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Tierra roja   

Las escaleras de ladrillo asemejan viejas teclas de un piano donde el cardenillo se abre paso en las oquedades. Han resistido estoicas y amables a generaciones de celebraciones, confidencias e incontables idas y venidas. En el cobertizo hay también una hamaca deshilachada, con las mismas fundas que tenía cuando los abuelos la compraron. No hace falta que nadie la use, basta con que esté ahí, fiel como un perro labrador buscando con la mirada que todas las piezas de la manada estén en su lugar. Justo enfrente de la casa, cuyos moradores la denominaron “El Pinar”, se conserva su legendario estanque: una pequeña excavación circular en piedra de breve alzado, sin desagües, privilegio para quien supo ver en ese reducido espacio la libertad asilvestrada y sin domesticar. A su alrededor, el resto del conjunto fue creciendo, y cambiando, como los que allí habitan, siguiendo los vaivenes de la sinfonía de una vida. En todas esas formas residen los recuerdos de la infancia infinita, y la madurez pausada. Una estampa familiar con personas que otorgan sentido a cada lugar, a cada rincón, a cada elemento, y cuyo vacío se alivia en el oasis de las remembranzas.

"En su amado Teruel, esa isla rodeada de un mar de tierra ondulado y carmesí, las coníferas emergen como soldados circundando una fortaleza adusta, amable, de horas detenidas"

Allí, en los meandros de “El Pinar”, descansa, fundido en el paisaje, un hombre bueno a quien hoy dedico este escrito. En su amado Teruel, esa isla rodeada de un mar de tierra ondulado y carmesí, las coníferas emergen como soldados circundando una fortaleza adusta, amable, de horas detenidas, y extienden su manto de pinaza y resina. Crujen lastimosas ahora, como lágrimas de los quebrados sotos y arboledas tantas veces andados. Teruel parecía hecho a su imagen y semejanza, amante de sus ritmos, sus gentes y su pálpito. Él descansa ahora en esa tierra roja impregnada con el aroma de secano y de misteriosa frescura, donde arraigan nostalgias forjadas en hierro, y respira su arenisca un aliento guerrero, perdurando anclado en su propio tiempo.

«¿Qué nos impide, en efecto, decir que la felicidad de la vida consiste en un alma libre, levantada, intrépida y constante, inaccesible al miedo y a la codicia, para quien el único bien sea la virtud, el único mal la vileza, y lo demás un montón de cosas sin valor que no quitan ni añaden nada a la felicidad de la vida, ya que vienen y se van sin aumentar ni disminuir el sumo bien?»

(Séneca)

"La felicidad fue sencilla y acorde a la naturaleza, la propia, y la que dibuja el paisaje"

No hubo otro mapa en él que su generosidad, y un profundo sentimiento familiar. Echaremos de menos el gesto apacible y bondadoso con el que acogía a cuantos le conocimos y disfrutamos. Una sonrisa cincelada en acero de cierzo y templada por un alma ligera. El orgullo y el carácter presumido, o la exageración, que es como una religión, la fe y las costumbres. Esas señas que ahora están en los hijos y en los nietos. La felicidad fue sencilla y acorde a la naturaleza, la propia y la que dibuja el paisaje. Fue como ese discurrir bueno que ya sabiamente aconsejaban Séneca, Horacio y Marco Aurelio. ¿Acaso puede haber algo mejor que tomar un cortado y unos churros en los Aljibes? En la intimidad siempre prendía la vela como ofrenda a la Virgen del Carmen, a quien agradecer los favores de la juventud.

«Mantente, por tanto, sencillo, bueno, puro, respetable, sin arrogancia, amigo de lo justo, piadoso, benévolo, afable, firme en el cumplimiento del deber»

(Marco Aurelio)

“El Pinar” es una atalaya que permite contemplar la amplitud de la tierra roja bajo una generosa bóveda celeste que revela sus inagotables secretos en la noche plácida y añil, mientras la madera crepita en las extintas brasas de la chimenea, compañera de horas de lecturas y sesiones de cine. Un diminuto hogar en el que siempre habrá alguien, y tal vez la esencia de quien hoy me despido recorra materia y energía, construyendo nuevos inicios en cada detalle. Ahora la ausencia y sus interrogantes dan paso al silencio. Pero todo está bien, en realidad. En la mesa colma la risa espontánea de las generaciones que has construido, la enseñanza imperturbable de quien ha sabido vivir permanece.

«El hombre prudente labra su propia dicha»

(Plauto) 

En recuerdo a mi querido Miguel Ángel, buen padre, marido, hermano, tío, abuelo, y buen amigo de sus amigos.

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