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La maldición de Manolete

Me he pasado varios días intentando escribir la primera frase de este artículo. Al final, tras varias combinaciones intoxicadas por los tópicos, he decidido prescindir de un buen arranque. Tuve ilusión algunas horas por explicar el nacimiento de Manolete en un barrio popular de Córdoba. “Nadie sospechaba en Santa Marina que ese niño enfermizo no moriría nunca”, escribí. La frase quedó un buen rato escrita en la pantalla. Comprendí que sería perfecta para la voz en off de cualquier documental con su pasodoble enmarcando imágenes antiguas de Córdoba pero no aquí. Era evidente que tampoco funcionaría una partida canónica, recordando el centenario de su nacimiento y las siete décadas que ya han pasado desde que Islero se hizo famoso. En la breve exposición del contexto social en el que nació o el ambiente familiar vi algo desoladoramente aburrido. “Su padre, torero sin fortuna, murió cuando él tenía cinco años y creció huérfano junto a su madre y hermanas”. El resto del tiempo lo malgasté en escribir su nombre una y otra vez como antídoto al bloqueo. Sin embargo, el efecto era el contrario. Mencionarlo fundía cualquier idea. Supongo que también sufro la maldición de Manolete.

Enrique Vila-Matas disecciona en Bartleby y compañía la literatura del no. Escribe al pie de obras literarias inexistentes las razones por las que sus no-autores dejaron un día de escribir o no llegaron a empezar nunca, repasando sus circunstancias para entenderlos mejor. Al menos rozar el porqué. Vila-Matas reúne una legión de personajes recluidos en la negación: no escribir tiene más literatura que hacerlo. Con Manolete sucede algo parecido.

"La maldición de Manolete recae sobre el periodista o el escritor que se acerca a su vida, convirtiéndolo automáticamente en un autor del no, fallido"

El matador de toros cordobés es un completo desconocido, a pesar de existir 600 obras en prosa y casi un millar de poemasParnaso manoletista (Egartorre, 2006) incluye 800— que intentan colocarle un adjetivo. La maldición de Manolete recae sobre el periodista o el escritor que se acerca a su vida, convirtiéndolo automáticamente en un autor del no, fallido. Las librerías e internet están repletos de biografías frustradas. Se repiten las fajas con la palabra “definitiva” o “imprescindible”, tendencia que señala la ausencia de un libro redondo sobre Manolete. Con sólo pensar en él, al autor se le niega cualquier posibilidad de superar el muro del mito.

Manolete, ¿héroe infeliz?

Quizá ocurra porque Manolete posee la literatura y no al revés. Por el momento, la colección del fotógrafo Finezas editada por la Diputación de Valencia lo define mejor que cualquier intento por reducirlo a sintaxis. El mapa de las tabernas cordobesas en las que hay alguna imagen suya ensaya lo que muchos han intentado. Otro fotógrafo, Lara, lo retrató sonriente, tirando de un mulo sin camisa, leyendo o besándole los pies a Lupe Sino. Es perfecta, por íntima, la defectuosa grabación de Manolete cantando durante una fiesta en México, la única muestra de su voz que ha sobrevivido. La exposición Manolete ríe añade una esquina desconocida del torero, capaz de reírse de sí mismo garabateando un perfil narigón que ha sido interpretado como la primera caricatura de Manolete, publicada en 1946 en la revista mexicana Esto.

"Siempre se ha escrito sobre su figura con la cadencia del No-Do, inyectándole una sobredosis de formalidad"

Sirvió de excusa para que el Ayuntamiento de Córdoba le pidiera a varios viñetistas un dibujo que trazara una versión de Manolete diferente al retrato de comas del escritor K-Hito, padre del lugar común manoletista. “Manolete era como Córdoba, serio, triste y parsimonioso”, lo enmarcó el autor de Manolete está muerto, muerto está que yo lo vi (Anaquel de Dígame, 1947) para siempre. Sobre ese tópico ha caído después un torrente de caracteres congelando a Manolete como un monstruo apático, depresivo y enamorado de su madre; muerto con antelación.

Siempre se ha escrito sobre su figura con la cadencia del No-Do, inyectándole una sobredosis de formalidad. Desde su muerte en agosto de 1947 hasta el final de ese año se publicaron más de 30 obras sobre la vida del cordobés, que a finales de los 60 ya sumaban un total de 70. La vertiginosa media de publicaciones tras el fallecimiento respondía al febril deseo de despejar tres incógnitas en su biografía: qué relación tenía con España, qué relación tenía con su madre y qué relación tenía con Lupe Sino. Y a Manolete se le ha espesado siempre añadiéndole demasiado boato de héroe infeliz.

