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Todo está en Cunqueiro

Estamos en Madrid y corre el mes de enero de 1969. Francisco Umbral acude al bar Fuyma, en la Gran Vía. Se encuentra allí con Álvaro Cunqueiro, que acaba de ganar el Nadal con su novela Un hombre que se parecía a Orestes y ha acudido a la capital para realizar ciertas labores relacionadas con su cargo de director de El Faro de Vigo, carismático periódico gallego que lleva cuatro años bajo su mando. La conversación, netamente umbraliana, va virando de unos temas a otros y Umbral formula una pregunta crucial para entender al personaje que tiene enfrente, autor de una obra atípica y poco o nada reconocida por los lectores: «En estos años de novela social, tú, que eres un escritor apolítico, has estado un poco olvidado». La respuesta de Cunqueiro es tan genial, y tan ilustrativa de lo que fue su modo de entender la vida y la literatura, que vale la pena reproducirla completa: «Claro. A mí me dicen que por qué no hablo de los problemas sociales de Galicia. A mí me interesa la política en la vida, pero no en la literatura. En el periódico hago editoriales políticos. Si, como escritor, tengo a mi cargo la salvación de la lengua, no veo por qué he de resolver además la reforma agraria. Es como si le hubiesen pedido a Juan Ramón Jiménez que revolucionase la agricultura andaluza.»

"Aún no se sabe cuántos artículos periodísticos llegó a escribir Cunqueiro, pero hasta los más prudentes los contabilizan por decenas de miles"

La entrevista, que vio la luz en La Estafeta Literaria el 1 de febrero de 1969, se reproduce íntegra en el epílogo del volumen Al pasar de los años, tercer tomo de la serie que la Biblioteca Castro ha venido dedicando a Álvaro Cunqueiro y en el que se recoge una selección abundante y definitoria de su obra periodística. La tarea a la que se enfrentó el responsable de la edición, el periodista Miguel González Somovilla, fue verdaderamente ciclópea. Aún no se sabe cuántos artículos periodísticos llegó a escribir Cunqueiro, pero hasta los más prudentes los contabilizan por decenas de miles. El escritor gallego fue tan prolífico que su obra resulta casi inabarcable. Pese a que desde su muerte no han dejado de publicarse libros que recogen selecciones variadas de sus textos periodísticos (Fábulas y leyendas de la mar, La cocina cristiana de Occidente, El pasajero en Galicia o El laberinto habitado, por citar sólo unos pocos), están muy lejos de desempolvarse todas las columnas que entregó a la rotativa y que en buena parte escribió en su vieja Smith Premier 10 de doble teclado, actualmente a la vista de sus devotos en la casa museo que recientemente se ha inaugurado en su villa natal de Mondoñedo.

Portada de Al pasar de los años.

Tal y como acertadamente señala Somovilla en el prólogo a su selección, los textos periodísticos de Cunqueiro constituyen una parte esencial de su obra y no un mero complemento. Su distanciamiento de las modas que orientaban la literatura de su época —a la entrevista de Umbral nos remitimos— se extendió también a su quehacer en la prensa. «No es buena la instantaneidad de las noticias», consignó en una ocasión, y uno de los artículos que pergeñó para La Noche dejó bien claro qué asuntos eran realmente pertinentes y cuáles accesorios: «Si me hallase a las tantas de la noche en la redacción de un periódico y su director solicitase de mí un artículo de la máxima actualidad, sin vacilar lo escribiría sobre las peregrinaciones a Compostela».

"A Cunqueiro hay que tenerlo siempre en la mesita de noche, como se tiene a Cervantes o a Montaigne, y degustarlo en dosis pequeñas y suficientes"

Quien lo probó, lo sabe: leer a Cunqueiro es siempre una fiesta. Asomarse a la inmensidad de su obra periodística es, además, experimentar un asombro perpetuo ante la versatilidad y el talento de un escritor que sigue sin gozar en la posteridad del prestigio y la admiración multitudinarios que ya había merecido en vida y que nunca consiguió del todo. Tocó todos los asuntos posibles, y en todos mezcló por igual su erudición y su capacidad fabuladora. La gran virtud de Al pasar de los años es que propone un recorrido escogido y completo por un Cunqueiro que no pierde la fascinación maravillada ante la complejidad del mundo. Tan pronto escribe sobre poesía, la propia y la ajena, como se pierde en los vericuetos de su tierra natal («Para la fantasía de mis historias, hubo un tiempo en que solía imaginarme una selva, la antigua y lejana selva de Esmelle, y en la selva un palacio o un castillo, al que llamaba Narahío») o rinde homenaje a ciertos iconos personales como Quevedo o Fray Antonio de Guevara. Unas veces tira del tarot para anticiparse a los resultados de la jornada futbolera («Manejando las setenta y ocho cartas del tarot de Marsella […], habíamos llegado a establecer unos pronósticos que han fallado en su totalidad») y otras se dispersa refiriéndose a santos y santerías («Parece ser que en cierto momento se ha creído por la magia caldea en la posibilidad de recoger, de enfrascar, por decirlo así, el «agualuz» —ésta es la traducción correcta de la palabra utilizada por aquellos sabios— de un planeta determinado y usar este agualuz como medicina») o toma notas para elaborar un diccionario de ángeles («Los ángeles son políglotas, aunque su lenguaje cotidiano sea el hebreo, lenguaje usado por Dios en la creación […], y el hebreo era el idioma de todos los hombres, según el arzobispo Ussher, hasta la confusión de lenguas en la Torre de Babel»). Y siempre, en ese batiburrillo feliz de hallazgos e intereses, deja en quien lo lee un poso de alegría que no llega a disiparse nunca por completo.

Estatua de Álvaro Cunqueiro ante la plaza de la catedral de Mondoñedo.

A Cunqueiro hay que tenerlo siempre en la mesita de noche, como se tiene a Cervantes o a Montaigne, y degustarlo en dosis pequeñas y suficientes, para que su sabor vaya envolviendo suavemente la evanescencia lechosa de los sueños. Lo supieron ver Francisco Carantoña, histórico director del diario gijonés El Comercio, y Juan Cueto, otro miembro ilustre de esa estirpe de sabios que acertaron a descifrar el mundo desde las alturas norteñas. Ambos firman dos textos de carácter necrológico con los que Somovilla pone el broche a este libro indispensable, tanto para los que ya conocen los placeres de la poética cunqueiriana como para los que aún tienen la suerte de estar a tiempo de descubrirlos. El tercer cierre es la entrevista ya mencionada de Francisco Umbral, que tras enhebrar preguntas y respuestas culmina la transcripción de su charla con una acotación digna de encontrar aquí acomodo: «En América sería Borges. En Europa sería Andersen. En España dirige un periódico para vivir. Nunca aprenderemos a valorar a nuestros escritores con menos de un siglo de retraso». Álvaro Cunqueiro falleció el 28 de febrero de 1981, hace ahora treinta y nueve años. Sería de justicia que no hubiera que esperar hasta las cien primaveras para que las letras españolas le reconozcan, al fin, lo mucho que se le debe. Ojalá este libro contribuya a ello.

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