Originalmente titulado Tratado sobre venenos y la protección contra drogas letales, se trata de una obra inédita en español del gran filósofo y médico medieval que ha traducido y prologado el docente y filólogo Darío Fernández Ruiz.
En Zenda reproducimos un fragmento de Tratado sobre venenos y antídotos (El Desvelo), de Maimónides.
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En el nombre de Dios,
Oh Señor, haz mi tarea fácil por Tu gracia.
Dice Mūsā ibn ‘Ubayd Allah de Córdoba: la conducta de nuestro Maestro, el Juez más honorable y eminente, que Dios le conceda mucho tiempo, es bien conocida en nuestro tiempo y en nuestro país e incluso en algunos otros países. Igualmente conocido es su esfuerzo en este mundo por compartir cualquier bien que Dios le haya otorgado con todas las personas en general, para guardarlas de cualquier daño y proporcionarles constantemente beneficios, a través de su riqueza, su rango, sus sabias palabras y su consideración de cierto asunto. Con su caridad satisface las necesidades de los pobres e indigentes, cría huérfanos y redime a los prisioneros, construye casas de estudio en las ciudades y aumenta el número de eruditos y estudiantes. Él usa su alta posición —que Dios la eleve aún más— para satisfacer las necesidades de las personas de rango eminente, para proporcionar sustento a los cabezas de familia y para proteger a los hombres de honor contra la desgracia. Con su elocuencia y la pureza de oratoria que Dios le ha concedido y con la que supera a todos los que se sabe que le han precedido, impide que los reyes y gobernantes juzguen principalmente según sus inclinaciones naturales, con las que creen la primera declaración que oyen a expensas de la que aún no han oído, y con las que se apresuran a vengarse y extirpar a un criminal y con las que persiguen sus pasiones para lograr su objetivo de la forma que sea. Ha inclinado sus corazones a comportarse de una manera noble y moral, y así ha salva do de la muerte a personas muy estimadas, no solo a ciertos individuos, sino a muchos grupos y grandes ciudades. Él ha vigilado a la gente para proteger sus riquezas de los soldados que solo libraban batalla para apoderarse de ellas. Ha protegido a las mujeres contra aquellos que se hicieron con el poder y cuya única intención era deshonrarlas. Y cuántos fuegos de disputas se han desatado entre los creyentes y él los ha extinguido, y cuántos fuegos de guerras contra los politeístas ha encendido y avivado hasta que abrió sus mentes y la palabra de la Unidad de Dios se extendió por todos sus países y las ciudades santas fueron liberadas de la impureza y la palabra de la Unidad de Dios se extendió en ellas.
Todo esto fue realizado por él con la voluntad de Dios, con su lengua y su pluma. Con su noble manera de pensar, actuó con extraordinario ingenio al guiar a los reyes de esos países, de modo que fijó principios de justicia y equidad para que actuaran. Como resultado, su reputación ha sido eleva da, su palabra se ha hecho ampliamente conocida, la condición de sus súbditos ha mejorado, y el comportamiento de los habitantes de este país que siguen el consejo de nuestro señor es mejor que el comportamiento de los habitantes de todos los demás países de los que hemos oído hablar. Estas cosas son tan bien conocidas que no hay necesidad de describirlas aquí. Tampoco es el propósito al que me refiero ahora. Las lenguas de los poetas de nuestro tiempo son demasiado débiles y su intelecto demasiado blando para describir la conducta de nuestro Maestro, nunca lograrían su objetivo. Pero lo que me impulsó a escribir este tratado, lo que voy a mencionar, también me animó a comenzar con esta introducción que me estoy esforzando en escribir ahora.
Porque nuestro Maestro, que Dios guarde su poder, al dedicar sus nobles pensamientos al bienestar del pueblo, ordenó a los médicos de Egipto que preparasen la triaca magna o la de Mitrídates. La preparación de estos dos electuarios en la ciudad de El Cairo fue extremadamente difícil ya que ninguna de las hierbas utilizadas para la preparación de la triaca crece en estas tierras, a excepción de la amapola. Como resultado de la ejecución de su orden, estos ingredientes fueron traídos de las tierras más lejanas de Occidente y Oriente. A continuación, se prepararon los dos electuarios y se pusieron a disposición de todos los que pudieran beneficiarse de ellos en opinión de los médicos, pues estos dos remedios no se pue den encontrar en el tesoro de la mayoría de los reyes, y mucho menos en los mercados públicos. Y cuando el suministro de estos dos electuarios se agotaba, o casi, os preocupabais de que se prepararan más. Todo esto se hace rápidamente, gracias al interés que siempre os tomáis en todo lo que es correcto y beneficioso para los seres humanos.
Pero en este tiempo, en el glorioso mes de Ramadán del año 595, vos dijisteis a vuestro más humilde siervo: «Ayer se me ocurrió que alguien podría ser mordido por un animal venenoso y que el veneno se extendería por su cuerpo antes de que pudiera tomar la triaca, y así moriría, especialmente si lo mordían durante la noche y solo le alcanzaba por la mañana. También se me ocurrió que estos dos remedios, que son tan difíciles de preparar, se agotarían para casos menores, como las picaduras de escorpión o rutaylā’, para las cuales bastaría con la combinación de cuatro ingredientes y similares. Por lo tanto, os ordeno que compongáis un tratado, breve y con ciso, que trate del tratamiento que se debe dar a la persona mordida con prontitud, y que mencione los medicamentos y alimentos que debe tomar y algunas de las triacas que generalmente son beneficiosas para las personas mordidas, aparte de estas dos triacas, para que se guarden para los casos en que los otros antídotos no sirvan de nada. Indudablemente, nuestro Maestro sabe que todos los médicos antiguos, así como los modernos, compusieron libros sobre este tema y lo trataron extensamente, y que la mayoría de las cosas que decían pasa ron por alto a vuestro eminente intelecto durante el estudio de los libros de medicina. Pero su intención, que Dios alargue sus días, era seleccionar los remedios más sencillos y cercanos de lo que decían para que pudieran ser fácilmente recordados y hechos, y para que la información sobre ellos pudiera difundirse entre todas las personas».
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Autor: Maimónides. Título: Tratado sobre venenos y antídotos. Traducción: Darío Fernández Ruiz. Editorial: El Desvelo. Venta: Todos tus libros.


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