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En torno a Don Juan

En torno a Don Juan

El autor de esta monumental novela recrea al personaje de Don Juan, dejando atrás el creado por Zorrilla, disfrutando más con el de Tirso de Molina y admirando  al final al “más puro y más sincero” de Molière. Esta es la historia del último Don Juan contada por su autor.

 

El deseo de mezclar literatura, historia y fantasía ya me cruzó en el camino mi otra novela “histórica”, Juglar, donde jugué con todos esos elementos. Pensé, justo al terminar ese libro (y estamos hablando del año 2005) en el otro gran personaje de nuestra literatura (de la literatura universal, en realidad) que deriva claramente a lo fantástico, sin ambages: Don Juan Tenorio. Un personaje que, dicho sea de paso, nunca me había hecho la menor gracia.

Pero estaba ahí, llamando: un personaje pendenciero y seductor que se cruzaba con lo ultraterreno. Un personaje que podía y debía ser reexplorado a la luz nueva del fantástico nuevo. Un personaje que, por más que leía a trozos la obra de Zorrilla, me pareció siempre… un inmaduro.

"Es, sin embargo, un momento de la obra de Zorrilla el que me puso en la ruta del libro al que dedicaría luego tanto tiempo: aquel en que el personaje cuenta, como de pasada, sin darse importancia, su periplo por Europa, por París y Roma."

Confieso, sí, que no me gusta(ba) nada el personaje. No por el machismo inevitable de su condición, sino por lo esquemático de su trazado, por lo inmaduro de su presentación al público, por lo endebles de sus creencias y lo falso de su conversión final. Me molesta siempre, y mucho, su arrepentimiento y conversión. En su esquemática presentación teatral, Don Juan es un personaje casi de tebeo malo (y no extraña entonces que uno de sus comparsas se llama adecuadamente “Capitán Centellas”). Su adolescencia en la cuasi senectud, el absurdo de llevar una lista de sus conquistas, la apuesta con su gemelo tonto… Nunca he logrado entrar en la obra de Zorrilla. Un poco más me agradó la versión de Tirso (donde al menos el personaje no pierde su integridad amoral). Sin embargo, sí disfruté con la de Molière, cuyo Don Juan me parece el más redondo, el más puro y sincero, el más auténtico.

Es, sin embargo, un momento de la obra de Zorrilla el que me puso en la ruta del libro al que dedicaría luego tanto tiempo: aquel en que el personaje cuenta, como de pasada, sin darse importancia, su periplo por Europa, por París y Roma. Esa parte aventurera y guerrera del personaje me parecía más interesante que su obsesión por anotar sus conquistas como un amanuense y fardar de ellas delante de los colegas.

Esperé. Empecé a darle vueltas a la historia. No escribo hasta que tenga la música interna de la narración. Primera persona, claro. El personaje tenía que confesarse. Tenía que excusarse. Tenía que comprender él mismo cómo era y hacerme comprender (a mí y a los lectores) cómo era. Porque el esquema teatral de hace ciento y pico años ya no vale para la sensibilidad de hoy, no sirve para una novela. Y, cuando exploré la época y me enamoré de ella, comprendí que no podía ser una novela breve, sino una historia muy larga. Tan larga que ya de entrada supe que rondaría las mil páginas.

"Por fortuna, la vida de Carlos V está documentada prácticamente día a día. Eso me permitió que, cuando Don Juan se cruza con él, pueda ser plausible en todo momento. Lo mismo con los otros personajes históricos que salpican el relato."

Reconozco que no podría haber escrito este libro en otro momento: ni por trayectoria vital (ya supero en edad a la del personaje, ay), ni por la abundantísima documentación que he podido manejar gracias, sobre todo, a la gran biblioteca de nuestro tiempo que es internet. Para las mil cuatrocientas páginas que alcanzó el manuscrito debo de haber leído más de cinco o seis veces esa cifra. Libros de todo tipo, sobre la época, sobre los personajes reales con los que Don Juan se cruza,  en inglés y en español,  casi un centenar, de modo que todos los sucesos históricos son, creo, tal como sucedieron. Tracé un esquema de los momentos históricos importantes desde el año en el que, arbitrariamente, hice nacer a mi personaje, 1505, hasta su final. Y de esos importantes sucesos fui eligiendo en cuáles podía y debía estar mi personaje, combatiendo, espiando, seduciendo.

Por fortuna, la vida de Carlos V está documentada prácticamente día a día. Eso me permitió que, cuando Don Juan se cruza con él, pueda ser plausible en todo momento. Lo mismo con los otros personajes históricos que salpican el relato: Garcilaso, Enrique VIII, Ignacio de Loyola y tantos otros: están justo donde estuvieron en el momento en que  Don Juan los encuentra. La narración del Saco de Roma, del asedio de Viena, de las batallas de Argel y Túnez, de San Quintín son tal como fueron: Internet, ya digo, me permitió acceder a estudios  sobre esos momentos históricos, en ocasiones a partir de textos de la misma época.

El principal problema de toda la historia, claro, era ser verosímil. Tenía que explicar al seductor y su desdén por el otro sexo: de ahí todo el libro primero con su infancia y primera juventud en Sevilla. Tenía, además, que justificar que un personaje ateo y amoral pudiera haber sobrevivido en una época beata. Tenía que justificar que estuviese en todos esos sitios, como burlador y como guerrero. De ahí que surgiera la idea de que, entre otras profesiones, Don Juan actúe como espía del Emperador (y a las órdenes de un M muy particular, Garcilaso, quien en efecto fue también espía).

"La aparición del primer criado me planteó un doble problema. Era necesario porque a partir de ese momento, en los caminos, Don Juan tendría que encontrarse con un montón de otros personajes: del roce con todos ellos iría surgiendo la peripecia vital que formaría el libro."

