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Todos los sueños americanos juntos

Todos los sueños americanos juntos

Odio Nueva York. Fue la ciudad que presenció nuestra relación. Esa maravillosa postal en blanco y negro editada por la filmografía de Woody Allen. Una ciudad con un alma que es luz. Una luz blanca que me hace pensar que en vez de en una ciudad estoy en un estudio fotográfico.

Desearía estar con la mujer del pañuelo. La mujer cuyo desconocido nombre está ya irremediablemente unido a un complemento. Fue a la altura del 55 de Wall Street. Lo recuerdo porque el edificio tiene una terraza muy agradable y yo salía de tomarme un Bellini. Me encontraba rodeado de brokers (y sus amantes), secretarias, oficinistas, wedding planners y profesionales de diverso pelaje. Era un suave mediodía de marzo y notaba la luz cálida sobre mi cabeza, y sólo deseaba huir de allí, de ese edificio que se reconstruyó tras un gran incendio a finales del siglo XIX. Me alejé del rincón mágico, pagué el cóctel y salí a la calle, dejando atrás las columnas jónicas y las conversaciones que nunca tuvieron lugar.

En la calle podía respirar el ritmo frenético del distrito. Un barrio financiero, gris, lleno de gente gris. Maletines e Iphones, disputas con el manos libres. Nueva York no era más que el cromo en blanco y negro que hace años Oliver Stone había coloreado de avaricia. Y entre los grises, el color: La mujer del pañuelo. Sin Iphone, ni maletín, ni disputas, ni manos libres. Manos aferradas a un manillar de bicicleta.  Una Seventy Cycles con un manillar rústico en madera, con sillín de cuero negro, y sobre él ella, una mujer rubia, etérea, con un pañuelo blanco que fluía sobre sus hombros y reflejaba haces de luz. Pasó como un suspiro, y me sentí de nuevo envuelto por el ruido de cláxones y wedding planners histéricas que salían del Cipriani, tras ver sus salas para reuniones, el espacio reservado para banquetes, tras negociar un mayor fee en sus contratos,…

Me di la vuelta y dejé la Nueva York que había conocido atrás. Y comencé a ver esa luz blanca que se ondulaba cada vez que la mujer pedaleaba suavemente por las calles. Era extraño sentir que la ciudad se volvía cálida tras llevar allí tantos meses. Los encuentros con Lucas no habían conseguido que me sintiera cómodo en la ciudad. Todo lo contrario. Nueva York había sido testigo de una relación que no tendría que haberse dado. No soy homosexual. En breve volveré a España y ¿quién sabe? Me casaré. ¿Quién sabe? Con una mujer etérea que lleva la luz de Nueva York sobre sus hombros.

Sentía que la luz acariciaba los lomos de algunos edificios y galerías comerciales, integrándose en ellos, aportándoles una pátina de vida y efervescencia de la que hasta ese momento carecían. Todo parecía nuevo, diferente, estimulante. Como si a cada paso que diera sonase una melodía. Me sentía Gene Kelly, capaz de emular sus distinguidos pasos de claqué mientras bajaba por la Quinta Avenida de camino al trabajo.

Gene Kelly

Entonces ya soñaba con dejar a Lucas. Con pedirle disculpas por el sexo apresurado, el deseo apresurado, los orgasmos apresurados e insuficientes. Su amor había ido también demasiado deprisa… y quienes viven deprisa mueren rápido. No sentía nada, había dejado de sentirlo. Ni la erección al pensar, durante el trabajo, en sus labios cerrándose alrededor de mi pene. Las jornadas en el Metropolitan se me antojaban interminables. Hacía unos meses pensar en penetrarle conseguía que la erección permanente me mantuviera despierto y activo. Se sucedían las reuniones: proveedores, estilistas, agentes de celebrities, modelos, pruebas de vestuario, fotógrafos,… y si pensaba en Lucas sudado bajo mi cuerpo, las horas trascurrían ágiles y el trabajo se tornaba extrañamente placentero.

Recuerdo la primera vez que salimos Lucas y yo a cenar. Habíamos visto una película sin importancia en su casa, acurrucados en el sofá y sabíamos que si continuábamos allí, habríamos vuelto a la cama en cuestión de segundos. Fuimos al Katz Delicatessen, un restaurante a la altura de Houston Street con Ludlow. Nada especial. Pedimos unos bocadillos de pastrami y cerveza. Lucas no paraba de sonreír. Cada vez que pasaba uno de esos camareros uniformados, con esas chaquetas enormes azules y el gorrito de papel blanco, Lucas enrojecía y movía las piernas nervioso.

-¿Es que no te has dado cuenta?- me preguntaba visiblemente excitado.

