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La carne débil del escritor

La carne débil del escritor

“Un poeta es la cosa

menos poética del mundo”

(J. Keats)

Al concejal de cultura no le gustaba nada lo que estaba escuchando. Se le veía tenso, se remejía en el asiento, y los labios, apretados, se le estaban poniendo como la virgulilla de la ñ. No estaba previsto que aquel profesor universitario (aunque jovenzuelo y, al menos para él, desconocido) le afeara levemente al poeta sobre el que trataba el simposio ciertas actitudes durante la Guerra Civil del 36 que parecían destruir un mito. Nada nuevo, en realidad: fiestuki en un palacio incautado, vituperios en una pizarra y bofetada femenina. Pero el concejal o se hacía de nuevas o desconocía el episodio.

Existe un santoral literario, de la misma manera que existe otro religioso (desde luego más conocido) o político, seguramente porque el ser humano siempre ha necesitado faros morales para seguir caminando y porque los buenos lectores desean que quienes les han hecho disfrutar como enanos bajo la luz pajiza de un flexo o despanzurrados en el sofá ocupen ese puesto. Pero los escritores no merecen cargar con ese yugo, que bastante tienen con tostarse las pestañas ante la pantalla del ordenador o con aceptar las migajas de la venta de sus libros. El valor del arte y el de sus creadores, con permiso de los neoclásicos, es perfectamente extramoral, y supongo que los nombres de escritores, músicos o escultores que salpican nuestros callejeros están ahí no por ser buenos maridos o esposas, ni por ser paradigmas de filantropía, ni por enarbolar esta o aquella bandera ideológica, sino por su legado artístico. Aunque quizá sea mucho suponer. Porque la realidad, que es tozuda y terca como una mula, nos regala ejemplos contrarios cada día.

"¿Cuántos escritores siguen siendo vetados por cuestiones exclusivamente ideológicas o supuestamente éticas?"

¿Cuántos congresos literarios me habré chupado donde se acaba hablando solo secundariamente de la obra del escritor en cuestión? ¿Cuántos escritores siguen siendo vetados por cuestiones exclusivamente ideológicas o supuestamente éticas? Acaso el neopuritanismo sea uno de los males más nocivos y extendidos de nuestra época, y parece evidente que, condimentado con buenas dosis de una irreductible y atávica inclinación a la intolerancia, acaba derivando en abscesos de sectarismo intelectual. De fanatismo, en definitiva. Que es claramente transversal y que, dependiendo de la época, cifra la limpieza moral en la pureza de sangre, los centímetros de falda o el igualitarismo con calzador.

Ni los deslices de comportamiento ni siquiera la hijoputez están reñidos con la excelencia literaria. Aunque hay casos ciertamente muy extremos. Conservo un artículo de Félix Romeo en ABC, de hace unos diez años, en el que escribe sobre escritores directamente homicidas. Algunos ejemplos son muy conocidos: Juan de Gaviria, Althusser, Krystian Bala, Benigno Varela o William Burroughs (bueno, acaso lo de este fue algo involuntario, estaba jugando con su señora a Guillermo Tell). Jack Kerouac (de la Generación Beat, como Burroughs) fue arrestado y acusado de complicidad en un asesinato cometido por su amigo y colega Lucien Carr. Anne Perry se dedicó a golpear con un ladrillo varias decenas de veces la cabeza de la madre de una amiga, con la ayuda inestimable de esta. Abominable, sin duda, pero luego se dedicó a la escritura y unos años más tarde recibió el Premio Edgar por Héroes, relato policíaco. Se podrá decir en su descargo que era casi una niña cuando se interesó por las propiedades mecánicas de los materiales de construcción.

"Condenaríamos a Baroja por antijudío (al menos hasta que se enteró del holocausto nazi) y a la mayoría de los del 98 por antidemócratas"