Si observan ustedes, durante todo el primer libro no hay diálogos. Me dan mucho respeto los diálogos, de ahí que incluso haya escrito novelas enteras sin ellos. En Don Juan era inevitable que aparecieran tarde o temprano. No hay más que un momento dialogado en la infancia y juventud del personaje, quizá porque el recuerdo de la infancia es un todo y no me parecía que, en esa memoria, el personaje pudiese recordar, en la ficción novelada, tanto detalle. Temía, en especial, dadas las características del protagonista y su pedigrí literario, caer en el ripio. Sin embargo, el diálogo entró en escena nada más dejar Sevilla atrás y salir a los caminos (de la mano del Guti, el primer criado que conocemos en la novela) y se convirtió, casi en seguida, en una de las principales características de la obra y del personaje y los personajes: esgrima verbal. Creo que, de todos mis libros, es el que tiene los mejores diálogos, los más chispeantes, con los mejores retruécanos y las mejores réplicas.

La aparición del primer criado me planteó un doble problema. Era necesario porque a partir de ese momento, en los caminos, Don Juan tendría que encontrarse con un montón de otros personajes: del roce con todos ellos iría surgiendo la peripecia vital que formaría el libro. Yo sabía (lo dice el personaje en las primeras páginas) que no habría un solo criado: no podía haberlo, en tanto el comparsa se ha llamado Chuti, Catalinón o Sganarelle según qué autores lo trataran. Mi Don Juan conocería a muchos criados y no quería que en modo alguno el lector esperara la aparición del más conocido, el Chuti, así que decidí llamar “el Guti” al primero, para que la deformación fonética apuntara a él, pero sabiendo que vendrían otros criados, para otros momentos. Y el Guti, con su verborrea incontenible, con su picardía incontestable, con su sabiduría del camino se convirtió, de pronto, en un rival para el protagonista (hubo otros rivales de igual peso a lo largo de la narración). De ahí que la solución a ese conflicto quizá pille por sorpresa al lector, pero no a mí como autor: no cabía otra. Luego vendrían otros criados, distintos entre sí, gamberros o inútiles, incluyendo uno llamado Molina que es un guiño a Tirso, por si no queda claro.

"Escribir una novela es superar las trampas que tú mismo te vas tendiendo. En este caso, la trampa fue la primera persona. Indispensable en este caso."

El juego escénico de situar a un personaje de ficción en un entorno de personajes históricos se redondea con el guiño a algún que otro personaje de ficción que estuvo presente en los momentos de ficción que aquí se tratan, como es el caso de Lozana. Hay alguna autorreferencia  a personajes pasados propios: la mención a una encarnación de Ora Pro Nobis que es vista de refilón como mártires en el Saco de Roma, o la más extensa intervención de Stefano el truhán, con quien tuve que tener pies de plomo para que se entendiese bien sin pillar la referencia al libro del que procede (sí, Juglar), pero con la suficiente sutileza en la descripción de lo que dice y lo que le ocurre para que el lector que haya seguido mi obra capte el guiño casi obligatorio. Lo mismo en el caso de la alusión a otro personaje que tiene bastante importancia en  la aventura en Constantinopla, y cuyo nombre y circunstancias prefiero no aclarar: sea el lector quien lo descubra y lo disfrute o acepte las características del personaje tal como yo las he (trans)formado.

Escribir una novela es superar las trampas que tú mismo te vas tendiendo. En este caso, la trampa fue la primera persona. Indispensable en este caso. Pero escribir con ese tempo, con ese ritmo, con esa forma de ver el mundo me obligaba a ser fiel en todo momento al progreso vital de Don Juan: no podía iniciar un capítulo diciendo “diez años después yo estaba…”, porque la estructura del libro era la confesión de todo lo que el personaje hace. Y, si quería que estuviera en los momentos históricos que se me apetecía contar, había que justificar el camino, el tiempo en que se tarda ese camino, las circunstancias que lo llevaban a estar en Viena, o en Argel, o en Inglaterra o en Túnez. Hubo que recurrir a trucos para que la novela no durara tres mil páginas. Sobre todo porque siempre fui consciente de que, escribiendo como estaba escribiendo, a tumba abierta, sin preocuparme por satisfacer a nadie más que a mí mismo, sin plegarme a exigencias de mercado ni miopías editoriales, estaba escribiendo una vez más una novela con hándicap. Y la novela está escrita como un todo: en cualquier caso, podría haberse publicado en dos partes, pero no en tres. Era un enorme diplodocus el que estaba redactando, y la misma estructura ya marcada me impedía volver atrás y rehacer.

Mil cuatrocientas páginas de manuscrito, convertidas en casi mil en su versión al papel, donde no se ha sacrificado ni una coma. Donde creo que, si acaso, le faltan páginas, un libro intermedio entre los dos últimos. Donde he sufrido y gozado y, sobre todo, aprendido. He llegado a querer a ese hijo de puta que es Don Juan. Mi Don Juan. Independiente de los otros Don Juanes como el personaje es independiente de sus coetáneos y hasta de sí mismo. Lo curioso es cómo lo que empezó siendo un deseo de revisión fantástica elude lo fantástico, y ese fantástico, cuando aparece, es apenas un esbozo no aclarado (la naturaleza de Stefano o la mujer del velo). No hay fantasmas que salen de las paredes: cuando lo hacen, hay una explicación racional. Tengo, eso sí, la impresión de que el fantasma, en todo caso, es el propio Don Juan a partir de un momento determinado del libro.

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Autor: Rafael Marín. Título: Don Juan. Editorial: Dolmen. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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