No sabía de qué me hablaba y fingía que no me preocupaba en absoluto que él estuviera frente a mí, sudando y moviéndose de un modo nervioso e irracional. Tenía las pupilas dilatadas. No quería seguirle el juego, Lucas es demasiado niño para tantas cosas. Fui al baño a lavarme las manos y al volver la mesa estaba vacía, el camarero esperaba al lado con la bandeja. Me senté extrañado, mientras el camarero de ascendencia italiana me deseaba una buena comida. Metí la mano en el bolsillo para sacar el móvil y alguien me sujetó la muñeca desde debajo de la mesa.

Han pasado ocho meses y aún me acuerdo como si hubiera pasado esta misma mañana. Oí su voz bajo la mesa que repetía:

-¿Es que no te has dado cuenta?

-Lucas, ¡basta!- le interpelé tratando de simular normalidad.

Noté sus dedos sobre mi entrepierna. Me corrió un escalofrío por la espalda cuando noté cómo bajaba lentamente la cremallera del pantalón.

Fue la mejor felación de toda mi vida. Lucas salió de  debajo de la mesa fingiendo haber encontrado una de sus lentillas.

-¿Por qué? -Le pregunté. Aunque en realidad me daba igual la respuesta, me encontraba satisfecho. Lucas era como un niño para mí, con todos sus defectos (su ansiedad, su descontrol) así como sus virtudes (el deseo incontrolado, las ganas de agradar, la impulsividad sexual). Podía llegar a convertirse en un dios del sexo y ofrecerse en las páginas del LatinoDeal o del QueensLatino. Seguro podría llegar a convertirse en uno de los hombres más solicitados.

Me tuve que comer su bocadillo de pastrami, pues él argumentó que ya había comido y que había quedado completamente saciado. Mientras masticaba las tiras de cebolla caramelizada y los pepinillos que acompañaban a la carne volvió a repetir la pregunta.

-No, no me he dado cuenta, Lucas- respondí. Era la verdad, no sabía de qué hablaba. Lucas puso los ojos en blanco y confesó.

-El Katz es el restaurante del orgasmo- susurró.

-¿Cómo del orgasmo?- le pregunté-¿Es que la gente viene aquí a tener relaciones?

Lucas rió abiertamente. Tiene una sonrisa franca y cálida.

– Aquí se rodó “Cuando Harry encontró a Sally”. El mejor orgasmo de la historia del cine- concluyó.

Podía haberle dicho que también había sido mi mejor orgasmo. El mejor que había tenido en la vida… hasta ese momento, pero me mordí la lengua. Confesarlo habría sido en parte reconocer que no era heterosexual, o que no era todo lo heterosexual que querría haber sido. Y una confesión así habría cambiado mi vida, la de mi familia, mi carrera. Para empezar, si le hubiera dicho que había disfrutado como nunca con la felación, habría tenido que llevármelo a casa para follármelo. En ese preciso momento. Le habría cogido impulsivamente por las solapas del abrigo y le habría besado, le habría apoyado en el muro de ladrillo que rodea el establecimiento y me habría frotado deseoso contra su cuerpo, habría deseado mucho más, sin importarme el encontrarme a la vista de todo el mundo. Si hubiera confesado, la noticia habría corrido como la pólvora en ciertos círculos sociales. Mi trabajo en el Metropolitan habría peligrado. ¿Pueden imaginarse al relaciones públicas del MET de la mano, en su famosa gala anual, con un joven latino sin papeles? Yo tampoco. Habría cavado mi propia tumba, y quizá habría significado que estaría en España, en la cola del paro cada 3 meses para sellar, ese puesto que un Presidente de derechas había estado reservando para mí todo este tiempo. En Nueva York no viví el sueño americano como lo llaman, sino la pesadilla española. En todas partes mencionaban la cantidad de oportunidades que la ciudad me ofrecía, la posibilidad profesional que suponía trabajar en el Metropolitan, gracias a los contactos de mi prima Sara que trabajaba en el New Yorker. Pero yo sólo oía, donde quiera que fuese, pobrecito el español, se vino de España porque allí todo está muy mal. Rajoy les creó el corralito. No me consideraba un apestado ni tampoco un cerebro fugado. Sólo quería hacer mi trabajo y prosperar. Y quizá conocer a alguien. Alguien con quien pensar un futuro, con quien ir a las premieres, a las inauguraciones de exposiciones temporales, al MET que tantos quebraderos me estaba dando las últimas semanas. Alguien que no se quejase de mi aliento al despertar, o de que tardaba demasiado en ducharme.

Y sin embargo conocí a Lucas. Fue poco después de instalarme en el pequeño apartamento que Sara había dejado atrás tras casarse. Era de renta antigua y el Metropolitan se hacía cargo del alquiler. Estaba en Perry Street, tenía una pequeña escalera delante del portal con una barandilla de hierro forjado y una delicada maceta de flores, casi siempre secas, junto a la puerta. No teníamos portero ni nadie que se hiciera cargo de las flores, y de vez en cuando vaciaba en ellas la botella de agua cuando volvía de correr. Me había acostumbrado a esta vida sencilla, muy alejada del glamour, del sueño americano, del Nueva York de postal que nos vendían los grandes estudios.