Ya he dicho que estos eran algunos ejemplos extremos, pero si nos ponemos estupendos con la ejemplaridad podemos acabar por marginar a todo quisque en la historia de nuestra literatura, comenzando por el principio. Acaso deberíamos acusar a Gonzalo de Berceo, el primer nombre de nuestras letras, de engañar a la gente sencilla inventándose milagros a troche y moche por un interés mayoritariamente crematístico y conventual; pero aquella especie de letanías en alejandrinos nos sigue interpelando ochocientos años después con su pintura románica —brochazos sobre ábside— de las fuentes del Bien y el Mal, de la Redención y el Pecado, de las pasiones humanas. Podríamos acusar al infante don Juan Manuel —al que le habría encantado ser rey— de traicionar a los suyos a mazazo limpio en la batalla del Salado o por su proverbial altanería sin escrúpulos; pero nos sigue dejando a cuadros con su modernidad individualista en el marco medieval de la anonimia, con su talento para darle vuelo alto al relato en castellano, con su rebeldía frente a los preceptos retóricos de su siglo, con su europeísmo precursor de Boccaccio o Chaucer. Seguramente censuraríamos al mismísimo Cervantes, presunto culpable (según la mentalidad rampante y tiquismiquis de hoy) de meterse los maravedíes en la faltriquera por puñados, aunque luego se dijera que se había tratado de un error de sus ayudantes; pero quien no ha leído al de Alcalá verdaderamente no ha vivido del todo. O al glorioso Quevedo, cuyas muestras de misoginia y antisemitismo (recordemos especialmente el relato La isla de los Monopantos o el texto panfletario Execración de los judíos) son proverbiales: “Ratones son, Señor, enemigos de la luz, inmundos, hidiondos, asquerosos, subterráneos”; pero acaso sea Quevedo el autor más genial en nuestra lengua, huérfano de un título paradigmático o totémico que lo habría hecho poblar, como El Quijote, el imaginario y las estanterías de las salas de estar. Reprobaríamos solemnemente al catolicísimo Calderón de la Barca por reaccionario y absolutista, por barroco agonizante; pero su obra de arte total (protowagneriana) nos revela los arcanos de la existencia, y su potencia creadora nos atenaza el alma, porque, como escribió Schelling, si se perdiese la poesía del mundo entero podríamos encontrarla en Calderón. Condenaríamos a Baroja por antijudío (al menos hasta que se enteró del holocausto nazi) y a la mayoría de los del 98 por antidemócratas, etc. Y así podríamos formatear o purgar la historia de nuestra literatura con la pureza de nuestros ideales o inclinaciones ideológicas (que son, claro, las fetén), olvidando que la grandeza de los clásicos se debe a una obra literaria acuñada en oro, habitada por relámpagos de lucidez o belleza que nos arrancan las costuras por dentro y, precisamente por ello, displicente con el paso de los siglos, a quienes derrota siempre.

"Los grandes ejemplos de la literatura universal poseen una gran densidad moral"

En la guerra, como en el amor, ya se sabe… Emilio Lara, con su voz de cíclope radiofónico, me recomendó vivamente hace ya un puñado de años el fantástico Las armas y las letras, de Andrés Trapiello. Un libro de cabecera, sin duda, para conocer en profundidad las andanzas y desventuras de nuestros escritores en la guerra del 36. Y para entender la influencia que la ideología y las amnesias han tenido, en el panorama de nuestras letras, sobre el devenir de los hunos y los hotros. Por aquí desfilan quemadores de libros, “señoritos imitadores de guerrilleros” con “monos azules muy planchados”, grandes comedores de cigalas, poetas que ensalzan el “falo incomparable del Caudillo”, notables alabadores de Stalin, escritores de la causa proletaria que acaban la guerra con muchos kilos de más, paradigmas del señoritismo que contemplan el curso de la guerra entre brindis de champán francés, otros que se revisten de visón cuando el cuerpo de su antigua dueña todavía está caliente o, acaso los menos, “liberales en un mundo sin liberales”. Nada de esto, sin embargo, perturba la calidad de su obra literaria. Porque, como bien distinguió Carlos Morla sobre uno de ellos, “es persona no poética”, aunque “reconozco que es un gran poeta”.

Una cosa es que la moralidad del escritor deba permanecer al margen de su tarea artística, y otra que las obras literarias tengan o no su propia ética. Porque la tienen. Los grandes ejemplos de la literatura universal poseen una gran densidad moral. Jean Cocteau llega a afirmar que la poesía es, en sí misma, una ética, y las mejores narraciones nos enseñan situaciones complejas, llenas de matices, en las que, a menudo, es difícil establecer una línea evidente entre el Bien y el Mal. Pero lo que resulta evidente es que la literatura no es un conjunto de códigos de conducta. Por eso Oscar Wilde asegura que “un libro no es nunca moral o inmoral. Está bien o mal escrito. Eso es todo”.

Si fuéramos capaces de despojarnos de este ánimo inquisitorial o cainita y dejáramos de seleccionar autores en virtud de su limpieza de sangre moral o política con la excusa e hablar de literatura (como ya se quejaba Juan Ramón), seguramente nos libraríamos de escuchar al concejal de turno, con cara de pocas lecturas, sobreesdrujulando palabras en la presentación de cualquier acto sobre un escritor de su cuerda ideológica.

Acabaríamos siendo más cultos. Y, sobre todo, más libres.