pasa.
—¿Has vivido alguna experiencia inquietante que haya terminado en tus libros?
—¡Ojalá! Me encantaría ver un fantasma, encontrar al monstruo del lago Ness, ver a Bigfoot… pero nunca me ha pasado nada de eso. Lo que sí he vivido son horrores reales: perder a mi padre, ver enfermar a mi pareja. Eso marca. El dolor real alimenta mucho mi escritura. La relación con mi padre, por ejemplo, aparece en casi todos mis libros. Y el amor también. Son experiencias muy humanas, pero a veces, también, horriblemente reales.
—Y para terminar, cuéntanos un poco sobre Darker Days, tu último libro.
—Si Oráculo es mi libro más ligero y aventurero, Darker Days es el más oscuro. Parte de un pacto fáustico: en una calle en Estados Unidos, Bird Street, todos parecen tener vidas perfectas gracias a un trato con una entidad llamada “el Contable”. Pero esa felicidad tiene dos precios. Cada noviembre, durante cuatro semanas, todo se tuerce: enfermedades, accidentes, ruina, mala suerte. Y para que no vaya a peor, una vez al año alguien debe morir en el bosque que hay detrás de las casas. Un sacrificio humano. Los vecinos no son monstruos, eligen a personas que ya quieren morir —enfermos terminales, gente con una fuerte pulsión suicida— y se convencen de que están “ayudando”. Por supuesto, hay truco: quienes mueren allí no mueren del todo, y a partir de ahí la historia se vuelve realmente perturbadora.
—Suena como una novela muy extrema, pero también muy moral.
—Exacto, eso quería conseguir. A lo largo de todo el libro quiero que el lector se pregunte: “¿Yo lo haría? ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar?”. Si tuvieras que hacer algo verdaderamente horrible para salvar a otra persona, ¿lo harías? ¿Y si la vida de tu propio hijo dependiera de que mataras a alguien? Esos dilemas éticos, llevados al límite, son el corazón del buen terror. Puedes hacerlo muy oscuro, muy extremo, pero si al final te obliga a mirarte al espejo y pensar qué tipo de persona eres… entonces, para mí, el horror está funcionando de verdad.





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