Al ir a la Gran Manzana había dejado atrás un matrimonio fallido en España. Casi una década de reproches y dos hijos que acababan cada llamada con un consabido ¿Cuándo vas a volver papá? Sin saber que su padre, tal y como ellos lo habían conocido, jamás volvería.

Con Lucas llegaron aires nuevos, nuevas esperanzas.  Empecé a sentir una cierta pasión por mi trabajo. No quería prosperar o promocionar, quería brillar y expandirme. Cada vez salía más, más galas, más reuniones, más proveedores. La Fashion Week, Broadway, el Cherry Blossoms, Tribeca Film Festival,…Todo era nuevo y excitante y cada noche regresaba al pequeño apartamento que Lucas compartía con su hermana Carmen y le contaba los actos a los que había asistido, las personas a las que había conocido, las citas que había concertado,… y él sonreía, a veces incluso lloraba, y me decía que yo era para él todos los sueños americanos juntos. Y entonces me besaba con ansia y teníamos sexo hasta caer rendidos. Cada mañana volvía a mi apartamento para ducharme e iba a trabajar. Los días se repetían, cada noche en su cama, cada mañana en mi ducha, y pronto los celos compartieron nuestras sábanas.

Lucas era excesivamente posesivo. Comencé a sospechar que yo seguramente había sido su relación más larga. Yo era suyo, o eso parecía decir cada vez que me acariciaba, pues me miraba muy fijamente con una mirada cada vez más opaca y fría. Me poseía con fiereza y me arañaba el pecho. Si sangraba sonreía y zanjaba la cuestión diciendo que así me acordaría de él, que llevaría su firma en mi pecho, todo el día. Que cada vez que me rozase la camisa y el dolor me llenase los ojos de lágrimas, en reuniones con proveedores textiles, con decoradores o con agentes, me tragaría ese dolor hacia dentro y pensaría en él.

A mediados de marzo comencé a habituarme a ir al Cipriani a media mañana. Me tomaba el sándwich de pepino al sol en una de sus preciosas terrazas. Fue cuando apareció la mujer del pañuelo, su dulzura y esa luz que emanaba, esa mujer que poseía la preciada atmósfera de la ciudad en una suave ondulación colocada sobre sus hombros. Me enamoré sin darme cuenta. Llegó un momento que iba casi todos los días para volver a verla. Me tomaba un Bellini detrás de otro, ciertamente ansioso, y cada vez le encontraba menos sentido a Lucas y más sentido a la vida. Recordaba el pañuelo blanco enroscado al cuello. Y cada noche, si no había conseguido verla, volvía a casa de Lucas le ataba a la cama y le violaba. Tenía que dejarle. Su obsesión por mí y mi obsesión por la mujer del pañuelo nos estaba haciendo mucho daño. No podríamos volver jamás del lugar oscuro en el que nos estábamos adentrando.

Nueva York se llenó de luz, y decidí que no podía esperar al verano, tenía que ser pronto. Pensé dejarle una noche en su casa, en la que ebrio por las cervezas me esperaba en ropa interior. Pensé que borracho podría asimilarlo mucho mejor. Que quizá me montaría un número y nos enzarzaríamos en una violenta pelea, pero…sería más fácil para los dos, se recuperaría de la resaca y haría borrón y cuenta nueva. Pero su agresividad me atemorizaba. En los últimos meses había adelgazado varios kilos y le daba al saco. Estaba cada vez más demacrado, pero también más fuerte. Tomé la decisión de hacerlo en la calle, en un sitio público, donde no nos pegaríamos. Si acaso una pequeña pelea, unos gritos de amantes rencorosos. Le dejaría en una calle alejada del MET. La ocasión surgió una mañana que nos acercamos a Brooklyn a visitar a un amigo suyo de la escuela.

Al salir, estábamos a punto de cruzar la avenida Atlantic para coger el autobús. Lucas me agarró de la mano y tiró de mí para llevarme al otro lado de la calle. Era el momento.

-Lucas- le dije. Lucas frenó en seco cuando le llamé, sus ojos me devolvieron un gesto cálido, tenía las pupilas húmedas, su cuerpo inclinado anhelante hacia mí, el semáforo estaba a punto de ponerse verde.

De repente Lucas cayó al suelo mientras nuestros dedos continuaron ligeramente abrazados. Me incliné para tomarle el pulso. Sonreí mientras me pasaba la mano por el pelo. Los cláxones de los coches me sacudieron la irrealidad de estos segundos fantasmales. Sería tan fácil abandonarle.