Almuzara, la evidencia de la maldición

Gloria y tragedia de Manolete, de Guzmán de Alfarache, seudónimo del crítico sevillano Enrique Vila, fue el primer libro publicado desde el fallecimiento, recuperado ahora por el Centro de Asuntos Taurinos de Madrid. Otras veces, las publicaciones de urgencia sirvieron para desahogar a sus autores. Por ejemplo, Torero de leyenda vio la luz algunas semanas después de la cornada de Linares. Antonio Ortiz Villatoro recogió en el librito de 120 páginas sus notas sobre el matador que son un llanto transcrito con ansiedad. “Mi libro, que es libro emocional, arrancado al sentimiento; precipitado como un sollozo. Es un pedazo de alma que se me escapa, una lágrima condensada en letras”, escribe en el prólogo. Luego intenta desmenuzar a Manolete con una sucesión de elogios escritos con la inercia del funeral. “La aportación ideológica, la súper-revolución y la monstruosidad están condensadas en Manolete: condensación y estilización de los toreros que le precedieron”.

"El morbo ha deformado la imagen del matador, posiblemente por la imposibilidad de ofrecer una definición completa"

La prueba de que la maldición de Manolete existe se encuentra en el catálogo de la editorial Almuzara. En tan sólo cinco años publica tres libros diferentes con los que se corrige tomando cada una de las ediciones como el último salvoconducto para acceder al genio Manolete. En 2009 publicó El día que mataron a Manolete, de Tico Medina, ejemplar asentado sobre los recuerdos de algunos protagonistas cercanos al mítico matador. El autor recogió testimonios de Álvaro Domecq, Dominguín, Eduardo Miura, Lola Flores, Camará, El Pipo, Lupe Sino y doña Angustias, la tristísima madre. Para ella, el 28 de agosto de 1947 es “el día que me lo mataron”. El autor encuentra un filón en ese comentario desesperado, inspirándose en él para dar título al libro, ya que su leitmotiv es “averiguar quién mató a Manolete”, según declaró el periodista en la presentación. El clickbait analógico: fue Islero. Almuzara vendió el hallazgo de Medina como “indispensable” para “conocer la figura de Manolete, ahora que tantas mentiras se vierten sobre él”.

En 2011 aparece Fernando González Viñas con Manolete, biografía de un sinvivir editado también por la casa andaluza. Sobre la contraportada de este ejemplar se puede leer lo siguiente. “Fernando González Viñas nos ofrece en este libro una lúcida y definitiva biografía de un personaje que, a pesar de los numerosos libros que ha generado, la necesita”, en la que se intenta desactivar el supuesto franquismo de Manolete o el complejo de Edipo, ese charquito de fango en el que han retozado todos. Y en 2014, Almuzara publica La Córdoba de Manolete, un trabajo de Juan José Primo Jurado en el que el autor se sirve del matador de toros para describir una época en la ciudad. La editorial no puede resistirse tampoco esta vez a ver aquí la descripción crucial de Manolete: “[el autor] da con este libro un paso más en su análisis histórico y sociológico de la ciudad, retratando ahora con maestría a su mayor símbolo, Manolete, y la etapa más difícil de su historia”. “Ahora”, no en 2009 ni en 2011.

Las biografías de Manolete siempre han aportado sensacionalismo. El morbo ha deformado la imagen del matador, posiblemente por la imposibilidad de ofrecer una definición completa. La perspectiva de la persona formal y seria, con la tristeza perenne, ya se había recorrido demasiado. Necesitaban algunos neones sobre la fachada señorial y diligente. Juan Soto Viñolo añadió en Manolete, la vida y los amores de un torero de leyenda (La Esfera de los Libros, 2007) su adicción “a las fiestas con whisky y cocaína”, como si fuese algo malo, vendiendo sólo dos ediciones. Era el segundo intento del autor después de Manolete, torero para olvidar una guerra (Delfos, 1986). Posiblemente Almuzara se refiriera a su libro más reciente sobre el cordobés cuando hablaban de las “mentiras” que justificaban la publicación de la biografía de Tico Medina.

Adrien Brody fue un Manolete de palo

Un año antes de descubrir que a Manolete le gustaba pasarlo bien como a cualquiera, 2006, finalizó el rodaje de la película Manolete, la expansión de la maldición de las librerías a los cines. Hasta 2012 no se estrenó en España, completando un fracaso absoluto. La película, además de fijar un Manolete con el que la familia no estaba de acuerdo, fue polémica porque recogía la tradición literaria de lugares comunes, apuntillada por una sucesión de malas interpretaciones y escenas directamente ridículas.

La maldición de Manolete ya había dejado a medias al director de cine francés Abel Gance, que apenas pudo rodar ocho minutos de una extraña película que tenía al matador como protagonista. El cineasta, judío exiliado en España, pretendía interpretar la tauromaquia en 1944 a través de Manolete. La edición especial de la revista Boletín de loterías y toros por el 50 aniversario de la muerte del monstruo, publicada en mayo del 97 en Córdoba, describe esos fragmentos como “casi unas pruebas de fotogenia con el torero”. En esos ocho minutos, “diez planos de un copión en el que figuran las claquetas de identificación”, hay “dos intensos minutos de un primer plano de Manolete casi sin pestañear”. Gance volvió a Francia arruinado antes de acabar el proyecto. Los restos de la ambiciosa idea fueron presentados “restaurados” en el Festival de San Sebastián de 1963.

"Entre las obras dirigidas al aficionado existe una no publicada que podría desmontar al resto"

Respecto de su aportación a la tauromaquia no hay muchas dudas. Nestor Luján lo resumió: “Impuso la unidad óptica del espectáculo”. De Manolete se han escrito libros centrados exclusivamente en explicar cómo toreaba, antes y después de 1947. El caso Manolete, de Felipe Sassone (Editorial Mediterráneo, 1943), Manolete, otra época del toreo, de Antonio de la Villa (México, 1946, Editorial Leyenda), Manolete, cumbre de la torería, de Juan Castillo Casas (Editorial Pax-México, 1948), Tauromaquia de Manolete, dividida en cinco volúmenes, de Paco Laguna (1987-1997), Manolete, 50 años de alternativa, de Francisco Narbona (Espasa-Calpe, 1989) o Manolete en la plaza de toros de Lima, de Juan Elías Miletich Berrocal (Rubicán editores, 1998), son algunos ejemplos.

La biografía que corrige las anteriores

Entre las obras dirigidas al aficionado existe una no publicada que podría desmontar al resto. José Antonio Sanz, otro de los escritores que engrosan la fila de fracasos manoletistas, recibió un encargo de la editorial Argos Vergara después ganar el concurso televisivo Las diez de últimas contestando preguntas sobre Manolete. Se convirtió en un experto estudiando y corrigiendo lo publicado sobre él hasta 1969, año en el que participó en la popular prueba. Recibió un millón de pesetas gracias a sus conocimientos sobre la trayectoria del torero. Sanz impugnó una de las preguntas del concurso que el programa consideró un fallo.

–¿En qué plaza hizo Manolete doblete con el torero Carlos Arruza?

–En Cieza.

“Llamó el alcalde de Cieza para confirmar que mi respuesta estaba bien. Aquello era pura dinamita. Sabía más que los guionistas”, declaró a un medio online años más tarde. La editorial Argos Vergara vio en él un éxito de ventas: en tres meses tenía que tener escrita la biografía, esta vez sí, definitiva de Manolete. José Antonio Sanz, convertido a sus 32 años en el millonario más famoso de España, viajó hasta Córdoba para entrevistarse con la madre y seguir la estela del torero, sin saber que estaba a punto de convertirse en la víctima más inocente de la maldición de Manolete. Con el manuscrito en su poder, la editorial decidió suspender el contrato. Para recuperar su obra, Sanz mantuvo un largo litigio judicial contra Argos Vergara. Finalmente, la biografía más precisa sobre Manolete jamás publicada fue devuelta a José Antonio Sanz, que murió en 2018 sin haberle dado salida al texto inédito inspirado por los fallos descubiertos en otros trabajos.

"Ahora mismo podría estar escribiéndose otra biografía sobre Manolete para ser perfectamente derrotada por una posterior"

La no publicación de su obra es, en realidad, una victoria para Sanz. Mantiene la incógnita sobre si logró contar a Manolete después de tantos intentos. La maldición de Manolete posee la fuerza de toda una ciudad volcada en activarla. Ni siquiera el manoletista más abnegado, como Sanz, ha logrado escapar de ella, aunque su derrota fuese la única victoria entre los escritores manoletistas. Ahora mismo podría estar escribiéndose otra biografía sobre Manolete para ser perfectamente derrotada por una posterior mientras en Córdoba el legendario matador de toros sigue vivo, sujetando el relato, la literatura rutinaria del día a día.

Simplemente está presente, como si no hicieran falta historiadores, escritores o periodistas cuando sobrevive la nostalgia. Del grafiti con el busto de Manolete en la fachada de una céntrica iglesia a la estatua de la plaza de Santa Marina, existe un universo fragmentado que tiene el núcleo en la casa museo de Villa del Río. La obra escrita es un débil oleaje rompiendo a los pies de Manolete, que dejó pistas sobre su intento de fuga de los estereotipos pero no vivió suficiente para demostrarlo. Su ausencia-presencia alimenta el pesimismo milenario de la ciudad. Es otro vecino. Islero sólo puso fin a la gira. No creo que exista un autor capaz de superar eso. Al menos hasta que Córdoba salga del duelo.